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El hundimiento de la Universidad española

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Mensaje  Genaro Chic Sáb Oct 02, 2021 1:44 pm

[El hundimiento de la Universidad española


Alumnos

Hace poco se publicó la noticia de que el gobierno del PSOE ha decidido eliminar los exámenes de recuperación en la ESO, es decir, que para pasar de curso un estudiante se verá exento de realizar una prueba con la que demuestre objetivamente sus conocimientos y aptitud. Las barreras académicas a la hora de progresar van siendo, reforma a reforma, eliminadas y, con ellas, los peldaños necesarios para progresar intelectualmente. El progreso real es fruto necesario de la dificultad; sin barreras ni dificultades desarrollarse es una imposibilidad.

Con el sucesivo flujo de reformas educativas consumadas desde la Transición, estos peldaños han ido siendo erosionados, al tiempo que los estudiantes iban siendo reblandecidos, hasta crear una superficie académica casi plana que impide inexorablemente el ascenso académico. El escritor Gómez Escribano, que lleva treinta años impartiendo clases de Formación Profesional y no es precisamente un autor de derechas, comenta esto respecto a las nuevas generaciones de alumnos:

"Están mucho peor formados que nosotros. Cuando dicen 'la generación mejor formada' yo me descojono. Yo creo que la mejor generación, en cuestión de formación, hemos sido nosotros, porque hemos tenido un sistema educativo… y es una puta mierda [decirlo], porque el sistema que había cuando yo estudiaba era la Ley Villar-Palasí [1970-1990], que era un ministro de Franco [1968-1973]. Pero un tío que salía de C.O.U. [que se cursó por última vez durante el año académico 2000-2001], joder, era un señor: culto, que sabía matemáticas, que sabía filosofía. Hoy en día un tipo que sale del bachillerato L.O.G.S.E. es un bulto sospechoso", lamenta.

Sobre la decadencia intelectual progresiva del alumnado me comenta un profesor de universitario de Ingeniería Aeronáutica que lleva casi veinte años impartiendo clase: "Cuando comencé a dar clase algunos tenían problemas para resolver la ecuación de una parábola (un problema muy sencillo); siete años después, algunos no eran capaz de sacar la ecuación de una recta (algo aún más simple); y hoy me encuentro a algunos alumnos que tienen problemas para hacer una regla de tres". Por otro lado, como me han dicho ya muchos profesores, los estudiantes hoy son tratados como clientes, es decir, como autoridades, puesto que, como todos sabemos: "el cliente siempre tiene la razón". Muchas veces no se saben la lección, pero conocen bien los reglamentos y sus derechos, aunque a menudo ignoren sus obligaciones.

"Yo sí te creo" en las aulas

Hoy parece que todo es virtual, hasta los aprobados. Por lo visto en la actualidad se puede cambiar de sexo, raza o identidad con solo decidirlo mentalmente. Es decir, que nos convertiríamos en aquello que deseamos, pero virtualmente, sin serlo de veras, es decir, material o físicamente. Se quiere erradicar así, de modo virtual, lo trágico de la existencia: el desajuste existente entre mis deseos (subjetividad) y el mundo real (objetividad). Del mismo modo, hoy uno no aprueba al demostrar materialmente sus conocimientos, sino por simple decisión propia o ajena (de los profesores); es decir, que solo aprueba en su imaginación.

Pasar de curso sin aprobar es un modo implícito de dar la razón siempre al alumno. Su voluntad, su subjetividad, se materializaría como por arte de magia. Se trata de una especie de "yo sí te creo" [2018] de las aulas. No hace falta comprobación, argumento, ni prueba objetiva —es decir, un examen— para demostrar algo. Se torna todopoderosa la voluntad, pero una voluntad meramente mental, el simple deseo, cuando lo cierto es que una voluntad verdadera ha de materializarse en el mundo a través de la lucha y la objetivación, en un proceso correoso que nos sirve para madurar y mejorar como individuos.

Hay quien considera este tipo de medidas una forma de progresismo, cuando en realidad tales mecanismos son un producto ideológico del neoliberalismo que nos enseña eso de que lograr lo que te propones es fruto de una actitud mental, o que el sujeto "se hace a sí mismo".

Quien crea que progresar consiste en alimentar nuestras propias fantasías narcisistas está muy equivocado. En el fondo, la creencia en la omnipotencia del deseo y la voluntad mental es una herramienta de opresión e infantilización. Tratamos a los jóvenes, y no tan jóvenes, como bebés. Las palabras del mitólogo Joseph J. Campbell [1904-1987] sobre el infante nos remiten a la nueva medida adoptada por el ministro de Universidades: "En el mundo del bebé las atenciones de los padres le conducen a creer que el universo se ajusta a sus propios intereses y que [el universo] está listo para responder ante cualquiera de sus pensamientos y deseos […] esto está ligado a una experiencia de efecto inmediato. La impresión resultante es la de una omnipotencia del pensamiento […] El mundo del niño es gobernado por reglas de mandato y respuesta", escribe. O, como decía Bourdieu [1930-2002]: "Los niños son como pequeños burgueses".

Los intereses del poder

Estamos formando bebés grandes, vulnerables y narcisistas, narcotizados por sus propios deseos.

Vivimos inmersos en una estructura social y cultural global con múltiples tentáculos que nos reblandece y humilla subrepticiamente, al no dejarnos batirnos en duelo con la realidad objetiva y sus obstáculos. Y las medidas del ministerio de Castells [n. 1942], aparentemente izquierdistas (contrarias a la discriminación), sirven principalmente a los intereses del poder: crear jóvenes ignorantes, blandengues, que se crean sus propias fantasías (por ejemplo, que aprueban). Hoy cualquier persona a la que no des la razón te acusa de discriminación, y los aprobados sin recuperación operan de acuerdo con el mismo mecanismo: “o me apruebas por la cara, o me estás discriminando”. También hoy, en muchos casos, una verdad científica es considerada discriminatoria o es calificada de prejuicio, cuando no hay postjuicio (es decir, juicio elaborado a posteriori, tras argumentar, experimentar y probar) que un juicio científico.

Vivimos en un mundo que nos impele a creernos nuestras propias fantasías. Y alguien se preguntará: ¿qué tiene de malo creerte tus propias fantasías? Una pregunta cuya respuesta es muy sencilla: creerte tus propias fantasías es la forma más extrema de alienación. Cuanto más pierde uno pie con respecto al mundo objetivo, de los objetos, más vivirá en entornos puramente virtuales, enajenados y falsos. ¿Es preferible vivir alegremente en un mundo de mentiras o luchar contra la realidad para transformarla? Al poder le interesa que nos creamos nuestros propios deseos y mentiras en el plano virtual para así apropiarse el ámbito de lo material. Y a su vez, a los poderosos no les interesa la adulación y el vivir falsamente. Es por ello que existió antaño la figura del bufón medieval, que podía decir la verdad "en broma" al rey, sin padecer retribución alguna. El bufón era el anclaje del rey al mundo real; un anclaje que nos está siendo arrebatado a las personas de a pie en nombre de un progresismo estadounidense, espurio; un simulacro de progresismo. Para mí y para los míos abogo por sufrir, luchar y vencer en el mundo real. Y que ese plano virtual, al que nos vemos abocados a penetrar cada vez con más insistencia, se lo queden otros: los enajenados, los alienados...

Iñaki Domínguez (n. 1981)

https://www.vozpopuli.com/altavoz/cultura/psoe-estudiantes-educacion.html


Profesores

Hasta hace relativamente poco, la de profesor universitario era una ocupación privilegiada. No sólo gozaba de una buena reputación entre todos los estamentos de la sociedad, sino que esta se correspondía con una gran influencia social y una remuneración acorde con el puesto. John Edward Masefield [1878-1967], poeta inglés, escribió que hay pocas cosas terrenas más hermosas que la universidad: un lugar donde los que odian la ignorancia pueden luchar por el conocimiento, y donde quienes perciben la verdad pueden luchar para que otros la vean”.

No obstante, y de manera paralela al crecimiento de la población universitaria durante la segunda mitad del siglo XX, el profesor universitario parece estar sometido a más estresantes que nunca. No sólo ha perdido su categoría social, sino que también ha visto cómo su sueldo ha disminuido de manera inversamente proporcional al del estrés que ha de afrontar. Todo ello formando parte de una institución cuyas estructuras apenas han evolucionado en siglos.

“El trabajo del profesor universitario es uno de los más tóxicos”, recuerda con contundencia el psicólogo y profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá Iñaki Piñuel [n. 1965]. “Se valora poco porque se cree que el trabajo del sector educativo es de guante blanco, pero contrariamente a ello, el entorno del profesor universitario produce niveles de estrés superior a otros y quiebra la capacidad laboral de muchos profesores a una edad más temprana”.

Hace ya una década que un estudio [2009] de la Universidad de Murcia puso de manifiesto que el 83,6% del profesorado sufría de estrés crónico, y aunque su autor, el profesor ya retirado de Psicopatología de la Universidad de Murcia José Buendía reconoce que “los datos son perecederos”, la situación parece haber empeorado tras la implantación del Plan Bolonia [desde 1998]. Es una situación que se repite en otros países vecinos, como el Reino Unido, donde recientemente una investigación publicada por el [sindicato británico de educación superior] UCU (Universitary and College Union) ponía de manifiesto que las enfermedades mentales habían aumentado sensiblemente entre la población académica.

El estudio sintetizaba algunos de los principales escollos para la felicidad del profesor, entre los que se encuentran el constante escrutinio externo, la imposibilidad de conciliar la vida personal con la laboral y la necesidad de proporcionar constantemente resultados positivos. Como recuerda la profesora titular de sociología de la Universidad de La Coruña Rosa Caramés, “se desprecia el valor del conocimiento por la eficiencia”. Estos son los principales “jinetes del Apocalipsis” a los que tiene que enfrentarse el profesor contemporáneo.

1 Es una institución del siglo XXI que sigue funcionando de manera medieval

Quizá la comparación más reveladora para definir la universidad sea la que utiliza Piñuel: las universidades siguen reflejando con gran fidelidad las características de la sociedad feudal en la que nacieron. El feudalismo genera sus cabecillas y sus súbditos, que están obligados a respetar ciertos códigos ajenos al siglo XXI, como cuando te dicen ‘no te presentes a esta plaza porque ya está adjudicada’ o ‘tú no puedes publicar en esta revista hasta que yo lo haga”, explica el autor de La dimisión interior (Ed. Pirámide [2008]).

Como dejó escrito el administrador de la Universidad de Harvard Henry Rosovsky  [n. 1927] en The University: an Owner’s Manual [1991], “las universidades aman los rangos jerárquicos tanto o más que el ejército”. El psicólogo añade que, a diferencia de la educación primaria o secundaria, la universidad está formada por alumnos ya adultos, “que son gente más exigente”, y el profesor está obligado a actualizarse continuamente. Ello da lugar a factores de riesgo psicosocial como “la rivalidad, la competitividad, las camarillas de poder o las guerras intestinas”, frecuentes en el ámbito universitario y que minan poco a poco la resistencia del profesor.

2 El día que el profesor pasó a ser un burócrata

El Plan Bolonia ha traído consigo, entre muchas otras cosas, una burocratización de la enseñanza que ha provocado que los profesores pasen más tiempo rellenando formularios, pruebas y revisiones que dedicados a la preparación de sus clases y a sus proyectos de investigación. “Bolonia se ha implantado de manera desastrosa”, sintetiza Rosa Caramés. “Sólo se ha conseguido consumir el tiempo dedicado a la preparación de las clases y dedicar más tiempo a labores puramente administrativas”.

Piñuel se muestra de acuerdo: “Son un montón de horas de trabajo que sobrecargan a un profesor que ya está suficientemente sobrecargado de por sí. Para conseguir nada estamos incrementando una carga que no tiene mucho valor añadido. No por rellenar más papeles es mejor, al contrario, el tiempo disponible para preparar clases e investigar se emplea en reuniones y consignar papeles”. También disminuyen las horas de descanso y esparcimiento, vitales para el bienestar de cualquier trabajador.

Esta “maquinaria”, como la define el psicólogo, conlleva otro problema: el aumento de las pruebas sobre el control del profesorado. Algo que en principio tendría como objetivo garantizar la calidad de la enseñanza, se añade a las montañas de burocracia ya existentes y someten al profesor a un continuo escrutinio. “Es la paradoja tras la ilusión del control”, explica Piñuel. “Es un efecto de la centralización de las políticas de la UE que necesita sistemas de control. La idea de consignar papeles, documentos o comisiones da la sensación de que las cosas se están gestionando mejor. Es pura entelequia”.

Pablo, profesor durante quince años tanto en España como en Inglaterra, cree que ello ha provocado, no obstante, que haya un mayor control sobre el acceso a los puestos docentes. “Antes, cualquier catedrático o profesor con influencia podía enchufar a quien le diese la gana (te sorprendería saber en cuántos departamentos de la universidad pública hay padres e hijos o maridos y mujeres)”, explica. “Ahora, al menos, el enchufado ha de pasar un filtro, aunque sea un filtro de mínimos, no del todo exigente, discutible, etc.”


3. Acoso por parte de los alumnos… y por parte de los compañeros

Aunque el acoso por parte de los estudiantes no es tan frecuente como en la educación secundaria, los profesores también manifiestan ser víctimas de amenazas por parte de sus alumnos. El desprestigio reciente de la educación no ha ayudado precisamente: “En los últimos años ha entrado una corriente que desprestigia la labor del docente. En ocasiones parece haber un afán reduccionista, un tanto persecutorio, de la labor de las personas que se dedican a la docencia”, explica Rosa Caramés, que sugiere que muchas veces el profesor es acusado de una serie de cosas –“que no corrige bien, que tiene manía a los alumnos, que no sabe dar clase”– que tan sólo son ciertas en un número limitado de casos, pero que suele hacerse extensible a todo el cuerpo docente.

A este hay que añadirle el mobbing ocasionado por los propios compañeros: según el estudio anteriormente citado, realizado en la Universidad de Murcia en el año 2004, hasta el 44% del personal manifestaba sufrir acoso laboral. Algo que, como señaló en aquella ocasión el profesor José Buendía, tiene como objetivo que se abandone el centro, puesto que al ser funcionarios, no se les puede despedir”. Piñuel añade que la creciente competencia provoca que las zancadillas sean frecuentes: “Quien no acata las reglas, se convierte en un chivo expiatorio y es perseguido”.

4. Hay que luchar mucho para ascender

El del acceso a la docencia universitaria es un camino lleno de palos y piedras y, sobre todo, sacrificios obligados. Pasan años hasta que se pueda impartir clase, mucho más hasta que alguien se convierte en profesor titular y ya no digamos convertirse en catedrático. Abundan las horas extras, las asignaturas impartidas a cambio de nada o el “tráfico” de artículos que permite a algunos profesores seguir un año más aferrados a su puesto gracias a trabajos realizados por sus estudiantes.

“El motivo de conflicto más grande que puede haber en un departamento es casi siempre las plazas”, explica Pablo, que matiza que, al no haber plazas nuevas durante los últimos años, los conflictos han desaparecido. “En el pasado, cuando no existía el método de las acreditaciones, las plazas las decidía el catedrático de turno, y siempre terminaba favoreciendo a sus preferidos, mientras que los otros se jodían y tenían que esperar años hasta conseguir sacar su plaza. Aún hoy se ven rencillas entre profesores que vivieron ese sistema y que se enfrentaron unos a otros por plazas”.

Algo que, no obstante, no siempre es percibido de forma necesariamente negativa, especialmente como una solución al piloto automático que provoca la falta de ilusión entre los docentes de mayor edad. Luna Paredes goza de una beca FPU (Formación del Profesorado Universitario) e imparte clases de «Análisis y comentario de textos literarios» en la Universidad de Alcalá. “El hecho de que un becario imparta una asignatura completa me parecía a priori una irresponsabilidad”, explica. “Sin embargo, un becario también va a afrontar las clases con un entusiasmo que algunos profesores (no todos, no siempre) han perdido”.

El esfuerzo exigido a los primerizos, frente al de los funcionarios, “sólo puede traer cosas buenas”, señala, aunque “implica que las horas de preparación de una sola clase sean ingentes”. Como recuerda Pablo, que imparte ocho horas de clase a la semana, “preparar bien una hora de clase que impartes por primera vez puede llevarte entre ocho y diez horas. “El becario debe hacerlo bien porque, en primer lugar, está inseguro y se esfuerza ante los alumnos y, en segundo lugar, porque no quiere cagarla ante el director de tesis ni el departamento”, concluye Paredes.

5. Se cobra menos de lo que se piensa

[En 1973 el gobierno del General Franco, en un momento de expansión de los centros educativos de Segunda Enseñanza, duplicó los sueldos de los profesores en los mismos y, ante las protestas de los de Primera Enseñánza, también los de éstos. La Universidad no se movió en en ese sentido]

El de los sueldos de los profesores universitarios es un tema complicado, en cuanto que estos varían sensiblemente dependiendo del centro, de la categoría del docente o de los diferentes incentivos autonómicos. Las categorías inferiores son las principales perjudicadas de un sistema que se complementa con los célebres quinquenios y sexenios –períodos dedicados a la investigación–, pero a los que no todo el mundo tiene acceso. El salario base puede llegar a encontrarse en unos 1.100 euros. Rosa Caramés recuerda que, aunque ella no pertenezca a dicho grupo, los más jóvenes sufren una mayor precariedad, “con contratos de muy pocas horas por las que se paga muy poco, a pesar de que el tiempo de preparación de las clases sigue siendo el mismo. La docencia se concentra en poco tiempo para ahorrar presupuesto”.

6. Sistema educativo “marketinizado”: el estudiante siempre tiene la razón.

Existe cierto consenso entre los profesores en señalar que el alumno ha pasado de ser un estudiante a convertirse en un cliente, algo en consonancia con la tendencia privatizadora del sistema universitario. Ello obliga a que el docente redefina sus tareas y se vea obligado a reinterpretar su labor, lo que en opinión de Rosa Caramés, da lugar a una relación “un tanto viciada”. “Todas las cosas materiales e inmateriales tienen un precio y un valor, que no tienen por qué coincidir”, explica la socióloga. “No se entiende que los conocimientos y su proceso de adquisición es un proceso mutuo. Como todo se ha mercantilizado, lo único que parece sustentar la relación entre profesor y alumno es el precio de la matrícula.

Como señalaba el filósofo José Luis Pardo [n. 1954] en 2008, “todo comenzó con la sustitución de las “asignaturas” por “créditos”. Piñuel lo interpreta como una liberación del estudiante de las cadenas que el sistema feudal le había impuesto [y lo somete a la economía de mercado]. “Uno de los factores novedosos es que el profesor se tiene que poner al servicio del alumno, algo que antes no se entendía así, sino que se ponía énfasis en el profesorado. El alumno ha evolucionado a ser alguien que tiene derechos, que puede exigir, que puede pensar y reclamar”. Algo a priori positivo pero de lo que, sin embargo, el profesor no parece haberse beneficiado: “Precisamente, el burnout [“síndrome de estar quemado”] en el profesor genera situaciones de maltrato hacia los alumnos impropia de este tiempo, como arrogancia, prepotencia...”

7. La investigación, ¿sirve para algo?

En el año 2013, la comunidad científica se vio sacudida después de que el Premio Nobel [de Medicina] Randy Schekman  [n. 1948] denunciase que el factor de impacto de las revistas –es decir, la puntuación recibida por cada publicación sobre el número de veces que sus artículos son citados– vicia la investigación, y crea burbujas en torno a determinados temas. Algo semejante ocurre con el funcionamiento de los diferentes departamentos de investigación, que se centran exclusivamente en aquellos temas que les pueden dar una mayor visibilidad, despreciando aquello que no está de moda.

La máquina de la producción científica no puede pararse. Como recuerda Pablo, en países como Inglaterra, “una parte importante de los ingresos de los departamentos se los juegan con la productividad de los miembros. Es decir, si un profesor se pasa tres años sin publicar un artículo de prestigio o sin conseguir un proyecto de investigación, baja los promedios del departamento y este pierde dinero”. No obstante, se trata de una situación que afecta más en el extranjero que en nuestro país. “Un profesor titular (y conozco no a uno o a dos, sino a muchos) puede tirarse, no tres años, sino toda una vida sin dar un palo al agua, excepto [en ciertos casos ni eso] prepararse sus horas de clase semanales, corregir exámenes y punto”, explica el profesor.

8. Sentimiento de inutilidad

En una reciente investigación [de 2013] llamada It’s a Bittersweet Symphony, This Life: Fragile Academic Selves [“Es una sinfonía agridulce, esta vida: seres académicos frágiles e identidades inseguras en el trabajo”], el profesor de gestión de las organizaciones de la Universidad de Lancaster David Knights, tras analizar los problemas de identidad entre el cuerpo lectivo inglés, llegó a la conclusión de que la mayor parte de sentimientos de los profesores hacia sus centros estaban marcados por la ambivalencia. Por una parte, porque su idea del mundo académico estaba marcada por la pasión, por el entusiasmo y por unas elevadas expectativas. Pero, al mismo tiempo, estas se encontraban matizadas por una agria sensación de que muchas de sus aspiraciones parecían “irrealizables, si no irreales”.

“Los que tenemos más vocaciones de hacer cosas nos vamos desgastando, afirma Pablo. “Muchos de estos profesores que sólo hacen docencia en realidad no tienen interés en nada y por eso no investigan, lo único que les apetece es leerse el periódico, hablar por teléfono y tomar cafés”. Es la última etapa de un proceso que erosiona poco a poco las ilusiones privilegias y que, como recuerda Piñuel, aparece mucho antes que en otras profesiones. “Si bien la respuesta a nivel institucional a sus esfuerzos no alcanzaba el reconocimiento jerárquico, social o por parte de los compañeros, la dulzura de una carrera potencialmente estimada y una identidad reconocida de manera pública disparó sus esfuerzos”, concluía el estudio sobre esos frustrados, pero ilusionados, profesores.

“Así como periódicamente hacemos una revisión de nuestro vehículo, deberíamos hacer la ITV psicológica de los profesores”, concluye Piñuel. “Tenemos entre nuestras manos el mejor capital simbólico del país”. No se trata únicamente de preservar la calidad de vida de los docentes, sino también, de evitar que el alumnado sea la última víctima de un sistema desencantado y cada vez más oprimido.

Héctor G. Barnés

https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2019-01-24/males-profesor-universitario-trabajos-toxicos_156018/


Genaro Chic

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Mensaje  Genaro Chic Mar Nov 02, 2021 1:01 pm

Comentario:

Evidentemente si los niveles de exigencia (y sus correlativos resultados) han ido bajando progresivamente en las enseñanzas primaria y secundaria, no se puede esperar que los resultados en la terciaria (universitaria) sean distintos.

Me comentan antiguos compañeros (llevo jubilado desde 2019) que con frecuencia se las ven y se las desean para lograr que sus alumnos redacten bien sus Trabajos Fin de Grado y Trabajos Fin de Máster. Y hablando con distintos jóvenes cuarentones que ejercen sus profesiones en distintas ramas de actividad con títulos universitarios me refieren que la formación con la que llegan los nuevos compañeros es a todas luces inferior que la que tuvieron ellos.

De donde no hay no se puede sacar, evidentemente. Y mal arreglo se puede -en caso de que se desee- darle a este grave problema. Pienso yo.

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Mensaje  Genaro Chic Jue Nov 11, 2021 8:15 pm

Copio un interesante artículo de mi colega José Carlos Bermejo Barrera, de la Universidad de Santiago de Compostela.

La autonomía universitaria y la quimera española


La fundación de la Universidad de Berlín [donde han estudiado 29 Premios Nobel] por W. Von Humboldt [1767-1835] a comienzos del siglo XIX [1810] se considera el acta de nacimiento de la universidad actual. Esa nueva universidad estaba organizada en torno a la idea de la ciencia, y su desarrollo fue posible porque se establecieron dos principios: la autonomía y la libertad de cátedra. Según ellos cada profesor, que debía ser además un creador de conocimiento original, debería disponer de los medios y libertad para poder cumplir su misión sin interferencias del poder político, ni de la censura de ninguna clase. Con eso se lograría que las universidades dejasen de ser meros instrumentos de los poderes de todo tipo, al reconocerse la existencia del campo académico como tal.

La historia de las grandes universidades alemanas fue en gran parte la de sus profesores, a veces sacudidos por el poder político, pero siempre reconocidos como tales. Este no fue el caso de las universidades españolas de los siglos XIX y casi todo el XX, en las que las figuras de los grandes autores, pensadors y científicos apenas tuvieron encaje, y en las que los zarpazos de la historia y la política limitaron su desarrollo. Podremos ver muy bien esto en el caso de tres grandes figuras de la filosofía española y de lo que para ellos supuso la Guerra Civil [1936-1939].

Miguel de Unamuno

Comenzaremos con Miguel de Unamuno [1864-1936]. En su caso como en los siguientes no se trata de analizar su obra, sino su actitud ante la Guerra Civil y el golpe del Estado y su compromiso tanto moral como intelectual. La vida de Unamuno fue una clara muestra de independencia intelectual y compromiso moral y político. Fue autor de una extensa obra literaria en los campos de la novela y la poesía, de una amplísima obra periodística y de un pensamiento filosófico original en libros como El sentimiento trágico de la vida [1913. Prohibido por la Iglesia en 1957].

Su pensamiento tenía un componente cristiano, desarrollado de un modo muy personal y políticamente se sintió siempre identificado con España como referente, oscilando sus ideas políticas entre el socialismo y el liberalismo. Su línea personalísima quedó clara en algunos títulos de sus libros como Contra esto y contra aquello [1912] y defendió sus ideas en la prensa en la que llegó a ser considerado un referente para todo el país, desarrollando el papel de un intelectual irreductible. Fruto de sus críticas al rey Alfonso XIII [1886-1941], y sobre todo al dictador Primo de Rivera [1870-1930], fue su condena al exilio en Fuerteventura, y luego su compromiso por la instauración de la II República [1931-1939] y la posterior crítica a su evolución en el año 1936.

Cuando estalló la guerra Unamuno se mostró a favor de los sublevados, creyendo que iban a restaurar la legalidad republicana y a frenar los excesos del Frente Popular [1936], por lo que fue destituido de su cargo como rector vitalicio de la Universidad de Salamanca por parte del gobierno republicano. Los sublevados lo repusieron en el cargo y él, que era muy consciente de su valía y su prestigio nacional e internacional, creyó que podría influir intelectualmente en algunos de los militares alzados en armas, como en el caso del general Franco [1892-1975]. Pero, poco a poco, entre julio y octubre de 1936, vio que no era más que una figura decorativa. Las detenciones y ejecuciones comenzaron a sucederse, entre ellas las de algunos de sus mejores amigos, y comprobó que no tenía capacidad de intercesión.

Al llegar la apertura de curso [12 octubre 1936] tuvo lugar su enfrentamiento verbal con Millán Astray [1879-1954], y además pudo comprobar cómo otros profesores mucho más mediocres, fanáticos y reaccionarios, comenzaron a hacerse con el control de la universidad.

Unamuno, que había donado su biblioteca a su universidad, fue cesado como rector y se le prohibió entrar en la biblioteca; sobrevivió hasta diciembre de 1936. Cuando se produjo su muerte los falangistas de la ciudad se apoderaron de su cadáver para tributarle un homenaje como el intelectual que había apoyado el golpe de Estado.

El caso de Miguel de Unamuno es una buena muestra de la impotencia de los verdaderos intelectuales en la vida política española, de una vida sembrada de corrupción, incompetencia y la división social, que hizo de España un país cainita. Por suerte para Unamuno la muerte le libró de contemplar el siniestro espectáculo del mundo que vino después.

J. Ortega y Gasset

En ese mismo momento Ortega y Gasset [1883-1955] fue sorprendido por el golpe en zona republicana. No mostró apoyo a los alzados, aunque sí claramente uno de sus hijos. Por consejo de su colega y amigo José Gaos [1900-1969], decidió marcharse a París [1936] pues Gaos le había informado de que los comunistas querían matarlo por considerar lo inspirador de José Antonio Primo de Rivera [1903-1936].

No hay duda de que José Antonio lo había leído como miles y miles de personas en España, Europa y América, pero tampoco la hay en que él no fue organizador en modo alguno ni de la Falange ni del golpe de Estado. Después de su estancia en París, Ortega pasó años en Sudamérica y no consiguió, al contrario que otros filósofos del exilio europeo, un puesto en las universidades inglesas o norteamericanas, por lo que acabada la guerra mundial decidió volver a España. El retomo de Ortega [1945] fue una maniobra política del régimen, que, tras la derrota del fascismo y el nazismo quería comenzar a dar una nueva imagen internacional. Se le repuso en su cátedra, pero se le impidió dar clases, y sobrevivió intelectualmente creando un Instituto de Humanidades [1948] que era poco más que una plataforma personal para él y su discípulo Julián Marias [1914-2005].

Ortega solo reconoció como discípulo directo suyo a Julián Marías, a quien se le impidió doctorarse [1942, habiendo sido denunciado por su amigo Carlos Alonso del Real (1914-1993), catedrático desde 1955 de Historia Antigua en Santiago de Compostela] con una tesis sobre el Padre Gratry [1805-1872], y que consiguió sobrevivir con tanta dignidad como pocos medios en el Madrid de la posguerra, una ciudad en la que hasta Ramón Menéndez Pidal [1869-1968] no fue bien visto por quienes controlaban la cultura y la universidad de esos momentos. Y es que en el Madrid de la posguerra los mediocres quisieron y muchas veces consiguieron dejar en la sombra a los más brillantes, y los indecentes arrasaron y se hicieron con el control de casi todo.

Xavier Zubiri

Otra buena muestra de ello es la peripecia vital de Xavier Zubiri [1898-1983],  catedrático [desde 1926] de Historia de la Filosofía en Madrid en el año 1936. Zubiri era sacerdote y eso le libró de la guerra consiguiendo refugiarse en la Ciudad del Vaticano. Tras 1939 volvió a España, pero no se le repuso en su cátedra porque se había exclaustrado y luego casado [1936] con Carmen Castro [1912-1997], hija de Américo Castro [1885-1972]. A cambio de su cátedra se le ofreció la de Barcelona, en donde impartió clase unos años, antes dejar su plaza de catedrático porque consideraba irrespirable el aire de una universidad cuyas clases debía comenzar con el grito de ¡Viva Franco y Arriba España!

Zubiri sobrevivió haciendo traducciones y dando unas conferencias en la fundación del Banco Urquijo, a las que asistía puntualmente un inspector de la Brigada Político Social que probablemente se quedaba dormido al oír la primera palabra en griego. Zubiri era un filósofo muy técnico y un gran metafísico, y además continuó siendo creyente y no renegó de su religión de origen, pero aun así siguió siendo políticamente sospechoso.

Ortega murió relativamente pronto de un cáncer de hígado y su obra perduró, quedando como el gran símbolo a veces el único, de la cultura de la preguerra. Fue y sigue siendo valorado, pero en España comenzó a caer en un relativo olvido desde los años setenta ante el auge de la filosofía analítica, el marxismo, el posmodernismo y ante el rebrote de los nacionalismos. Zubiri le sobreviviría por muchos años, quedando en un lugar muy discreto debido en gran parte a la dificultad de su filosofía, pero también a su falta de oportunismo y arribismo. A Julián Marías se le nombró catedrático extraordinario de la Universidad Complutense como desagravio y también Senador por designación real [1977] en la primera legislatura.

Las universidades de la posguerra estuvieron fuertemente controladas políticamente y cayeron en manos de profesores por lo general mediocres, y consecuentemente mezquinos. Los que hubiesen podido ser grandes profesores, similares a los alemanes, conocieron esta triste suerte. Con la Ley de Autonomía Universitaria la universidad española comenzó a transformarse poco a poco en algo similar a las universidades europeas en medios, dotación de plazas y organización. Pero se confundió la autonomía científica y la libertad de cátedra con la intriga y el control político de la universidad, que cada vez ocupó más el tiempo de los profesores. Si a ello unimos la implantación de sistemas burocráticos del control de las formas de todo y el contenido de nada tendremos la universidad actual, en la que la mediocridad es la meta a lograr, para así destacar en un mundo rígido, uniforme, fuera de la realidad, y en el que cada vez más profesores son felices reconociendo su borrosa silueta en sus espejos de plomo.

José Carlos Bermejo Barrera (n. 1952)

https://www.elcorreogallego.es/opinion/firmas/la-autonomia-universitaria-y-la-quimera- espanola-FF9513531


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