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Feminismo ¿Por qué no había mujeres camioneras durante el franquismo?

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Mensaje  Genaro Chic Vie Ene 01, 2021 6:43 pm

POR QUÉ NO HABÍA MUJERES CAMIONERAS DURANTE EL FRANQUISMO

        De vez en cuando, mientras ejercía como profesor en la Universidad de Sevilla, los alumnos me invitaban a participar en algunas mesas redondas sobre temas de actualidad, como por ejemplo sobre la homosexualidad o sobre el feminismo. En el primer caso de los referidos recuerdo que en una ocasión un interviniente me preguntó si creía que ellos, los maricones, eran normales. Y le respondí con lógica: Si se tiene en cuenta que lo normal es lo que sucede en la mayoría de los casos, pues no, dado que la mayoría no se consideran dentro de esa condición sexual. Lo cual no quiere decir que eso sea malo (ni bueno) sino que simplemente no es lo más frecuente definirse como homosexual.

        Otro tema es si se trata de personas con la misma consideración social, lo cual es evidentemente distinto. Teniendo en cuenta cómo se considera hoy en nuestra sociedad la sexualidad -mucho más separada del aspecto reproductivo que en otros tiempos- no cabe hacer distingos de calidad en función de la inclinación sexual de cada uno.

       Ya sé que pienso como historiador, y que, en consecuencia, dejo a un lado las consideraciones morales a la hora de analizar un problema (que es lo que se suele hacer al tener en cuenta la memoria histórica, donde se suele resaltar lo que interesa e ignorar o negar lo que no interesa en ese momento).

        Por supuesto tengo mis preferencias (en el plano sexual por ejemplo) pero eso no quita que no considere que se las deba de imponer a los demás, pues las inclinaciones de los otros me merecen el mismo respeto que las mías, y sólo reacciono cuando se coartan, o pretende coartar, sin razón las mías. Y con esta aclaración paso a narrar brevemente la otra anécdota que me había propuesto contar.

        Estando en la mesa de una reunión para tratar el tema de la desigualdad entre hombres y mujeres, se me pidió que dijera unas palabras para abrir el debate. Y, atendiendo a ello, conté algo que me había sucedido unos días antes. En concreto, que me subí al autobús en una parada cercana a la cabecera de línea, como solía hacer, para acudir al trabajo.

         Aquel día me encontré con que la conductora era una mujer joven y hermosa, con el pelo rubio en melena, y lo primero que se me vino a la cabeza fue que en la época de mi juventud, durante el franquismo, eso difícilmente se hubiera producido. Y le preguntaba, en función de ello, al público, mayoritariamente femenino, si entendía por qué había pensado así.

       Las respuestas fueron variadas, pero todas con el mismo fondo: que se le habría prohibido por parte de quienes tenían el poder para hacerlo. Yo me limitaba a negar que ese hubiese sido el motivo de mi pensamiento hasta que, cansado el público, alguien me pregunto por qué. Muy sencillo, les dije, porque entonces la dirección asistida era algo nuevo y la fuerza muscular que se necesitaba para mover el volante había apartado a la inmensa mayoría de las mujeres del trabajo como camioneras. De hecho, cuando se hablaba de “tíos buenos”, la imagen dominante no era la de bombero sino la de camionero.

        Me dijeron que si lo explicaba así entonces las cosas había que verlas de otra manera. Que yo era lo que pretendía: que se enfocasen los problemas teniendo en cuenta las circunstancias en las que se producían. No es, desde luego, una casualidad que se empezara a hablar de feminismo a partir del momento en que la fuerza física de los brazos en la acción laboral empezó a verse desplazada, de forma notable, por los motores de vapor primero y de explosión y eléctricos después.

         En los dos últimos siglos se han producido cambios técnicos que han afectado en gran manera a las formas de producción de bienes o males, y, lógicamente, ello ha afectado profundamente también a los comportamientos sociales. Tareas que antes exigían una fuerza física mayor habían apartado en buena medida a la mayoría de las mujeres de ejercerlas, siendo que ahora iba dejando de ser así. Por supuesto la inercia moral (o sea la generada por la costumbre) siempre actuó como freno en los cambios, y es lógico que se luchara por parte de quienes en ese momento se veían perjudicados para hacer ver que las circunstancias habían cambiado y que por tanto la moral había de hacerlo también.

        Por supuesto sigue habiendo diferencias notables en la especie humana entre machos y hembras, más o menos notables en unos individuos que en otros, pero en general notables. El hecho de que las mujeres puedan parir, y los hombres no, es suficiente como para comprender que hayan de percibir el mundo de forma distinta en muchos aspectos que no son baladíes, se haya producido realmente el parto o no. El funcionamiento hormonal, por ejemplo, aunque se posean las mismas hormonas, no es el mismo; y la percepción de la realidad, ni mejor ni peor, suele ser distinta.

         Que las mujeres, por ejemplo, tengan menor inclinación por la ingeniería que los hombres mientras que en otros estudios suceda lo contrario, no debería sorprender a nadie que no haya perdido de vista la realidad. Aunque las circunstancias hayan cambiado mucho en el último siglo vivido y la moral, en consonancia con ello, haya cambiado igualmente.

         Terminaré con otra anécdota de aquellos días antes referidos. Un día en que me dirigía a la Facultad donde trabajaba, por la tarde, tomé como de costumbre el autobús para desplazarme. Me situé en el fondo del coche y pude observar que en la parada siguiente, entre las personas que subieron estaba una mujer joven y de buena apariencia, que se situó en el espacio central del vehículo, de pie y de espaldas a mí. Yo la estaba mirando y noté cómo, de pronto, se volvió para dirigir sus ojos a mí directamente.

          Aquello me llamó poderosamente la atención y por la noche cuando llegué a casa le pregunté a mi hija mayor: “¿Tú, cuando vas por la calle y un hombre al que no has visto te mira por tu espalda, te das cuenta?”. Y ella me respondió: “Claro, papá, ¿tú no?”. Mi respuesta fue sincera: “No hija, no, para que yo me dé cuenta de que me está mirando alguien a quien no veo, me tiene que tirar una piedra”. Por algo me fascina tanto la mente femenina.

Genaro Chic


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Genaro Chic

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