Prestigio vs Mercado
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Diferencias e interacción entre las Economías de Prestigio y de Mercado

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Diferencias e interacción entre las Economías de Prestigio y de Mercado Empty Diferencias e interacción entre las Economías de Prestigio y de Mercado

Mensaje  Genaro Chic el Jue Mar 12, 2020 7:43 pm


Tras disfrutar de una licencia septenal en el curso 2004-2005, y fruto de los estudios realizados durante ella, decidí formar un grupo de investigación sobre “Economía de prestigio versus economía de mercado”, que no fue financiada por el Ministerio de Educación y Ciencia al no considerárseme apto para dirigirla. No obstante el proyecto fue adelante por la voluntad de los que teníamos interés en ella y con el generoso apoyo del sevillano editor José Manuel Padilla Monge. Fruto de nuestro trabajo fueron un par de publicaciones, de la que la primera (2006) lleva el título de este foro, a la que siguió en 2007 (Perdona nuestras deudas. La delgada línea roja), para la que realicé esta introducción:

Para comenzar hemos querido despejar una duda que nos ha parecido que nuestra propuesta de investigación había suscitado: ¿Se trata del enfrentamiento entre un tipo de economía basado en un amor generoso y otro que representa lo contrario? Nuestra respuesta es: En absoluto. Tan deseables como rechazables pueden resultar las formas extremas que tanto una (la de prestigio) como otra (la de mercado) eventualmente alcancen a presentar. Partimos de la base de que ni una ni la otra se pueden dar de forma exclusiva, porque ambas representan respuestas que nuestro cerebro -que no es más que uno, aunque presente una cara emocional y otra racional al mismo tiempo- ofrece a las necesidades que la vida del individuo humano en el grupo social demanda en el plano de los intercambios visibles necesarios.

Se entiende por economía de prestigio aquella que se basa en un planteamiento sobre todo emocional. La persona que quiere prosperar en ese campo procura manifestarse de forma destacada ante los demás y demostrar su supremacía haciendo favores o concediendo gracias a los otros, los cuales a cambio han de reconocer la mayor calidad del ser de esa persona benefactora, o sea su especial gracia.

La manera de devolver esa deuda de gratitud es intentando por todos los medios agradecer con el propio comportamiento los favores recibidos procurando hacerle los más posibles al benefactor, generando así un fluir de gracia entre las partes implicadas. Es más, la provocación a través de los favores es la base de la competencia, que sostiene al sistema y que puede llegar a ser agotadora. Por ejemplo, en el campo de la religión esa economía se manifiesta por medio de las pruebas de adhesión que se realizan hacia la divinidad, la cual, para manifestar su poder superior, se entiende que ha de devolver beneficios de una forma más espléndida, aunque en este caso se entiende que la figura divina se encuentra en mejor disposición de dispensar gracias que un simple mortal.

Propia de los sistemas aristocráticos (en sentido originario: sociedades regidas por la autoridad –que no el poder- de los mejores que guían a las comunidades), la tendencia natural es a la cerrazón de estos en sistemas nobiliarios de poder (que no de autoridad, o sea de la capacidad de seducir a los demás con la inteligencia generosa) a través de la herencia de situaciones de hecho que tienden a convertirse en otras de derecho. O sea, a convertirse en sistemas nobiliarios, con lo cual se logra evitar en cierto modo apartarse de la alta competitividad que implica el mercado de la gracia.

Contra estas situaciones de derecho tenderán a alzarse los grupos que se sienten ahogados por el sistema y explotados, que intentarán hacer valer otras ideas dominantes, como por ejemplo que lo que importa en el desarrollo de una comunidad es la inteligencia racional, que tiende a cuantificar los esfuerzos en un plano de igualdad. El problema que presenta esta otra postura (que tiende a manifestarse en la economía de mercado, basada en la oferta y la demanda sobre bases en principio igualitarias) es la evolución en la exaltación de lo racional hasta extremos racionalistas, o sea sectarios de la razón y por tanto irracionales, lo que implica un individualismo cada vez mayor y la tendencia a la destrucción del sentimiento social como algo emocional (sentimiento que se sustituye por un contrato social carente de emoción, basado sólo en los intereses cuantificados). O sea, que la competencia, en este plano, puede llegar a ser tan destructiva como en el contrario.

Es por ello por lo que entendemos que, en el enunciado de “Economía de prestigio versus economía de mercado” que presenta este grupo de investigación, lo principal es el estudio de lo que implica la palabra “versus” (que en latín significa “hacia” y no “contra”, como muchos creen). Partimos de la base de que el ser humano es al mismo tiempo emocional y racional, aunque las circunstancias pueden llevar momentáneamente a poner más el acento en un aspecto que en otro, y aunque la tendencia al equilibrio –aunque sea inestable- es natural. Y entendemos que el desarrollo de la tendencia racional exige la de su contrapartida emocional. Como dice un investigador norteamericano, si el hombre es el ser más racional no debe extrañarnos que sea también el más emocional.

El estudio de la historia desde esta doble perspectiva entendemos que ayuda mucho a comprender la evolución de las sociedades humanas. Y entendemos que el desarrollo del conocimiento racional favorece el desarrollo emocional. Así, por ejemplo, nación y estado son dos términos contrapuestos que se apoyan uno en el otro en su desarrollo, y difícilmente podemos entender el funcionamiento separado de ambas formas de agruparse –sobre todo a partir del momento en que la anarquía se hace imposible porque el control directo es igualmente irrealizable- aunque en la práctica convivan muchas veces en tensión dado sus distintos ritmos de desarrollo. A veces la necesidad racional de estado supera el marco emocional de la nación, pero en último extremo el estado no puede vivir sin el sentimiento nacional y tiende a crearlo cuando no puede conseguir imponer alguna de las formas nacionales que pueden haber quedado englobadas en el propio estado.

La razón y la emoción, a las que nos aboca necesariamente nuestro cerebro dual, sienten necesidad la una de la otra para poder existir, pero el avance de una y otra forma de pensamiento no puede ser sino necesariamente distinto uno de otro, al ser entre sí inconmensurables. Este avance desigual es lo que nos permite comprender, en el estudio de las sociedades humanas, que unas formas sean sustituidas por otras como si de una restauración de un pasado más perfecto se tratara.

La investigación del pasado social de las comunidades humanas nos permite ver la obsesión por avanzar hacia atrás, sin que por otro lado se vuelva en verdad nunca al pasado. En realidad los círculos por los que gusta transitar son círculos abiertos, auténticas espirales. A través de ellas se recuperan, aunque a distinto nivel, los principios rectores emocionales o racionales que se piensa que han dejado olvidados al haber ido demasiado lejos en el proceso de tensión de la convivencia. Una convivencia que trata de hacer compatibles los intereses comunitarios con los de los individuos comprendidos en las mismas comunidades a las que pertenecen, a las que sienten tanto como protectoras como ahogadoras. De la misma manera que la comunidad puede sentir que determinados individuos están llevando demasiado lejos sus deseos de libertad personal hasta el punto de perjudicar a la comunidad que los acoge y a la que parecen querer dejar atrás. La comunidad que así se sienta (apoyando los intereses de quienes se oponen a los jefes de comportamiento antisocial) no tendrá más remedio que ampliar su límite de referencia para englobar a aquellos que parecía que se les escapaban.

En este sentido entendemos que una frase bien conocida en el mundo cristiano nos puede servir de imagen. Ha sido extraída de la oración que Jesús de Nazaret enseña a sus discípulos para dirigirse a Dios, el padrenuestro: perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” [Lucas 11, 4]. Y si ha sido escogida ha sido porque en nuestros tiempos se ha cambiado por esta otra de “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Dado que la reforma se ha hecho por los responsables de la Iglesia Católica sobre un texto atribuido al propio Jesús, hay que entender que su sentido había llegado a ser ininteligible en nuestras sociedades de mercado y se hacía precisa una nueva formulación.

¿Cuál era el sentido originario? Es difícil saberlo. Sobre todo teniendo en cuenta que estas distinciones tan netas que nosotros hacemos entre lo económico, lo político o lo social, nunca lo han sido tanto, y menos aún en el mundo mediterráneo de hace veinte siglos. En cualquier caso otras referencias evangélicas nos pueden servir de guía.

Así, el rechazo del impuesto aparece con claridad en Mateo 17, 25: “¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la tierra ¿de quiénes cobran tributos o impuestos? ¿De sus propios hijos o de los otros? Como respondiera él: De los otros; concluyó Jesús: De consiguiente están exentos los hijos”. Porque, como sigue diciendo en 20, 25-27: “Sabéis que los jefes de las naciones señorean de ellas despóticamente, y los magnates ejercen un poder tiránico. No debe ser así entre vosotros. Sino que quien aspire entre vosotros a ser grande, debe ser servidor vuestro, y quien quiera entre vosotros ser el primero será esclavo vuestro”.

De ahí la recomendación que nos dice Lucas (14, 12-14) que hizo Jesús a un destacado prohombre local que lo había invitado: “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos”.

Entendemos que hay aquí una clara referencia a la economía de prestigio, basada en el don. Una persona alcanza prestigio si otras personas importantes aceptan su invitación, y en caso contrario puede verse ofendida y desprestigiada, como vemos un poco más adelante y con claridad en el relato del mismo Lucas (14, 15-24). La competitividad en este tipo de economía no es menor que en la de mercado, y L. de Heusch nos ha dejado una magnífica descripción de la competencia por el honor que se desarrolla en un gran potlach del África central, de forma que la aceptación de la asistencia a un festín está rodeada de minuciosas negociaciones acerca del honor conferido al asistente y del que él ofrece a cambio con su presencia [Cfr. Aristóteles, Et. Nic., 4, 1]. En cambio Jesús se nos muestra reaccionando contra ello: “Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis?, pues también los pecadores prestan a los pecadores para recibir otro tanto. Amad, pues, a vuestros enemigos, haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es benigno para con los ingratos y malos.” (Lc. 6, 34-35).

Lo hasta aquí expuesto podría ser entendido como una reacción anti-sistema propia de una facción política en el marco de convivencia de los judíos, resucitando una antigua tradición según la cual el trabajo del hombre es considerado como una bendición (Prov. 10, 4), en tanto que se honraba la fatiga tanto como se condenaba la ociosidad (Prov. 6, 6-11; 24, 30-34). Pero nos da la sensación de que el problema era estructural e iba más allá de las fronteras israelitas. Así por ejemplo, si miramos los consejos de Aristóteles acerca del control del poder por parte de las oligarquías (Pol., 1305 b) nos damos cuenta enseguida de que se está hurtando el control sobre sí mismas a comunidades que aún no han desarrollado un aparato estatal y cuya tendencia natural, al ser anárquicas, es a la fiscalización de sus propios jefes.

Así habló Aristóteles: “La oligarquía procurará conceder derechos políticos al pueblo, sea mediante el establecimiento del censo legal, como ya se ha dicho, sea como hace la constitución de Tebas, exigiendo que haya cesado desde cierto tiempo en el ejercicio de toda ocupación liberal; sea como en Marsella, donde se designa a aquellos que por su mérito pueden obtener los empleos, ya formen parte del gobierno, ya estén fuera de él. En cuanto a las principales magistraturas, reservadas necesariamente a los que gozan de los derechos políticos, será preciso prescribir los gastos públicos que para obtenerlas deberán hacerse. El pueblo, entonces, no se quejará de no poder alcanzar los empleos, y en medio de sus recelos perdonará sin dificultad a los que deben comprar tan caro el honor de desempeñarlos. Al tomar posesión, los magistrados deberán hacer sacrificios magníficos y construir algunos monumentos públicos; entonces el pueblo, que tomará parte en los banquetes y las fiestas, y verá la ciudad espléndidamente dotada de templos y edificios, deseará el sostenimiento de la constitución; y esto será para los ricos un soberbio testimonio de los gastos que hubieren hecho. En la actualidad, los jefes de las oligarquías, lejos de  obrar así, hacen precisamente todo lo contrario: buscan el provecho con el mismo ardor que los honores; y puede decirse con verdad que estas oligarquías no son más que democracias  reducidas a algunos gobernantes”.

Como vemos el problema fundamental deriva de la percepción de falta de equilibrio entre el jefe que quiere serlo y la comunidad que debe permitírselo y que puede no encontrarse justamente compensada por la cesión de honor que ha realizado a favor del gobernante. El proceso de individualización marcado por el desarrollo de la riqueza mueble ha podido incidir en ello. Al menos esa es la impresión que nos da Ovidio [43 a.C.-17 d.C.] cuando, al final del proceso previo a la constitución de un verdadero estado en Roma, nos dice (Fast., 1, 217-218) que “ahora sólo el dinero tiene precio: la riqueza es la que da los cargos de prestigio (census dat honores), la que da las amistades; el pobre yace en cualquier parte”. O que (Am., 3, 8, 55-56) “la curia está cerrada a los pobres; es la riqueza la que da los cargos de prestigio (dat census honores), ella la que hace juez al grave, caballero al serio”. Previamente, en muchas comunidades mediterráneas, leyes contra el lujo han intentado bajar la presión social que suponían los excesos de una economía de prestigio que no se sabía muy bien cómo combatir.

Es por ello por lo que Plutarco [c. 50-120], en sus Consejos políticos (822 B), sigue indicando a comienzos del siglo II d.C., que “las evergesías [las buenas obras] deben ser hechas sin esperar recompensa, así sorprenden y subyugan más a los que las reciben; pero además háganse en un momento oportuno con un pretexto agradable y bueno, vinculado a la veneración de un dios para promover la piedad. Pues al pueblo le sobreviene la idea y creencia de que el dios es grande y venerable, cuando ve rivalizar con desinteresado esfuerzo en honor del dios a los que ellos respetan y consideran grandes”. Es esta una época que se vive aún de la inercia de la economía de prestigio que domina el ámbito oficial romano hasta la época de Nerón, lo que lleva a su institucionalización, antes de que entre oficialmente en quiebra durante los reinados de Marco Aurelio y su hijo Cómodo, cuando el recurso relativamente fácil a las grandes cantidades de plata producidas por las minas deja de estar disponible.

Es interesante notar, en cualquier caso, que el mundo tendente a la cuantificación, o sea el mundo lógico ligado a los tráficos y los sistemas de cambio, siempre supuso un contrapeso en la lucha contra los rasgos llegados a ser insoportables de una economía de prestigio. El mundo del trabajo, esa virtud predicada por los ricos como medio de liberación del pobre, ha tendido a convertirse en base para la elevación de las nuevas aristocracias progresistas en su lucha con las regresivas convertidas en noblezas cerradas. El mundo de la cuantificación, de las mercancías o incluso –en tono menor- de las jornadas laborales, ha buscado refrenar los excesos a los que se puede llegar y se ha llegado en el marco de esa otra economía que pone mayor atención a las relaciones cualitativas entre las personas, manifestadas a través de ese vocablo polifacético que es el de “fortuna”.

Es ese mundo de los que reciben las raciones cuantificables (que K. Polanyi (1886-1964)  [en El sustento del hombre, 1977] estima que se encuentra oculto en la expresión “el pan nuestro de cada día dánosle hoy”), esas raciones que se siguen observando tras los repartos de comida o bebida evergéticos, (el que) tiende a alzarse frente a la opresión que pueden ejercer los que se parapetan tras presupuestos ideológicos de un prestigio que se ha convertido en simple dominación nobiliaria y que tienden a imponer a las masas entregas de excedentes, aunque sea para proceder a su posterior redistribución. Piénsese, por ejemplo, cómo Pisístrato [c. 607-527 a.C.] llega a ejercer la jefatura extraordinaria en Atenas con apoyo de las masas desposeídas y de aquella sección de la nobleza que entendía que había que cambiarlo todo si quería seguir dominando. Será propio de estas tiranías favorecer el mundo del comercio y del trabajo artesanal especializado, amén de promover numerosas obras públicas que den abundante trabajo y prosperidad a la comunidad en general. Y sin embargo el intento de establecer un impuesto (distinto de una eisphorá o contribución), lo que habría supuesto pasar a manos de un estado los gastos públicos, fue un elemento considerado impopular que se utilizó en el derribo del sistema tiránico mantenido por sus hijos en Atenas.

Cuando se “restaure” la anarquía democrática[ (con elementos tan significativos en esta línea como el ostrakismós o condena de intenciones), pese a que se hace sobre bases muy racionales que en buena medida han alcanzado su prestigio en la época anterior, el impuesto directo (o sea, aquello que se impone) vuelve a desaparecer de la esfera pública, al menos de forma oficial y abierta. Luego, el reconstituido pueblo ateniense volverá a tomar una política de prestigio, aunque en este caso controlada en principio por el pueblo o colectividad, que tiende a convertirse a sí misma en una nobleza general que vive de sus esfuerzos en la guerra y el botín (directo o inducido) obtenido al frente de una Liga Ático-Délica [477-377 a.C.].

El mundo del trabajo, ante el avance del prestigio colectivo, vuelve a quedar relegado a sectores marginales (desde el punto de vista político) de la población, como los metecos [los forasteros residentes] o los esclavos. Habrá que esperar, en este ámbito, a que las contradicciones puestas de relieve en la llamada Guerra del Peloponeso [431-404 a.C.] alumbren un nuevo mundo en el siglo IV a.C., que será, por ejemplo, cuando el mundo del comercio ocupe el ágora [plaza de reunión pública] extendiéndose desde el emporio [centro comercial] de El Pireo [puerto de Atenas, a 6 km].

Así pues, tanto en estos ejemplos arrojados a voleo como en muchos otros que se podrían aducir, entendemos que queda clara la oposición al tiempo que la complementariedad que se da entre dos sistemas económicos, el de prestigio calificador y el de mercado cuantificador, y la delgada línea roja que los separa teóricamente al tiempo que sirve de guía para evitar excesos en uno u otro sentido. Hoy intentamos revolvernos contra una sociedad de mercado impersonal en la que todo parece estar dominado por éste, con su carácter disolvente de los lazos de solidaridad humana, olvidando con frecuencia que esos lazos pueden llegar a ahogar las pulsiones de tendencia individual que todos tenemos, como sucedió en épocas pretéritas.

Las aguas de la irracionalidad tienden a anegarnos en un mundo sediento por la sequía del racionalismo a ultranza. Constantino Kavafis [1863-1933] escribió hace un siglo unas palabras que hoy da la sensación de que sus siguen vigentes: “¿Y qué será ahora de nosotros sin los bárbaros? Quizá ellos fueran una solución después de todo”. Personalmente pensamos que en realidad no hay solución, a no ser desde la perspectiva de lo inmediato, y que el sistema vivirá, mientras lo haga, buscando un imposible equilibrio que no pasará de ser inestable. Pero esta idea, como cualquier otra, no se basa más que en la experiencia de lo pasado.

Publicado en Perdona nuestras deudas. Economía de prestigio versus economía de mercado II, dirigido por G. Chic García, Sevilla, Padilla Libros Editores y Libreros, 2007, pp. 5-10.

https://www.academia.edu/7721961/Perdona_nuestras_deudas._La_delgada_linea_roja

Genaro Chic

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