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Cuando algo tiene gracia es sagrado para ti

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Cuando algo tiene gracia es sagrado para ti Empty Cuando algo tiene gracia es sagrado para ti

Mensaje  Genaro Chic el Jue Ene 02, 2020 8:21 pm


CUANDO ALGO TIENE GRACIA ES SAGRADO PARA TI

La doctrina de la gracia es similar, en el plano emocional, a la filosófica en el racional, ambas fruto simultáneo del cerebro humano. Las líneas que siguen pretenden ser un esbozo racional del funcionamiento de nuestras emociones en relación con la valoración de lo que llamamos realidad. Estimo muy necesario un estudio en profundidad de la misma para comprender mejor el comportamiento humano de una forma más completa.

Cuando se habla de sacralidad lo normal es pensar que nos estamos refiriendo al mundo de las religiones, esas que establecen una relación con lo trascendente. Pero la cosa no es tan sencilla.

La sacralidad es en realidad el sentimiento de la realidad, mucho más allá de lo que dice el Diccionario de la Lengua Española del nuestra Real Academia.
Cuando razonamos sobre el mundo que nos rodea y llevamos este razonamiento a su máxima expresión a través del lenguaje, o sea cuando lo reducimos a esquemas matemáticos, nos encontramos con que todos los metros cuadrados son iguales, bien se hayan medido en un estercolero o en la zona residencial más cara de nuestra ciudad. Pero sabemos que la realidad es algo más compleja y que por medio entra la apreciación psicológica de “valor”.

¿Vale todo lo mismo? Evidentemente no. Unas cosas se aprecian más que otras, tiene distinto aprecio o precio [No es lo mismo un frasco pequeño de Chanel nº 5 que uno grande de Nenuco]. Así, cuando nos sentamos en casa a ver la televisión, por ejemplo, tendemos a sentarnos en el mismo sitio, sin que nadie nos lo haya indicado (lo mismo que suele suceder a un alumno en clase) ni razonemos el porqué de tal actitud. Simplemente es un lugar en el que nos sentimos más a gusto que en otro. Ese gusto por determinada porción de la realidad que nos rodea es la sacralidad: es algo que sentimos con más fuerza, que es sagrado para nosotros.

La sacralidad tiene tanta fuerza para nosotros que difícilmente se puede olvidar lo sagrado. Lo sagrado es verdad porque "no se olvida" (la palabra griega 'aletheia', que traducimos por “verdad” quiere decir exactamente eso), sin que quepa la contraposición con lo falso.

Desde esta perspectiva emocional una cosa es más verdad que otra porque tarda más en olvidarse, porque tiene más ser, más “gracia” que otra. Es una percepción básicamente cualitativa de la realidad, no cuantitativa. Hay unos seres que, para nosotros son más que otros, sean cosas o personas. Cuando algo o alguien es muy importante para nosotros decimos que, siempre para nosotros, es “sagrado”. Sagrado es, por ejemplo, el cariño que nos une a un ser determinado.

Todo ser, desde una perspectiva emocional, tiene su “gracia”, su calidad, que no es siempre la misma. La apreciación del ser puede ir variando. Así, por ejemplo, vemos que, antes de la confección de mapas visuales, cuando un viajero antiguo se desplazaba por el Mediterráneo, había cabos, promontorios, estrechos, etc. que le llamaban especialmente la atención, que quedaban en su memoria y podían darlo como referencia a otros que se entendía que se habían de fijar en ellos por su carácter extraordinario que hacía que no se olvidaran. Tenían sacralidad, y por ello se solía reconocer ese carácter sagrado elevando un altar o un templo en el lugar.

No eran sagrados porque tuvieran templos, sino que tenían templos porque eran sagrados. A veces esa sacralidad perdura a lo largo del tiempo en la apreciación colectiva, de forma que donde un sistema religioso establece un templo otros lo mantienen, como la arqueología demuestra al descubrirnos debajo de un templo cristiano una mezquita, y debajo de esta otros templos de religiones anteriores, como sucede en Córdoba.

Pero otras veces la consideración de sagrado se va perdiendo y el templo puede terminar convertido en museo o en un bloque de apartamentos. Lo mismo sucede con las personas, cuya sacralidad, vista desde una perspectiva individual o colectiva, se puede ir perdiendo a favor de otra, cuando ya no hace “gracia”. Porque la gracia no es más que la calidad del ser que se percibe, sea humano o no. Por ejemplo, se dice que no hay gracia como la gracia divina, esa a la que se hace referencia en el Avemaría: La gracia de Dios, la más grande de todas, entró en María y la dejó llena de gracia en una medida insuperable.

Esa gracia no se encuentra reducida en compartimentos estancos. Al contrario, circula por todo lo que tiene ser, o sea por todo lo existente, sin pararse en barreras individuales. El ser es, y el no ser no es, así de sencillo. Si algo tiene ser, tiene necesariamente gracia, aunque no siempre en la misma proporción. Es como el humo, que se puede dar como mayor o menor densidad en determinados puntos, pero no hay límites claros entre ellos, y por consiguiente se puede desplazar la densidad haciendo que en una parte haya sucesivamente más o menos cantidad. La gracia, por tanto se puede transferir (dar las gracias implica un soberbio don) y la calidad de la misma dependerá de la fuente emisora. De ahí que no haya nada superior a la gracia divina. Evidentemente, esta dación es, como su propio nombre indica, ‘gratuita’, ‘gratis’ [gratis, en latín: “con gracias”], porque la gracia (“gratia”) no se puede mensurar de forma estricta. No tiene sentido decir “te doy un kilo, o un metro, de gracias”, sino sólo “muchas gracias” o “gracias” a secas. Y ya se entiende que quien tiene más gracia, quien es más afortunado, necesariamente tendrá que dar más, lo que no es sino una manifestación de su grandeza. O sea de su autoridad, dado que “auctoritas” es una palabra relacionada con “augeo”, “aumentar”, y lo “augusto” es lo que es más grande, lo que tiene más autoridad porque se considera que tiene más gracia.

El nombre y la gracia personal

¿Cuál es su gracia? Esta era hasta no hace demasiado tiempo la expresión popular para preguntarle el nombre a una persona. Veamos una explicación.

       Entre los antiguos egipcios ren es el nombre que la persona recibe al nacer, aunque podría cambiar a medida que la persona iba evolucionando. El ren viviría mientras el nombre fuese pronunciado, lo que explica los grandes esfuerzos realizados para protegerlo, escribiéndolo profusamente en papiros y monumentos, o destruyéndolo en casos de manifiesta enemistad.

En el mundo grecorromano la gracia (calidad del ser: Gratia en latín. Kharis' (χάρις, -τος) en griego ) está ligada al nombre de las cosas, que es identificable con el ser de la misma, y aumenta o disminuye con la fama (con lo que se dice de uno: fama en latín. Pheme ( en griego). Si el nombre (por ejemplo, de una moneda o de una persona) tiene buena fama, entonces su autoridad –y con ella su potencia- puede ser grande.

Que hablen mal de uno puede ser malo, pero el ninguneo es peor que el insulto porque es negar la existencia del nombre, y con ello negar el ser del sujeto. El lograr el olvido de alguien o algo es el supremo mal que se le puede infringir; de ahí la práctica de lo que los romanos llamaban la damnatio memoriae, la condena de la memoria o recuerdo de alguien o algo. ¿No se cambian los nombres de las calles o de las instituciones cuando se cambia de régimen? ¿Por qué está prohibido hablar de algo positivo en quien ha perdido la guerra, aunque se pueda documentar? ¿No se traiciona con ello la verdad histórica? En Europa, sin ir más lejos, sabemos mucho de ello.

La mala fama no es en principio deseable, pero es evidente que hay personas que la buscan cuando se sienten incapaces de competir por la buena (“que hablen de mí aunque se mal”, se dice).  Luchar por el buen nombre es lo más importante, pero tener mala fama es menos malo que no tener ninguna. Al fin y al cabo el bien y el mal son relativos a una situación dada, y el pueblo que persiguió antaño a un personaje pueda hogaño sentirse orgullosa de él: lo que es malo en un momento puede pasar a ser considerado bueno en otro, baste con que cambie el tono del poder. Por eso el olvido, inevitable a la larga (los muertos se decía que pasaban el río del Olvido), es peor que la mala fama, que mantiene viva el nombre, el recuerdo, y con él el ser de la persona. En el antiguo griego la expresión para lo verdadero era “a-lethés”, lo que está fuera del olvido (lethe), y entre nosotros aún perdura la expresión “¿qué te iba yo a decir que mentira no era?” (no puede ser falso lo que no se olvida, pues su ser es verdaderamente grande, y eso es lo que cuenta; cosa que bien saben los propagandistas).

El olvido del nombre es la verdadera muerte personal, la señal de que su gracia, su ser, no vale ya nada; de que ha salido definitivamente de la vida en la que entró cuando su nacimiento fue reconocido y se le puso un nombre. Cuando algo o alguien se olvida –cosa que antes o después inevitablemente sucederá- se pasa en primer lugar a esa masa informe que son los antepasados de los vivos, cuya importancia –reflejada en el poder de las tradiciones- se va diluyendo con el tiempo. Desaparece así del todo su nombre propio, reflejo de su gracia, que aún mantienen nuestros muertos. Desaparece su ser individualizado. E incluso el colectivo, cuando su pueblo es aniquilado o plenamente absorbido por otro. Esta es la verdadera muerte, más allá que la del cuerpo, que es su umbral más importante.

Quien tiene el poder es plenamente consciente de ello, y sabe que para que su nombre se recuerde tiene que procurar que los demás sientan que son más conocidos –son alguien- si se sienten importantes porque su visibilidad resalta gracias a quien detenta el poder. Por ejemplo, si saca a alguien o algo en televisión, para que lo vea mucha gente, esa persona (o cosa) será así más importante a los ojos de los demás, una auténtica princesa del pueblo. Es el poder de la publicidad, o sea de hacer público lo que era poco conocido. Su valor se potencia con ello y contamina al árbol a cuya sombra se ha cobijado. Si quieres ganar unas elecciones, saca a los posibles votantes y a sus cosas en una televisión, que te lo agradecerán (te darán sus gracias, que aumentará la tuya). ¿Por qué hay tantas televisiones regionales y locales deficitarias, incluso en una época de aguda crisis económica? Evidentemente el poder no las considera algo superfluo para sí, y por eso los recortes no les van a afectar como sería lógico esperar desde la perspectiva del pueblo que paga. Aunque posiblemente este (el pueblo) se vea compensado por el buen trato -por la apreciación de su gracia- que se les da desde los medios de difusión masiva que el poder le ofrece. No es de extrañar que los gobernantes suspiren hoy pensando en el día que puedan controlar totalmente un medio como internet.

NOTA SUPLEMENTARIA:

GRACIA = calidad  del  ser, que se siente de forma desigual (distinta sacralidad del ser).

*Tiene carácter finito, aunque impreciso.  Se puede transferir.

*Nombre: Gratia en latín. Kharis' (χάρις, -τος) en griego  (→ charitas  → caridad).

Palabras relacionadas:

Gratis, Agraciado, Agradecer, Desgraciado, Desagradecido, Carisma,  Caridad, Cariño...

En este realismo mágico, según el cual se entiende que la realidad (la calidad de “res”, de cosa) puede aumentar o disminuir mediante transferencia de unos puntos o “seres” a otros, obtendrá ventaja quien sea mejor “præstigiator” (“prestidigitador”), el que destaque en el manejo del “præstigium” (fantasmagoría, juegos de habilidad manual). La persona puede transmitir su gracia, pues. Es un elemento esencial en la economía de prestigio.

Genaro Chic García. Universidad de Sevilla.

https://prestigiovsmercado.foroes.org/t112-el-nombre-y-la-gracia-personal#337

Mira el esquema visual que he realizado sobre el tema

https://www.academia.edu/24155047/Qu%C3%A9_es_lo_sagrado


Genaro Chic

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