En la Naturaleza la democracia no existe

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En la Naturaleza la democracia no existe

Mensaje  Genaro Chic el Mar Ago 13, 2013 12:45 pm

En  la Naturaleza la democracia no existe, como no existen ni el bien ni el mal. En el mundo animal, al que pertenecemos, lo que se da es el dominio del más fuerte (física e intelectualmente) sobre los más débiles, algo que los antiguos griegos denominaban “el principio sagrado”, o dicho en su lenguaje “la jerarquía”. Lo que sí se da es la posibilidad de que los débiles actúen conjuntamente contra el poderoso de turno para zafarse de él. La democracia es un hecho cultural, o sea un forzamiento de la corriente normal en el marco natural, que puede permitir un dominio más sereno del poderoso con la condición de que éste ceda momentáneamente a la presión del conjunto de los débiles cuando la situación oprimida de estos se haga intolerable.

Esto no es nada nuevo. Con una óptica distinta a la mía, ya lo planteaba el influyente político aragonés Joaquín Costa en 1901, en una obra de la que copio un trozo:

Si la oligarquía actual no es, en suma, otra cosa que la tiranía de la clase media, bien se echa de ver que el fenómeno morboso no es el desarreglo accidental y leve de un organismo robusto y sano, ni exclusivo de la moderna constitución social y política de España. Sería cosa rara, y de difícil explicación, que sólo aquí la burguesía gobernara desalmadamente para su provecho.

La observación descubre la misma dolencia en todas partes, y no sólo en las naciones de gobierno parlamentario, sino en las de tipo más constitucionalista (no digo representativo, porque, aun tomado el término en estricto sentido, me parece, a más de equívoco, inexacto). No me permiten el tiempo ni la reducida índole y estrechas proporciones de esta monografía probar con hechos, tan numerosos como elocuentes, la afirmación que a muchos parecerá atrevida e infundada; pero remito al lector a un libro que anda en manos de todos, a El Sufragio universal y la democracia por Edmundo Scherer, que, por oportunista y antiguo colaborador de Le Temps, es testigo de mayor excepción en los datos que aduce y en las reflexiones que hace acerca de la ineptitud e impureza de la democracia francesa y americana, es decir, de dos mesocracias de democráticas apariencias y ficciones. Allí encontrará el curioso un cúmulo de experiencias y citas que nada dejan que desear respecto del sufragio y de sus resortes, del nivel moral de electores y elegidos, y de la incompatibilidad del sistema con el influjo y gobierno de la elite o aristocracia natural, excluida, como en España, de la dirección política y de la regeneradora acción pública, oscurecida  como aquí por charlatanes y politicastros dignos del grillete; víctima también, aunque confieso que no en el mismo grado, de la inmoralidad administrativa, y además, en Francia, del expedienteo, y de las abrumadoras y agarrotantes burocracia y centralización. Valga por todos, para no amontonar testimonios, uno reciente, y también de autor no sospechoso, Fouillée (La France au point de vue moral):

«.....Nuestro sufragio universal, tal como está instituido, envuelve, bajo las »apariencias de justicia, una interminable serie de injusticias... No; la Francia no merece el gobierno que le es impuesto por la casta de estos usurpadores que se llaman politiciens. Creemos estar en democracia; estamos entregados a LA OLIGARQUÍA DE LOS PEORES.»

Pero ¿cómo es posible pasar por alto las habas que se cuecen en todas partes? ¿Tan lejanos sucesos son la colosal estafa de Panamá; la venta de condecoraciones hecha por el yerno del presidente Grevy; el proceso Dreyfus, tengan razón los judíos ó los antisemistas; los latrocinios bancarios de Italia; los arteros manejos yankis para arrebatarnos la soberanía de Cuba y encender una guerra inicua; los recursos que han dado la victoria presidencial á Mac-Kinley sobre su competidor demócrata; los trust de la plutocracia judía o ajudiada; la campaña incalificable contra el Transvaal, perpetrada en el país clásico del sentido jurídico y de las garantías y publicidades parlamentarias por un solo hombre, tipo del burgués arrogante y maquiavélico, el cual, a espaldas de los poderes oficiales, y con urdimbres como de camarilla y de alcoba, compromete a Inglaterra en la empresa deshonrosa de arrebatar libertad e independencia a un pueblo sencillo y heroico, culpable solamente de las riquezas minerales de su suelo, tentadoras de la codicia del nuevo cartaginés? ¿Sólo un gobierno es injusto cuándo realiza, dentro y contra su país, los desafueros? ¿Y no es delito menor entenderse con un cacique rural para cualquiera picardía, que con filibustero invasor para llevar á una nación amiga el incendio, la devastación y la muerte, por móviles que no ha sabido justificar y poner en claro ante las graves acusaciones lanzadas en la prensa y en el Parlamento un ministro sin escrúpulos, que ya debiera haber comparecido como reo ante las Cámaras? ¿Y qué moralidad, qué pureza representativa hay en un pueblo, ebrio de brutal ginjoísmo, que sanciona con mayoría ministerial en las últimas elecciones tamaños excesos, si es que esa mayoría no se ha amañado con el soborno y la corrupción, como en la Italia de Crispi o en la España de cualquiera, según han dicho autorizados periódicos ingleses?

Una oligarquía sin sentido moral impera en la Gran Bretaña, como en Francia, como en Alemania, como en los Estados Unidos; sólo que en esas naciones la clase media, no diré más educada, pero sí más ilustrada que la nuestra, más hecha para la vida pública, más formada en la lucha parlamentaria, en una palabra, con más conocimientos y hábitos de política, ha adquirido una prudencia gubernativa, un sentido práctico de transacción y acomodamiento con los intereses distintos y contrarios, cualidades de que carece la burguesía española por concurso de causas que no hay tiempo de explicar y en virtud de las cuales acaso no apareciera de peor condición e índole moral la clase media ibérica que la de los otros pueblos.

Lo que ha acontecido en esos es que la prudencia de la carne, con que gobierna la mesocracia europea y americana, ha tenido una escuela en que formarse y arraigarse: la resistencia, ya secular y organizada, de la clase popular, resistencia que falta casi en absoluto en las naciones latinas y en absoluto en España. Ella ha enseñado a la burguesía a ceder a tiempo, aunque de mala gana, para no comprometerse y anularse, y a ir retrocediendo a las posiciones que puede conservar sin gran esfuerzo y peligro y por indefinido plazo; de suerte que allí el gobierno es una transacción y equilibrio, más o menos estable, de conveniencias entre las dos fuerzas que se disputan el imperio del mundo: el tercer estado, que cada día retrocede, y el cuarto, que cada día avanza, ora ruidosamente como en Francia y Alemania, ora por callada y apenas perceptible evolución, como en Inglaterra. ¿Cuándo la altiva, exclusivista y desalmada gentry, en que se ha convertido la flexible aristocracia inglesa, hubiera, espontáneamente y por inspiración del sentido jurídico, abandonado la obstinada defensa y mantenimiento de seculares iniquidades, sino asediada y comprimida por esa otra fuerza que llaman opinión popular, y que en resumen no es otra cosa que el impulso numérico bien organizado de la plebe, que quiere su parte en el festín de la vida y que en él va poco a poco conquistando puesto y cubierto? ¿Cómo es posible hablar del sentido jurídico de los gobiernos ingleses, sin volver los ojos a la isla infeliz, asesinada, saqueada, despoblada horriblemente aun en el último reinado de la graciosa soberana, y donde aún perdura la constitución más monstruosa de la propiedad, fundada en un despojo que, aunque de Edad moderna, hay, para buscarle semejante, que acudir a las bárbaras edades de las castas, en que el invasor victorioso señoreaba con el suelo las cosas y las personas, la libertad y la propiedad de los vencidos?

Joaquín Costa, Oligarquía y caciquismo, Salamanca, 1901, pp. 14-18.

Genaro Chic

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Re: En la Naturaleza la democracia no existe

Mensaje  Genaro Chic el Miér Ago 28, 2013 7:36 pm

En esta linea, que no es nada nueva pero que se prefiere con frecuencia dejar de lado para que la masa no reflexione sobre la realidad de lo que es la estructura de cualquier sociedad humana, puede ser interesante echar un pequeño vistazo a la introducción que Rosendo Bolívar Meza hace en su estudio sobre "La teoría de las elites en Pareto, Mosca y Michels", que comienza con una cita de Vilfredo Pareto en la que se sostiene que "La historia es un cementerio de aristocracias". Dice así:

Debido a la falta de líderes capaces, sigue siendo imprescindible analizar la teoría de las elites. Es además apremiante la necesidad de educar en la moralidad y en la eficacia de la acción política a los hombres llamados a dirigir y gobernar a las masas. A principios del siglo XXI se tienen evidencias más que suficientes para señalar la urgencia de líderes responsables, comprometidos, eficientes, honestos, cultos y capaces de regular los destinos de la sociedad, independientemente de los regímenes políticos o tipos de gobierno de que se trate.

La teoría de las elites no es en sí misma una corriente conservadora, ya que es un hecho contundente que aun en los sistemas más democráticos las minorías guían y las mayorías son guiadas y manipuladas. Lo que sí es una expresión conservadora de ella, es que plantea un cambio lento, gradual y controlado desde arriba, sin reconocer del todo las ventajas y virtudes del método electoral como mecanismo de recambio de la clase en el poder. El estudio de las elites no es exclusivo de la Italia de Benito Mussolini o de la Alemania de Adolfo Hitler. Antes del advenimiento del fascismo y del nacionalsocialismo varios pensadores, invocando el liberalismo, habían señalado y examinado la distancia que separa a gobernantes y gobernados y sometieron a examen los postulados de la democracia liberal.

La teoría de las elites, que afirma que en todas las sociedades la dirección política, administrativa, militar, religiosa, económica y moral es ejercida por una minoría organizada, es más antigua de lo que comúnmente se cree.

Desde Maquiavelo esto quedó claro, él afirmó en sus "Discursos" que en cualquier ciudad, no importa como esté ordenada, en los niveles de comando hay apenas unas cuantas personas. Más adelante, Saint-Simon estableció que la dirección política debe estar confiada a quienes tienen la capacidad de hacer progresar la ciencia y conducir la producción económica. Alumno de Saint-Simon, Augusto Comte sostuvo que el mando de la sociedad debía corresponder a una aristocracia científica. Por su parte, Hipólito Taine explicó la Revolución Francesa de 1789 como la necesidad de que una nueva clase dirigente sustituyera a la antigua, que había perdido sus aptitudes para el comando.

Marx y Engels llegaron a la conclusión de que el Estado es el representante de la clase poseedora de los instrumentos de producción económica. Cabe destacar que percibieron que las revoluciones no han sido más que el reemplazo de una elite por otra ya que como señaló Engels refiriéndose a la Revolución Francesa de 1848, hasta aquella fecha

“... todas las revoluciones se habían reducido a la sustitución de una determinada dominación de clase por otra: pero todas las clases dominantes anteriores sólo eran pequeñas minorías, comparadas con la masa del pueblo dominada. Una minoría dominante era derribada, y otra minoría empuñaba en su lugar el timón del Estado y amoldaba a sus intereses las instituciones estatales. Este papel correspondía siempre al grupo minoritario capacitado para la dominación y llamado a ella por el estado del desarrollo económico y, precisamente por esto y sólo por esto, la mayoría dominada, o bien intervenía a favor de aquella en la revolución o aceptaba la revolución tranquilamente. Pero, prescindiendo del contenido concreto de cada caso, la forma común a todas estas revoluciones era la de ser revoluciones minoritarias. Aun cuando la mayoría cooperase en ellas, lo hacía -consciente o inconscientemente- al servicio de una minoría; pero esto, o simplemente la actitud pasiva, la no resistencia por parte de la mayoría, daba al grupo minoritario la apariencia de ser el representante de todo el pueblo” (Engels, s/f: 678).

Aunque diversas corrientes del pensamiento han percibido el papel histórico de las elites, esta teoría ha ejercido poca influencia en el desempeño político y social, siendo además poco estudiada.

Para ella, las clases políticas se forman según dos tendencias: la aristocrática, que se gesta desde arriba, y la democrática, que proviene de abajo. La primera se caracteriza por la organización militar burocrática y la segunda por la organización del sistema electoral. Esta última estimula un proceso de rotación o circulación controlado de la elite, ya que por lo general la clase política cuenta con los medios idóneos para orientar la voluntad de los electores.

La minoría dominante o elite posee estructura, cualidades superiores y control de fuerzas sociales, además de conexiones y parentescos. Su éxito y su poder radican en que es una minoría organizada en contraposición con una mayoría desorganizada. La desorganización de la mayoría deja a cada uno de sus miembros impotentes ante el poderío organizado de la minoría. Por ser un grupo reducido puede lograr lo que la mayoría no puede: comprensión mutua y una acción concertada. La elite actúa con base en la razón y el conocimiento, mientras que la no elite es impulsada primordialmente por el sentimiento. Para promover sus intereses y buscar apoyo la elite apela al elemento sensible de las masas.

Es muy importante resaltar que para la teoría de las elites la verdadera lucha por el poder se da dentro de la clase gobernante, lo cual no excluye la posibilidad de que también se beneficie la mayoría de la sociedad o incluso toda ella. En realidad, la sociedad avanza cada vez que la minoría gobernante mejora o es reemplazada por otra de superior calidad: por el contrario, si la clase dominante se hunde en la decadencia sin que ninguna otra minoría proponga una solución más adecuada para los problemas de la época, el resultado será el estancamiento o la lenta desintegración.

Cuando el poder de la elite gobernante se encuentra amenazado y, por alguna razón, renuncia a hacer frente a la fuerza con la fuerza, se debilita y cualquier pequeño grupo puede imponerle su voluntad. Si por cuestiones de conveniencia la elite en el poder no usa la fuerza y recurre al fraude y al engaño para desbaratar al adversario, sólo logrará con el tiempo que el poder pase de una minoría a otra, o que se dé una nueva composición de sí misma. Para los teóricos de esta línea de pensamiento el ideal de reemplazar el uso de la fuerza por la ley es una penosa ilusión.

Rosendo Bolívar Meza, Profesor investigador del Centro de Estudios Científicos y TecnoIógicos 'Ricardo Flores Magón' del Instituto Politécnico Nacional: “La teoría de las elites en Pareto, Mosca y Michels”, Iztapalapa 52, año 23, enero-junio de 2002, pp. 386-388. Trabajo completo en
http://tesiuami.uam.mx/revistasuam/iztapalapa/include/getdoc.php?id=722

Genaro Chic

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