Prestigio vs Mercado
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Geopolítica en el Imperio Romano: La Ruta de la Seda

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Mensaje  Genaro Chic Sáb Mar 13, 2021 12:40 pm

Las bases económicas de una nueva política en Roma: Oriente.

         La conquista de Egipto [30 a.C.] fue para Roma bastante más que la anexión de un reino rico en trigo y en oro. La acumulación de capitales (base como es sabido del capitalismo, ahora ralentizado respecto a la época anterior) que se produjo por botín tras la conquista de Egipto en manos del ganador fue impresionante (sólo equiparable a la obtenida por César en la Galia, según Veleyo (2.39)), y la puesta en circulación de los tesoros desde el emperador-estado propició un indudable desarrollo de las inversiones estatales, como luego veremos.

     Y es que, dejando ahora de lado lo que significó a efectos ideológicos y administrativos -pues Egipto se trataba del estado nacional más antiguo del mundo- merece la pena señalar que, desde la conquista del Imperio Persa por Alejandro III Magno [356-323 a.C.] de Macedonia a fines del siglo IV a.C. y la construcción de Alejandría del Nilo [331 a.C.], ésta se había convertido en el eje del comercio mundial, de la misma manera que en el siglo XVI d.C. lo habría de ser, en la otra punta del Mare Nostrum, una ciudad de ubicación similar, entre el río vertebrador de una región rica y el mar: Sevilla.

      De tal forma que controlar Alejandría, la ciudad de la que salía un tercio de los cereales que alimentaban a Roma anualmente (annona), era tener una baza fundamental para controlar el poder central, como comprendería el emperador al prohibir que los otros senadores visitasen Egipto sin su permiso; algo que, un poco más tarde, llevaría a Tiberio [r. 14-37] a eliminar a su sobrino y ahijado Germánico [15 a.C.-19 d.C.] cuando lo llevó a cabo en 19 d.C., dado que el emperador tenía un hijo biológico y él tenía pocas perspectivas reales de alcanzar el trono por herencia.

          Si el presupuesto anual de Roma en esa época se ha calculado entre 800 y 900 millones de sestercios, parece bastante probable que dos tercios de esa cantidad procedían de los ingresos obtenidos, de una u otra manera, en Egipto (McLaughlin, 2010). En nuestra Antigüedad, cuando aún no se había inventado la deuda como medio de dominio de otras comunidades, como ocurre hoy, los medios de enriquecimiento principales eran la conquista de territorios ajenos ricos en botín, la explotación de sus minas, y el comercio que estas propiciaban, de una forma directa o indirecta.

        El país del Nilo reunía de forma abundante todos esos elementos apetecibles, con la ventaja de que se trataba de un país civilizado con una población acostumbrada desde hacía milenios a obedecer a las normas representadas por sus jefes, de una forma culta. Algo similar a lo que luego se encontrarían los españoles en América.

          Una característica del mundo antiguo la señala Cicerón [106-43 a.C.] (Pro Murena 76) refiriéndose a los suyos: "El pueblo romano odia el lujo privado, pero le encanta la exhibición pública". De ahí que, una vez satisfechas las necesidades vitales básicas, se desatase el deseo de consumir lo raro o difícil de conseguir para satisfacer su luxuria o deseo de lujo, cada uno a su nivel, pues la preocupación por el estatus tenía una gran importancia (Toner, 2012). Y a ello podía bien contribuir ese rico lejano Oriente, del que los romanos de aquella época tenían referencias y con el que procuraban entrar en algún tipo de contacto.

       En la coyuntura expansiva en que se encontraba, el Imperio Romano mantenía una balanza comercial deficitaria con los mercados asiáticos, pero se saldaba con la exportación de metales preciosos a cambio de artículos de lujo, principalmente tejidos, y especias, imprescindibles éstas para la conservación de los alimentos demandados por los nuevos consumidores europeos. De Oriente procedían productos que llegaron a ser populares en todo el Imperio, como la pimienta o el incienso, y otros más caros en los que la elaboración multiplicaba su valor de importación hasta cuatro veces (perfumes y medicinas) o diez (tejidos de seda).

         Las noticias sobre ese mundo se habían ido intensificando a medida que Roma se había ido apoderando de los reinos helenísticos, que habían heredado a su vez la tradición de los viajes por tierra, que unían el Mediterráneo con la India a través de rutas interiores que pasaban por Persia, o marítimas a través del Golfo Pérsico o del Mar Rojo, sobre todo desde que se descubrió, a fines del siglo II a.C., el régimen de los monzones, lo que facilitó la navegación con la India y Ceilán.

       Los egipcios entonces, como los portugueses después, buscaban una vía alternativa ágil –siguiendo la costa árabe- que les permitiese eludir los controles de los partos sobre Mesopotamia (Irak). Los reinos de la India, bastante helenizados, a su vez, se convertían en punto de encuentro entre traficantes occidentales y orientales, portadores estos de un producto, la seda, tan apetecido en Occidente como lo fue siempre la plata en Oriente (allí terminaría también buena parte de la traída por los españoles desde América). (Wulff, 2008).

         Desde muy pronto, las culturas surgidas en torno a los grandes ríos y en contacto con el mar fueron las primeras en descollar y dar paso a verdaderas formaciones estatales, que pronto entraron en contacto entre sí. Es lo que pasó con la egipcia, surgida en torno al Nilo, influida por (e influyente en) la mesopotámica, entre los ríos también navegables de Tigris y Éufrates, que desembocan en el golfo Pérsico. Esta a su vez mantuvo desde temprano relaciones con las culturas del Indo, que a su vez se relacionaba con la del Ganges, y así podríamos seguir por el continente Euroasiático.

        Evidentemente los contactos fueron irregulares, estando rotos en algunos momentos y siendo intensos en otros, según las vicisitudes de la política. Así, la conquista por Alejandro Magno de Macedonia del Imperio Persa luego de haber conquistado a las poleis griegas, produjo una fusión de intereses que unieron las economías palaciegas con las individualistas de los pequeños estados griegos acostumbrados ya al uso de la moneda. Los estados helenísticos fueron el mejor testimonio de esta fusión, que alcanzó hasta la India.

        Los contactos fueron frecuentes desde entonces, aunque sólo solían pasar a los anales cuando tenían una dimensión político-militar, muy en consonancia con los intereses de las castas dirigentes. Por ello no tiene nada de extraño de que, pese a que los romanos conocían los productos orientales a través de intermediarios sirios o egipcios, la primera vez que aparecieron embajadores de los indo-escitas –vecinos orientales de los partos, como éstos lo eran de los romanos- fue durante el reinado del recién nombrado [en 27 a.C.] Augusto [63 a.C.-14 d.C.], según se gloria él mismo (Res Gestae, 31).

         Para entonces, una vez conquistado Egipto por Roma, una flota de más de 120 barcos, que sextuplicaba el volumen de la mejor época ptolemaica anterior, les había llevado a esos orientales la noticia de que un solo país había unificado el lejano oeste y se sospechaba que enseguida se iba a dirigir contra los partos, enemigos de ambos, por lo que se imponía un tratado de amistad. El ataque romano en el Yemen a la ciudad de Adén y la creación de una flota de guerra en el mar Rojo, parecían aconsejarlo, pues presagiaban una invasión.

        El emperador los recibió en Tarragona, el año 26, pues se encontraba en Hispania (España y Portugal)  terminando la conquista de un territorio que le iba a ser vital para el mantenimiento económico del sistema imperial, como era el rico distrito aurífero del N.O. de la península Ibérica. En 21 a.C., con el emperador ya en Oriente, firmó un tratado de amistad con los emisarios del rey saka [indoescita] en la isla de Samos. Esto bastó, pues el prestigio hizo innecesaria la fuerza, de forma que el ataque a Partia no se produjo, sino que se firmó un acuerdo y los estandartes capturados al general Craso [53 a.C.] y a M. Antonio [36 a.C.] fueron devueltos, al tiempo que se entregaban rehenes. Cuando el año 1 el tratado fue confirmado y las fronteras mutuas fijadas en el Éufrates, se dejan de tener noticias de nuevas embajadas orientales, aunque en absoluto se redujo el tráfico entre las dos zonas, sino todo lo contrario.

         Todos los años, nos dice Plinio [23-79] (Naturalis Historia 6.26.104), las flotas partían de los puertos egipcios del mar Rojo (Arsinoe, Berenice, Myos Hormos) hacia fines de Junio para regresar de la India, ayudadas por los monzones, una vez realizadas sus transacciones comerciales en lugares como Barbaricum (hoy Karachi, en Pakistán), Barygaza, Arikamenu o Muziris. Todos ellos reciben en nuestras fuentes la denominación de emporio, o sea lugar apartado donde se permite a los extranjeros realizar sus tratos, vigilados por los dueños del terreno, con la tranquilidad de estar protegidos por la ley religiosa de la hospitalidad.

         Según la misma, se permitía a los forasteros residir allí y hacer su vida siempre sujetos a la supervisión de las autoridades locales y a una serie de obligaciones en cuanto a dejar una parte de sus mercancías a disposición de los indígenas que les daban acogida. Algo que sustancialmente conocemos desde el tercer milenio antes de Cristo en la zona de Capadocia y que se mantuvo, en forma de Casas de Contratación, hasta hace menos de tres siglos, cuando el liberalismo las arrumbó. Y ni que decir tiene que en alguna ocasión la existencia de emporios podía ser impuesta por visitantes extraños, como una solución provisional para ambas partes, que se podía resolver con la expulsión de los forasteros o con la conquista por parte de estos.

        Sabemos que por la misma época en que los indo-escitas sakas del norte se habían dirigido a Augusto ofreciéndole un tratado de alianza política, los reinos tamiles de esta zona más meridional enviaron asimismo emisarios para establecer en este caso alianzas de amistad basadas en el trueque pacífico. Como nos dicen tanto el escritor contemporáneo Estrabón [c. 64 a.C.-24 d.C.] (15.1.4) como las fuentes orientales (tanto indias como luego chinas) este comercio estaba basado en la economía de prestigio, que se manifiesta a través de los dones. Todavía en la época de Hadriano [r. 118-137], L. Anneo Floro [n. c. 74] (2.62) nos habla de que los indios “traían elefantes entre sus regalos, así como piedras preciosas y perlas. Consideraban su largo viaje, en cuya realización habían pasado cuatro años, como el mayor tributo que prestaban”.

        En este caso tenemos noticia de que en Muziris -emporio situado a 30 km de la desembocadura del río Periyar en el golfo Arábigo [o Pérsico], donde las excavaciones recientes han dejado el mayor número de ánforas del Mediterráneo conocido fuera del Imperio Romano- existía un templo dedicado al culto de Augusto, sin duda elevado por los comerciantes que allí tenían su sede y mantenían un elemento religioso de prestigio que acogiera los dones que los Chera (Seres en las fuentes latinas) entregaban a cambio de los propios o de los importados, como la seda, porque los romanos no tenían aún noticias de la China.

        Evidentemente el intercambio se producía de forma proporcionada, pues el sistema del don se basa en el equilibrio y enmascara con frecuencia un auténtico trueque regulado (las monedas romanas, tan apetecidas por los indígenas hasta la época de Nerón [r. 54-68], tienen un papel ambiguo). Concepciones distintas del comercio se podían dar así la mano respetando las fórmulas del don realizado en nombre del jefe, aunque es bastante dudoso que esto fuese así por parte de los comerciantes grecorromanos, que trabajaban por libre aunque esto no fuese muy comprensible por quienes –como esos orientales- estaban acostumbrados a la acción de agentes comerciales del poder, incluso cuando actuaban en provecho propio.

         El emperador romano lo que sacaba de todos estos “dones de ultramar” era, ante todo, un gran prestigio entre su pueblo, al que lograba maravillar con el exotismo de los presentes que él trasladaba al pueblo, como esos tigres que los mediterráneos vieron por vez primera en 11 a.C. venidos de la India. Debemos tener en cuenta el factor mágico del poder, en función del cual se consideraba que el príncipe, jefe de todos los jefes, era la persona con más gracia (calidad de ser) que existía entre los mortales, lo que lo situaba próximo a las divinidades, y le correspondían cosas extraordinarias, al tiempo que, como jefe supremo del ejército, era responsable último de toda la política exterior, sin que se conciba la idea de una ministro de Asuntos Exteriores (Veyne, 2009). De ahí el interés de Augusto por la exploración de los mares que circundaban al Imperio, tanto por el sur como por el norte, al hacer que su dominio se viera como universal, asimilándose a Hércules y por encima de Alejandro Magno (Millán, 1998).

          Pero es evidente que ese prestigio estaba ligado a la riqueza. McLaughlin (2010) nos expone una serie de cálculos aproximados que permiten hacerse una idea cuantitativa, racional, de hasta qué punto esto era cierto. Según estos llegarían a Alejandría cada año, procedente del Este, no menos de 36.000 t de mercancías, con un coste registrado aproximado de 1.080 millones de sestercios, en tanto que Roma exportaría unos 108 millones, de ellos una buena cantidad en monedas y lingotes de oro y plata; algo que preocupaba ya en tiempos de Tiberio y más aún en los de Vespasiano, cuando las minas del Imperio habían comenzado a dar síntomas claros de agotamiento. De hecho, se llegó a temer que el volumen de la producción propia de metales preciosos fuera menor que el volumen de su exportación.  Sobre todo teniendo en cuenta el viejo precepto moral de que el padre de familia debe ser exportador, no importador.

        Sabemos por otro lado que el Estado se quedaba con un 25 % del valor de lo importado y declarado [NOTA] (hemos de suponer que el contrabando y la corrupción serían abundantes). Sumando los impuestos de importación y de exportación recaudados en Egipto se obtiene una cantidad de más de 300 millones de sestercios (HS) anuales. Debemos considerar además que luego estos productos (en bruto o elaborados, lo que multiplicaba en gran modo los precios) estaban sujetos a otros impuestos de aduanas interiores (portoria) de un tipo normal del 2’5 %, lo que podía ascender a más de 50 millones HS (sestercios) sólo como consecuencia de la regulación fiscal de este comercio con la India.

          Por consiguiente, aunque sólo fuese a nivel económico, que es el que permite mantener un ejército (como le recordaba su lugarteniente Agripa [63-12 a.C.] en 29 a.C.), hay que tener muy en cuenta lo que significaba el comercio exterior para el Imperio Romano. Como nos recuerda McLaughlin en época republicana sólo la provincia de Asia (Turquía) era realmente rentable para Roma.

           La conquista de otros territorios había resultado rentable en un primer momento como consecuencia del botín obtenido en ellas, pero luego los costos de mantenimiento y administración no solían compensar a nivel económico. Y este nivel económico era evidentemente tenido en cuenta a la hora de iniciar una conquista, como nos dice Estrabón (4.5.3) que hizo Augusto cuando renunció a apoderarse de Britania, en un momento en que la rentabilidad de las minas hispanas de plata aún no había empezado a ser preocupante: Los costos previstos eran superiores a los réditos esperados.

          Por otro lado, el flujo del dinero fuera del control directo de la aristocracia terrateniente (que se integraba en el proceso comercial más bien a través de los créditos concedidos para llevarlo a cabo) hizo que fuese surgiendo una nueva capa de ricos a la que pronto el emperador, como veremos, se iba a dirigir para solicitar su colaboración, alterando con ello los viejos esquemas sociales. Lo que se vio acompañado por una progresiva alteración de las creencias, pues las mercancías no viajan solas sino acompañadas de ideas que recogen y transmiten los viajeros.

        Además, sólo los comerciantes parecen haber tenido cierta facilidad en traspasar las fronteras en un mundo cerrado como era el del Imperio Romano (Barbero, 2006), donde la libre circulación se limitaba al interior, necesitándose siempre permiso para entrar o salir; aunque a veces a algunas comunidades extranjeras, por concesión especial, se les daba la posibilidad de ejercer libremente el comercio en el interior del imperio, como luego sucedería con los hermunduros del Danubio, que podían entrar a comerciar hasta la actual Augsburgo [en Alemania], capital entonces de la provincia de Retia, en el sur de Alemania.

         Lo normal, en todo caso, es que se establecieran en los acuerdos -cuando se daban- lugares y fechas determinadas para hacer los intercambios, muy en consonancia con lo que hemos dicho anteriormente relativo a los emporios o puntos concretos para comerciar con los extranjeros, facilitando la tarea del fisco. En este sentido tenemos que decir que los emporios establecidos por los romanos, dado el tipo de economía no palaciega imperante, eran únicamente organismos de control y no una organización dedicada a practicar directamente el comercio. Los tratados de libre comercio, incluso en este ámbito, eran la excepción.

        El establecimiento de murallas en las fronteras, como la que establecería Hadriano en Britannia, no sólo servía para impedir las invasiones armadas, sino también para controlar los movimientos y los tráficos de personas y bienes (había mercancías prohibidas, como la exportación de armas), lo mismo que las de las ciudades, incluso en zona pacíficas. Misión que se encargaba a las patrullas fronterizas cuando no había estos elementos defensivos ante pueblos nómadas. Por otro lado, a diferencia de lo que hoy es habitual entre nosotros, cuando se daba una inmigración por causas laborales ésta se enmarcaba en un acuerdo que afectaba a toda una comunidad, no a personas concretas, y normalmente se asentaban en los campos, no en las ciudades.

          En esto se puede decir que los comerciantes, como el personal especializado en general, era una excepción. Y aun así se procuraba tener cuidado de que no pasase a manos enemigas el conocimiento de técnicas que podían afectar a la seguridad de un pueblo, como sucedía por ejemplo con la de la metalurgia aplicada por partos a la fabricación de armas, que nunca fue conocida por los romanos, quienes siempre creyeron que se trataba de un mejor hierro y por eso procuraban importarlo.

NOTA

        En Les Romains et le commerce, 2011, de A. Tchernia (pp. 15-16), puede leerse que, según el papiro Vienne G40822, la estimación de valor de la carga del barco mercante Hermapollon, llegado a Roma desde la India con productos de lujo, ascendía a 1.154 talentos y 2.852 dracmas de plata, es decir, ¡7.000.000 de sestercios!, siete veces la renta anual mínima exigible a un senador. ¡Y en un solo barco! Hay que imaginar la barbaridad de impuestos que pagaba eso al atravesar las fronteras imperiales.

G. Chic García, Historia de Europa (1500 a.C.- 500 d.C.), Universidad de Sevilla, 2014, fragmento (pp. 481-487).

Entrevista con el director sobre la obra:
https://www.youtube.com/watch?v=Mq6-Mgxw4CM

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Genaro Chic

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