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Sobre el sentido de las palabras fornicar y follar

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Sobre el sentido de las palabras fornicar y follar Empty Sobre el sentido de las palabras fornicar y follar

Mensaje  Genaro Chic Vie Oct 22, 2021 12:39 pm

El mito de la mujer, el horno, el hombre y el viento.
(Sobre el sentido de las palabras fornicar y follar).

La sociedad actual ha demonizado la palabra "mito" quitándole todo sentido de veracidad y ha ensalzado hasta el absurdo la palabra "lógica", de tal modo que se suele decir en ambientes normales que algo “no puede ser verdad porque no es lógico”, dando por sentado que la realidad se identifica con el pensamiento racional humano. Nos llena de orgullo ese aspecto de racionalidad de nuestra naturaleza animal y tendemos a pensar que lo que no es racional no es humano (y, en último término, como antes dijimos, que “no es”). La racionalidad se ha convertido en el baremo de la veracidad, de forma que el mito, según lo define nuestra Real Academia Española de la Lengua, es simplemente “fábula, ficción alegórica, especialmente en materia religiosa”.

Pero ese orgullo racionalista, que encuentra su triunfo en el marco dieciochesco de la Ilustración en el que nace nuestra Academia, nos ha empobrecido notablemente al privarnos en buena medida de esa otra manera de interpretar el mundo ("nuestro mundo") que es la que representa el mito: Una cara femenina de la concepción de la realidad, donde no se distinguen bien las fronteras -de la misma manera que durante bastante tiempo no hay manera de distinguir entre la madre y la vida que gesta- y que se opone a esa imagen masculina en la que la lucha -la dialéctica- distingue muy bien al Uno del Otro. Hemos sacralizado la lógica progresista, que separa y enfrenta dialécticamente los elementos de la realidad que percibimos, y tendemos a dejar de lado el regreso a las fuentes del Ser. Nos olvidamos de que, como decía el Prof. E.R. Dodds [1893-1979], "la lógica es, en el mejor de los casos, una ancilla fidei (una servidora de la fe)".


Es por ello curioso que, si queremos dar una explicación lógica a algunos de los elementos con los que convivimos diariamente, no tengamos más remedio que regresar para buscar esa explicación en el mundo del mito. Eso es lo que entendemos que sucede con esas dos palabras con las que hemos comenzado el título de este pequeño trabajo que, en absoluto pretende hacer otra cosa que crear caminos a la intelección. Fornicar es definida en nuestro Diccionario de la Real Academia Española como “tener ayuntamiento o cópula carnal fuera del matrimonio”, con esa nota de 'ilegalidad' que ya arrastraba la palabra y que caracteriza a un elemento, como la Real Academia, que surgió en 1713 para sostener una determinada forma de Estado que estaba alcanzando su madurez (nuestro Estado Moderno), al que sirve de apoyo y en el cual se apoya al mismo tiempo [Felipe V, que la aprobó oficialmente en 1714, le concedió, entre otros privilegios, el de que las obras publicadas por la Institución o por cualquiera de sus miembros no debían someterse a censura].

Evidentemente un Diccionario, como toda obra humana, se encuentra envuelto en una ideología y ello no debe escandalizarnos. Pero no debemos olvidar que por mucho que la letra busque fijar la realidad, como señaló Jack Goody [1919-2015], esta no deja de estar contemplada por una vida humana que, por el hecho de ser acumulativa y reflexiva, tiene necesariamente que ser cambiante y dinámica. Por más que se desee fijar la "legalidad" del idioma, limpiándolo y dándole el esplendor que se quiera, no puede uno menos que sonreír cuando lee en la edición de 1984 del citado Diccionario que follar es simplemente “soplar con un fuelle”, olvidando el sentido sexual que todo el mundo conoce y normalmente le da a la palabra, aunque sea con ese carácter de vulgaridad que le concede el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico de J. Corominas [1905-1997] y J.A. Pascual [n. 1942]. Repetimos que es explicable desde el punto de vista ideológico que dio vida a la Academia (como lo es que se haya ignorado durante muchísimo tiempo el vocablo coño, tan clásico que lo encontramos incluso en Cicerón [ad Fam. 9.22]), pero las sociedades son organismos vivos y necesariamente van cambiando sus perspectivas. Permítasenos, pues, que divaguemos un poco acerca del sentido profundo que pueda encontrarse tras el uso de dichas palabras.

Los trabajos de los antropólogos y de los historiadores de las religiones, que se acercan a la comprensión del citado sentido profundo de los mitos con los que el hombre ha expresado su comprensión de la realidad humana durante milenios, nos han permitido observar que "a partir de un cierto nivel cultural el mundo entero, tanto el mundo “natural” como el de los objetos y herramientas fabricados por el hombre, se presenta como sexuado". Que la Tierra es una Madre fecunda (alma mater) que todo lo gesta en su seno y todo lo pare. Mircea Eliade [1907-1986], en su precioso librito sobre Herreros y alquimistas [1956] del que hemos tomado la cita anterior, ha demostrado suficientemente que el hombre considera su obra en principio como una colaboración con la Naturaleza, a la que se acerca con respetuoso temor y a la que teme cambiar (aunque lo haga en la práctica). El hombre asume la labor del tiempo, acelerando su ritmo, de tal manera que cuando saca minerales del seno de la Tierra para obtener metales en el horno, no está haciendo otra cosa que acelerar un proceso de perfeccionamiento que la Tierra por sí misma hubiera realizado de todos modos (lo cual no deja de ser racionalmente cierto). Se pasa del tiempo geológico al tiempo humano, pero no se abandona la línea del tiempo (esa línea transformativa a la que el hombre, pese a todos sus esfuerzos mágicos o científicos, no ha logrado sustraerse). Detengámonos un momento en esa idea, que tal vez nos permita encontrar una pista para la explicación que buscamos.

M. Eliade ha recogido ejemplos intencionadamente en ambientes culturales distintos para mostrar la difusión y persistencia de los conceptos que se han avanzado. Nosotros seguiremos su línea argumentativa. Tras poner toda una serie de casos ilustrativos, llama el autor nuestra atención sobre el hecho de que "si las fuentes, las galerías de las minas y las cavernas son asimiladas a la vagina de la Madre Tierra, todo cuanto yace en su «vientre» está aun vivo, bien que en estado de gestación. O, dicho de otro modo: los minerales extraídos de las minas son, en cierto modo, embriones: crecen lentamente, con un ritmo temporal distinto al de los animales y vegetales, pero crecen, «maduran» en las tinieblas telúricas. Su extracción del seno de la tierra es, por tanto, una operación practicada antes de término. Si se les dejase tiempo para desarrollarse (al ritmo geológico), los minerales se harían perfectos, serían metales «maduros». Al acelerar el proceso de crecimiento de los metales, el metalúrgico precipitaba el ritmo temporal: el tempo geológico era cambiado por el tempo vital. Esta audaz concepción, según la cual el hombre asegura su plena responsabilidad ante la Naturaleza, deja entrever ya un presentimiento de la obra alquímica".

"Aun cargados de esta sacralidad tenebrosa -nos dice más adelante-, los minerales son encaminados a los hornos. Entonces comienza la operación más difícil y aventurada. El artesano sustituye a la Madre Tierra para acelerar y perfeccionar el «crecimiento». Los hornos son, en cierto modo, una nueva matriz, una matriz artificial donde el mineral concluye su gestación. La creencia de que el acto sexual puede comprometer el buen éxito de los trabajos es común a todo el África negra. La prohibición de las relaciones sexuales aparece incluso en las canciones rituales que se entonan durante los trabajos. Así cantan los baila [bantúes de lengua bemba]: «Kongwe (clítoris) y Malaba (los labios de la vulva) me horrorizan. He visto a Kongwe soplando el fuego. Kongwe me horroriza. ¡Pasa lejos de mí, pasa lejos, tú, con quien hemos tenido relaciones repetidas, pasa lejos de mí!».

Estas canciones pueden ser oscuros vestigios de una asimilación del fuego y el trabajo de fusión al acto sexual. En tal caso, ciertos tabúes sexuales metalúrgicos se explicarían por el hecho de que la fusión representa una unión sagrada, una hierogamia, y que, por consiguiente, todas las energías sexuales deben ser reservadas para asegurar mágicamente el éxito de la unión que se verifica en los hornos".
[En una tablilla cuneiforme de la biblioteca asiria de Assurbanipal en Nínive (norte de Mesopotamia), datada en el siglo VII a.c., se dan indicaciones similares de cómo elaborar el vidrio].

Los seres vivos se caracterizan por su calor, que pierden cuando se produce la muerte. De ahí que el fuego, generador del calor haya sido considerado principio de vida en todas partes. Además, los pueblos metalúrgicos sobre todo son claramente conscientes del poder transformador del fuego. Un fuego que a su vez se encuentra íntimamente ligado al aire que lo alienta, de la misma manera que el ser vivo sólo vive, sólo conserva el calor, cuando mantiene la corriente de aire respiratoria. El aire se convierte así, en la mentalidad mítica, en el elemento capaz de potenciar un fuego que está oculto para hacer que se manifieste la vida. En la misma línea de pensamiento del citado escritor rumano debemos recordar un texto que Plinio el Viejo [23-79] [Nat. Hist., XXXIV, 49], en el siglo I d.C., nos transmite acerca de las minas de galena andaluzas de la Antigüedad:

"Es digno de admiración, en estos metales sólo, que abandonados por completo renacen más abundantemente. Parece que esto lo hace el aire introducido hasta la saciedad por los respiraderos abiertos, del mismo modo que a algunas hembras el aborto las hace más fecundas. Recientemente se ha descubierto esto en la mina Salutariense en la Bética, que se acostumbraba a arrendar en 200.000 denarios al año, y después que se había borrado el recuerdo, se arrendó en 255.000 denarios. Del mismo modo la Antoniniana en la misma provincia, con similar arrendamiento, llegó hasta los 400.000 sestercios de renta". La mina es concebida como la matriz de la tierra, a la que se penetra a través de la galería o cuniculus, nombre que se da igualmente al conejo [palabra emparentada con “coño”], hasta el extremo de que cuando el emperador Hadriano [76-138] quiere representar en una moneda a Hispania, rica por su aceite y sus minerales, lo hace a través de un olivo y un conejo. Y lo más interesante es que estas ideas se mantenían vivas aun a fines del siglo XVI cuando el lepero Alvaro Alonso Barba Toscano [1569-1662] escribía su Arte de los metales en que se enseña el verdadero oficio de los de oro y plata por azogue, el modo de fundirlos todos y como se han de refinar, y apartar unos de otros [1640].

Por razones de similitud fáciles de comprender, las grutas y cavernas, como las galerías de las minas, también eran asimiladas a la matriz de la Madre Tierra. En Delfos, uno de los lugares más sagrados para los griegos, existía una caverna por medio de la cual la Tierra hacía llegar su voz a los mortales. El propio nombre del santuario nos habla de su significado: delphýs es la matriz, razón por la cual la palabra para designar al hermano (adelphós) implica "nacido de la misma matriz". J. Corominas nos recuerda que la palabra latina fornix, -icis significa 'bóveda (muchas veces subterránea)', 'túnel', 'roca agujereada', "y parece derivar del mismo radical que fornax (porque los hornos de cal o de alfarero suelen construirse en forma de bóveda)". De ahí, nos dice, que hornacho sea la 'concavidad que se hace en las montañas donde se cavan algunos minerales', lo que ha dado origen a topónimos como Hornachuelos, en la provincia de Córdoba (donde hay minas de plata y oro). En las cuevas también se refugian las lobas, y este nombre era dado por los latinos a las prostitutas, las lupae, cuyos cobijos eran por tanto los lupanares. Este es el sentido de la palabra forniz en textos del siglo XIII recogidos por Corominas, lo que explica el cultismo de fornicar en el sentido arriba explicitado de 'tener comercio carnal con prostituta'. Pero parece evidente que este sentido derivado va ligado a un determinado cambio ideológico que tiende a dejar a un lado los cultos de fecundidad de carácter marcadamente femeninos ante el avance arrollador de unas culturas, indoeuropea (grecorromana) y semita (judeocristiana), señaladamente patriarcales [la persecución de las brujas parece ser un síntoma de ello]. Porque la mujer está predestinada al mal más que el hombre, según los textos bíblicos, lo mismo que según los autores paganos y los Padres de la Iglesia, como nos recuerda J. Caro Baroja [1914-1995] en Las brujas y su mundo [1961]. Dejemos, pues, a un lado la satanización de lo femenino que se nos ha inculcado desde tiempo inmemorial a través de las palabras y procuremos ver las raíces que ese tiempo nos oculta.

Si los hornos metalúrgicos aceleraban el ciclo vital de los minerales, con ese aporte especial de calor que los transforma en auténticas "incubadoras", no es difícil pensar que lo mismo se podía hacer con otros elementos de la Naturaleza, aunque siempre por un proceso ritual que busque congraciarse con esos seres terribles que la rigen y en cuyas manos el hombre no es más que un simple muñeco servidor al que se le permite en determinados casos colaborar en la obra del tiempo. Si la casta de los orífices, que trabajan el oro, desempeñaba antaño un papel muy importante entre los notables de la sociedad akan, se debía a que eran ellos los amos técnicos de la tierra por la capacidad que tenían para entrar en negociación con ella. "Son ellos quienes entran en el vientre de la madre-tierra para tomar este producto precioso de poder que es el oro. Según la tradición, los orífices tenían un poder sobrenatural, que les permitía negociar el tráfico de oro con la tierra. Cualquiera no podía atreverse a explotar una mina de oro. No era un artesano de orfebrería quien lo deseaba en aquellos tiempos: para hacerlo se necesitaba una iniciación particular con un ritual misterioso" (Koffi Kouassi Denos).

Pero esta no es una peculiaridad de la Costa de Marfil, sino que se encuentra bastante generalizada, e incluso en Europa los ritos mineros, que acompañaban a la apertura de una mina o la construcción de un horno metalúrgico, se mantuvieron hasta fines de la Edad Media. Como sucedía con los minerales, el hombre podía celebrar rituales de magia simpática que le sirvieran para, ayudando a la divinidad productora de los cereales, garantizar la madurez de unos granos que en ese momento estaban empezando a tomar forma. Es lo que sucedía en Roma en el festival de los fornacalia, celebrado aproximadamente en la misma época del año que los ritos de fecundidad de los lupercalia, y durante los cuales el grano incipiente era horneado para facilitar la labor de la primavera, que los habría de convertir en granos perfectos aptos para la alimentación de los hombres.

Y por supuesto el símbolo principal representado por el horno, con ese carácter sexuado que se le otorgaba, era la mujer. Ella era la que producía en su "horno" interno ese pan o pastel que constituía la vida humana y que ha quedado patente en la palabra alemana que equivale a la española placenta: Mutterkuchen, el pastel (Kuchen) de madre. [La palabra latina placenta tiene el significado de "pastel", "torta"]. Un sentido de “fornicación” entendida como empleo directo del horno de la mujer “para hacer el pan” que entendemos que queda perfectamente definido por Herodoto de Halicarnaso [484-425 a.C.] cuando, en el siglo V a.C., nos cuenta una historia del tirano [dictador] corintio Periandro, que gobernó entre 625 y 585 aproximadamente. En la parte que nos interesa el relato [de Herodoto, V, 92, 7] reza así:

“No dejó ni maldad ni tiranía que no ejecutase con ellos, de manera que a cuantos había el cruel Cipselo dejado vivos o sin expatriar, a todos los mató o los desterró [su hijo] Periandro; aún más, despojó en un solo día por causa de su mujer Melisa, ya difunta, a las mujeres todas de Corinto. Había hecho que unos mensajeros enviados hacia los tesprotos [al S.O. del Epiro], allá cerca del río Aqueronte [“del dolor”], consultasen al oráculo nigromántico acerca de cierto depósito de un huésped. Aparecióseles la difunta Melisa; les respondió que no manifestaría, al menos claramente, el lugar de aquel depósito; que les decía únicamente que por hallarse desnuda padecía mucho frío, pues de nada le servían los vestidos en que la enterraron, no habiendo sido abrasados, y que buena prueba de que era verdad lo que decía, podía ser para Periandro haber él mismo metido los panes en un horno frío. Después de que se dio razón a Periandro de dicha respuesta -de cuya verdad le pareció ser prueba convincente esta última indicación, por cuanto se había unido sexualmente a Melisa después de muerta - sin más tardanza hace publicar luego un bando para que todas las mujeres de Corinto concurran al templo de Hera. Como si fueran ellas a celebrar alguna fiesta, iban allá con sus mejores adornos y vestidos, mientras que por medio de los guardias que tenía apostados en el templo iba despojándolas a todas, tanto a las amas como a las criadas, y acarreando después todas las galas a una grande hoya, las entregó a la hoguera el tirano, rogando e invocando a su Melisa, cuyo fantasma, aplacado con este sacrificio, declaró el lugar del depósito a los diputados que por segunda vez le envió Periandro”.

Si el horno es la mujer, el fuego le corresponde. No se puede sacar un ser vivo, “caliente”, de una mujer que no conserve ese calor que transmite. Melisa no podía, y de ahí la aberración de su marido. Pero entonces ¿cuál era la misión de éste en la generación? De nuevo un ejemplo de la metalurgia nos puede ayudar a comprender un poco su sentido. R.P. Wyckaert nos informa acerca de la manera de construir los hornos metalúrgicos los herreros de Tanganika y nos señala que practican varios orificios en el hogar, de los cuales el mayor recibe el nombre de «madre» (nyina), que es por donde al final de la operación del fundido saldrá la escoria, el mineral forjado, etc.; el situado enfrente recibe la denominación de isi (el padre), y por el mismo se introducirá uno de los mejores fuelles. Y aquí encontramos, referido al horno, el sentido de follar como "soplar con un fuelle" que hemos recogido del Diccionario de la Real Academia Española. Pero a esa definición se le ha escapado, evidentemente, todo su sentido simbólico.

El aire alienta el calor de la vida. Cuando Yahvé crea al hombre en el paraíso situado en el Edén lo hace modelándolo de arcilla del suelo y soplándole en su nariz aliento de vida [Génesis, 2, 7]. Percibir el alma en el soplo o aliento (pneuma, anima, spiritus) es una imagen muy generalizada y corriente. Ernst Bickel subrayó ya en 1925 la relación entre una noción arcaica del alma, y el soplo respiratorio. Y, como señalaba poco antes E. Bethe, "tampoco es rara la creencia de que el alma se puede comunicar por medio del soplo. Estaba aun viva por supuesto en el mundo cristiano: en el Evangelio de Juan 20, 22 el Jesús resucitado sopla sobre sus discípulos y dice: "Recibid el Espíritu santo".

Este viento sagrado (spiritus sanctus) tenía poder fecundante por sí mismo. Es famoso el caso de las yeguas lusitanas que nos narra Plinio el Viejo, que escribe en época de Vespasiano [23-79] y Tito [39-81]: "Se sabe que en Lusitania, cerca de la ciudad de Olisipo y a orillas del Tajo, las yeguas vueltas de cara al viento cuando sopla el Favonio [Poniente] reciben un soplo vital y conciben así y paren potros velocísimos, pero que no viven más que tres años". Un poco antes en el tiempo el gaditano Columella [4-70], que recoge esta tradición ampliamente difundida por el mundo mediterráneo (alude a las fogosas yeguas del Ida homérico), da como cosa muy sabida que en el monte sacro de Hispania, que se extiende hacia el Oeste cerca del Océano, han concebido frecuentemente las yeguas sin caballo, y que han criado el potro, aunque sin embargo es poco útil, porque muere a los tres años antes de alcanzar la madurez. Debió de tomar la noticia de Varrón [116-27 a.C.], que estuvo en Hispania en la época de César [100-44 a.C.], quien nos señala [De re rustica, II, 1, 19] que aunque parezca increíble es cierto que en la zona lusitana de Olisipo (o sea, Lisboa), en un cierto monte Tagro y en determinada época del año las yeguas se quedan preñadas por el viento, como suelen hacerlo también allí las gallinas, que ponen huevos hueros, aunque los potros en cuestión no pasan de tres años. En época augustea Pompeyo Trogo [s. I a.C.] había recogido igualmente la noticia. Silio Itálico [25-101], también de época flavia como Plinio, la repite, aunque la traslada a territorio vetón y da a los caballos engendrados por el viento una vida de unos siete años [III, 378-383]. Esta fijación por los caballos (aunque, como todo lo amado por los dioses, fuesen de corta vida) debe tener alguna relación con el hecho mismo de que a los vientos se les soliese representar al principio con la figura de tales animales de pies ligeros, propios de las civilizaciones indoeuropeas; aunque tampoco fuera infrecuente figurarlos como aves. Pero, como se ha señalado, no sólo las yeguas podían quedar fecundadas sin necesidad de que las cubriese el macho, pues esta idea está estrechamente ligada a la del alma considerada como un soplo, que tiene la misma fuerza divina que la que se ejerce sobre toda la naturaleza. Los mismos humanos podían ser considerados en algunos casos -siempre extraordinarios- como de concepción virginal: Pitágoras, Platón, Alejandro, Simón el Mago, Jesucristo... se tuvieron como nacidos de una mujer por la fuerza de un santo espíritu o soplo.

Nada de esto puede extrañarnos si tenemos en cuenta que estamos hablando de un mundo en el que se estaba lejos de conocer la existencia de los espermatozoides (lograda en 1686 por el holandés Antonie van Leeuwenhoek [1632-1723]) y del óvulo de los mamíferos (descubierto y descrito por el ruso de origen alemán Karl Ernst von Baer [1792-1876] en 1827). Hasta entonces lo que fundamentalmente se discutía era el papel de la madre y del padre en la generación, y, como se puede comprender, éste se entendería de acuerdo con la consideración que en cada momento hubiera podido tener el macho y la hembra en el marco de las sociedades humanas. ¿De quién procedía ese principio de vida que es el calor, el fuego? M. Eliade, a quien citamos de nuevo, nos señala que "producir el fuego» en el propio cuerpo es un signo de que se ha trascendido la condición humana. Según los mitos de algunos pueblos arcaicos, las hechiceras poseían naturalmente el fuego en sus órganos genitales y de él se beneficiaban para cocer sus alimentos, si bien lo escondían a los hombres. Estos últimos consiguieron, empero, apoderarse de él mediante una estratagema. Estos mitos reflejan tanto las reminiscencias de una ideología matriarcal como el hecho de que el fuego producido por el frotamiento de dos trozos de madera, o sea la «unión sexual», se consideraba «contenido» en aquel de los dos trozos que simbolizaba a la «hembra». Gracias a este simbolismo, la mujer es en este nivel cultural «naturalmente» hechicera. Pero los hombres han llegado a «dominar» el fuego, y los hechiceros acaban por ser más y más numerosos que las hechiceras".

Evidentemente el mundo que nosotros hemos heredado viene lastrado por una percepción predominantemente masculina de la realidad y un desdén por la figura femenina que, como señala G. Duby [1919-1996], no oculta en realidad más que miedo: "En efecto, se adivina agazapado en lo más profundo de la psicología masculina el sentimiento de que la mujer -aunque la imagen global que se hacía de las estructuras del cosmos la situase del lado de la noche, del agua, de la luna, de todo lo que es frío y azul- es más ardiente, devoradora. ... Desconfianza y desprecio hacían que se creyera preciso someter a la mujer, tenerla refrenada como invitan a hacerlo las frases del Génesis o de las Epístolas que repetían las gentes de la Iglesia".

Nunca se perdió la idea de que la mujer es el horno donde se cuece el pan de la vida, pero el calor se transfirió al soplo que lo alentaba. Aun para los intelectuales patriarcales griegos del siglo V a.C. la psykhé es el pneuma o aliento cálido, el calor vital que vuelve al morir al éter ígneo de donde había salido. Algo más tarde, en el siglo siguiente, Aristóteles [384-322 a.C.] lo expresa con claridad en su tratado sobre La reproducción de los animales: "En el esperma de todos los seres está presente lo que hace fecundos a los espermas, lo que se llama calor. Pero éste no es fuego ni una sustancia similar, sino el aire innato encerrado en el esperma y en lo espumoso, y la naturaleza inherente a ese aire, que es análoga al elemento de los astros" [G.A., II, 3, 736 b.]. Además, "la emisión del esperma va precedida primero de un soplo de aire (es evidente que la emisión se produce bajo el efecto de un soplo, pues, nada es lanzado a lo lejos sin una presión de aire)", nos dice cuando hace su Investigación sobre los animales [H.A., VII, 7, 586 a] y poniendo en relación el aire con el movimiento.

Para los no intelectuales evidentemente los conceptos estaban menos depurados de materialismo directo. Así, muy posiblemente, antes de pasar a un sentido metafórico (como inspiración ritual) el verbo eispnein (in-spirare) tuvo un significado claramente físico: “soplar sobre” y, al mismo tiempo, “inhalar”. Y por ello E. Bethe, al estudiar la pederastia ritual dórica, entiende con justicia que los términos eispnelos e eipsnelas califican al pederasta activo, que aparece así como un «insuflador», pues eispnein -según explica el escoliasta Theón- en laconio quiere decir erán («amar» en el plano físico), como se ve claramente en Eliano [c. 175-235] [Var. Hist., III, 12.]: los mismos ciertamente (los muchachos) necesitan que los amantes los insuflen; esta es la expresión de los lacedemonios [espartanos], cuando dicen que es preciso amar. Bethe concluye diciendo: "Los muchachos espartanos rogaban por tanto al hombre admirado que «les insuflara» ¿Qué cosa? - Apenas se puede sobreentender otro objeto que lo que se sopla, (pneuma), animam, alma. El ánimo viril, la areté del héroe, quiere mejorar al chico, y como ella sólo se encuentra en el alma, debe ser precisamente el alma misma lo que se insufla".

Aristóteles intentó adecuar estas creencias de su tiempo en el marco de su doctrina lógica de la materia y la forma, aunque, a falta de recursos ópticos de investigación (microscopio [inventado entre 1634 y 1655]), no logró llegar muy lejos. Para él, y siguiendo una larga tradición que intenta racionalizar, la mujer es inferior debido a falta de calor vital que entraña una debilidad del metabolismo, que produce una cocción no acabada del alimento, que deja un residuo que es la sangre menstrual. En cambio, la cocción más completa en el hombre genera el esperma [semilla] a partir de la sangre; esperma que está lleno de pneuma, de aire caliente vital, y por tanto de principio de movimiento y de forma. El semen o esperma "está compuesto de aire innato y agua, y este aire innato es aire caliente" [G.A., II, 2, 736 a], y su naturaleza es espumosa. Al entrar en contacto con la "materia prima residual" femenina, el agua del semen (que es espumoso) se evapora y lo que actúa es ese aire que contenía a modo de pequeñísimas burbujas; aire vital que aplica el movimiento a aquella materia inerte. "Y es que -concluye- la hembra es como un macho mutilado, y las menstruaciones son esperma, aunque no puro, pues no les falta más que una cosa, el principio del alma" [G.A., II, 3, 737 a]. Así pues, "el cuerpo proviene de la hembra, y el alma del macho" [G.A., II, 3, 738 b]. Por supuesto esto no descarta la generación espontánea, que Aristóteles como la mayoría en la Antigüedad admiten, pero que normalmente se produce a partir de la materia putrefacta: "El alimento para unos es agua y tierra; para otros, los productos derivados de estos elementos; de modo que la acción que realiza el calor interno de los animales en el alimento, eso lo lleva a cabo el calor ambiental propio de la estación en el agua del mar y la tierra: los combina por medio de la cocción y les da forma. La porción del principio anímico que está encerrada o separada dentro del soplo vital es lo que produce el embrión y le otorga movimiento" [G.A., III, 11, 762 b]. Es pues, en último extremo, posible la reproducción sin macho.

Ni que decir tiene que la influencia de Aristóteles se hizo notar durante mucho tiempo, sobre todo teniendo en cuenta que nada hizo variar considerablemente la posición de la mujer en un sentido socialmente positivo para ella. En la Edad Media Avicena (s. XI) y San Alberto Magno (s. XIII) supieron mantener en alto las opiniones del filósofo estagirita, sobre todo en este caso teniendo en cuenta la coincidencia de orientación con las doctrinas propias del cristianismo El discípulo de este último, Santo Tomás de Aquino [1224-1274], seguía viendo al hombre como la fuente esencial de vida, y a la mujer exclusivamente como la incubadora. Sólo las investigaciones acerca del óvulo desarrolladas en el siglo XIX por Von Baer rehabilitaron a la mujer como fuerza esencialmente procreativa de la vida humana, y ello sucedía precisamente en los albores de una sociedad industrial en la que el trabajo físico se iba trasladando cada vez más del hombre a la máquina y quitando con ello al macho progresivamente su valor como fuerza bruta laboral. En la era del homo faber se abren nuevos tiempos tanto para el horno como para el fuelle, y con ello se van recuperando viejos mitos que nos hablan de "ese elemento femenino primitivo, caótico, oscuro, desordenado, peligroso, que atormenta los sueños de los buenos ciudadanos" [Johann Jakob Bachofen (1815- 1887)].

G. Chic García (n. 1949), en Boletín de la Real Academia de Ciencias, Bellas Artes y Buenas Letras “Vélez de Guevara”, nº 1, Écija, 1997, pp. 55 a 74. Remito a este trabajo para ver el aparato crítico utilizado.

Genaro Chic

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