La ley y la justicia

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La ley y la justicia

Mensaje  Genaro Chic el Vie Feb 10, 2012 12:01 pm

Si hubiese sido posible legalmente torturar a los sospechosos de un crimen, la sociedad no se sentiría hoy tan disgustada, por ejemplo, porque los asesinos de una adolescente, se burlen impunemente de la mayoría y logren salir indemnes del delito. Evidentemente la ley y la justicia no son necesariamente lo mismo -de la misma manera que no lo son el amor, el sexo y el matrimonio- aunque formen parte del mismo sistema.

           Cuando se estudia la evolución del comercio desde hace más de cuatro mil años hasta la actualidad se observa cómo en todos los períodos, pero sobre todo en los más antiguos, se da gran importancia al establecimiento de un “precio justo”, o sea aquel que no perjudique especialmente ni al vendedor ni al consumidor, pero al que es muy difícil establecer límites legales precisos, pues puede variar de un momento a otro. El establecimiento de la propiedad (o posesión al menos) privada implica que uno puede disponer de lo que le pertenece, y así vemos por ejemplo a Varrón recomendar al agricultor que guarde la mercancía, si es posible, para esperar una época de escasez y así poder obtener grandes beneficios. Es la perspectiva del individuo. Pero al mismo tiempo vemos cómo el poder político suele establecer leyes en contra de la especulación para hacer posible un “precio justo”. Es la perspectiva de la comunidad, que busca la justicia precisamente a través de la ley.

           La ley desplaza a la venganza en cuanto que objetiva el delito, y quita a los particulares el derecho de buscar por su cuenta una compensación (en griego poiné, en latín poena, “lo que se pone en el hueco de la mano”) para dejarlo en manos de la comunidad representada por el Estado, que se reserva el monopolio de la fuerza y la violencia: no se puede matar a nadie, por ejemplo, si no lo determina el Estado. Que se haga o no justicia dependerá de cómo se aplique la ley, que como digo busca objetivar el delito, considerándolo con independencia del caso particular: un asesinato, por ejemplo, tendrá una consideración determinada con independencia de quién sea el que lo cometa; considerará, eso sí, las circunstancias agravantes, atenuantes o eximentes que se puedan dar en la comisión del mismo, dando así flexibilidad a la aplicación de la ley. De todos modos siempre prevalecerá en un estado de derecho la norma de que dura lex, sed lex (la ley puede ser dura, pero es la ley).

           Es así la ley misma la que establece sus propios límites, y conforme se va perfeccionando vamos viendo por ejemplo cómo se establece la prohibición de la tortura o el derecho a la defensa con garantías legales. La ley es pues un instrumento de racionalidad (es objetiva) pero no necesariamente satisface los deseos subjetivos de justicia, que no tienen unos límites tan precisos como los de la ley. Por eso también se suelen establecer posibles medidas de gracia (o sea de favor) para casos de flagrante injusticia en la aplicación de la ley.

En el caso de la justicia y la ley estamos de nuevo, pues, ante el eterno conflicto entre lo subjetivo, de base más emocional, y lo objetivo, que pretende la racionalidad. Algo así como sucede cuando consideramos el tiempo que transcurre: Si la palabra «hora» implica delimitación cuantitativa del tiempo, la manera de sentirlo se expresa en «momentos», «ratos» o «temporadas», de extensión indefinida pero no por ello carente de sentido. Así, en las sociedades –sobre todo en las ágrafas- en las que los elementos de cómputo no están desarrollados, y menos aún extendidos, es fácil imaginar que, por ejemplo, las jornadas de trabajo no se viesen sujetas a una cuantificación estricta, rigiéndose normalmente por la posición de los astros (sobre todo del sol) y la sombra por ellos proyectada (que varía a lo largo del año) o, de forma más estricta, por el discurrir de determinado elemento contenido en un recipiente desde el que se vierte o en el que se consume, como por ejemplo una lámpara minera. Lo mismo sucede con el (camino) derecho a seguir en el comportamiento social, que se va haciendo más preciso a medida que se va aplicando mayor racionalidad o cuantificación de la realidad. Lo cual no quiere decir necesariamente que sea el mejor camino.

Saludos

Genaro Chic

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