La supervivencia económica de Roma en el siglo IV d. C. y la Ruta de la Seda. Algunas ideas

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La supervivencia económica de Roma en el siglo IV d. C. y la Ruta de la Seda. Algunas ideas

Mensaje  Enrique García Vargas el Lun Dic 19, 2011 11:19 pm

En el Imperio Romano del siglo IV d. C., como en todas partes y épocas, el bienestar económico de las poblaciones dependía fundamentalmente de la abundancia de dinero. En un mundo sin instrumentos de crédito desarrollados, sin deuda pública digna de tal nombre y sin moneda fiduciaria efectiva, el dinero sólo encontraba una forma de multiplicarse: la creación constante de recursos materiales bajo la figura de moneda acuñada en metales preciosos o semipreciosos. Las fuentes de metal disponible para la acuñación abundante de signos monetarios eran entonces, como también antes, básicamente tres: la minería metálica, el botín de guerra y los impuestos directos o indirectos.

A lo largo de los siglos I y II d. C., los emperadores de Roma habían logrado establecer un cierto equilibrio entre estos tres factores. Este equilibrio se reflejaba en la estabilidad de las relaciones de valor entre los metales y en su derivada, la estabilidad de los precios, y dependía fundamentalmente de la capacidad por parte del Estado de generar un abastecimiento denso y fluido de moneda de oro y plata gracias al recurso a la minería hispana o a las guerras de conquista que ponían en sus manos los recursos atesorados por las potencias vencidas. Esta riqueza puesta en circulación regresaba a las arcas públicas por vía impositiva. Pero los esfuerzos por racionalizar y generalizar el impuesto directo chocaron siempre, pese a innegables avances, con la mentalidad aristocrática reacia a la tasación, con la escasa capacidad económica de las masas provinciales y con la imperfección del sistema de recaudación. Sólo el impuesto indirecto, el que gravaba sobre todo las transacciones comerciales y el consumo, podía funcionar como un medio efectivo de circulación y redistribución de la riqueza. En este juego de entradas y salidas, las tasas sobre el comercio de lujo procedente del exterior del Imperio (China, India, Mar Rojo) llegaron a constituir, como ha señalado R. McLaughlim, un capítulo sustancial de los ingresos estatales. Por su parte, el Estado garantizaba a los comerciantes la recuperación de una parte del dinero sustraído por la imposición al comercio gracias a su labor de distribución del metal generado por la minería entre unas poblaciones urbanas que demandaban los objetos de lujo aportados por el comercio y que tenían moneda suficiente para adquirirlos a buen precio en cualquiera de los numerosos mercados interiores que se iban creando en el territorio imperial.

A lo largo del siglo III d. C. este precario equilibrio entre comercio, tasas y consumo fue entrando en crisis debido a la concurrencia de varios factores negativos. El más importante fue quizás el agotamiento de la capacidad extractiva en las minas, un esfuerzo que, por razones ideológicas, había recaído cada vez más en las manos de la cabeza del Estado, un emperador incapaz finalmente, como ha señalado en más de una ocasión G. Chic, de garantizar el gasto inmenso que suponía el mantenimiento de las infraestructuras mineras, a pesar de su creciente militarización. El otro factor decisivo fue la interrupción de las líneas comerciales con el lejano Oriente, o, más exactamente, el creciente control de sus beneficios fiscales por parte de potencias extranjeras como consecuencia del crecimiento económico y político de los “enemigos” de Roma. En este contexto, el reforzamiento del Estado persa a raíz de la toma de poder de la monarquía sasánida en 224 d. C y el surgimiento de un poderoso estado africano, la monarquía axumita, en el Mar Rojo a partir de fines del siglo II d. C. suponían dos trabas insalvables para el aprovechamiento fiscal por parte de Roma de las riquezas generadas por las líneas comerciales que procedían de la India y de China: la marítima que desembocaba en Alejandría a través del Mar Rojo y la terrestre que atravesaba el Imperio Persa y cuya única aduana en territorio romano estaba ubicada en Nísibis, en el curso alto del Tigris. Nísibis, colonia romana desde época de Septimio Severo, constituía, pues, un punto de control económico fundamental para el Estado romano. De hecho, gran parte de los esfuerzos militares de Roma en Oriente tuvieron por objetivo la defensa de la conexión entre Nísibis y las rutas comerciales con el lejano Oriente, pero la consolidación de la monarquía sasánida puso en dificultades este comercio y las dificultades se hicieron insalvables después de la caída de la colonia en manos de Sapor II en 363 d. C.

La evacuación de Nísibis y el fin de su historia como ciudad romana cambiaba el status quo regional establecido por Diocleciano con Persia después del foedus de 299 que había favorecido la fiscalidad romana sobre el comercio en la región, si bien, mucho antes de la caída de Nísibis y consciente de la precariedad de la situación en la Alta Mesopotamia, Roma había ido reforzando los lazos con sus aliados y potenciales enemigos de Persia más al norte, en la región sudcaucásica, especialmente con las monarquía de Armenia e Iberia del Cáucaso (Georgia). A través de estos “estados clientes” Roma accedía al comercio oriental que alcanzaba el Mar Caspio mediante la intermediación de los comerciantes de la Sogdiana (Samarkanda) cuyos lazos privilegiados con China les permitían mantener una ruta que transcurría a lo largo del río Oxus (Amu Darya, Uzbekistán-Tayikistán) hasta la Meseta de Pamir y que era “alternativa” a la principal de la seda.

La capitulación del Joviano en 363 tras la muerte y derrota de Juliano frente a Sapor II había supuesto la pérdida para Roma, además de Nísibis, de una buena parte de la Mesopotamia septentrional, y, más al norte, incluso momentáneamente del control sobre Armenia e Iberia. Sin embargo, los esfuerzos de Valente entre 369 y 371 habían conducido a la reconstrucción de la influencia romana en estos reinos, situación que se mantuvo más o menos inalterada durante el primer cuarto del siglo V d. C. No es sorprendente, pues, que a partir de 369 los análisis realizados por J.-C. Callu y otros de los sólidos áureos acuñados por Roma en Oriente empiecen a mostrar una clara recuperación de estándares de pureza en el entorno del 99% que no se conocían en Roma prácticamente desde la época tetrárquica. En efecto, después de 305, la necesidad de utilizar para las amonedaciones de oro los stocks metálicos atesorados en todo el Imperio, ante la falta de nuevos aportes de oro, se refleja en un alto componente en plata (hasta un 5%) de los sólidos imperiales. La súbita entrada de metal fresco en el Imperio en época de Valente debe relacionarse no tanto con la riqueza aurífera de Armenia e Iberia como con el reforzamiento de la ruta septentrional de la seda, controlada fiscalmente ahora en el puerto de Phasis, en la Cólquide, tras la desaparición del control impuesto a la “corriente” principal de este comercio tradicionalmente vehiculada a través de la perdida colonia de Nísibis.
La inestable hegemonía en el Cáucaso no habría sido, probablemente, capaz de rehacer por sí misma la maltrecha situación económica y política de Roma tras el tratado impuesto por Sapor II en 363. La presencia regular de platino como elemento traza en los sólidos acuñados desde 368 informa de que el oro con que se hicieron procedía de los placeres fluviales del sur de los Urales. Esto no es contradictorio con una intensificación del tráfico en el norte del Mar Caspio, verdadero eje vertebrador de las rutas comerciales E-O, pero seguramente esté indicando igualmente la presencia de un nuevo protagonista en esta nueva situación del tercer cuarto del siglo IV sin el que este nuevo circuito comercial-fiscal estaría incompleto: los godos.

El mismo año (369) en que Valente comenzó a recomponer la maltrecha situación de la política romana en Oriente y antes de partir para el frente persa, firmaba en un barco sobre el Danubio un foedus con Atanarico que pretendía poner las bases de las relaciones romano-godas para los próximos decenios. Este foedus incluía por primera vez el establecimiento de restricciones al libre tráfico comercial a través del Danubio entre la Mesia Superior y la Dacia gótica. Se señalaban dos pasos o vados donde las transacciones debían realizarse, lo que se ha interpretado habitualmente como un castigo de Roma a los godos mediante la disminución de la capacidad de éstos para proveerse de mercancías romanas. Pero, en realidad, lo que el tratado parece poner en evidencia es una radical transformación de las relaciones entre romanos y godos en el Danubio, con el señalamiento de una serie de puertos de comercio que a partir de entonces se constituirían en aduanas fiscales controladas por Roma similares a las que existieron en la frontera entre Roma y Persia. La conferencia entre Valente y Atanarico sobre un barco en mitad del río Danubio era el escenario adecuado para esta nueva consideración de los godos como un Estado por derecho propio al que a partir de ahora se pretendía reducir a la misma clase de relaciones de clientela que se tenían, por ejemplo, con los armenios o los iberos del Cáucaso. Bien visto, los puertos de comercio del Danubio no serían ahora más que la extensión al oeste del Mar Negro de los sistemas de control aduanero que regían en la Cólquide y en Iberia, donde, como hemos visto, se intentaba rehacer el sistema que desde antiguo gravaba los tráficos con Oriente. Casualmente, quienes ocupaban es amplia franja de terreno entre el Danubio y el Don eran las monarquías de tervingios y greutungos, ambas de origen godo y estrechamente emparentadas entre sí. Del acceso de estos nuevos protagonistas, emigrados desde el Elba a los largo de los siglos II y III d. C. y unidos ahora a los tradicionales habitante de la zona, los sármatas, al oro de los Urales da cuenta la composición de algunas de las piezas del tesoro de Pietroasa (Rumanía) cuyo contenido en platino denuncia claramente un origen del metal en el entorno de la cuenca del río Ural.

La reconstitución relativa de la situación comercial con respecto a Oriente llevada a cabo por Valente no podría haberse hecho, por otra parte, de ningún modo sin el apoyo del ejército romano en las áreas y puntos que ahora se sometían a control fiscal y a supervisión militar. Una especie de comercio institucionalizado garantizado por la fuerza militar tanto en el Danubio como en el Cáucaso que parece sugerir la necesidad de replantearse viejas ideas adquiridas acerca del carácter defensivo de la guerra para la Roma bajoimperial y que parece también reforzar la consideración de la cada vez más estrecha relación en la Antigüedad Tardía entre fiscalidad, comercio y guerra.

Enrique García Vargas

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