Neuroeconomía

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Neuroeconomía

Mensaje  Genaro Chic el Vie Mar 12, 2010 8:05 pm

He recibido una invitación para asistir a la Primera reunión Anual de la Asociación Española de Neuroeconomía (ASOCENE) [ http://www.asocene.com ] . Ello me ha traído a la cabeza un artículo publicado por El País, hace casi año y medio, en el que se daba a conocer la existencia de esta rama del conocimiento en la que nosotros trabajamos, aunque desde la perspectiva histórica y no ligada directamente al mundo de los negocios. Dice así:

Dime qué sientes y te haré ganar dinero

La neuroeconomía explica el comportamiento de inversores y consumidores a partir de emociones - Una hormona da la clave

M. ANTONIA SÁNCHEZ-VALLEJO 11/03/2008

Muchos la llaman la economía del Prozac. Vendría a ser la inteligencia emocional aplicada a la economía, un cálculo de posibilidades y rentabilidad que tiene en cuenta las emociones o, por decirlo más científicamente, la acción de neurotransmisores y hormonas como la oxitocina a la hora de tomar decisiones, o al menos aquellas que esa ciencia casi exacta no es capaz de explicar ni prescribir.

El instrumento básico es el empleo de resonancia magnética

Miramos en el cerebro para predecir el comportamiento

El instinto puede permitir tomar la mejor decisión posible

La comida y las drogas funcionan cerebralmente de la misma manera

La neuroeconomía es una disciplina transversal que bebe de la neurología, la psicología y la economía; está aún en mantillas -surgió a finales de los noventa-, pero puja con fuerza en Estados Unidos, donde muchos campus se han apuntado a esta nueva religión tan cercana al mercado. Tantos, que la Society for Neuroeconomics, formada por 400 miembros, acaba de celebrar en Nueva York un congreso mundial. Como logo de la convocatoria, una balanza en equilibrio con dos platillos. En uno, un cerebro; en el otro, el símbolo del dólar.

Sea lo que fuere, no faltan quienes endosan a la neuroeconomía un carácter esotérico, casi teologal. Otros arriman el ascua a su provecho y formulan la disciplina en dosis de autoayuda: es el caso del periodista de EE UU Jason Zweig, autor del manual Su cerebro y su dinero: cómo la neuroeconomía puede ayudarle a hacerse rico, que batió récords de ventas en 2007. O de los coachers españoles Miguel Carrión y Salvador Estapé-Triay, responsables de la agencia Marginpilots, que ha asesorado a 300 empresas en dos años para aumentar sus márgenes de beneficio, y que se presenta como un "observatorio de neuroeconomía y neuropolítica".

Consultoras de marketing atienden a los reflejos condicionados en el cliente por la exhibición de imágenes de productos, desde refrescos a diseños de coches, mientras los inversores intentan determinar cuál es el mejor momento para mover ficha, por oposición a aquel en que es más aconsejable permanecer inactivo. Es sabido -aunque sólo sea por sentido común- que estados de excitación, cólera o desdén no resultan aconsejables para acometer empresas, y las financieras no son una excepción.

El instrumento básico de la neuroeconomía es el empleo de imágenes por resonancia magnética (IRM). La disciplina dio sus primeros pasos antes de ser formulada como tal con experimentos sobre la toma de decisiones en simios. Pero el término neuroeconomía no surge hasta 1998 como posible línea de investigación. Paul Zak, biólogo y fundador y director del Centro de Estudios Neuroeconómicos de la Universidad de Claremont (California) debuta en la materia con un estudio sobre la colocación de recursos escasos. Apenas una década después, se muestra aún más convencido de las virtudes de la materia que ha contribuido a crear. "La neuroeconomía es realmente útil para predecir el comportamiento financiero. Muchos empezamos a mirar al cerebro durante el proceso de toma de decisiones porque algunos de los modelos económicos tradicionales no predecían bien el comportamiento. Sobre todo con las decisiones que implican a otras personas, que es lo que suele suceder en los mercados. En los experimentos, la gente podría no contarnos por qué hizo lo que hizo, por eso decidimos estudiar directamente sus cerebros", explica Zak por correo electrónico.

Así que el comportamiento del parqué, ese sintagma predispuesto a veleidades y reacciones tornadizas y sorprendentes -un desplome imprevisto de valores; órdenes de compra aparentemente sin ton ni son, etcétera-, tendría, según los adeptos a la neuroeconomía, una base psiquiátrica. En otras palabras: obedecería a la acción de hormonas como la oxitocina, ligada también a la estimulación del parto, o a la sensación de bienestar que sigue al orgasmo.

Zak se arroga el descubrimiento de la relación causa-efecto entre la descarga de oxitocina y el depósito de confianza, una condición para cualquier operación financiera. "En 2004 mi laboratorio descubrió que la oxitocina es el agente químico cerebral que nos permite determinar en quién confiar y en quién no. La hormona nos motiva recíprocamente con aquellos que nos muestran confianza, apoyo social, económico o romántico", subraya.

La oxitocina desempeña un papel fundamental en el enamoramiento, pero... ¿tanto como para sellar asuntos económicos? "En un trabajo de 2001 demostré que la confianza interpersonal es el factor más importante que los economistas han descubierto para explicar por qué los países son ricos o pobres: la confianza estimula las inversiones, que producen prosperidad. Cuando la confianza es limitada hay pocos inversores dispuestos y los estándares de vida del país se estancan. Pero cuando la confianza es elevada, la economía tiene un lubricante natural", dice.

El descubrimiento de los efectos de la oxitocina sobre el comportamiento y la interacción social se debe, empero, al equipo de Ernest Fehr, de la Universidad de Zúrich (Suiza), que demostró que niveles elevados de esta hormona en sangre mejoran la capacidad de los individuos para confiar en otras personas. Así, la oxitocina funcionaría como ese lubricante del que habla Zak. La vaselina que ayuda a superar el temor a la traición.

El profesor de Psicología del Consumo del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) Dan Ariely, autor de Las trampas del deseo (Ariel), una obra divulgativa sobre la toma de decisiones que ya se ha colado en la lista de libros más vendidos en España, sostiene que "tanto la comida, como las drogas, como la reciprocidad en general, cuando se perciben como recompensas, funcionan cerebralmente de la misma manera". De ahí que la principal baza de la neuroeconomía sea "el gran potencial que encierra, no lo que nos haya podido enseñar hasta la fecha. Es un campo todavía joven", afirma por teléfono el investigador del MIT.

Los españoles Carrión y Estapé recurren a la neuroeconomía en su vertiente más práctica: para la formación de ejecutivos o como herramienta de optimización del beneficio. "La neuroeconomía podría definirse como la inteligencia emocional aplicada a la toma de decisiones", contestan al alimón. Ambos firman el libro Pilotos del margen (Gestión 2000), que lleva como subtítulo, una muy gráfica declaración de intenciones: Un nuevo estilo para gestionar la empresa. "La generación de emociones conforma también los pensamientos, por eso nosotros aportamos emociones en forma de datos. El instinto puede permitirte, con poca información y en un tiempo récord, tomar la mejor decisión posible, y eso resulta muy interesante en épocas de crisis como la actual", dice Carrión. De lo que se trata es de "optar siempre por la decisión más eficaz, rentable y amigable". ¿Y eso cómo se consigue? "A través de atajos heurísticos [la heurística es la capacidad de un sistema de realizar innovaciones positivas para sus fines]; preguntas cerradas, aquellas que sólo pueden contestarse con sí o no, tabulando luego las respuestas finales; mediante hooks que se clavan en el cerebro del contrario, o el marketing visual, es decir, imágenes que motivan emociones", enumera Carrión secundado por Estapé.

¿Y en qué se sustancia este nuevo estilo de gestión? O mejor dicho, ¿cuánto cuesta? "Una conferencia motivadora de cuatro horas de duración sobre el contenido del libro, más un taller de dos días, cuesta 12.000 euros", cuenta Carrión. En los últimos dos años, 300 empresas, incluidos grandes laboratorios farmacéuticos y multinacionales de la alimentación, se han dejado tentar por el método de los pilotos del margen.

Carandini, empresa líder en iluminación urbana, es una de ellas. Su director general, Luis García, explica cómo sacar partido práctico a la neuroeconomía: "En un sector maduro como el nuestro introduce flexibilidad. Marginpilots nos ha ayudado a replantear el catálogo, que antes era cerrado, gracias a la introducción del llamado configurador de producto. Con él, el cliente se crea a sí mismo el producto que desea, en vez de transmitirnos lo que quiere. Esto en nuestro sector no se había probado nunca, pero a partir de nuestra experiencia, las filiales de Reino Unido y EE UU han adoptado el método. Con el configurador desplegamos un abanico de 250.000 opciones, así es imposible que el cliente no encuentre lo que quiere". El configurador de producto es una concreción del marketing visual al que aludían Carrión y Estapé, "un elemento diferencial, o valor añadido, que nos permite hallar el equilibrio entre la artesanía y la producción industrial masiva", explica el director general de Carandini. Es decir, ese algo distinto, pero posible, que casi toda empresa busca.

Pero no faltan opiniones críticas respecto a la neuroeconomía. Ismael Quintanilla, profesor del Departamento de Psicología Social de la Universidad de Valencia, se resiste a validar la neuroeconomía con un estatus académico, o científico, al uso: "Me suena muy raro, no sé lo qué es, me resisto a interpretarlo con códigos científicamente correctos", apunta. Quintanilla es especialista en psicología social de la economía.

"La neuroeconomía es una materia muy reciente y de la que se sabe poco. Si se enfoca desde la psicología biológica tiene una larga tradición; también existe una psicología económica desde hace mucho tiempo, pero como tal...", interrumpe su exposición, escéptico. Para el profesor, cuyo último libro se titula Psicología y economía (Universitat de Valencia), la mayor confusión en torno a la neuroeconomía se produce porque "solapa", es decir, come terreno, a materias más científicamente consolidadas como la que él imparte.

Hecha la salvedad, Quintanilla se muestra muy prudente sobre la excelencia de la novedosa materia: "La neuroeconomía parte de la base de que el cerebro influye en lo económico. Esto no es del todo afortunado, los componentes sociales son más importantes que los biológicos. La economía es una ciencia social, es decir, influye en mi comportamiento social, y viceversa", concluye. Ninguna universidad española acoge la asignatura de neuroeconomía como tal. En EE UU, en cambio, lo hacen las de Princeton, Nueva York, el Instituto de Tecnología de California o el MIT.

Los detractores confesos de la materia niegan incluso la evidencia que proporcionan pruebas incontestablemente científicas como las imágenes por resonancia magnética. "Imágenes que miden cambios de oxígeno en sangre. El resto es interpretación. Uno no puede ver al cerebro pensar, y lo más importante, uno necesita una buena teoría del comportamiento financiero para saber lo que tenemos que buscar en el cerebro", asegura Gerd Gigerenzer, director del Centro de Comportamiento Adaptativo y Cognición del Instituto Max Planck para el Desarrollo Humano de Berlín.

Sin una buena teoría, se pueden malinterpretar las correlaciones neurológicas. Estaremos buscando algo incorrecto. Buena parte de la neuroeconomía, en la estela del Homo economicus, aún espera optimizarlo todo. Sin embargo, hay pocas evidencias de que las decisiones se basen en este ideal", opina Gigerenzer autor de Decisiones instintivas (La inteligencia del inconsciente), publicado por Ariel. "Hay mucho entusiasmo ciego hacia la neuroeconomía, y muy poca esperanza de que pueda predecir el comportamiento financiero mejor que las teorías comportamentales", remata.

Por cada defensor de la neuroeconomía surgen el doble de detractores, al menos a este lado del Atlántico. Porque ¿de qué hablamos cuando hablamos de ella? ¿De supercherías? ¿Es un exceso de fe y credulidad? ¿Un camelo? ¿O la prueba de fuego de la ciencia, sometida siempre en sus inicios a una legión interminable de abogados del diablo?

Ismael Quintanilla recuerda que en la Asociación Internacional para la Investigación en Psicología Económica, (IAREP), a la que pertenece, "hay economistas, psicólogos, sociólogos y algún antropólogo". Mayor margen de irracionalidad percibe Gigerenzer en la pretensión neuroeconómica de "localizar la optimización en el cerebro". Una intención, para él, "de naturaleza teológica". "Nos ayudaría más la ciencia que los sentimientos religiosos", dice. Así, frente al supuesto efecto placebo del Prozac -recién descubierto-, la neuroeconomía se presenta, aún, como la coartada para la felicidad de los mercados.

Los hitos de una ciencia en cuestión

Nueva escuela. La Sociedad de Neuroeconomía agrupa a más de 400 miembros.- Usos profesionales. La Union des Banques Suisses (UBS) y Crédit Suisse introdujeron ya en 2003 una "curva de utilidad" para determinar el perfil y las necesidades de cada nuevo cliente. Un modelo que ya ha sido implantado en otras empresas como Bovay et Partenaires.- Polémica pero premiada. Daniel Kahneman y Vernon Smith ganaron el Premio Nobel de Economía por sus trabajos sobre la toma de decisiones.


Fuente: http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Dime/sientes/hare/ganar/dinero/elpepisoc/20080311elpepisoc_1/Tes

COMENTARIO DE G. CHIC:


Entiendo que es manifiesto el deseo de poner el conocimiento neuroeconómico al servicio de un solo tipo de economía, la de mercado, cuando en realidad el mismo conocimiento hace posible igualmente comprender la existencia de otros tipos de intercambio no basados en la relación impersonal, como es la economía de prestigio. Y esto sobre todo. Es lo que pasa cuando se pone la ciencia abiertamente al servicio de una creencia, como bien apunta Quintanilla (aunque me da la impresión de que tampoco él lo tiene muy claro y sólo le preocupa la inestabilidad causada por los cambios introducidos). En esto la Historia puede ayudar bastante, precisamente por su carácter de investigación (“historía” en griego) del comportamiento evolutivo de las sociedades humanas y los consiguientes cambios generados por el mismo, que terminan retroalimentando el sistema. Una ciencia caótica, como lo son todas las punteras hoy.

Genaro Chic

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Re: Neuroeconomía

Mensaje  Genaro Chic el Vie Mar 12, 2010 8:22 pm


Otro artículo, realizado también desde la perspectiva de la economía de mercado como "pensamiento único" de la inmensa mayoría de nuestros economistas, unos meses anterior al arriba recogido, y que recoge también la inquietud por estos estudios, es el siguiente:


Neuroeconomía y econofísica

EDUARDO LAGAR ¿Neuroeconomía o econofísica? Dicho de otra manera, ¿es la Bolsa animal racional, o bestia irracional? Resulta una pregunta muy pertinente en la semana más alocada de la historia del Ibex-35 español.

Los «econofísicos» creen que, sin haber llegado a la fórmula perfecta, están en condiciones de predecir su evolución, como si la Bolsa se sometiera a las leyes de la física. Son los que crean modelos sobre el comportamiento de un montón de individuos comprando y vendiendo acciones y, a la vez, interaccionando con su colectivo de compradores y vendedores. Justo al modo como lo vio J. M. Keynes, quien comparó la actuación de los agentes bursátiles con los asistentes a un certamen de belleza cuyo cometido es adivinar cuál de las bellas será finalmente elegida «miss». Keynes dijo que la ganadora no tiene porqué ser la más hermosa, sino la que la mayoría piensa que los demás van a elegir. Expertos como el mexicano Ricardo Mansilla, del departamento de Matemáticas de la Universidad Autónoma de México -según reflejaba esta semana el diario «Cinco Días»-, explican que, ajustándose a la realidad (un mercado que no siempre resulta eficiente y «el éxito de un agente depende del fracaso de otro») y analizando las ingentes masas de datos que aporta el flujo financiero actual, los físicos han encontrado ciertas pautas regulares de comportamiento de las bolsas antes de un gran crack. Mantilla, prologuista del manual «Introducción a la econofísica», asegura que sí se puede predecir una hecatombe en el parqué. Pero hace una importante matización: «Pero tal vez no se puede evitar, pues el hecho de informar sobre ello provocaría una conmoción similar a la de una debacle bursátil».

El acercamiento racional a un mercado financiero discurre por sendas sorprendentes, como la que siguieron los econofísicos A Johansen y D. Sornette. Esta pareja aplicó la teoría de la predicción de terremotos a los cracks bursátiles y, por lo leído, predijeron la fecha en la que ocurrió el desplome del Nasdaq, el 14 de abril de 2000, el día en el que pinchó la gran burbuja de internet.

Y luego están los otros, los «neuroeconomistas», los que estudian la mente humana y sus mecanismos para saber cómo desenvolverse en Bolsa. Son los que dicen que en el parqué funcionan, sobre todo, dos poderosos sentimientos: avaricia y miedo. No creen en los números. Lo dijo el legendario inversor André Kostolany (1906-1999): sólo un 10 por ciento de la reacción de los mercados bursátiles se basa en datos. Kostolany, cuyas mejores decisiones las tomó escuchando música clásica, aseguraba que en su oficio «lo fundamental es mantenerse lejos de la opinión generalizada». Su consejo más repetido era: «Compre títulos, acciones de empresas, tómese unas pastillas para dormir durante 20 o 30 años y cuando uno despierte, voilà!, será millonario».

Para los que quieran adentrarse en la educación sentimental del dinero, los papeles salmón fueron dejándonos esta semana algunos breviarios recomendados, como el del periodista económico que trabajó en Fortune Jason Zweig, que ha escrito Tu dinero y tu cerebro. En él recomienda al inversor que escudriñe sus sentimientos. Dice que los mejores inversores del mundo han aprendido a tratar sus propias emociones como indicadores inversos: la excitación financiera es señal de que es tiempo de vender; el miedo indica que quizá deberían comprar. También se recomendó esta semana la lectura de Psicología del mercado, de Lars Tvede.

Pero si hay que buscar un maestro para controlar las emociones bursátiles desde esta sección, se considera vivamente acudir al guía espiritual del mismísimo Rodrigo Rato. Es sabido que Rato goza con la cosa oriental y practica yoga. Su guía en esos menesteres es el español Ramiro Calle, que acaba de publicar Ingeniería emocional, libro donde enseña a desterrar las llamadas «emociones veneno». El prólogo es de Rato.



(La Nueva España 27/01/08. Diario independiente de Asturias)

Genaro Chic

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Re: Neuroeconomía

Mensaje  Genaro Chic el Jue Mar 18, 2010 12:44 pm

Recojo del blog personal de mi ex-colega Juan Torres noticia de un interesante experimento -realizado hace unos años pero que yo ignoraba- sobre la interacción entre el habla oral y habla escrita, que pone en evidencia cómo el resultado de nuestros pensamientos es una mezcla de emociones y razones. En internet, siguiendo sus indicaciones, encuentro lo siguiente:

El efecto McGurk

A menudo os quejáis en los comentarios de que La Lengua está muy bien, es un blog interesante escrito por un hombre joven de aspecto atractivo, pero… no os proporciona ninguna oportunidad para sorprender a vuestros amigos y quedaros con ellos. Pues bien, hoy eso va a cambiar.

Primero subid el volumen de vuestros altavoces. Ahora mirad y escuchad el siguiente vídeo (es importante que lo miréis al tiempo que lo escucháis). No sigáis leyendo hasta que lo hayáis visto una o dos veces:

http://www.youtube.com/watch?v=eQoYKuNcCpU

Bien. Un hippie diciendo «da, da, da», seguramente puesto de ácido hasta las cejas. Hasta aquí todo correcto, ¿verdad?

Ahora reproducid el vídeo por segunda vez. Pero esta vez, sin mirarlo. ¡Ahí va! ¿Ahora dice «ba, ba, ba»? ¿Qué es lo que ha pasado?

Lo que habéis experimentado es el efecto McGurk, según la Wikipedia [ http://en.wikipedia.org/wiki/McGurk_effect ] «un fenómeno perceptivo que demuestra la interacción entre vista y oído en la percepción del habla. [...] Su efecto es muy poderoso, funciona incluso cuando el oyente conoce la existencia del efecto». Podéis hacer la prueba si queréis.

http://www.youtube.com/watch?v=73LE1vKGfy4

No he investigado demasiado, pero creo que en este caso concreto esta explicación es posible: los fonemas (sonidos lingüísticos mínimos) /b/, /d/ y /g/ solamente se diferencian entre sí en un rasgo: el lugar de articulación. La /b/ es bilabial (haced la prueba), la /d/ es interdental y la /g/ es velar. La abertura de la boca en la /b/ es mínima, o inexistente; en la /d/ es media, y en la /g/ es máxima (esto no es correcto siendo lingüísticamente quisquillosos, pero para que lo entendáis es suficiente). Nuestra percepción del habla no se basa solamente en el oído, sino también en la vista, aunque, para ser franco, yo me acabo de enterar. Si nuestro oído oye la /b/, con su abertura mínima, pero nuestros ojos ven la /g/, parece ser que nuestro cerebro opta por un término medio y nos hace oír el fonema /d/. Podéis comprobarlo: si miráis el vídeo sin sonido, está claro que el hippie no está pronunciando ni la /b/ ni la /d/, sino muy probablemente la /g/.

Seguramente esto está relacionado con las probabilidades de éxito perceptivo en situaciones no idóneas de comunicación. Nuestro cerebro intenta buscar una solución intermedia, la más probable, aunque no sea la más apropiada para algún caso concreto, pero que en muchos casos puede funcionar. Me parece un ejemplo adaptativo interesantísimo.

Esto tiene que ver con la teoría de la comunicación. En todo acto de comunicación, además de un hablante, un oyente, un mensaje, un código (por ejemplo, un idioma), un canal por el que viaja el mensaje y una situación, también existe el ruido, que es un fenómeno que no siempre tiene que ser acústico (un manchurrón en un texto escrito es ruido, hablando en términos de lingüística). El lenguaje tiene diversos procedimientos para minimizar el efecto que el ruido tiene en las comunicaciones. En castellano, por ejemplo, el género y el número no los muestra solo el sustantivo, sino también los artículos, determinantes y adjetivos¹ («los perros negros»); esto no sucede en todas las lenguas, porque cada una tiene sus propios procedimientos (véase el inglés the black dogs, donde el número solamente viene expresado por el sustantivo).

Hay otras formas en que nuestro cerebro nos intenta engañar, como en el caso de los estereotipos y los prejuicios [lo que está antes del juicio o razonamiento]. Por ejemplo, si sufrimos tres robos a manos de extranjeros, es muy probable que nuestro cerebro forme la idea de que todos los extranjeros son posibles ladrones. Esto es un prejuicio, no es justo, y por supuesto no es real, puesto que el que me hayan robado tres extranjeros no convierte a todos los extranjeros en ladrones… pero nuestro cerebro, sin que nosotros tengamos participación en ello, piensa que nuestra supervivencia o bienestar están más protegidos si nos engaña con el prejuicio, y allá que se va. Por eso, supongo, es tan difícil deshacernos de nuestros prejuicios: la razón nos dicta una cosa, pero ciertos mecanismos inconscientes en nuestro cerebro irracional nos arrastran a su terreno. Y lo irracional aún sigue siendo un poderoso motor en el mundo de este siglo; si no fuera así, no estarían buenas todas las secretarias, sino que serían todas muy eficientes.

Creo que se puede relacionar este efecto con una corriente lingüística bastante extendida en los últimos años, la pragmalingüística. Esta escuela pone de relieve la importancia del contexto lingüístico y del extralingüístico en la comunicación, llegando a proclamar, con gran parte de razón, que la mayoría de los mensajes son incomprensibles si atendemos solo a su forma puramente lingüística [racional]. Y ejemplos se pueden poner a puñados:

Una oración como «Ve por ahí» no puede ser totalmente interpretada sin conocer el lugar (que está en la realidad, fuera del lenguaje) indicado por el deíctico «ahí». En este caso, lo importante es la situación espacial en que se produce el acto de comunicación.

La oración «Dame eso» puede ser interpretada de varias formas distintas. Si se la dice un chaval a su hermano, es simplemente una petición para que le acerque algo, sin mayores implicaciones. Pero si es pronunciada por un ciudadano a un funcionario con el que no tiene ninguna confianza, refiriéndose a algún papel, connota un cierto cabreo en el hablante, y una desconfianza en la pericia del oyente. Lo que entra en juego aquí es la relación entre los interlocutores y el marco lingüístico, que es una serie de relaciones y circunstancias estereotipadas que se dan en determinadas situaciones.

El análisis y la comprensión del lenguaje, como si fuera algo totalmente aislado, y puramente auditivo (o puramente visual, en el caso de la palabra escrita) pertenece al pasado, y hoy en día casi nadie se plantea su estudio como un ente totalmente autónomo e independiente de otros cientos de factores. Estudiar la comunicación lingüística como algo pleno en sí mismo sería como estudiar el funcionamiento del corazón de un ser vivo, sin tener en cuenta las arterias y venas que parten de él o lo alcanzan, la función que tiene en un organismo superior o las operaciones que el resto del cuerpo tiene que realizar para que cumpla con su utilidad.

Por lo demás, ahí tenéis el vídeo, si le hacéis el truco a alguien en el trabajo, seguro que seréis los más populares en la oficina hoy. Me debéis una.

Fuente: http://lalengua.info/2008/05/el-efecto-mcgurk/

OBSERVACIÓN MIA:

Esto tiene su extrapolación al campo de la economía. Esquemáticamente, existe una economía básicamente oral/emocional (la de Prestigio), y otra visual/racional (la de Mercado), aunque siempre funcionan juntas. La primera valora los objetos de intercambio desde una perspectiva subjetiva y cualitativa (la gracia) y la otra desde una perspectiva objetiva y cuantificable (el dinero). Es lo que he analizado y desarrollado en mi trabajo El comercio y el Mediterráneo en la Antigüedad ( http://www.akal.com/libros/El-comercio-y-el-MediterrAneo-en-la-Antigedad/9788446023913 ).

Saludos

Genaro Chic

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Re: Neuroeconomía

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