Hay una clara diferencia entre capitalismo y economía de mercado

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Hay una clara diferencia entre capitalismo y economía de mercado

Mensaje  Genaro Chic el Dom Dic 04, 2011 4:07 pm

Capitalismo versus Economía de mercado

por Fernando Esteve Mora

Una de las ideas más felices de Fernand Braudel, el gran historiador económico francés, es la de que hay una clara diferencia entre capitalismo y economía de mercado. En tanto que para la gran mayoría de economistas ambas denominaciones son similares, por no decir idénticas pues se referirían al mismo tipo o forma económica (aunque puestos a preferir, suelen preferir nombrar a las economías modernas como economías de mercado más que como capitalistas en la medida que esta última denominación incorpora todavía en muchas mentes una cierta adjetivación peyorativa, una idea de explotación), Braudel señalaba que no eran lo mismo, que eran cualitativamente diferentes, que una economía de mercado no era una economía capitalista y que el capitalismo se desarrollaba sobre la economía de mercado de la que había surgido y a veces, no pocas, a sus expensas, contra ella. En la concepción de lo económico de Braudel, una concepción que se podría decir geológica que proviene de su extensísimo conocimiento de la historia económica, en toda economía histórica coexisten tres estratos con diferente importancia según la economía concreta de que se trate y según la época.

El estrato más profundo y menos cambiante tanto en el tiempo como en el espacio es aquel que se refiere a las actividades económicas donde el autoconsumo y la producción para otros regida, no por el mercado, sino por el trueque o el intercambio regulado por la reciprocidad, son la norma. Por ponerle una denominación, Braudel se refería a este estrato económico como el estrato de la vida material. El volumen de las actividades que se realizan en él, y que son por lo demás claramente económicas aunque a algunos no les parezca así, puesto que usan recursos económicos, no es ni mucho menos baladí. Así, en toda sociedad, en toda economía, incluso en las más desarrolladas económicamente, existe una amplísima variedad de actividades económicas que son externas a los mercados, que son por tanto "extramercado". La mayoría "producimos" de este modo multitud de bienes y servicios para nosotros mismos, actividades económicas que van desde el cuidado personal y la preparación de comidas a las reparaciones caseras y las actividades culturales y de ocio.

De igual manera, y también al margen del mercado, hacemos cosas por y para los demás guiados por las reglas de la sociabilidad y la amistad (Economía de Prestigio). Nos damos los buenos días y nos decimos la hora que es gratis. Devolvemos lo que otros han perdido sin exigirles nada a cambio. Nos ayudamos mutuamente en dificultades de todo tipo. No se nos ocurre, habitualmente, cobrar a un amigo por los favores que le hacemos, confiamos en la reciprocidad. Carecemos de una estimación, siquiera grosera, del valor de este estrato extramercado, pero si nos fijamos en la cantidad de nuestro tiempo y recursos que dedicamos a nosotros mismos y a los demás es, incluso donde los mercados de todo tipo abundan, enorme. Por encima de ese estrato básico o elemental, está el estrato de las actividades económicas guiado por la red de intercambios mercantiles. Es el ámbito del mercado, de la economía de mercado.

Cuando Braudel habla de economía de mercado no se está refiriendo a todo el conjunto de actividades de producción dirigidas a ser vendidas en algún mercado y a las actividades comerciales gracias a las que esos intercambios se dan, sino a un subconjunto de toda esa miríada de interacciones mercantiles. Concretamente, lo que para Braudel caracteriza a la economía de mercado en sus términos es que las interacciones de los agentes que participan en la red de intercambios son básicamente horizontales. La economía de mercado “braudeliana” es el mundo económico de los intercambios regulares o habituales, locales, predecibles de alguna medida, y cada uno de los cuales es de tamaño o volumen relativamente pequeño, como fruto de los cuales se produce una creciente división del trabajo en la medida que los agentes económicos se especializan en aquellas tareas donde son más productivos. En la economía de mercado, las relaciones entre los agentes serían más o menos horizontales en la medida que ninguno de ellos tendría un poder económico notorio, es decir, ninguno de los agentes en una economía de mercado tendría una excesiva capacidad para controlar el mercado en donde operase.

La Teoría Económica conoce bien lo que es una economía de mercado "braudeliana" pues es el tipo de economía que se correspondería más a su modelo canónico: el modelo de competencia perfecta. Esa economía ideal en la que todos los agentes son precio-aceptantes y ninguno ostenta un peso excesivo ni como demandante ni como oferente. La economía de mercado braudeliana sería el mundo económico soñado por Adam Smith, un mundo donde el "dejar hacer, dejar pasar" liberal, sería en la mayor parte de los casos una buena política económica. Un mundo, además, donde la cercanía entre los agentes y la horizontalidad de sus relaciones, propiciarían el desarrollo de redes de solidaridad y comunidad (los "sentimientos morales" de que hablaba Smith) que posibilitarían una convivencia suave y armónica de modo que se atenuasen los efectos negativos de la lógica competitiva, que castiga económicamente a los que por las razones que sea no han tenido éxito económico, a los ineficientes, a aquellos que se han equivocado a la hora de sus decisiones económicas.

Braudel encontraba que en todas las sociedades humanas había habido en su economía un estrato más o menos extenso de economía de mercado. No, por supuesto, tan pura o ideal como la del modelo que usan los economistas, pero con el suficiente "grado de horizontalidad" como para así considerarla. Pero sus estudios históricos pronto detectaron también que la aparición y extensión de los intercambios comerciales a larga distancia (las primeras "globalizaciones") así como el desarrollo paralelo y consustancial de un sector financiero necesario para financiar esas "aventuras" comerciales, propiciaron el surgimiento, ya desde la Baja Edad Media, de un conjunto de comerciantes especiales. “Especiales” en el sentido que no eran como los demás, pues no estaban especializados en una actividad mercantil concreta, en un oficio. Eran a la vez y dependiendo del negocio que se trajeran entre manos armadores, aseguradores, prestamistas, prestatarios, financieros, banqueros e incluso empresarios industriales o agrícolas. Pasaban de una a otra actividad dependiendo de las expectativas de beneficio. Hoy en día, esos mercaderes de la Edad Media especializados en nada concreto los conocemos bien, demasiado bien. Son las estrellas rutilantes del mundo de los negocios, del mundo empresarial y de lo que antes se llamaba las “altas finanzas”. Han llegado más lejos que sus antecesores tardomedievales en eso de estar especializados en no estar especializados. Quizás no haya una expresión más sintética de esto que el diálogo entre el personaje de Julia Roberts, una "call-girl", y el de Richard Gere, un “tiburón financiero” de élite dedicado a lo que eufemísticamente se llama “mergers and adquisitions”, en la película Pretty Woman.

A la pregunta que ella le hace acerca de que qué es lo que hace, que qué fabrica, el personaje de Gere, responde simplemente que hace dinero, lo más alejado de cualquier cosa concreta, lo más abstracto. Por otro lado, para este tipo de agentes económicos que se mueven en el estrato capitalista de toda economía, con ellos no cuentan, en la medida que sus actividades son cada vez más globales, las regulaciones locales o las reglas de cada economía concreta sita en un espacio y un tiempo determinados. Buena parte de sus ganancias, además, provienen de saltárselas. Son, en una palabra, los capitalistas, pero no porque sean los propietarios de los medios de producción o los activos que usan en sus operaciones, pues no es necesario que lo sean, sino porque sus operaciones se dan en ese estrato de la economía. Y es que para Braudel, por encima de ese estrato más o menos extenso que es el de la economía de mercado, estaría el del capitalismo, que se superpone a él. También el capitalismo usaría de los intercambios mercantiles, pero a diferencia de los del estrato del mercado, en el capitalismo esos intercambios estarían más o menos controlados o administrados por algunos agentes con poder económico por su peso específico o por el papel central de su actividad. En el capitalismo las relaciones de mercado serían así verticales.

Para acentuar esta diferencia sustancial, Braudel considera al capitalismo un estrato económico "contramercado" (sic) o "antimercado". Junto con esta, otra segunda nota distintiva del capitalismo es su íntima conexión con el poder político, lo que permite a sus agentes, a los capitalistas, crear esas cadenas verticales que definen al capitalismo así como el mantenimiento de los privilegios que supone ocupar las posiciones más altas en las mismas. Dice Braudel: "el capitalismo sólo triunfa cuando se identifica con el Estado, cuando es el Estado" posición superior en las cadenas verticales o jerárquicas. De siempre, los agentes económicos a los que se puede calificar como capitalistas están relacionados con el poder político. Gracias a ese contacto alcanzan o mantienen esas sus posiciones de dominio o control de los mercados. El capitalismo es por tanto el estrato donde actúan las grandes empresas monopolísticas u oligopolísticas, las empresas transnacionales, así como en su el sector financiero de rango internacional. Dos efectos característicos se siguen de estas notas definitorias del capitalismo y merecen la pena ser destacadas. La primera se refiere a uno de los privilegios económicos de que gozan quienes actúan dentro del capitalismo.

Y es que es harto difícil que quiebren. A diferencia de lo que sucede en el estrato de la economía de mercado donde la competencia disciplina y penaliza a los ineficientes, es decir a aquellos agentes que toman decisiones económicas erradas, en el estrato capitalista, no son nada frecuentes las quiebras, o mejor dicho, caso de que las decisiones que tomen los capitalistas sean malas, es habitual que puedan contar con la muy “visible” mano protectora del Estado para echarles un capote, por supuesto que siempre en bien del interés general. Tal consideración hacia ellos por parte del poder político no es, por contra nada frecuente para con los agentes que se mueven en los estratos del mercado o del extramercado. Dicho con otras palabras, la disciplina de la competencia no va con ellos. La segunda nota se refiere a la jerarquía social y económica que se da en el capitalismo. El capitalismo se caracteriza por el surgimiento de una élite económica imbricada con las otras élites sociales: la política, la militar, la religiosa, la cultural, y a las que domina en último término. La desconexión del capitalismo con los otros dos estratos económicos se manifiesta así en una creciente "rebelión de las élites" como describiera Christopher Lasch el fenómeno de la separación de las élites del resto de las capas sociales asociada a la deslocalización de las actividades económicas capitalistas. ¿Qué sentido de responsabilidad con una sociedad local y concreta puede tener el director de un banco internacional o una empresa multinacional?

Las relaciones entre los tres estratos de una economía son extraordinariamente complejas. Sin duda que la expansión de la economía de mercado, con el consustancial incremento en la producción de bienes y servicios que supuso, tanto en cantidad como en variedad, ha enriquecido la vida material de las gentes de una manera asombrosa. El crecimiento económico así conseguido gracias a la especialización y la división del trabajo ha permitido y eso es innegable vidas más plenas, largas y seguras. Pero tampoco es posible eludir los aspectos negativos que esa expansión del mercado ha ido cargando sobre las vidas cotidianas de esas mismas gentes cada vez más ricas pero no más felices, como la llamada Economía de la Felicidad nos muestra. Y es que conforme más tiempo dedican a los intercambios mercantiles, al mercado, menos tiempo les queda en el día a día para dedicárselo a sí mismos y a los demás de modo directo, lo que deteriora esa misma vida material. Y ello sin contar con que, como bien saben los economistas, el mercado tiene sus fallos.

En presencia de externalidades y bienes públicos, los mercados fracasan en su tarea de asignar eficientemente los recursos. Y ello sin tampoco hacer referencia a los problemas de distribución del producto social que se derivan de usar del mercado para remunerar a los individuos dado que el mercado es indiferente a las necesidades de los individuos, sólo responde y remunera a aquellas de sus capacidades que tienen valor en algún mercado y a los activos de los que son propietarios. En cuanto a la relación entre el estrato del mercado y el estrato capitalista, tampoco aquí las cosas son nada simples. El surgimiento y expansión del estrato capitalista permitió el incremento de la división del trabajo a escalas cada vez más amplias, así como la posibilidad de llevar adelante proyectos de inversión más extensos y arriesgados. Ello ha favorecido, sin duda alguna el crecimiento económico. Pero aquí también hay un lado negativo. Por un lado, está la ruptura de los mercados locales y de las vidas materiales y cotidianas de las gentes, asociada a los procesos de globalización y deslocalización de los procesos productivos. Por otro, está la inmanente proclividad del capitalismo a sufrir crisis y depresiones que también afectan negativamente tanto a los agentes que operan en el estrato del mercado como a la vida material y cotidiana de las personas. Existe por ello una contraposición de intereses entre el mercado (y también, del estrato de la vida material) y el capitalismo, un enfrentamiento más o menos soterrado, una lucha más o menos consciente y explícita que responde al hecho de que el capitalismo se desarrolla al menos a partir de determinado nivel de su evolución a sus expensas. Y ahora, si con la perspectiva histórica braudeliana miramos lo que está sucediendo en el mundo económico en los últimos años, descubrimos de pronto una nueva apreciación de nuestro presente, pues resulta patente que lo que ahora mismo está ocurriendo es un episodio más de la ya larga lucha del capitalismo no contra el socialismo, sino contra la economía de mercado.

Tanto lo que ha sucedido en EE.UU. como lo que está ocurriendo en Europa son ejemplos de cómo los elementos centrales del capitalismo han generado una crisis de la economía de mercado de la que se han librado gracias al poder de los Estados. Incluso en los EE.UU., el país que por principio más defiende programáticamente la economía de mercado como posición central de su política, cuando estalló la crisis financiera, le duró bien poco el respeto a las reglas básicas de la economía de mercado. Sólo se dejó quebrar a un gran banco, Lehman Brothers. Se consideró inmediatamente después que eso, el dejar que funcionase la competencia, había sido un error, de modo que permitir que el mercado cumpliese su papel penalizando, es decir, permitiendo quebrar y desaparecer a las empresas y agentes no competitivos no podía hacerse en el sector capitalista (en el otro, por supuesto que sí: Ahí no había problema con que el mercado cumpliese su papel penalizador). Los bancos, quedó claro, gozaban del mismo privilegio si no aún mayor, que el que desde hacía tiempo sabíamos que disfrutaban las grandes empresas de los sectores automovilístico o aeroespacial. Con ellos, la competencia y su disciplina no iban.

Por el contrario, y como habría anticipado Braudel, los recursos públicos se pusieron al servicio del capitalismo. Y lo mismo ha sucedido en Europa. ¿No es acaso la crisis financiera y de la deuda una consecuencia de la necesidad de recapitalizar al sistema financiero? ¿No se dice que es la tarea más urgente sanear el sistema bancario cueste lo que cueste a los otros estratos o sectores: al de la economía de mercado y al sector subyacente de la vida extramercado de las gentes? ¿No van de eso todos esos ajustes que se dicen tan necesarios? Pero, ¿necesarios para quién? No, ciertamente, para la economía de mercado ni para el entramado social. Necesarios sí, pero para el mantenimiento del capitalismo. Y, ¿qué decir de España? Pues más de lo mismo.

En los tiempos de la burbuja inmobiliaria, el sector inmobiliario bien aprendió la lección: había una manera de estar al margen de la disciplina de los mercados, y era formar parte del núcleo del capitalismo intimando con el sector financiero.
El efecto de esta alianza lo podemos ver día a día cómo se desenvuelve ante nuestros ojos: cómo con dinero público se han mantenido empresas que deberían haber ido a la quiebra: desde inmobiliarias a cajas de ahorro y a bancos, como sin ir más lejos el de Valencia, abundan las empresas capitalistas que han sido mantenidas fuera de la disciplina de la economía de mercado, dentro del capitalismo gracias al uso por parte del poder político de los recursos colectivos.

Por ello, creo que el instinto político de los "indignados" no yerra sino que acierta de pleno cuando señalan como sus “enemigos” a los agentes más conspicuos del estrato capitalista.
Ya sean los españoles del 15M, ya los norteamericanos que siguen como lema Occupy Wall Street, “saben” que quienes gestionan y dirigen la gran banca, las grandes empresas transnacionales, los expertos económicos de los bancos centrales y demás organismos internacionales, las agencias de calificación y finalmente los representantes de los partidos políticos en íntima conexión con todos ellos, no son "como" ellos, son más bien "como" de otra especie, una que vive en otro estrato geológico-económico. Para los “indignados”, el enemigo no es la economía de mercado, sino el capitalismo. No buscan que la economía se haga socialista al estilo soviético, sino que desparezca la impunidad, la arbitrariedad y la autonomía de la que gozan esos nuevos señores feudales de la economía global con los que está claro que la competencia no va.

Nota: Por supuesto que lo anterior no es sino una distorsionada interpretación de la posición de Braudel. No puede ser de otro modo, pues es sencillamente imposible resumir en tan pocas líneas la riqueza del análisis histórico que se encuentra en su magna obra, Civilización material, economía y capitalismo: siglos XV-XVIII [Madrid, ed. Alianza, 1984]. (Una magnífica exposición reducida de su tesis, elaborada por él mismo, se encuentra en su obra La dinámica del capitalismo [Madrid, ed. Alianza, 1985])

26 de Noviembre de 2011

http://econonuestra.org/index.php?option=com_content&view=article&id=124:capitalismo-versus-economia-de-mercado-en-defensa-de-los-qindignadosq&catid=46:analisis&Itemid=78

NOTA MÍA: Quiero hacer notar que este planteamiento ya tuvo su primera forumalción en el siglo IV a.C. cuando Aristóteles (Política, I, 3 (1257‑1258) distinguía entre economía por un lado y crematística por otro, distinguiendo en esta dos caras, una aceptable (el mercado) y otra nefasta (el capitalismo). Tiene el mérito no reconocido de haberlo hecho cuando el capitalismo se encontraba en sus comienzos. Cfr.:
http://prestigiovsmercado.foroes.org/t7-aristoteles-un-rojo-de-derechas#19

Por otro lado quiero agrader a Curro Huesa que me haya enviado el enlace a tan magnífico y esclarecedor artículo.

Genaro Chic

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Re: Hay una clara diferencia entre capitalismo y economía de mercado

Mensaje  Enrique García Vargas el Mar Dic 06, 2011 1:25 am

Interesante trabajo que aclara muchas cosas que, por lo general, suelen estar confusas. Me parece, sin embargo, que la terminología empleada puede contribuir a que no se disipe del todo dicha confusión. En realidad, la cuestión central no es, creo, la de una sucesión entre una economía de mercado originaria y un capitalismo que la pervierte con posterioridad, sino más bien, como alguna vez he defendido, de una “economía con mercado” que acaba siendo desplazada por una verdadera “economía de mercado” (= capitalismo braudeliano) con la que la primera había convivido desde siempre, aunque dominándola. Estoy de acuerdo, pues, con Genaro en que se trata más de una cuestión  estructural que histórica (en el sentido de cronológica). Me refiero a que tanto el mercado en el sentido que podríamos llamar originario (intercambio entre operadores iguales entre sí) como el capitalismo en sentido braudeliano (tendencia del dinero a crear más dinero) coexisten desde el principio `[“lo diz Aristóteles e es cosa verdadera…”: Política, I, 3 (1257‑1258)], sólo que durante mucho tiempo prevalecen mecanismos económicos (prestigio y otros) que impiden la preeminencia de lo que Braudel denomina capitalismo y que yo creo que debe denominarse más bien “economía de mercado” (lo que Braudel denomina como tal es más bien una “economía con mercado”, como se ha indicado). Braudel, dada su formación geológico-geográfica (de donde procede su concepto de longue durée), concibe la historia como un proceso estratigráfico (en un sentido geológico más que arqueológico) en el que las distintas capas institucionales se van superponiendo unas a otras, pero ya se ha indicado que no es tanto una sucesión como una inversión estructural que hace que a partir de la “Gran Transformación” (Polanyi dixit) las relaciones estructurales se decanten a favor de una preeminencia de las relaciones de mercado frente a las que dominaban con anterioridad y que simplemente permitían la presencia del mercado, pero en ningún caso lo instituían como mecanismo central de creación de valor. Por lo demás, chapeau por el trabajo, porque me aclara muchas dudas que he tenido siempre (y que he expresado en este foro) acerca de las tortuosas y no siempre bien ajustadas relaciones entre el liberalismo político y el económico.

Enrique García Vargas

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