La vigilia de la razón también produce monstruos

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La vigilia de la razón también produce monstruos

Mensaje  Enrique García Vargas el Mar Ago 30, 2011 9:20 pm

Como seres conscientes, solemos imaginarnos, de una forma bastante clásica y un poco dogmática, como un núcleo sustancial ideal (el sujeto) en torno al cual se dan todas las representaciones (ideas, imágenes, recuerdos, intenciones…). Parece una propuesta muy ajustada al sentido común, pero lo cierto es que no permite pensar el mundo que llamamos social de una forma adecuada. Esto es debido sobre todo, creo yo, al hecho de que un ser replegado sobre un núcleo sustancial individual (mónada) tiene difícil, por no decir imposible, desarrollar formas adecuadas de comunicación con las demás mónadas, entendidas a su vez como otras tantas sustancias encerradas en su propia autoconciencia.

Al fundador, por así decirlo, de este concepto del sujeto como núcleo de todas las representaciones, don Renato Descartes, ya le resultó bastante difícil justificar el paso de la conciencia de sí mismo (cogito ergo sum) a la conciencia de un mundo exterior cuya existencia quiso derivar de la verdad última e indudable (fundacional) de la propia actividad pensante. Don Racional Descartes tuvo que recurrir nada menos que a la bondad divina para sustentar sus hallazgos sobre la verdad del sujeto, pues, según él, no es posible que Dios nos engañe con respecto al mundo externo (¿?).

Pero lo cierto es que no todas las representaciones de las que el sujeto, por usar esta terminología, es capaz son de tipo racional. A decir verdad, éstas son las menos. Creo que fue Sartre quien habló de un cogito prerracional que se remonta a nuestra primera presencia en el mundo y que, si seguimos a Bachelard, se constituye como un vínculo material (orgánico) con la realidad a partir de la conexión materna. En este caso, habría que darle la razón a este último cuando cree que todas las metáforas líquidas con que nos representamos la experiencia vital (el río de la vida, las gélidas aguas de la muerte, la sangre hirviente de la pasión…) proceden en última instancia del hilo de leche que nos alimenta por primera vez y a él remiten. Hay que considerar cuan lejos estamos en este caso de las certezas de Descartes, e incluso de la moralización de estas certezas con que la teoría política liberal construyó la imagen del ciudadano: sujeto de todas las representaciones (racionales), de todos los tráficos (comerciales) y de toda legitimidad (política).

Y es que resulta evidente, o al menos a mí me lo parece, que para pensarnos como sujetos debemos hacerlo siempre con respecto a los demás y no a ese cajón ridículo de representaciones que creemos albergar en nuestro interior inmutable. No hay interior inmutable, sino una red de relaciones que establecemos cada día y que siempre reelaboramos en torno a lo que el bueno de Hegel llamó el Espíritu Objetivo, es decir la realidad comunal-social-cultural que nos rodea. En cierto sentido somos nodos de una red, capaces, eso sí, de representaciones, aunque me temo que la mayoría de las veces estas representaciones más que ser criaturas nuestras (como individuos) nos usan a nosotros para propagarse. Volviendo a Bachelard (es inevitable), se diría, por ejemplo, que es la materia (orgánica) la que se expresa a través de los poetas y no al contrario.

En esta red de relaciones entre sujetos dinámicos (no centrados, no presenciales, no sustanciales) el juego de los enredos del lenguaje es fundamental. Es evidente que existen representaciones prelingüísticas o alingüísticas, pero en general se trata de representaciones que pueden comunicarse a la manera de un lenguaje, lo que desde luego resulta de interés primordial para los arqueólogos (p. e. Reading Material Culture, Ch. Tilley ed., 1991). Podríamos decir, parafraseando a Gadamer, que desde la primera representación (imagen) uno queda enredado en el mundo de la iconografía, donde, como en los sueños, unas cosas se convierten en otras y los signos se hacen ambiguos. Así, el agua pura de la vida se convierte en la representación de la muerte turbia. Como dice Heráclito (frag. 68) “Es muerte para las almas convertirse en agua”, lo que en Egipto se verbalizaba de otra manera, deseando al alma que pasaba al más allá que Osiris quisiese presentarle el agua fresca. Como dice Bachelard, que es quien recoge estos ejemplos (El agua y los sueños, FCE, México, 2005), ¿no fue la muerte el primer navegante?

No cabe convertirse en núcleo de representaciones si las representaciones mismas son tan ambiguas como para rechazar todo núcleo. La vida no está hecha fundamentalmente de racionalidad y donde no domina la racionalidad no tiene efectos el principio aristotélico de no contradicción.

Pienso todo esto a la vista de que el pensamiento después del 15 M se está volviendo, para unos y para otros, bastante dogmático. Todos, demócratareales y contrarios comparten un mismo universo de representaciones que a mi manera de ver es demasiado realista, demasiado sustantivista y demasiado presentista (ya hice algunas preguntas al respecto en este foro). Todos, según creo, suscribirían hoy día sin dudarlo el hallazgo fundamental de Descartes, aunque luego, como él, no serían capaces de ir al encuentro del otro en el juego infinitos de las representaciones. Creo que en este sentido es en el que Baudelaire acusaba a Voltaire de mediocre y de estafador. Pero es sólo una opinión.

Enrique García Vargas

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