La adivinación no es racional

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La adivinación no es racional

Mensaje  Genaro Chic el Sáb Jun 04, 2011 7:06 pm

Amondawa, la tribu amazónica que no concibe el tiempo

En su cuento “El Informe de Brodie”, el escritor Jorge Luis Borges imaginó a la tribu de los Yahoos, una raza primitiva que desconocía el tiempo, pero podía recordar eventos del día anterior o anticipar los del día siguiente. En el resto de su conocimiento, se entremezclaban indistintamente sus vivencias, sus sueños y los relatos de sus semejantes.

Un estudio recientemente elaborado por las universidades de Portsmouth en el Reino Unido, y la Universidad Federal de Rondonia en Brasil muestra que la idea de Borges no era tan descabellada. Los Anondawa del Amazonas no conciben el concepto de tiempo como tal.

El Amazonas es una selva tan vasta, tan extensa y desconocida, que dentro de ella habitan tribus que hasta hoy, en plena época de satélites y GPSs, no han sido “descubiertas” por la civilización. En febrero les contamos cuando la tribu de los Yanomani fue avistada por primera vez, y por primera vez ellos contemplaron, todavía con mayor sorpresa, un helicóptero sobrevolándolos.

Los Amondawa fueron descubiertos antes, en 1986, pero para efectos de su cultura no están mucho más integrados que los Yanomani. Muchos han aprendido el portugués e incorporado algunos objetos manufacturados a su vida diaria, pero en general permanecen relativamente fieles a su estilo de vida, empezando por su idioma.

En un estudio publicado por las universidades de Portsmouth y Rondonia se indica al respecto que el lenguaje Amondawa revela la ausencia del concepto de tiempo, algo que es altamente inusual considerando que la gran mayoría de las culturas llega recurrentemente a mapear el paso del tiempo como si fuera una dimensión espacial, pensando que el pasado quedó “atrás” y el futuro nos espera “adelante”.

Pese a que los Amondawa entienden que un evento ocurre en un determinado momento, no asumen que el tiempo fluye independientemente de los eventos que puedan o no ocurrir . [Lo que le falta es el concepto, derivado de una objetivación de la realidad –o sea, separarla de su propia vida y concebirse como individuos más que como parte de un todo- que aún no han necesitado]. No tienen una palabra puntual para “tiempo” ni para ninguna subdivisión arbitraria como mes o año. Para ellos no tiene ningún sentido la idea de “trabajar toda la noche” porque lo que importa es el fruto de ese trabajo y no el intervalo empleado. Esto contradice cualquier concepto de eficiencia del método científico, pero por otro lado el pensamiento racional tuvo que atravesar la revolución industrial y el capitalismo antes de llegar a concebir el trabajo orientado a metas tres siglos después.

Los Amondawa no miden su edad en años, obviamente, sino que se refieren a los distintos hitos de su vida y las distintas posiciones que van ocupando dentro de la tribu conforme pasa el tiempo y adquieren nuevas responsabilidades.

De este estudio se desprenden varias ideas que me gustaría compartir en alguna conversación a altas horas de la madrugada cuando todos nos ponemos filosóficos, pero hay algunas que no quisiera omitir en este momento, como el hecho de que algo que damos por absoluto y universal, como la concepción del tiempo, es sólo una convención que adoptamos por comodidad o por miedo a salirnos del molde. También que el sistema que la civilización ha construído para entender mejor la realidad termina siendo el mismo que nos esclaviza. El tipo que queda sin trabajo a los 50 años sabe que le será imposible encontrar algo igual a lo que tenía, pero es porque todos hemos contribuído a la noción de que la juventud es requisito para el empuje, como si la edad de una persona definiera de antemano qué puede o no puede hacer.

Por supuesto, en vez de basarnos en el estudio sobre los Amondawa para replantearnos mucho de lo que damos por inamovible, lo más probable es que ocurra lo contrario. Que los Amondawa terminen asimilados por la cultura imperante, y terminen olvidando su idioma, y contraigan las enfermedades del hombre civilizado y tengan que depender del sistema de salud del hombre civilizado, y trabajar como mano de obra no calificada en algún empleo que no tome en consideración su manera única de concebir el espaciotiempo. El gobierno de turno pensará que destinando un poco de plata para que tengan la misma salud y educación que la masa civilizada habrá hecho las tareas, mientras el resto nos olvidaremos de su existencia específica y seguiremos viviendo atados al tiempo, la eficiencia, la discriminación etárea, el ahorro para la pensión de vejez y la cobertura de salud, con la cual podemos tratarnos las enfermedades que contraemos justamente por trabajar mucho, dormir poco y respirar el aire de ciudades irrespirables.

Enlace: http://www.bbc.co.uk/news/science-environment-13452711.

[En castellano en http://www.elcastellano.org/noticia.php?id=1808 ]

Fuente: http://www.veoverde.com/2011/05/amondawa-la-tribu-amazonica-que-no-concibe-el-tiempo/

NOTA MÍA: La memoria mete al hombre en el tiempo relativo, y cuando la memoria se afirma con signos de escritura el tiempo relativo, el que permite la contraposición entre un antes y un después, gana terreno. El tiempo emocional se hace paulatina y progresivamente racional. El invento de las máquinas de medir el tiempo será un elemento muy importante en este proceso, pues establecerá algo antes desconocido: la puntualidad.

Frente al tiempo relativo, y sirviendo siempre de trasfondo, está el tiempo absoluto, el que se vive de golpe, donde lo importante es el qué de los hechos y no el cuándo (ni por supuesto el porqué, al que somos aficionados los historiadores). Es el tiempo que no pasa, sino que está estable, como la imagen que en todas partes se hace de la divinidad. Y al ser estable la adivinación no tiene nada de asombroso ni de extraordinario, puesto que las cosas se saben, no se averiguan. Pertenece al campo de la sofía (sabiduría) no al de la filosofía (deseo de saber mediante contraposición lógica de los elementos de una realidad desmenuzada en partículas elementales). En términos de la física moderna, la sabiduría pertenecería al campo de la onda, en tanto que la filosofía correspondería al de la partícula, aunque es sabido que, en este sistema de pensamiento físico, ambos se dan al mismo tiempo, de forma complementaria.

Si, en la tradición latina e indoeurpoea en general, dios (deus) es lo luminoso, como nos señala el Dictionaire etymologique de la langue latine, (París, 2001 (r.), p. 170), y divus lo divino, adivinar (divinare) es hacer algo claro, sacarlo a la luz. Dios es la luz absoluta que todo lo domina, y la persona que vive en esa luz no necesita averiguar, buscar, nada, pues todo está ante su vista. Algo que sólo es incomprensible desde una postura racionalista, que confunde la realidad con su percepción racional de forma exclusiva. El racionalista no cree en nada… salvo en la razón, que es la creencia que le sirve para sustentar todo lo demás. Hay aún, sin embargo, pueblos muy atrasados racionalmente (o si se quiere culturalmente) que no tienen noción del número (como los pirahã de Brasil) o desconocen las categorías formales del tiempo, como los que aquí se muestran. Y sabemos que los pueblos que no tienen sentido del número tampoco ni siquiera tienen mitos (D. Everett, «Cultural Constraints on Grammar and Cognition in Pirahã: Another Look at the Design Features of Human Language», Current Anthropology, 46 (4), 2005, pp. 621-646). Mucho menos historia, o sea investigación de un pasado al que no le dan mayor trascendencia, al vivir en un presente absoluto, como la mayoría de los otros animales llamados superiores, al menos.

Habrá quien piense que eso no vale para los europeos, pero los lingüistas saben bastante bien que los temas de presente en el verbo griego son los más antiguos y sobre ellos se han ido formando los demás, contemplando al pasado sólo a través de un aspecto perfectivo del presente ("tengo hecho" → "hice"); y al futuro, posteriormente, como fórmula de deseo en el presente ("quiero hacer" → "haré") (M. Bassols de Climent, Sintaxis latina, Madrid, C.S.I.C., 1967).

En este mundo de la ensoñación en que se inserta la (a)divinación, el tiempo lineal, con pasado y futuro, aquí es irrelevante, lo mismo que la ley de causa-efecto. Todo es posible y el simple cambio de formas no altera la absoluta realidad del ser, que se puede manifestar de una u otra manera, de modo que una parte evoca la totalidad (algo parecido a la geometría de los fractales). Por supuesto la adivinación no es racional, como no lo son los sueños, y como no lo es el amor, aunque ninguno de ellos sean incompatibles ni con lo sensitivo ni con lo racional (los otros dos aspectos de la actividad de nuestro cerebro). De hecho, lo que al amor lo hace grande es su carácter “surrealista” (irracional).


Salud emocional


Genaro Chic

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