El sueño (dorado) de Constantino

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El sueño (dorado) de Constantino

Mensaje  Enrique García Vargas el Mar Ene 11, 2011 12:36 am

El sueño (dorado) de Constantino

Los historiadores de la economía y los de la cultura suelen escribir los unos a espaldas de los otros. Para justificar e el desinterés hacia sus colegas, los primeros, echan mano del aforismo marxista o más bien engelsiano que dice que todo análisis histórico es en última instancia un análisis económico. Y ello, a pesar de que, como ya señaló Althusser, nadie se haya molestado nunca en explicar en qué consiste exactamente eso de la “última instancia”. Los segundos, esgrimen la autonomía de lo simbólico, convencidos como están de la infinita capacidad que el hombre tiene para creer. No les falta razón ni en lo primero (la autonomía de lo simbólico) ni en lo segundo (la fuerza enorme de la fe). Pero seguramente, en su desdén, declinan fijarse en las cosas materiales que forman parte, también ellas, de los sueños. Lo digo a propósito de un libro reciente de Paul Veyne: El sueño de Constantino. El fin del imperio pagano y el nacimiento del mundo cristiano, Paidós, Barcelona 2008). Se trata, por supuesto, de una obra magnífica, más allá del papanatismo editorial que ha transformado el título original del libro (Quand notre monde est devenue chrétien? -312-394-), temeroso quizás, dados los vientos laicistas que corren, de no vender bastante. Su tesis central desafía todas las versiones “utilitaristas” de corte político acerca de la conversión de Constantino, pues sostiene que el primer emperador cristiano fue un converso de buena fe. Es decir, que realmente se hizo cristiano, desafiando la inercia de siglos de religión oficial romana. Las páginas que dedica Veyne a demostrar, sin ser cristiano, la superioridad ontológica (¿o debía decir onto-teológica?) del cristianismo sobre el paganismo son magníficas. El retrato del clima espiritual de una época, no podía defraudar siendo Veyne el autor. También está logrado el retrato psicológico de Constantino, siempre esquivo, siempre entre cortinas, como un buen emperador tardío.
Pero hoy, pensando en cosas que me traigo entre manos, he caído en la cuenta de una serie de coincidencias entre lo “material” y lo “espiritual” que, sin empañar el relato simbólico de Veyne ni acabar de dar la razón a los economicistas, me ha parecido se ordenan de una manera que pueden hacer pensar en que la decisión de Constantino no fue ajena ni al realismo ni a la fe. Al contrario, bien pudo ser una resolución fruto de un “realismo mágico” que conmueve por la complejidad de los hilos que manejó y la profundidad del giro impuesto a la corriente de una Historia que no se dirige nunca hacia la hora solitaria de su última instancia.
La cosa, si es realista y es mágica a la vez es que tiene que ver, no podía ser de otro modo, con el oro. Tras más de cien años de emperadores empeñados en la defensa a ultranza de la moneda de plata a costa de infravalorar el precio del oro, en lingotes y amonedado, de terco bimetalismo monetario, de enroque en torno a una divisa, el denario/antoniniano/aurelianiano, ayuna casi de plata pero hinchada en su valor facial, Constantino decide en 309, de un plumazo, hacer girar el sistema monetal romano sobre un patrón único y poderoso como ninguno: el oro. Otros emperadores le habían preparado el camino, sin atreverse en el fondo a ir mucho más lejos de lo que fue el primero de ellos que apostó, aún tímidamente por el metal amarillo: Nerón. El final trágico del emperador loco y el derrumbe de su casa los había, quizás, persuadido de ello.
Joaquín de Hoz ha estudiado el carácter revolucionario de la acuñación áurea de Nerón, demostrando su carácter financiero en el sentido de creador de valor sin un excesivo coste de extracción y acuñación. Es cierto, no obstante, que Nerón hacía de necesidad virtud, pues la plata escaseaba claramente ya en su época. Por otra parte, el último Julio-Claudio acababa dando un paso atrás al respaldar en Occidente sus emisiones de áureos reducidos de peso con acuñaciones de grandes sestercios realizados con cobre de las mimas minas de Hispania cuya plata ya flaqueaba. La devaluación de áureo se hacía, por lo tanto, en beneficio de la cada vez más esquiva plata y de un bronce que podía todavía representarla sin demérito, es decir, sin renunciar a hacer justicia metálica a su valor facial. Un quiero y no puedo. Aumentar el gasto estatal con un valor fuerte para forzar el regreso fiscal del gasto realizado no tenía sentido si este regreso no se hacía en el mismo metal dorado, metal al que se le hurtaba, por añadidura, una posición preponderante como referente de valor. El coloso dorado del Celio se vino abajo sobre sus débiles pies en los jardines de la Domus Aurea.
Parece que Constantino aprendió de este fracaso, si no directamente, si en las cabezas de pensantes de Septimio Severo y de Diocleciano. El primero redujo bruscamente, movido por necesidades financieras, desde luego, el contenido en plata del denario, compensando la medida con la rebaja del precio del oro, verificada tras la llegada del metal procedente de la conquista de Mesopotamia, y con la puesta en venta de los bienes confiscados a los partidarios de sus adversarios de las guerras civiles. Es decir, Severo no dio un solo paso en contra del sistema bimetálico y del uso de la plata como referente de valor. Como consecuencia, su hijo Caracalla tuvo que inventar una moneda nueva para esconder una nueva rebaja en peso y en contenido en plata: el antoniniano. Con ello, se convertía en el primer epónimo monetal que alcanzaba esta gloria inventando una moneda de calidad dudosa. Compañía non grata en el Parnaso de los éponimos para Creso, Darío y Filipo, grandes amonedadores de oro.
Diocleciano parece más taimado. Nunca renunció a defender la moneda divisionaria, siguiendo incluso a Aureliano en el intento de separar el valor real de la moneda de bronce de su valor en unidades de cuenta, requisito imprescindible para convertirla en un artículo de fe. Fue un fracaso total que obligó a la promulgación del Edicto de Precios Máximos sólo tres meses después: ¿única salida de una maniobra mal calculada? Única, no. Desde 300 Diocleciano impone la venta obligatoria de oro y plata al Estado a cambio de vellón devaluado (coemptio auri argentique, aunque mucho nos tememos que fue mucho más aurei que argenti). El mantenimiento del bajo valor tradicional del oro parece responder ahora más que a la inercia de la tradición defensora de la moneda divisionaria a la necesidad de comprar oro barato para cambiar completamente la sangre del cuerpo debilitado y moribundo de la Res Publica, es decir, para sustituir las reservas de plata por reservas de oro.
Sólo faltaba, cuando la operación estuviese avanzada, imponer el oro como medida de valor y único metal aceptado por el estado en sus transacciones y en la recaudación, lo que permitiría a su vez revalorizarlo de forma definitiva y demoledora para las clases menesterosas. Se daba así el golpe de muerte a una plata que hacía ya decenios era un puro fantasma. Esta fue la labor de Constantino. El emperador parece haberlo entendido así desde muy temprano. Desde 309, emite una moneda nueva de gran calidad y peso reducido a 1/72 de la libra, el solidus, cuyas emisiones, según los análisis, se alimentan tras la muerte de Magencio de metal procedente de tesoros confiscado. El Anónimo de Rebus Bellicis culpó precisamente a Constantino de dos cosas: haber sustituido el bronce por el oro en los intercambios y haber creado una especie de fiebre del oro emitiendo sin cesar con los tesoros requisados a los templos paganos. ¿Tenía ya Constantino en mente esta posibilidad antes de la batalla de Ponte Milvio?
En Egipto, las compras obligatorias de oro continuaronn hasta 324, año de la derrota de Licinio y de la anexión de Oriente por Constantino. Con éste, desaparecen, pues, las copemptiones y, paradójicamente, las reservas de oro parecen alcanzar su máximo nivel. Sólo un año después de la derrota de Licinio, son lo suficientemente densas como para poner en marcha una fiscalidad basada en el solidus usando monedas de 23,5 quilates en las que, por primera vez en decenios, el peso teórico y el real coinciden casi milimétricamente. ¿Ha puesto Constantino, como sostiene el Anónimo, sus manos en los tesoros de los templos, esta vez de Oriente? No habría sido el primero en hacerlo, desde luego, pero sí el primero que, libre de la carga de un prejuicio religioso cuyo alivio debía, no lo dudamos, a nueva una fe voluntaria y conscientemente aceptada, habría podido llevar a cabo la labor de una manera sistemática y calculada sobre un cuerpo religioso debilitado.
¿Existió, pues, un vínculo más estrecho de lo imaginado (aunque no unívoco ni exclusivo) entre la conversión de Constantino al cristianismo y su conversión al oro, un vínculo que no fue necesariamente un cálculo exclusivamente económico (racional), pero tampoco del todo un movimiento devoto (emocional)? Al fin y al cabo, en el oro se han reunido siempre su valor simbólico decisivo como encarnación metálica de la divinidad y la eternidad y su altísima capacidad adquisitiva, lo que ha hecho de él la materia privilegiada del gasto financiero. Realismo mágico es quizás, como un día me sugería Genaro, el apelativo que más cuadre a la política de un hombre ambicioso y de un político sagaz cuya visión del Estado alcanzó a muchas generaciones más allá de la suya.

PS. Compruebo que a partir de 325 mis gráficos de pecios reflejan una caída en el tráfico marítimo similar a la que se constata tras las grandes emisiones áureas de Nerón. La diferencia esta vez, estribaba tal vez en que ya no importaba gran cosa.


Enrique García Vargas

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Re: El sueño (dorado) de Constantino

Mensaje  Genaro Chic el Mar Ene 11, 2011 11:59 am

A mí me ha traído a las mientes esta magnífica reflexión histórica de Enrique (por la que lo felicito) la figura de otro gran gobernante: Enrique VIII de Inglaterra (1509-1547), que supo combinar una fuerte reforma religiosa con la desamortización de los enormes bienes de la Iglesia Católica en las islas, con los que logró poner los cimientos del gran Imperio Británico.

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Re: El sueño (dorado) de Constantino

Mensaje  Jorge B. el Vie Ene 14, 2011 9:18 pm

No soy historiador pero me interesa la Historia.

1. Ya que se hace referencia al marxismo: para Marx, en el esclavismo, ¿la moneda tiene el mismo significado que en el capitalismo?. Intuyo un matiz muy importante. Ahora (capitalismo) la moneda no equivale a una determinada cantidad de mercancía. Supongo que entre los romanos sí. ¿Por qué la plata equivalía a una cantidad mayor de mercancías que el oro o el cobre?

2. "...emperadores empeñados en la defensa a ultranza de la moneda de plata a costa de infravalorar el precio del oro ..." disculpad y repito ¿Por qué entre los romanos valía más la plata que el oro siendo que este es un metal mucho más escaso que la plata? aunque según desprendo del texto, quizá la disponibilidad de la plata debido al uso utilitario intenso era más escasa que la del oro ¿es así?

3. "la superioridad ontológica (¿o debía decir onto-teológica?) del cristianismo sobre el paganismo son magníficas". No comprendo lo suficiente esta frase

si es una afirmación, requiere que se la demuestre

si es una opinión, no exige credibilidad

si es un comentario, pierde importancia

En el paganismo los dioses convivían en paz. Después del cristianismo no. Basta ir a Palestina



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Re: El sueño (dorado) de Constantino

Mensaje  Enrique García Vargas el Dom Ene 16, 2011 10:45 pm

El sistema monetal romano “clásico” es trimétalico. El patrón de valor es el bronce, lo que quiere decir que todas las monedas se valoran en unidades de bronce. Así, un denario de plata, originalmente, se cambiaba por diez ases, de donde viene su nombre. Con posterioridad (desde 141 a. C.), pasó a valer 16 ases o 4 sestercios (pues cada sestercio de bronce equivalía a 4 ases). Entre los tres metales existían relaciones fijas: 4 sestercios (bronce) = 1 denario, 25 denarios = 1 áureo. El oro vale, evidentemente, mucho más que la plata y la relación suele estar en torno a 1:12 (1 unidad cualquiera de oro, p. e. 1 libra, equivale a 12 de plata). Este tremendo valor adquisitivo del oro hacía que no fuera una moneda útil en el comercio (excepto si se trataba de financiar grandes operaciones), por lo que se prefería la plata. De hecho, el oro no entra a formar parte de forma regular del sistema monetal romano hasta Augusto, aunque eso no significa que antes no se acuñase, sino que, al contrario que la plata y el bronce, no se emitía de forma sistemática ni de acuerdo a un sistema de pesos fijo.
Cuando comienza a escasear la plata debido al colapso de las minas y al final de las campañas de anexión territorial que proporcionaban cuantioso botín, el precio del oro tiende a subir aún más, porque hay menos plata. El Estado, acostumbrado a cobrar sus impuestos en plata y pagar a sus tropas y a sus proveedores en el mismo metal, mantiene artificialmente alto el precio de la plata con respecto al oro para hacer frente a sus pagos con la menor cantidad posible de plata. Así, comienza a devaluar la moneda: emite piezas de menor peso o de menor contenido en metal que valen lo mismo que si fueran de plata pura. A eso me refiero con la expresión “defensa de la moneda divisionaria”.
Los emperadores son conscientes que si basan las finanzas en el oro, su capacidad de pago mejorará, pero, no pueden dejan caer la plata a su precio real, porque vería multiplicado sus gastos al pagar más moneda devaluadas por las mismas mercancías o reducidos sus ingresos al admitir monedas devaluadas como pago. Y necesitaban dinero. Además, debido a la crisis, el oro tiende a salir de la circulación y a atesorarse, con lo que el salto a una fiscalidad del oro no puede darse de manera simple ni fácil.
Lo primero que se intenta es separa el valor de la moneda de plata de su contenido en metal. Se fija (Aureliano, Diocleciano) un valor ficticio de la moneda y se pretende que circule con ese valor. Pero la gente no acepta el carácter fiduciario de la nueva moneda y tiende a usarla como siempre, como un peso de metal: si una ánfora vale una moneda de plata y mañana el Estado reduce a la mitad el contenido de plata de la moneda, pues vendo a partir de mañana la misma ánfora por dos monedas devaluadas, que tienen la misma plata que antes de la devaluación. Con la diferencia de que ahora las monedas de plata no tienen la mitad, sino la vigésima parte de plata que en la “buena época”. Como el intento no fructifica, porque la gente no cree en la moneda (moneda fiduciaria= moneda de fe), se intenta una medida más radical: se fijan los precios por ley y se castiga al transgresor. Pero surge un mercado negro que hace ineficaz la medida, con lo que el Estado se plantea seriamente “pasarse” al oro. Al principio (Diocleciano) se mantiene bajo artificialmente su valor para comprar oro barato a cambio de plata devaluada (son las coemptiones: se obliga a los particulares a vender oro al Estado al precio que éste fija). Cuando se ha metido en caja bastante oro (coemptiones + desamortización de las propiedades de los templos paganos), se sube el precio del oro (Constantino) y se obliga a pagar los impuestos en oro, para lo que se convierte el oro en patrón monetal en lugar del bronce y se elimina la equivalencia fija de valores que tradicionalmente había existido entre los tres metales. El Estado ya no admite la moneda devaluada que circula y sólo admite oro. Los pobres, para pagar sus impuestos tienen que acudir a los cambistas que les exigen demasiada moneda devaluada a cambio del poco oro que necesitan para pagar. Aumenta el endeudamiento y la servidumbre (en el campo, los campesinos caen en dependencia de sus señores que pagan por ellos los impuestos en oro a cambio de una renta en productos o de trabajos). Quienes disponen de oro están a salvo de la inflación que afecta a la moneda divisionaria, cada vez más devaluada, y se ensancha el abismo entre los ricos (honestiores) y los pobres (humiliores). El estado se ha salvado, ¡pero a qué precio!
En cuanto a la superioridad onto-teológica (ontología, doctrina sobre el Ser; onto-teología, doctrina sobre el Ser que es Dios) del cristianismo me refería a que se trata de una doctrina mucho más refinada en sus conceptos teo-filosófico que el paganismo de garrafa. Esto no basta, desde luego, para ganar adeptos, pero es objetivamente cierto que se trata de una ideología más refinada, especialmente porque se heleniza pronto. Desde el punto de vista filosófico, el único “rival” serio del cristianismo en Occidente es el neoplatonismo. Ambas “filosofías” se influyeron mutuamente más de lo que se cree, a partir sobre todo que los filósofos paganos comenzaron a coquetear con el monoteísmo y dejaron de creer en unos dioses que, por cierto, como se puede ver en la mitología, no vivían tan pacíficamente.

Enrique García Vargas

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