EL CONCEPTO DE TIEMPO. Una visión histórica

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Mensaje  Genaro Chic el Mar Abr 02, 2019 7:23 pm

EL CONCEPTO DE TIEMPO

Para un estudio adecuado de cualquier situación histórica hay que tener en cuenta la concepción de espacio y de tiempo que pudieron tener las personas que produjeron los hechos que se pretenden analizar. El comportamiento del ser humano en sociedad viene lastrado siempre por la manera de entender la realidad que se tenga y ésta no es siempre la misma, sino que evoluciona. Veamos brevemente el concepto de tiempo

2.  Tiempo.

Si no todos los espacios son sentidos de la misma manera, tampoco todos los momentos, aunque su duración cuantitativa sea la misma. Como en el caso del espacio, el tiempo emocional es igualmente finito, termina, deja de ser, pero es al mismo tiempo de límites imprecisos. Si la palabra «hora» implica delimitación cuantitativa del tiempo, la manera de sentirlo se expresa en «momentos», «ratos» o «temporadas», de extensión indefinida pero no por ello carente de sentido.

En las sociedades –sobre todo en las ágrafas- en las que los elementos de cómputo no están desarrollados y menos aún extendidos es fácil imaginar que, por ejemplo, las jornadas de trabajo no se viesen sujetas a una cuantificación estricta, rigiéndose normalmente por la posición de los astros (sobre todo del sol) y la sombra por ellos proyectada (que varía a lo largo del año) o, de forma más estricta, por el discurrir de determinado elemento contenido en un recipiente desde el que se vierte o en el que se consume.

Hemos visto cómo el círculo, la esfera, dominan el concepto de espacio en una mentalidad de fundamento emocional: el hombre percibe así el mundo que le rodea. Pues bien, como era de esperar, con esta concepción circular del espacio enlaza también una concepción cíclica del tiempo, que se encuentra igualmente en todas las culturas tradicionales y que, lo queramos o no, sigue perviviendo de algún modo en la nuestra: sentimos que los astros regresan, que las estaciones vuelven, que la vida sucede a la muerte para ser sucedida de nuevo por la vida, etc. (Eliade, 1993).

Lo normal es que cualquier animal, humano o no, se preocupe sobre todo por el presente, que es el momento que vive con más intensidad, el central. Los lingüistas lo saben bastante bien. Así, por ejemplo, los temas de presente en el verbo griego son los más antiguos y sobre ellos se han ido formando los demás, contemplando al pasado sólo a través de un aspecto perfectivo del presente ("tengo hecho" → "hice"); y al futuro, posteriormente, como fórmula de deseo en el presente ("quiero hacer" → "haré") (Bassols de Climent, 1967).

La idea de continuidad estable del grupo, considerada más interesante que la individual más sujeta a la muerte, fue generando la idea de la costumbre (la mos, la moral, que diría un latino) y con ello una vaga idea de la importancia del tiempo de los antepasados, que eran la raíz del presente y por eso con frecuencia se les honraba en fiestas que invocaban la fecundidad. La memoria perpetuadora se combina así con el olvido para permitir una especie de digestión (homeóstasis) del pasado, de forma que se almacena lo que continúa teniendo importancia para la sociedad mientras que el resto se olvida, se excreta del organismo social, como se pone en evidencia en las leyendas genealógicas.

Porque nuestra memoria es acumulativa y nunca podemos recordar exactamente lo mismo, o mejor dicho de la misma manera que lo hicimos antes (Carter, 1998). De hecho nadie puede recordar de forma directa su cara de cuando era niño, pues el presente contamina siempre la imagen del pasado, y viceversa, por lo que se ha dicho, estimamos que con razón, que nuestra vida es, en muchos aspectos, un recuerdo de los hechos pasados.   Algo que es perfectamente perceptible en los planteamientos económicos, como advirtió Polanyi (1994).

En base a ello sólo es verdad para una comunidad lo que no se olvida, lo que es importante y por ello permanece, transformándose insensiblemente pero sin morir (Goody y Watt, 1996), como sucede con el término general de “economía” o el concepto más particular de “comercio”. Algo que de algún modo ha quedado en nuestro refranero español cuando se plantea aquello de “¿Qué te iba a decir yo que mentira no era?". Porque si era verdad no se ha podido olvidar.

En realidad el presente emocional es, como diría Eric A. Havelock (1996), un «presente inmediato»,  considerado como parte imprecisa de un tiempo absoluto, el que se identifica con el ser (Comte-Sponville, 2001). A ese tiempo absoluto los griegos le llamaron aión y los romanos aevum (de donde viene, por ejemplo, nuestra palabra “medioevo”, el tiempo de en medio, entre la antigüedad y la modernidad). Es un tiempo donde está concentrado todo el ser, toda la vida, toda la verdad. Es el tiempo en que todo se encuentra fundido en un solo ser, es el tiempo por tanto del amor como fusión del ser (“instante desmesurado”, en expresión de D. Innerarity, 2001), es el tiempo de Dios, que no puede cambiar porque el ser es y el no ser no es, como diría Parménides de Elea en el siglo VI a.C. Este tiempo, dado de golpe, en el que no hay antes ni después, es el tiempo al que determinadas personas, especialmente femeninas (por la especial configuración de su cerebro), suelen acceder por medio del pre-sentimiento, que se manifiesta, llegada la ocasión, en forma de relámpago o flash.

Es el tiempo de la continuidad, el tiempo que podríamos llamar «hembra», porque en la hembra se encuentra la continuidad biológica, el seguir siendo. En ese tiempo eternamente presente se encuentran concentrados todos los momentos que se contemplan en el otro tiempo, el profano, el de los humanos, de la misma manera que una película con todos sus fotogramas se encuentra dentro de la cámara de proyección. Esa película que refieren haber contemplado en un momento muchas personas que han estado en el umbral de la muerte sin traspasarlo. Ese momento en que, en una situación de anoxia que afecta a las interneuronas cerebrales, se ha estimulado el lóbulo temporal derecho (más visuo-espacial, y de emociones, afectos...) y se suspende la actividad del lóbulo parietal izquierdo (el lógico-matemático, analítico, que capta la dualidad, las antinomias como arriba-abajo, antes-después...). La gran actividad de las neuronas derivada de esa anoxia lleva a un estrés cerebral que provoca que el hipocampo repase rápidamente su memoria episódica: y por ello vemos escenas de nuestra vida, según lo explica la neurobiología. La percepción emocional del tiempo determina su sacralidad.

Es a esa esfera del pensamiento, a esa esfera de la realidad global, a la que accede el hombre inspirado por lo sobrenatural, el aedo griego que recibe su inspiración de las Musas (del adivino Calkhas se dice en la Ilíada (I, 70) “que conocía lo que es, lo que iba a ser y lo que había sido”), el sabio escriba egipcio Nefer-ty (Pritchard, 1966) o los chamanes mexicanos de C. Castaneda (1992), que reciben la inspiración de Mescalito. La auténtica realidad de las cosas se considera al margen de la vida que transcurre y cambia, como ese potente doble sobrenatural que estudia Lévêque (1997) y que se encuentra lo mismo tras la teoría de la caverna platónica, como de la percepción del mundo que mostraba en el siglo XIX el jefe sioux lakota Caballo Loco (Serra, 1998).

Un planteamiento que, aunque sea racional, es propio de un mundo en el que se considera que lo importante es lo colectivo, de forma que, aunque muera el individuo, pervive la especie. Por eso el hombre o la mujer inspirados, que acceden a un mundo de temporalidad que no le es habitualmente perceptible, son capaces de contemplar lo mismo lo que ha sucedido, que lo que está sucediendo o lo que ha de suceder en la esfera temporal cronológica. Una percepción del tiempo que las racionales culturas individualistas varoniles han tendido a evitar (Montero, 1994) porque parece contradecir nuestros anhelos de libertad cultural, aunque hoy el conocimiento del mapa genético nos invita a pensar que hay una cierta predeterminación en nuestras vidas.

Que algo escape a nuestras formas comunes de racionalidad no implica necesariamente, en cualquier caso, que sea irrazonable. Tal vez sólo sea una cuestión de cambio de perspectiva, como la que llevó a la comprensión de la marcha de los planetas o astros errantes en el firmamento cuando se pasó de la teoría geocéntrica a la heliocéntrica y comenzó a utilizarse el término “sistema” como síntesis entre lo regular (las órbitas) y lo irregular (el desplazamiento de las estrellas errantes). Cuando los datos no se ajustan a nuestra teoría lo racional no es cambiar de datos o ignorarlos, sino cambiar de teoría, como se hizo en la época de Copérnico [1473-1543] y Galileo [1564-1642], y como propuso en 1927 O. Klein al sugerir que la gravedad cuántica debería modificar los conceptos de espacio y de tiempo. Y nos queda muchísimo por conocer acerca del funcionamiento de la memoria en nuestro cerebro, como demuestran las investigaciones sobre lo dejà vu y la dificultad que tiene nuestro cerebro de procesar algo que no sea pasado.

En cambio el otro tiempo, el de lo discontinuo, el tiempo racional, es lineal rectilíneo y precisamente cuantitativo (expresable con lenguaje aritmético), tiene un antes y un después, es el tiempo del devenir, el que propicia el cambio, el que hace posible el progreso, el que la ciencia tiende a considerar normalmente y el que nosotros estimamos más nuestro, aunque nos cause horror y queramos liberarnos de la muerte a la que nos aboca, y de la que sólo el hombre tiene conciencia de que ha de llegar. Es no obstante el tiempo que nos permite la elección, al contraponer momentos de nuestra memoria en una realidad considerada como fragmentada.

En realidad sin memoria no se puede experimentar la duración, pues no se puede proceder a una elección, y ésta es la que permite la libertad humana, sólo posible a partir de la reflexión racional, de forma que el pasado es la base del futuro. Un futuro en el que la determinación que marca lo que solemos llamar “leyes de la Naturaleza” se ve alterada en sus posibilidades por la capacidad de decisión, que imposibilita como es sabido una percepción correcta de lo por venir, incluso usando la capacidad de percibir el tiempo absoluto. Con razón la ciencia ha llegado a la conclusión de que si bien es verdad que hay orden en el caos (una cierta línea de continuidad causa-efecto) no es menos cierto que hay caos en ese orden (borrándose los límites entre causa y consecuencia, que pueden ser simultáneas), y la voluntad humana entendemos que hay que considerarla como un factor de esta última manera de ver las cosas.

En cualquier caso creemos que no hay que exagerar las posibilidades de libertad de elección de un hombre que, aunque actúe sobre la Naturaleza, no deja de pertenecer a la misma. Entender que el hombre sólo es cultura, que sólo vive en el tiempo que transcurre desde el nacimiento a esa muerte que se quiere alejar, supone olvidar a esa Naturaleza que nos constituye y cuyos designios se pretende cambiar. Y contraponer la muerte a la vida implica aceptar que nuestra vida personal es lo importante, obviando el hecho racional de que la muerte es sólo parte de la vida, que nos sobrepasa. Esto se ve con claridad en sociedades en las que la racionalidad de los comportamientos no ha avanzado mucho. En un estadio evolutivo muy próximo aún a la Naturaleza la vida de la comunidad es más importante que la supervivencia de los individuos, de tal forma que la muerte de una persona no es el final de la vida sino sólo un episodio de la misma, equivalente, aunque en sentido contrario, al nacimiento. En estas circunstancias todas las esferas de la vida se ven presididas por la primacía de lo colectivo sobre lo individual (matrimonios, ajustes de homicidios, etc.).

Sin embargo cuando se produce un desarrollo de las relaciones –en las que el intercambio juega un papel fundamental- una persona no se siente sólo parte de un grupo, sino que su personalidad individual se afirma, y entonces la muerte deja de ser preponderantemente un episodio en la vida de la comunidad para tomar una importancia antes inusitada. Si lo que cuenta es la vida del individuo, y éste no siente la preponderancia de la totalidad sobre la unidad, la angustia por el destino final se hace mayor y ello tiene a su vez fuertes repercusiones en sus planteamientos vitales. La evolución del concepto de alma, por ejemplo, puede ser un buen ejemplo de ello (Bremmer, 1983). En el estudio de las sociedades humanas es muy difícil considerar el pasado en términos estrictamente racionales. Entre otras razones porque el pasado, como el futuro, se sigue contemplando en relación a un centro cualitativo, que es nuestro presente. Y no sabemos cómo evitarlo.

Los experimentos efectuados en laboratorio han permitido establecer que los seres humanos hemos desarrollado un mecanismo que nos permite integrar sucesos consecutivos en formas perceptivas, con un límite cuantitativo de tres segundos (que es lo que duraría el presente lógico de la conciencia, sin que sea posible tener más de un contenido de conciencia cada vez).

Pero los mecanismos de integración están teñidos siempre de sentimientos, lo cual lleva a que sus acciones estén influenciadas por sus emociones, de forma que la convivencia humana no parece poderse fundar en principios puramente racionales (Pöppel, 1993). Y lo racional y lo irracional parecen mezclarse, una vez más, en el ansia de dominio que el hombre ejerce no sólo sobre el espacio, sino también sobre el tiempo, disponiendo la vida de los demás a través de la ordenación del kalendarium, como hará el primitivo rex romano, fijando los días sagrados [fastos: cuando no se puede trabajar] y distinguiéndolos de los profanos [nefastos: cuando era posible realizar sin peligro la tarea degradante del trabajo]; o como vemos en los almanaques mayas (en los que los años sagrados coexistían con los años civiles) que hacen presagios día a día respecto a las cosechas, la pesca o el tiempo y que describen los movimientos solares, lunares y del cuerpo celeste Venus [el Lucero].

Los ejemplos pueden multiplicarse a gusto, llegando hasta nuestra regulación de los créditos en los ambientes de los préstamos económicos (compra-venta de futuros) o de los cambios de hora estacionales, justificados con el ahorro económico pero que prescinden de la racionalidad de adelantar o retrasar el momento de iniciar la actividad laboral por mutuo acuerdo.

En cualquier caso queda claro que, al igual que sucede con el espacio, el hombre necesita posicionarse respecto a un centro, en un tiempo finito aunque ilimitado. Un tiempo fuerte, lleno de ser, ha de servir de referencia para los actos de la vida humana, de ahí el recurso al recuerdo de los momentos fundadores (de una ciudad, de una religión como hacemos nosotros con la era cristiana, etc.), sin que la expresión “antes del presente” que se tiende a usar en determinados ámbitos (como, por ejemplo, el de la geología) sea de gran utilidad por su falta de precisión, pues el presente cambia a cada instante. Y también, como en el caso del espacio, el hombre tiende a situar la propia sacralidad de su tiempo (fecha de su nacimiento, de determinado rito de paso, etc.) en el marco más general de la consideración colectiva.

Porque el tiempo racional es el tiempo del cambio. Pero durante mucho tiempo el hombre huyó del cambio, dado que el cambio lleva inexorablemente a la decadencia y a la muerte y provoca, en consecuencia, angustia. Buscó la permanencia en el tiempo y creyó que el tiempo bueno, el verdadero, el que había que vivir, era el tiempo absoluto, el tiempo de lo divino, que no tiene ni principio ni fin. No obstante no podía olvidar el hecho ineluctable del cambio, de la muerte, que se combinaba con el del renacimiento, de la vida joven que desplaza a la vieja, y por eso buscó el consuelo en la idea de la renovación del tiempo, en un tiempo cíclico, circular, como le gustaba ver también el espacio.

Es el sentido profundo de la metamorfosis: todo cambia pero todo sigue siendo lo mismo. De ahí vienen todas las fiestas de renovación del tiempo, porque se entendía que en la fiesta el hombre se reencontraba con Dios por medio del sacrificio, y al encontrarse con él, con el tiempo absoluto, era como si recargase su batería vital. La fiesta de Año Nuevo (o cualquier otro rito de renovación y purificación) no significa que lo nuevo sustituya a lo viejo, sino que el año se renueva, que vuelve a ser el mismo que antes de gastarse, que la vida gastada vuelve al comienzo (Eliade, 1985).

Año nuevo vida nueva, se dice. Y desde el punto de vista emocional eso tiene pleno sentido. Los antiguos, por eso, desconfiaban profundamente del futuro y así vemos, por ejemplo, a Augusto [63 a.C.-14 d.C.] mostrarse como el restaurador del pasado para plantear una nueva forma de vida, como antes dijimos. En realidad, como planteaba Eliade, no era volver a una situación nueva sino a restaurar la antigua en todo su vigor y a partir de ese momento iniciar de nuevo el ciclo evitando la corrupción que se había dejado atrás. Fenómeno que vemos una y otra vez a lo largo de la Historia: las revoluciones se ofrecen como renovaciones, como rejuvenecimientos de la sociedad, lo que va muy de acuerdo con la función preservadora que el cerebro desempeña respecto a la identidad de ese cuerpo que continuamente se renueva.

Esa cautela respecto al tiempo, por otro lado, nos permite comprender que los antiguos, hablando en términos de comportamiento de las sociedades (regidas por sus gobernantes y no por los intelectuales), aunque llegaron a investigar el «porqué» de las cosas y por consiguiente a hacer ciencia especulativa, casi nunca la aplicaron al futuro (y mucho menos al mercado), casi nunca buscaron el «para qué» de las cosas que habían matematizado, y apenas hicieron tecnología, limitándose al campo de la técnica, que se tendía a considerar, en todo caso, como revelación divina y, por tanto, parte del presente. Téngase en cuenta  que la esencia de un experimento es la creación de situaciones artificiales, o sea no naturales, y el pensamiento dominante era el de que la Naturaleza, como el hombre, era una unidad indivisible que no podía ser seccionada sin distorsionarla (Sambursky, 1999).

No obstante, poco a poco, el avance hacia nuevas formas de comportamiento se fue produciendo; y así Cl. Nicolet (1971) ha llamado la atención en ese sentido sobre la  figura de Plinio el Viejo [23-79], el único de los autores que nos han llegado que parece haber reflexionado en nuestra Antigüedad sobre los fenómenos económicos de larga duración. Y es que con el desarrollo global de la racionalidad se fue pasando de la seguridad de la sabiduría, a la que se accedía mediante la fe y se consideraba estable, a la probabilidad de la búsqueda de la sabiduría, o sea, dicho en griego, a la filosofía, que aspira a la verdad pero nunca cree haber llegado a ella (Arana, 2003). Era adentrarse en los dominios del otro tiempo, el más puramente humano, el kronos de los griegos o tempus de los romanos.

Poco a poco, nada fue siendo incuestionable en la mente de los investigadores, que fueron contraponiendo, de forma muy lógica, lo verdadero a lo falso, sin que se admitiese zona de transición alguna, como sí la hay en el pensamiento emocional. La verdad, en un planteamiento lógico, no es más que la opinión dominante entre la gente considerada más instruida. Pero, pese al triunfo oficial de ese mundo ilustrado, la gente siguió siempre prefiriendo la seguridad de la Verdad [cualitativa], fuese esta verdad la que fuese (religiosa o científica). Y así sigue siendo. Los intelectuales, los que nunca se conforman con la verdad adquirida que puede haber pasado a ser objeto de fe, siempre han sido conscientes de que la suya es, como dice Luciano Cánfora (2002), «una profesión peligrosa», como la del antiguo chamán.

¿Cómo se conjugan, pues, en la vida cotidiana, las dos maneras de percibir el tiempo, el tiempo del amor y el tiempo de los negocios, el que nos parece que no corre (y que cuando nos damos cuenta se nos ha ido, como el de los momentos amorosos) y aquel otro que se nos hace aburrido, eterno? Pues procurando aprovechar la ocasión, el kairós u occasio de los antiguos, que ya la pintaban calva e imposible de coger ni siquiera por los pelos para mantenerla con uno (Campillo, 1991).

Es el tiempo en que lo lineal y lo absoluto se mezclan inextricablemente, aunque en distintas proporciones según los momentos, porque inextricablemente se mezclan en nuestro cerebro, que es único, las distintas formas de percibir la realidad. Y esto se hace sea cual sea la orientación principal que hayamos dado a nuestra vida, sea conservadora o progresista. Y decimos esto con fundamento, porque incluso para seguir una vida progresista, de planteamientos fundamentalmente racionales, hay que empezar creyendo en el progreso.

En cualquier caso la idea de los ciclos ha gozado siempre de un gran predicamento entre todos los pueblos en los que el pensamiento globalizador ha predominado sobre el analítico o lógico. Pero éste último ha ido influyendo en el primero, de tal forma que en algunos casos se ha combinado la idea de regreso propia del mito con la de progreso racional.

El indubitable cambio de la civilización humana, derivado de la constringente necesidad de aplicar el intelecto transformador a la Naturaleza circundante para asegurar la supervivencia, y hecho patente -pese a su lentitud inicial- por la comparación con pueblos más atrasados, ha podido contribuir a concebir la idea de ciclos más largos en el tiempo cronológico. Así, por ejemplo, el ciclo sotíaco de los egipcios, en el cual se produce cada 1.460 años la concordancia entre el año solar y el calendario de 365 días. Es lo que sucede también, por seguir con los ejemplos, con el mazdeísmo persa, derivado del zoroastrismo medo. Una parte de esta religión concebía, junto al eterno presente (Zurvan akarana), un tiempo divisible en partes sucesivas, el propio de los hombres. Pero en vez de considerar los pequeños ciclos anuales de otros pueblos, este tiempo finito, el Zurvan daregho-chvadhata, era un tiempo de largo dominio, cuya duración se estableció en un único ciclo de 12.000 años (dividido en cuatro partes iguales) al final de los cuales se reintegraría en el tiempo absoluto o divino (Whitrow, 1990).

El que luego una parte de los judíos que, desplazados forzosamente a Babilonia en 586 a.C. por Nabucodonosor II [630-562 a.C.], decidieran quedarse cuando tuvieron la posibilidad de volver  en el momento en que el persa Ciro II [r. 559-530 a.C.] se lo permitió en 538, habría de tener gran trascendencia. Trabajando con familias zoroástricas acomodadas primero, y luego con el intenso contacto tenido en el período entre 539 y 333 a.C. en que el Imperio Persa dominó Israel, pudieron entrar en contacto con esta concepción del tiempo que tan bien se avenía con sus necesidades y aspiraciones de presente, por lo que habrían de introducir una fe en el progreso del pueblo judío hasta encontrar su salvación siguiendo el propósito de Dios, que luego el cristianismo iba a difundir por buena parte del planeta (Cohn, 1995).

Es interesante observar cómo esta doctrina, nacida en el seno de los movimientos rigoristas y exclusivistas de los judíos, y por consiguiente de carácter monoteísta frente a la tendencia de los proselitistas, se transforma ella misma en proselitista o abierta a los extranjeros -sin dejar de ser monoteísta- gracias a la labor de un judío del sur de Turquía: el conocido con el nombre de Saulo o Pablo de Tarso. Con este hombre, helenizado, se comienza a difundir por todo el ámbito del Mediterráneo la idea de la fe en el progreso, un progreso o avance continuo que ha de llevar al hombre histórico hacia el encuentro final con el comienzo, con el propio Dios del que salió.

Una idea que va a influir fuertemente en la concepción del tiempo especialmente desde el momento en que se acepta que, en esta religión histórica, inserta en el tiempo que transcurre, la promesa del regreso del Cristo se aplaza sine die. Y así, conforme pase el tiempo, se introduzca el número arábigo, y el rigor del desprecio hacia la ciencia expresado en el Enchiridión de San Agustín [420] se vaya atenuando, y vuelva a resurgir -hacia el siglo XII- una burguesía urbana que tenga skholé o tiempo libre para leer los antiguos libros casi olvidados de los clásicos, irá surgiendo un movimiento escolástico en el que la fe irá permitiendo el paulatino desarrollo de un pensamiento racional que estimaba suficientemente sometido al control de una Iglesia fuertemente establecida y jerarquizada (Kuhn, 1993).

Pero esa nueva llama de la razón se iba a extender como un incendio en un mundo en expansión (se descubre América, se comercia con China) que no hace sino asegurar en términos humanos esa fe en el progreso que el cristianismo había metido en las conciencias de los hombres aunque con un sentido religioso. Las luces de la razón habrían de iluminar la fe en el progreso del hombre, usurpando al cristianismo su lugar y sus armas. Con el Renacimiento [ss. XIV-XVI] se producía así, en un retorno al pasado más alejado (Pomian, 1990), la gran fusión entre el humano método racional de contemplar la realidad -derivado de los antiguos pensadores griegos, que conocieron el progreso pero apenas tuvieron fe en él- y la fe divina en el progreso hacia la perfección, propia del Cristianismo. Había nacido la cultura europea, tal como ahora la conocemos y, luego de la querella entre los antiguos y los modernos, parecía que se empezaba a romper con la idea de los ciclos, anuales o milenarios, que hasta entonces había predominado. El hombre, desde esta perspectiva, era dueño de su destino: era libre.

El mito de los ciclos había dado paso al mito del progreso indefinido, acreditado por las ciencias experimentales y por la industrialización, que es el mayor de nuestro tiempo mortal (Eliade, 1990). A partir de ahora se tomarían como lemas aquellos propuestos por Francis Bacon (1561-1626), de la «ciencia es la disección de la naturaleza» y «conocimiento es poder» -o sea, el poder del hombre sobre la naturaleza-, que se han convertido en el programa de la investigación científica desde el siglo diecisiete hasta nuestros días (Sambursky, 1999).

La nueva tecnología exigía experimentación e inversión de capitales con vistas a su reproducción sin fin en un mundo dominado por el mercado. Por ello esta nueva manera de contemplar la realidad con vistas a transformarla de forma decidida va unida al capitalismo, con una forma de tratar el dinero que es nuevo. Es así que en nuestra Antigüedad encontramos acumulación de riqueza (crematística) pero no verdadero capitalismo, dado que esa riqueza o capital no está destinada a la reproducción de sí misma, sino a su mantenimiento, con tendencia a la improductividad. La crematística es estática mientras que el capitalismo es dinámico. Por medio entendemos que se encuentra, como decimos, una distinta concepción del tiempo, con una valoración del futuro (progresismo) que el cristianismo introdujo como una fe.

Cuando el concepto de progreso se desacralizó tras la llamada Revolución Copernicana (siglo XVII) el resultado económico más patente fue, por consiguiente, el capitalismo, que implica una mayor racionalización de la economía. En esa perspectiva, todo puede ser comprado y vendido, tanto el espacio como el tiempo, pues todo puede ser cuantificable en su valor e intercambiable.

Ciertamente, con una genética que nos viene dada y nos constriñe, podemos admitir que la libertad humana es sólo racional, en cuanto que sólo con la razón podemos elegir entre esto y lo otro en una realidad considerada como fragmentada, o sea contemplada como una contraposición de blanco y negro (Pöppel, 1993). No obstante nuestra experiencia nos hace percibir la vida como algo gris, impreciso, en la que hay blanco y negro, pero en la que estos dos colores-matrices son difícilmente separables.

László Földenyi (2006) admite por ello otro concepto de la libertad, sentida como la medida en que el hombre es capaz de experimentar lo ilimitado dentro de su existencia limitada. Si lo ilimitado es la vida, en la que nosotros entramos por una puerta al nacer y salimos por otra al morir, es evidente que ésta se nos escapa, va más allá de la precisión de nuestros límites. Tan evidente como que sólo podemos contemplar lo que nosotros entendemos que son sus límites si pasamos por ella. Sólo podemos percibir nuestros límites desde ella (desde la vida), que es ilimitada en sí, pero que nosotros sólo podemos percibir racionalmente como algo limitado. Por eso entendemos que el único pensamiento equilibrado es el contradictorio. Pero el equilibrio que éste ofrece es inestable y nosotros necesitamos una estabilidad, emocional al menos, para poderlo percibir. Lo cual, dicho sea de paso, sigue siendo contradictorio. Quizás en el sentido que algunos sabios han definido a la libertad: una ilusión necesaria  (Meyer, 1996).

La racionalización simbólica del mal, que dio origen al mito de Pandora en Hesíodo, dejó fuera sin embargo, como decía también F. Niezstche (1895), a la esperanza, que fue el único mal que no se escapó de la jarra de esta primera mujer que -como era de esperar en un pensamiento racional masculino, que percibe las cosas de forma predominante en contraposición guerrera y no en la continuidad del parto- había de ser el símbolo de la inquietud y el desasosiego de los hombres, felices antes de que descubrieran al sexo opuesto. O sea, antes de que percibieran el horror del pensamiento contradictorio implícito en la dualidad del ser humano, que se nos manifiesta como único pero en dos personas distintas (el macho o vir y la hembra o mulier) que ni siquiera se puede decir que sean complementarias (las dos tienen las mismas hormonas, aunque en diferentes proporciones, y no de forma absoluta) aunque no puedan existir la una sin la otra.

Posiblemente nos hayamos dejado cegar por la Luz de la Razón y lo único que se nos suele ocurrir a la mayoría es cerrar los ojos, con lo cual terminamos indefectiblemente chocando con una realidad que no podemos ver, bien sea por exceso o por defecto. Usando una imagen figurada podríamos decir que habrá que entornar los ojos ahora que, desde la ciencia de la naturaleza, se intenta crear una teoría general del conocimiento que tome en cuenta tanto los objetos físicos como a los observadores humanos en su contexto cultural y social; cuando los neuroendocrinólogos estudian la relación entre el medio interno y el externo del cerebro, y se hacen propuestas estructuralistas constructivistas para superar la tradicional contradicción en las ciencias sociales entre las posturas objetivistas y subjetivistas (Bourdieu, 1996). Y en particular cuando los nuevos hallazgos en el campo de la fisiología del cerebro muestran que el mercado comercial transaccional evolucionó a partir de la interacción de dos tipos de circuitos nerviosos, el autopreservador (egoísta) y el afectivo (empatético)  en el marco de lo que se ha dado en llamar "teoría de la motivación dual” (Cory Jr., 2006).

G. CHIC GARCÍA, El comercio y el Mediterráneo en la Antigüedad, Tres Cantos, Ed. Akal, 2009, pp. 28-38.

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