EL CONCEPTO DE ESPACIO. Una visión histórica

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Mensaje  Genaro Chic el Mar Abr 02, 2019 6:47 pm

EL CONCEPTO DE ESPACIO

Para un estudio adecuado de cualquier situación histórica hay que tener en cuenta la concepción de espacio y de tiempo que pudieron tener las personas que produjeron los hechos que se pretenden analizar. El comportamiento del ser humano en sociedad viene lastrado siempre por la manera de entender la realidad que se tenga y ésta no es siempre la misma, sino que evoluciona.

Hoy se piensa que la vida se produce en un espacio-tiempo de cuatro dimensiones, posiblemente compactadas desde una forma previa de diez. Las distinciones entre espacio y tiempo no son por tanto tan consistentes como lo eran en la Antigüedad y por tanto somos conscientes de que los planteamientos que vamos a hacer se verán en breve sometidos a profundas revisiones.

      Así pues, considerando la Historia desde la perspectiva dual [emocional y racional] que hemos planteado podemos entender con cierta facilidad que tanto el espacio como el tiempo, en los que ubicamos la realidad, se puedan pensar de distintas formas, que no por ser opuestas dejan de ser complementarias y forman una unidad, como las dos caras de una misma moneda, o como el varón y la hembra en la misma especie, de forma que el ser humano (homo, ánthropos),  por ejemplo, no es ni la mujer ni el hombre, sino los dos al mismo tiempo, sin que en esa contradicción (el misterio de la “santísima dualidad”) haya ningún absurdo, como es bien sabido. Ello afecta al mismo tiempo que se ve afectado por el desarrollo de las relaciones comerciales.

1. Espacio.

Comencemos por el espacio. Es una realidad lógica que un metro cuadrado es igual que cualquier otro metro cuadrado. Pero eso es sólo desde el punto de vista lógico. Porque no todos los lugares los sentimos de la misma manera. Piensen, por ejemplo, en la propensión a sentarnos en determinados sitios, bien sea en nuestra casa o en clase. Nadie nos ha dicho que tengamos que hacerlo así. Pero es indudable que nos sentimos, por lo que sea, especialmente a gusto en ese determinado lugar y tendemos instintivamente a ocuparlo, como comprendió Carlos Castaneda (1992) cuando recibió la primera lección del brujo yaki mexicano del que quiso aprender.

        Para nosotros ese lugar podríamos decir que es más, que tiene más ser, que es cualitativamente distinto, aunque cuantitativamente sea igual que cualquier otro. Eso es algo a lo que los antiguos llamaban sacralidad del espacio, y por eso, cuando el sentimiento de que determinados lugares eran especiales se manifestaba de forma colectiva, levantaban en ellos sus templos como forma de reconocimiento de esa sacralidad. No eran sagrados porque en ellos había un templo, sino que se levantaba en ellos un templo porque el lugar era sagrado, aunque con el paso del tiempo y el progreso de la cultura la sacralidad de una persona pudiese influir en la de un lugar. Y lo sagrado se va difuminando hacia lo profano a través de lo que hemos dado en denominar lo santo, como bien precisó K. Kerényi (1999) siguiendo la definición de Ulpiano (Dig. 8.1.9.3), sin que en ningún momento se puedan establecer cortes claros. Eso es algo que históricamente está demostrado en todas las culturas tradicionales, en las que el sentimiento de lo cualitativo predomina sobre la conveniencia de lo cuantitativo.

Para un ser humano de una cultura tradicional no es desde luego lo mismo un metro cuadrado de altar que un metro cuadrado de cuadra. El primero es verdadero, en el sentido de que tiene tanto ser que no se puede pasar por alto y olvidar, mientras que el espacio profano es el mundo de lo caótico, acerca de lo cual cualquier recuerdo preciso es imposible, porque no es imaginable, o sea, reducible a imagen precisa.

      Y es que la verdad emocional no se opone radicalmente a la mentira, como en el pensamiento racional, sino al olvido de lo que tiene poco ser, como luego veremos (Detienne, 1983). En este plano lo que no se recuerda no existe,  y por eso cuando se cambia de régimen político y se quiere anular al anterior se condena su memoria borrando todo aquello que pueda recordarlo, como por ejemplo el nombre simbólico de las calles o el de los gobernantes en las inscripciones (damnatio memoriae).

Como antes se planteó, este espacio emocional es desde luego finito, termina, deja de ser, pero es al mismo tiempo de límites imprecisos, como imprecisa es la extensión del humo, que tiene un núcleo más fuerte y que poco a poco se va difuminando. Además, el humo, de la misma manera que el espacio emocional, puede mostrar distintas densidades en puntos diversos de emisión (como los distintos templos en un territorio, en la imagen de M. Eliade (1985)), siendo más fuerte en cada uno de los puntos emisores individuales, pero tendiendo a desdibujarse y a mezclarse con los otros chorros de humo individuales, de forma que es factible la metamorfosis por confusión de formas. Y aunque cada humo individual pueda seguir siendo en parte distinto de los otros, al final lo que vale es el conjunto, el humo en general, cuyos límites son igualmente imprecisos. O sea, que no sabemos exactamente dónde deja de ser, pero estamos convencidos de que, poco a poco, deja de ser. Términos del habla discursiva como «poco», «mucho», «bastante», «pedazo», «montón», «hartada»; o bien acciones como la de estimar la superficie de un campo por el trigo necesario para su sementera (lo que implica tener en cuenta su calidad) pertenecen a este ámbito de lo poco definido.

El pensamiento racional es, por el contrario, de límites precisos pero infinito, y sus características son precisamente las contrarias: el individuo siempre tiende a prevalecer sobre el grupo, donde es distinguible por su carácter de ser de límites precisos, permanente y estable; un carácter que se transmite al conjunto del grupo, que es igualmente limitado, aunque teóricamente infinito, como lo es el espacio geométrico.

Emocionalmente el hombre se sitúa en el centro del mundo que le atañe (el ómphalos griego, el rapa nui de la Isla de Pascua). Todos somos el centro de nuestro mundo y todo tendemos a considerarlo en función de nosotros mismos. Sólo la educación nos puede ir acostumbrando a plantear las cosas de forma algo distinta, especialmente cuando racionalizamos la realidad, pues en la realidad racional todos los lugares se dimensionan de la misma manera y, al contrario de lo que pasa en el pensamiento emocional, los lugares son siempre precisos en sus límites aunque, como los números que sirven para contarlos, se contemplen teóricamente como infinitos. Eso es lo lógico: una línea se define como una extensión continuada del espacio (considerado en este caso en una sola dimensión, la línea recta). Pero sabemos que la realidad es más compleja y va más allá de la lógica clásica, como ha demostrado la física cuántica.

Decíamos que el hombre tiende a situarse en el centro, que se considera más pleno de ser (basta fijarse en algo cotidiano en nuestros días, en los mapamundis, donde nuestra tierra suele estar dibujada en el centro, siendo distintos por ello los mapas americanos de los europeos, por ejemplo: para nosotros el Este es Asia, pero para ellos el Este somos nosotros).

      Pero situarse en el centro significa admitir que el mundo es finito, porque un mundo infinito no puede tener centro. Pietro Janni (1998), dando vueltas al eterno problema de cuál es nuestra percepción de la realidad, plantea que respecto a la cuestión fundamental de si hay que imaginar un mundo finito o infinito, los hombres, ante la imposibilidad física de dar imagen precisa a lo infinito, se vieron abocados a considerar siempre el mundo como limitado, aunque sus límites fuesen indefinidos por desconocidos e impensables.

Pero considerar un mundo finito era plantearse el tema de dónde situar los límites, que debía tenerlos por pura lógica elemental. El tema se dio por zanjado de la manera más simple posible: cada uno (persona o colectividad) es el centro de su mundo, de modo que el límite del espacio habría de buscarse en relación con ese centro, y no al revés.

      La constatación visual de un horizonte que se cierra en círculo llevó a la contemplación ideal de la Tierra como un plato. La experiencia del mar llevaría a los griegos a pensar que las tierras estaban limitadas siempre por el mismo, y la percepción del cielo como una bóveda que se unía con la tierra por el horizonte, a la que debió unirse esa idea ya planteada por los antiguos escritos mesopotámicos de que debajo de la tierra hay agua (pozos), pudo muy bien llevar a la concepción esférica del universo con la tierra flotando en el centro, lo que daba una fácil explicación racional a la percepción del curso de los astros, que volvían a aparecer por el Este después de haber desaparecido por el Oeste.

      Había que concebir así una anti-tierra donde presumiblemente las cosas serían al revés, como esos seres extraordinarios que se decía que se dejaban ver en los extremos del mundo invertido: mujeres guerreras, hombres sin cabeza, y todo tipo de seres monstruosos que no eran propios de este mundo que ellos habitaban (oikumene). Era, pues, un espacio mítico, simbólico, que colindaba con el mundo de los muertos que yacían bajo tierra (en el infierno), rodeado por un río Océano del que sólo se conocía una orilla, que sólo se atrevían a franquear los héroes más valerosos, como Hércules u Odiseo (Gómez Espelosín, 2000).

      Y esto lo hacían evidentemente porque para un guerrero, un hombre que quiere ser más, que busca continuamente realizar acciones memorables que perpetúen su vida a través de la fama, incluso más allá de la muerte, la imagen mítica de un río límite del mundo lleva consigo casi inevitablemente la imagen de su travesía como modelo de empresa heroica y sobrehumana. La importancia que este afán tendrá sobre la expansión del comercio es evidente en cuanto que lleva a una continua ampliación de los límites de lo conocido.

El desarrollo cuantitativo del conocimiento del mundo, sobrevenido con los viajes de exploración comercial o de conquista, por un lado, y la confrontación de relatos de viajes, ahora escritos, por otro, permitió una progresiva abstracción de la realidad, y así vemos cómo a fines del siglo VI a.C. tenemos constancia en el mundo griego del dibujo de una realidad que no era directamente perceptible con la vista, dando origen a los primeros mapas mediterráneos. Luego, con el desarrollo entre los grupos intelectuales de que la Tierra era esférica –idea derivada de la progresiva racionalización de la vida en la que influyó mucho el desarrollo de los viajes, en los que el comercio tuvo mucho que ver y viceversa- la situación varió relativamente.

        Ciertamente sobre una esfera cualquier punto es en principio igual a otro, y la dimensión cuantitativa de la realidad se va afirmando sobre la cualitativa anterior. Pero la idea de la esfera permitía mantener la visión de un mundo finito aunque de límites imprecisos, y no rompía abiertamente con la visión del pasado, sino que simplemente hacía esa visión más compleja, multiplicando el número de ecúmenes, unas perceptibles y otras no (lo que en sí mismo era una promesa de futuro para la formulación de nuevos esquemas).

El mundo celeste, quedaba desplazado y se separaba irracionalmente de la esfera terrestre, rompiendo la tradición milesia del mundo unitario, mientras la línea del  horizonte dejaba de ser un lugar mítico y se iba convirtiendo en geográfico, en racional.

      Pero no sólo cambiaba el horizonte visible, sino también el horizonte mental, lo que terminaría afectando a todos los órdenes de la vida (por ejemplo, al destino del alma, cada vez más individualizada). La que de algún modo podríamos llamar “revolución postclásica” es evidente que tuvo una gran repercusión en el mundo de las mentalidades, dejando en evidencia el desequilibrio a que se había llegado en la sociedad griega del siglo IV a.C. entre el universalismo del mundo de las ideas y el localismo autárquico que seguía impregnando la moral política (Farrington, 1974).

El avance de la racionalidad de la época arcaica, entre los siglos VIII y VI a.C., había permitido que el hombre fuese delimitando de una manera ritual y cada vez más geométrica (templum) el -en principio- indefinido espacio sagrado (lucus), pero sin abandonar del todo la idea de que esa sacralidad le rebasaba y de que cualquier acción humana en este sentido no era más que una anámnesis o recuerdo de la instauración divina, en el momento de la creación, de un centro del universo (Dosi y Schnell, 1992). Al fin y al cabo había interpenetración entre espacio y tiempo (spatia temporis, dirá César). A partir de ahí se procederá a una creciente desacralización de ese espacio geométrico pero religioso, como norma de conducta de un hombre que no se resigna a un papel secundario en su ordenación.

De todas formas ese avance en la racionalización del espacio (el lugar donde se desarrolla el movimiento en principio) aún tardaría mucho en afianzarse y sabemos, por ejemplo, que para la Roma imperial el Norte es un lugar impreciso de fantasmas situado fuera del mundo de los hombres, que es el espacio dominado (el Imperio coincide así con el Universo, con la ecúmene o mundo habitado), y el limes no marca un paso brusco de una realidad a otra radicalmente distinta, sino un lugar de paso entre lo seguro y lo inquietante por el que gusta transitar a los héroes que desean manifestar su virtus (Thébert, 1995).

      En realidad habrá que esperar a que surja, a partir del siglo XVIII, la era de las exploraciones científicas (fueron famosas las del capitán J. Cook [1728-1779] en el Pacífico Sur) para que la racionalidad se imponga más abiertamente en la concepción estable de las fronteras –aunque aún permanezcan ignotos bastantes espacios interiores (P. Barber, 2006)-, dejando atrás esa época mítica de los descubrimientos en la que los fenómenos sobrenaturales de los límites del mundo se iban desplazando a medida que se avanzaba en un conocimiento más preciso (recuérdese el mito de las Amazonas en América) (Burke, 2001).

Se abría así el camino hacia el nacionalismo de nuevo cuño, con un mito montado ahora sobre una nueva percepción más geométrica del espacio y con ella de las fronteras: son los pueblos cualitativamente definidos los que se sitúan –se siguen situando- unos frente a otros en un marco físico cuantitativo.

      Pero, hoy como ayer, las bases de todo tipo de racismo nacionalista se siguen sustentando en esa radical creencia negativa de lo ajeno, que antaño se sustanciaba con la contraposición entre los hombres verdaderos, o sea "nosotros", y los extranjeros, los bárbaros, o sea "los otros"; porque nosotros seguimos estando o siendo el centro del mundo. Aunque concibamos el universo como infinito y la Tierra no sea en el mismo más que un accidente preciso sin importancia, no podemos dejar de prescindir de la irracionalidad al situarnos en el centro de la observación. Algo que nos permite autoafirmarnos frente a lo demás; pues la creencia de que estamos en posesión de la Verdad (o mejor, de que estamos poseídos por ella) es siempre gratificante y consoladora, en cuanto que nos asegura en el ser.

En consecuencia, desde esta perspectiva tendemos a pensar que quien no posee nuestro sistema de creencias no puede encontrarse en el camino de la verdad (dike, éndikos, entre los griegos (Thomson, 1949); vilmionq entre los loDagaa de Ghana (Goody, 1990); etc.); ni siquiera en el camino de la realidad, pues el concepto de verdad tiende a confundirse con el de la realidad, sea ésta mítica o racional (la verdad científica).

      El que los grupos más heroicos en política (los que optan por un cambio radical en uno u otro sentido) existan no impide que se sitúen siempre en relación a un centro al que opta la mayoría, y que además opten decididamente por convertirse ellos mismos en el centro a través del triunfo. Piénsese en lo difícil que es, en un mundo que se declara progresista, plantear nuevos esquemas de pensamiento; y ser independiente de forma general, cuando lo que se acepta de buena gana es al que es independiente respecto a nuestro enemigo pero no una verdadera actitud independiente.

Y es que, como antes se señaló, no es posible contemplar la realidad sólo desde una forma de pensamiento. Es sabido que la palabra historía, derivada del ambiente judicial (hístor es el testigo), implica una búsqueda racional del pasado, una investigación lógica de lo que ha sucedido (¿Qué?, ¿Quién?, ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Dónde?, ¿Por qué?, ¿Para qué?, son preguntas que ha de formularse un historiador-investigador tras fijar los hechos para su contraste), y sin embargo cuesta trabajo desligarse de la idea de que un lugar donde han ocurrido hechos que una comunidad considera importantes para su existencia es un lugar per se histórico, a diferencia de otros que no lo serían tanto.

G. CHIC GARCÍA, El comercio y el Mediterráneo en la Antigüedad, Tres Cantos, Akal, 2009, pp. 21-27.

Genaro Chic

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