UNA REFLEXIÓN HISTÓRICA: LOS INMIGRANTES COMO SÍNTOMA EN ROMA

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UNA REFLEXIÓN HISTÓRICA: LOS INMIGRANTES COMO SÍNTOMA EN ROMA

Mensaje  Genaro Chic el Dom Jul 01, 2018 9:59 pm

UNA REFLEXIÓN HISTÓRICA: LOS INMIGRANTES COMO SÍNTOMA EN ROMA

Los recientes acontecimientos relativos al desbordamiento de la inmigración en nuestro país me han llevado a reflexionar sobre el tema en el ámbito del imperio romano. Y aunque el cambio es evidente en todos los órdenes de la Naturaleza y no hay dos momentos exactamente iguales (por ello evolucionamos), también parece verdad que hay un orden difuso en la misma y que podríamos aprender de la experiencia, aunque ello normalmente no impida que las cosas sucedan, sobre todo en el marco de una sociedad donde los que quieren no pueden y los que pueden no quieren.

Partamos de la existencia, cerca de la desembocadura del Tíber, un pueblo de pastores que supo unirse con otros de la zona para llegar a ser grande bajo el nombre de Roma. Tenían una vocación política (o sea, militar) que podríamos decir innata. De hecho creían que su mundo les pertenecía a ellos lo mismo que a los dioses les correspondía el suyo, y que entre los dos se mantenían relaciones diplomáticas, aunque pensando que el de los dioses era un “país” más poderoso al que siempre había que respetar, pero nada más. Se trataba de mantener lo que ellos llamaban la pax deorum, la paz con los dioses, mientras desarrollaban su propio espíritu cívico.

Los pastores se fueron haciendo agricultores y admitieron a jefes extranjeros, etruscos, que organizaron a los latinos y otros vecinos a la manera moderna de entonces, con lo cual llegaron a ser poderosos. Estos hombres de campo faenaban durante gran parte del año en sus pequeñas fincas y durante el buen tiempo salían a hacer la guerra a sus vecinos. Al final expulsaron a sus jefes etruscos y, fusionados todos los primitivos integrantes formaron un poderoso estado de lengua latina: Roma.

El ritmo cada vez más acelerado de sus conquistas, que se alargó incontenible hasta el cambio de nuestra era cronológica, les fue transformando. La guerra les absorbía cada vez más, y ya no bastaban las campañas veraniegas, por lo que hubieron de sacar de la misma guerra los recursos humanos que ellos no podían suministrar a sus fincas: los esclavos.

Aquellos romanos no sólo eran grandes guerreros, sino que también fueron prácticos en otros niveles. Pueblos vencidos, y otros atraídos por las ventajas de aliarse con tan poderosos señores, poco a poco fueron siendo integrados en la unidad nacional sin mayores problemas de integración. Tener una religión de estado les facilitaba mucho las cosas, porque lo único que se exigía a los nuevos es que mantuviesen su fe en la colectividad, sin importarles demasiado lo que hicieran con sus creencias religiosas particulares. De esta forma se fueron extendiendo por todo el entorno mediterráneo y gran parte de la Europa occidental. Y conforme avanzaban las conquistas, junto a los pueblos sometidos colectivamente (a los que se ofrecería la integración después) también se incrementaba el número de esclavos individuales, al tiempo que la riqueza de los romanos destacados crecía y ellos tendían cada vez en mayor medida a vivir en las cómodas ciudades abandonando los campos en manos de sus capataces y trabajadores esclavos, que les hacían la competencia a los pequeños agricultores italianos que formaban parte de los ejércitos y tenían que apartar del trabajo en la tierra lo mejor de sus fuerzas. Estos además se veían perjudicados por los productos coloniales de importación, notablemente más baratos.

Existían por entonces unas mafias que suministraban mano de obra barata, como eran los piratas, cuya tarea fue durante bastante tiempo consentida porque suministraban recursos laborales (esclavos) en cantidad y por tanto baratos. Pero la tensión iba creciendo. Los pequeños campesinos, que participaban en las conquistas, no entendían muy bien que se les dejase al margen al repartir los beneficios, y los esclavos, dejados en condiciones de vida penosas y al mismo tiempo a su aire en las grandes fincas, no sólo no eran muy productivos sino que además llegó un momento en que se volvieron peligrosos, sublevándose contra sus amos y contra la misma Roma. Eunoo en Sicilia a fines del siglo II a.C. (135-132 a.C.) y luego (73-71 a.C.) Espartaco [113-71 a.C.] en la península pusieron de manifiesto el grave peligro que suponía depender de una población productora desesperada y desatendida. Era evidente que había que buscar nuevas salidas al crecimiento económico.

Mientras tanto la tendencia urbanizadora seguía imparable tras la llegada de los tesoros orientales derivados de la conquista (egipcios sobre todo pero también de la Galia y de Hispania) a Roma a fines del siglo I a.C. Y las contradicciones internas del sistema que se habían hecho patentes, provocando sangrientas guerras civiles durante un siglo, aconsejaron cambiar de estrategia, abandonando las agresivas tendencias capitalistas imperantes. Así, las guerras se ralentizaron tras la llegada al poder de Augusto [23 a.c.-14 d.C.] (poco antes del nacimiento de Jesucristo) y con ello también el suministro de esclavos, sobre todo desde que se habían puesto de manifiesto los peligros para la seguridad interna que encerraba el hecho de apoyar a las mafias comerciales sostenidas por los piratas, hasta entonces consentidos en la práctica. Las campañas antipiráticas de la primera mitad de dicho siglo I a.C. (entre las que destaca (67-66 a.C.)  la de Pompeyo [106-48 a.C.]) supusieron por ello un dilema, desde el momento en que las guerras ofensivas dejaron de producir en abundancia y calidad materia prima laboral (“recurso humanos”, se dice hoy).

      El tremendo botín de guerra obtenido por los Césares (Julio [100-44 a.C.] y Octaviano Augusto [63 a.C. -14 d.C.]), que se sumaba al conseguido anteriormente por Sila [138-78 a,C.] y Pompeyo 106-48 a.C.], supuso por un lado una enorme capacidad de gasto, pero también la necesidad de crear riqueza no robada para atender a esa demanda. Los libertos (esclavos a los que se daba su libertad por su colaboración con los intereses de sus amos, haciendo para ellos los trabajos considerados “sucios”, como los comerciales e industriales) comenzaron a ser realmente importantes en un mundo al que se pedía una iniciativa propia de una sociedad de mercado, que sin embargo había de ser puesta al servicio de otra de prestigio, que era la sostenida por la mayor parte de la clase dominante que se mostraba paternalista. Al fin y al cabo el reparto de bienes (pan y circo) entre la ciudadanía romana favorecía la creación de grandes clientelas satisfechas con el estado de bienestar otorgado.

Coincidiendo con ello sin embargo, y no por casualidad, el dinamismo militar italiano se hundía, y pronto casi no iba a haber soldados de la Italia dominante, aunque sí existía todavía una clase alta que se seguía haciendo cargo de unos ejércitos que, cada vez en mayor proporción, echaban mano de los provinciales de los territorios sometidos, a los que se estaba promoviendo en su estatus para conseguir la ansiada ciudadanía que tantos beneficios ofrecía. Téngase en cuenta que en la época del nacimiento de Cristo sólo una décima parte de los habitantes del Imperio la disfrutaban. Pero Roma supo siempre abrirse a los más diversos pueblos a los que había dominado en lo que se podría llamar una "inmigración interior", sirviendo la religión de estado, colectiva y no individual, como elemento cohesivo.

         O sea, que –como en otros sectores productivos- la mano de obra militar se empezaba a buscar cada vez en mayor medida en las provincias. Y es que el escalonamiento que suponía la existencia, en el ejército, de auxiliares no romanos junto a los legionarios, suponía una especie de escalón o "clase media" que facilitaba la integración por méritos propios y disfrutar de las ventajas plenas de ser ciudadano. No obstante también es verdad que la extensión del Imperio y la elevación de su nivel medio de vida fue incidiendo en un desarrollo progresivo del individualismo (y el consiguiente abandono de las tendencias colectivistas), que afectaba al campo religioso con el desarrollo de religiones salvadoras a ese nivel individual (la religión anterior, como se ha dicho, buscaba la salvación colectiva). El proceso se habría de parar momentáneamente con la introducción del culto a la persona imperial (culto al Emperador), que de alguna manera unía el personalismo con el sentido de Estado. Pero a medio plazo el triunfo sería de las religiones que prometieran no sólo la salvación post mortem sino también una igualación con vistas a la misma. El carácter universalista (católico) del cristianismo –resultado y no simple causa de un proceso- iba a terminar así, a la larga, disolviendo el primitivo sentimiento romano.

       A medida que las provincias se fueron romanizando con este sistema integrador tan eficaz, el gusto por la milicia se fue derivando progresivamente hacia las regiones más periféricas, precisamente aquellas que estaban, en la mayor parte de los casos, en contacto con los pueblos bárbaros (extranjeros). Y, al mismo tiempo, el hecho de la escasez de esclavos y la huida del trabajo activo (en el campo al menos) de las clases dirigentes, un poco por todas las partes más romanizadas y urbanizadas, fue haciendo que el sistema de aparcería de las tierras sustituyese al de gestión directa, que era necesaria si se quería que los esclavos trabajasen y que por tanto impedía vivir en las ciudades. Los aparceros (los que trabajan por unas determinadas partes del producto de los campos) podían ser hombres libres con poco capital, pero lo más interesante fue el desarrollo de los que las fuentes jurídicas tenderán a denominar "servi quasi coloni", o sea esclavos que, sin dejar de serlo, se convertían en la práctica (a pesar de las dificultades legales que suponía su falta de personalidad jurídica) en socios de sus amos, los cuales tendían a cambiar los incentivos al trabajo que antes daban a sus esclavos en forma de peculio por unas "partes agrariae" previamente establecidas en un contrato con sus dependientes, fuesen libres o esclavos. A estos, además, como bien señaló P. Veyne [n. 1930], se les fueron dando otros "derechos" en la práctica, como el matrimonio o pareja estable, que antes no podía tener (el fenómeno del "casamentum" o casamiento -derivado de la palabra "casa" o choza en la que se le permite vivir y formar una propia familia de aparceros a la que transmitir su situación y mantener la estabilidad de las explotaciones agrarias). El colonato (que tendía a equiparar a los humildes, fuesen libres o esclavos) lenta pero imparablemente iba a ir sustituyendo al esclavismo como suministrador de recursos humanos para la empresa agraria.

      Muy interesante al respecto fue el hecho de que, ante la nunca desaparecida necesidad de mayor número de trabajadores en las fincas imperiales, a partir de Marco Aurelio [121-180] (segunda mitad del siglo II) asistamos al hecho de que parte de los prisioneros de guerra (extranjeros) fueran establecidos directamente como colonos de este segundo tipo servil-colono. Tanto en el sector del servicio militar como en el de trabajadores del campo el número de extranjeros no hará sino crecer a partir de entonces. Se acogerá a pueblos enteros para que presten su servicio militar y trabajen los campos. Por otro lado, la tendencia a separar las carreras militar y civil desde la época de Hadriano [76-138] había ido haciendo que los ejércitos fuesen cada vez más autónomos y menos romanos. El creciente despego de la milicia de un ejército progresivamente profesionalizado queda ya patente en documentos como las tabletas de la británica Vindolanda, de hacia el 90-130 d.C.: Éstas nos han manifestado por un lado que los soldados, contra lo establecido teóricamente en los reglamentos militares, vivían dentro de los campamentos con sus familias, y por otro que, llegada la necesidad expresada por Trajano [53-117] de trasladarlos para luchar a las guerras que le llevaría a la conquista [101-102] de Dacia-Rumanía (y con ello a la recuperación de la política antigua de vivir del botín, aunque la misma no tuviese continuidad) muchos de ellos desertaron, porque el sentido de lucha de los asalariados no era excesivo, aunque la disciplina aún era suficiente.

       Se ha puesto de relieve cómo la crisis decisiva se dio en el momento en que los soldados extranjeros, que ya luchaban como auténticas unidades étnicas dentro del Imperio, consiguieron el reconocimiento de ese carácter de forma oficial. La invasión de los bárbaros no sería así sino la implosión de un Imperio que, poco a poco, se ha ido dejando en manos extranjeras, de un personal que termina por no tener ni siquiera demasiado interés en romanizarse -entre otras cosas porque el Imperio había dejado de creer en la "inmigración interior" antes referida, y tanto en el plano civil como en militar había tenido que echar mano de gentes arrojadas, alejadas del "estado de bienestar" ligado al evergetismo o patronazgo, privado o estatal de que disfrutaban los nacionales-, con lo que el estado político montado en último extremo por los Césares se hacía insostenible.

También Europa ha desarrollado como nunca –tras 1945- un estado de bienestar espléndido entre la clase trabajadora, hasta el punto que esta no desea determinado tipo de trabajos cada vez más necesarios en una cultura consumista. Y sobre todo es evidente que ha renunciado a tener una verdadera potencia militar, acostumbrada a la protección de un Imperio americano que se hace viejo y que en parte ofrece los mismos síntomas de debilidad, de forma que los ejércitos se transforman en la práctica en ONGs, en medio de un pacifismo confortante. Por otro lado el capitalismo, con su carácter universal y un dinero que va más allá de las fronteras estatales, tiende a diluir los marcos de referencia antiguos. Coincido, pues, con C.M. Cipolla [1922-2000], en el planteamiento de la decadencia moral de los imperios, vista desde una perspectiva masculina (desde la lucha), que es la que siempre se ha planteado, como diría  en 1938 Virginia Woolf [1882-1941]. Una decadencia que parece inevitable, por otra parte, y sólo lamentable para quienes la padecen, porque de ella puede surgir un mundo nuevo una vez más. Pero estas son reflexiones de historiador, y ya es sabido que la Historia es más bien inútil y molesta en las sociedades del bienestar. Por eso no se estudia.



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