El pensamiento mágico (propio de la brujería)

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El pensamiento mágico (propio de la brujería)

Mensaje  Genaro Chic el Miér Dic 06, 2017 2:19 pm

El pensamiento mágico (propio de la brujería).

Desde que el aparato fonador del ser humano se fue transformando y permitiendo un lenguaje articulado, el proceso de racionalización fue avanzando, situando cada vez más, aunque muy lentamente al principio, y situando mentalmente al hombre frente a su entorno de una manera más clara.

Dividimos metodológicamente la historia nuestra en periodos denominados antiguo, medio y moderno (o sea, al , modo hodierno, actual), sin que haya cortes absolutos entre ellos sino que pueden pervivir -aunque cada vez con menos fuerza- formas de comportamiento del primer periodo y del segundo en el tercero. Pues del mismo modo podemos hacer con los pensamientos que hemos denominado mágico, religioso y científico.

Repetimos lo ya sabido antes de dar paso a una breve contemplación del primero de ellos.

1. Pensamiento mágico. Para una inteligencia guiada por la emotividad el ser se presenta como algo único, difundido por todas partes pero con concentraciones puntuales de mayor presencia, como si fuesen bollones en las que la fuerza es mayor. El mundo, para la mente que lo observa, está lleno de este tipo de fuerzas, que se pueden desplazar desde un punto a otro, en cuanto que no hay discontinuidad del ser.

Por eso el hombre cree que se puede actuar sobre una fuerza, con frecuencia en “alianza” con otras (o sea, ayudando con la propia fuerza vital al desplazamiento de otras), para establecer un nuevo equilibrio. A esta manera de “obligar” a las fuerzas de la Naturaleza –que están por encima ('superstites')- a “actuar” de determinada manera, se le llama magia.

2. Pensamiento religioso. En cambio el término “religión”, sin apartarse demasiado de la manera de entender el mundo antes descrita, implica una mayor racionalidad, y se entiende que se da en sociedades que ya están jerárquicamente establecidas, con unos seres humanos que se considera que tienen más poder que otros.

Esto lleva a una traslación de este tipo de relaciones entre los humanos a la que pueda existir entre los humanos y aquellos seres que dominan la Naturaleza y han establecido el orden en ella (un orden que es evidente que existe y que el hombre no ha establecido).

En este caso se piensa que el mundo de los hombres y el de los dioses son esferas distintas, no la misma, como antes, y cada uno vive en la propia cuidándose de sus propias cosas, aunque el hombre entiende que la esfera de los dioses es mucho más poderosa, en cuanto tiene más ser (gracia), y por consiguiente conviene mantener una buena relación con ella: Hay que establecer una 'religio' o religión que religue al hombre con los dioses manifestándoles su buena voluntad a través de los sacrificios. Así se puede lograr lo que los romanos llamaban la 'pax deorum', la paz de los dioses.

3. Pensamiento científico. La ciencia supera la religión en cuanto ya no intenta establecer relación de dependencia alguna respecto al orden natural, que se considera que puede ser de hecho alterado a través del uso de la razón. El grado de objetivación aumenta en gran modo, sobre todo desde el momento en que una escritura saca a la oralidad de su presente absoluto y fortalece la conceptualización de la realidad, permitiendo separar metodológicamente los conceptos y contraponerlos entre ellos aunque en la realidad no se den de forma pura. El principio de incertidumbre rige la física, pero eso no impide establecer teorías de conocimiento cada vez más precisas.

Las leyes aquí pasan a ser exclusivamente humanas. Es el planteamiento, curiosamente, de los racionalistas, que creen en la razón como si esta fuese algo más que un instrumento para depurar creencias. No necesariamente lo que es racional es real, ni viceversa. Si no se cree (axiomas) no se puede hacer ciencia.

Podríamos decir que se trata de un paso progresivo desde el predominio de lo subjetivo hacia lo objetivo, de valorar más lo comunitario a hacerlo con lo individual. Teniendo esto en cuenta podemos acercarnos sin excesiva prevención a unas apreciaciones publicadas hace casi un siglo por L. Levy Bruhl [1858-1939], de cuyo libro Alma primitiva tomo unos fragmentos:

«Es muy poco probable que los primitivos [o sea, los de cultura poco desarrollada] hayan dado forma, ni siquiera de modo poco definido, a la representación, más o menos implícita, que puedan tener de su propia individualidad... Sin duda poseen un «vivo sentimiento interno» de su experiencia personal. Las sensaciones, los placeres y los dolores que experimenta, así como los actos de los que se reconoce autor voluntario, los relaciona consigo mismo [individualización locativa]. Pero no se sigue de ello que se aprehenda a sí mismo como un «sujeto» [responsable] ni sobre todo que tenga conciencia [fijación lógica del concepto] de esta aprehensión como opuesta a la representación de los «objetos» que no son él mismo [no hay separación sujeto / objeto; mentalidad emocional]... En la idea vaga que el primitivo tiene de sí mismo, los elementos que provienen de la reflexión [lógica] del individuo sobre sí sólo entran, como se sabe, en una dosis muy pequeña.

Para una mentalidad primitiva, bajo la diversidad de las formas que revisten los seres y los objetos en la tierra, en el aire y en el agua, existe y circula una misma realidad esencial [un mismo ser], a la vez una y múltiple, material y espiritual. Constantemente va pasando de unos a otros. Por ello se explica -en la medida en que estos espíritus aspiran a una explicación [a un porqué en vez de un qué]- la existencia y la actividad de los seres, su permanencia [eterno presente] y sus metamorfosis [todo cambia pero todo sigue siendo lo mismo: concepción cíclica del tiempo], su vida y su muerte. Esta realidad misteriosa expandida por todas partes, menos representada que sentida, no puede, como en el caso de la substancia universal de nuestros metafísicos, presentarse bajo la forma de un concepto. [El almirante] Codrington [1770-1851] la dio a conocer por vez primera bajo el nombre de mana... [en griego ménos: "alma", "principio de vida"].

[Nota mía: Mana es, como la gracia, una fuerza sobrenatural, impersonal e indiferenciada que, según algunos pueblos de religión animista (o sea, la que mantiene una creencia en la actividad voluntaria -"el globo vuela porque quiere volar"- de los seres orgánicos e inorgánicos y de los fenómenos de la naturaleza, que se suponen animados por un alma como la de los humanos), existe en todos los seres, pero en particular en determinadas personas [con auctoritas] y cosas, que por tal motivo son consideradas tabú [sacer]. O sea que contienen tanta energía que no se puede tocar sin peligro, como los postes de alta tensión.

De este modo, la mentalidad primitiva piensa y siente a la vez todos los seres y los objetos como homogéneos, es decir [como el humo, que siendo uno se muestra en unos lugares más denso que en otros], participando de una misma esencia o de un conjunto de cualidades. ... El éxito o el fracaso en la caza, en la pesca, en el cultivo de las plantas y, en general, en todas las iniciativas en que se enrola el primitivo depende antes que nada de la fuerza o de las fuerzas misteriosas, invisibles, extendidas por todas partes. A ellas conviene, por tanto, aplacar, herir o tornar favorables [mediante ritos, siendo el principal el sacrificio].

Cuando unas inteligencias y unas sensibilidades han adoptado esta actitud [holística], desde tiempo inmemorial, poco les importa que unos seres parezcan más o menos alejados o próximos con respecto a otros por su forma visible y por sus propiedades objetivas. El primitivo ve perfectamente, al igual que nosotros, la distancia [la diferencia] que separa en general una piedra de un árbol y este árbol de un pez y un pájaro. Pero esto no le arredra, por cuanto no lo siente [sensación/conocimiento racional] como nosotros. La forma de los seres no le interesa más que cuando le permite adivinar lo que éstos poseen de mana [cantidad de ser, gracia] o de imunu, etc.  [Aún para Aristóteles lo importante es la materia (metafísica) no la forma que adopta con el cambio (permanencia/cambio)]. No encuentra dificultad alguna en sus cambios, algunos de ellos increíbles para nosotros: los seres pueden cambiar, en un abrir y cerrar de ojos, de dimensión y de forma. Son todos receptáculos, virtuales [potenciales] o actuales [en acto], de estas fuerzas místicas y, a veces, un ser insignificante en apariencia contiene una cantidad apreciable de éstas [puede haber mucha gracia en algo muy pequeño]. Bajo su aparente diversidad extrema, presentan pues una homogeneidad esencial [como las partículas elementes de la energía científica]; el primitivo no tiene necesidad de estudiarlos ni de conocerlos más para tener certeza. Pero, como revancha, en su deseo de alcanzar fines que se propone, no creerá jamás haber hecho lo suficiente para conciliarse con las fuerzas místicas de las que estos seres, animados o inanimados, tan diferentes para nosotros, son los receptáculos y los vehículos. [Lo que le llevará a la religión, y por supuesto a la aceptación de los milagros que contemplará la mentalidad mítica o religiosa].

L. Levy-Bruhl, Alma primitiva [1927. Madrid, 1958, fragmentos de pp. 27, 28, 31 y 32].


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