De las sombras del Mito a la luz de la Razón

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De las sombras del Mito a la luz de la Razón

Mensaje  Genaro Chic el Vie Nov 24, 2017 11:52 am

De las sombras del Mito a la luz de la Razón

Para que a historia pueda llegar a ser considerada una ciencia creo que habrá que cambiar de mentalidad social y dejar de considerar como negativo al pensamiento mítico.

Hoy por hoy, el hombre se denomina a sí mismo como "ser racional" y está muy orgulloso de ese epíteto que, según él, le distingue de los animales. Pero aparte de que es difícil no catalogar al ser humano dentro del llamado reino animal, pues la biología -como el algodón- no engaña, la verdad parece ser que su carácter de racional es sólo relativo.

Es cierto que ha logrado descomponer conceptualmente los elementos de la Naturaleza a la que pertenece y contraponerlos dialécticamente para sacarle de forma consciente mayor provecho que cualquier otro animal conocido. Pero ni se puede afirmar tajantemente que los demás animales no razonen de alguna manera, ni la marcha por los caminos de la razón es tan diáfana como nos gustaría suponer.

Más bien que con caminantes podríamos compararnos con nadadores que, por bien que se sostengan en la superficie de las aguas, nunca pueden caminar sobre ellas sino que apenas mantienen fuera del líquido elemento más que la cabeza. De la misma manera el hombre, sumergido en las tinieblas acogedoras y terribles del mito, saca orgulloso su cabeza para respirar el aire tibio de la razón.

El mito lo sostiene, la razón lo alienta. El aire está en la parte dominada por el Sol, pero el astro rey reseca hasta la muerte al hombre carente de la humedad primordial de las aguas. No se puede, con ánimo de alcanzar una victoria indiscutible, luchar contra el destino, o sea contra el "libre albedrío" de la Naturaleza que, caprichosamente, nos hace pasar de la oscuridad a la luz y viceversa con los giros de un planeta llamado Tierra que es indiferente a los conceptos de día y noche, que él mismo comparte en cada momento; lo mismo que nosotros compartimos en cada instante la luz de la Razón con la oscuridad del Mito.

Vivimos normalmente a la luz del día, pero, aunque hayamos inventado potentes luminarias para la noche, necesitamos apagar esa luz para dormir, para meternos en el mundo de los sueños donde la razón parece tener poco que hacer (J. Campbell  [1904-1987] definió a los sueños como mitos privados, en tanto que los mitos sociales nos serían sino sueños compartidos).

No podemos vivir sin dormir, sin cerrar los ojos a la luz y sumergirnos en el marco reparador de las tinieblas inquietantes de la noche. No podemos vivir sin el mito porque forma parte constituyente de nuestro ser mental. Esa parte en la que las siluetas se difuminan y todos los gatos parecen pardos, de tal forma que la continuidad predomina sobre lo discontinuo y bien definido, mientras las asociaciones libres determinan el flujo narrativo. Una parte que nos permite tener el sentido de globalidad que la luz de la razón se encarga de matizar. Porque de igual modo que no hay oscuridad total en la noche, sino que siempre hay alguna luz, por tenue que sea, que nos permite distinguir la silueta del gato aunque no su color, de igual modo, digo, hay razón en todo mito. Y de igual manera que nunca dejamos que la luz nos resulte cegadora, sino que buscamos una sombra reconfortante para la vista, así buscamos en último extremo la consoladora creencia del mito para oponerla a la cegadora falta de fe que implicaría una razón pura.

Identificamos al Sol, a la cálida Luz, con la vida; pero no hay vida sin sombría muerte que la explique por contradicción. Odiamos la muerte, pero gracias a ella aprendemos a amar la vida. La oscuridad de la ignorancia nos inquieta y nos arroja en los brazos de la fe o de la ciencia; pero un saber que sólo nos lleva a la convicción de que cada vez que profundizamos en él tenemos la terrible sensación de que nunca alcanzaremos el conocimiento pleno nos resulta insoportable. Por ello inventamos paradigmas científicos y creemos en ellos, aunque sólo sea provisionalmente. Vivir sin creer nos resulta imposible: vivimos porque creemos y creemos para vivir aunque no queramos creer. No podemos luchar contra nuestro destino de seres crédulos. El libre albedrío de la Naturaleza lo ha dispuesto así. Al menos de momento.

G. CHIC, en el "Prólogo" al libro de Francisco José García Fernández, Los turdetanos en la Historia: Análisis de los tesrtimonios grecolatinos, Écija, 2003.

Genaro Chic

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