La crueldad (incluidas las corridas de toros)

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La crueldad (incluidas las corridas de toros)

Mensaje  Genaro Chic el Sáb Mayo 02, 2015 6:58 pm


           La crueldad se define en el Diccionario de la Real Academia como la respuesta emocional de obtención de placer en el sufrimiento y dolor de otros o la acción que innecesariamente causa tal sufrimiento o dolor. Leo en el Etymological Dictionary of Latin and the other Italic Languages de Michiel de Vaan (2008) que la palabra, en latín clásico crudelitas, está emparentada en origen con crudo (crudus → crudelis, cruel), y también con cruor, la carne cruda, sangrienta.

           Esto es interesante pues C. Lévi-Strauss (Mitológicas. Lo crudo y lo cocido, 1964) resaltaba que los pueblos atrasados que no conocen la cocción de los alimentos por supuesto que no tienen la palabra para decir «cocina» o «cocción». Pero, en consecuencia, no tienen además la palabra para decir «crudo» puesto que el concepto mismo no puede caracterizarse. ¿Cuál es su concepto, en este caso, de crueldad?
         
           Desde el punto de vista de la persona con un nivel de civilización -o cultura- más desarrollado la crueldad se asocia a los extraños, a los bárbaros, a esos seres atrasados que ni siquiera cocinan sino que comen la carne cruda y chorreante de sangre. Las prácticas crueles, sin embargo, van más allá de lo estrictamente cultural y pueden estar dirigidas a aterrorizar y establecer así un dominio, bien por parte del que se muestra cruel como del que quiere defender a la comunidad de esos seres terribles que son capaces de comerse incluso a la gente cruda. Así, los generalmente pacíficos chimpancés a veces recurren a este tipo de prácticas crueles en sus enfrentamientos: le guerra no es una exclusiva humana entre los simios (http://esmateria.com/2014/01/14/el-cruel-asesinato-que-desato-la-primera-guerra-entre-primates-no-humanos-de-la-historia/ ).

           Podría pensarse entonces que la crueldad es algo propio de los simios, pero no es así. Maxence Van der Meersch (Cuerpos y almas, Buenos Aires, Ed. Almafuerte, 1954, p. 262) escribía en 1943:

           «Observando la naturaleza uno se pregunta ¿por qué ha diseña­do Dios organismos tan crueles, qué necesidad había de que este bicho tenga que ganarse la vida practicando un sadismo tan refina­do? Por ejemplo, la mantis religiosa o la viuda negra (una araña) que devoran al macho mientras las fecundan y la abeja que apuñala a la araña, la avispa Cerceris que, con un triple rejonazo de su aguijón destruye, con precisión quirúrgica, los tres centros nerviosos del es­carabajo Agrilo y se lo entrega a su larva para que pueda consumir vivo, fresco, al desgraciado insecto paralizado, eligiendo los bocados, respetando los centros vitales con atroz sabiduría, manteniendo la vida hasta la última partícula de carne de su víctima... el Leucospis, el ántrax, cuyo gusano se adhiere al flanco de la larva de la Chalicodoma, y la absorbe a través de la piel, aspira, bombea aquel puré vivo que es la larva, y la deseca sabiamente también, para matarla, pero manteniéndola fresca, viva hasta el final... El avispón asesino que oprime el buche de la abeja para que vomite la miel y chupa la len­gua que sale de la boca de la infeliz agonizante [...] ¡Qué cuadro el de la Creación! ¡Una matanza! Las leyes más feroces, las más bárba­ras, las más horriblemente inhumanas, lucha por la vida, elimina­ción de los débiles, el ser comiéndose al ser y comido por el ser».

           Dejemos a un lado la consideración religiosa del novelista, que ya era entonces ferviente católico, dado que difícilmente se pueda hablar de la naturaleza con términos culturales como bien o mal. Recuerdo de pequeño cómo el gato que había en casa jugaba con los ratones (que también los había) aterrorizándolos durante minutos antes de comérselos (https://www.youtube.com/watch?v=zykbiaR6c6U).  Algo así como lo que hacemos nosotros en las corridas de toros (a mí me gustan, aunque esté feo decirlo), aunque con menos riesgo y sin posible indulto.

             Los toros bravos, esos que constituyen el eje de nuestra fiesta de muerte, y de los que Eliano (De natura animalium, 14.11) en época romana (s. II) nos dice que había manadas en estado salvaje en África a las que se daba caza - y que se importaban seguramente por Cádiz como otras fieras, según Columella (7. 2. 4) - no eran -ni son- distintos de los que se estabulaban. Pero andaban, a diferencia de estos, sueltos por los saltus, las tierras de monte, a las que pertenecen los animales salvajes (Ovidio, Pont., 1.3.41), y se entendía que los hombres que vivían entre ellos no eran mucho más refinados. Son los salteadores, los hombres del saltus, aquellos de los que hay que guardarse por ser contrarios a la vida civilizada, esos “esclavos feroces y agrestes desparramados por las extensas fincas de monte (saltus)” de los que habla Tácito (Ann., 4, 27.) y que, como los bandoleros del XIX, solían estar protegidos por algún patrón que los utilizaba como defensa/ataque personal (Dig.,11.4.1.1). Sabemos que a los toros no se permitía tentarlos en los campos, toreándolos como de costumbre con un paño rojo (Dig.  47.2.50.4, y Gai. 3, 202), porque se les podía inutilizar en los juegos circenses.

            Una anécdota del emperador Galieno (253-268) pone en evidencia estos juegos de toros en la antigua Roma (SHA, Gall 12.2-5):

            « Una vez hizo salir a la arena del circo un enorme toro al cual un cazador había de dar muerte. Pero lo intentó diez veces sin conseguir acabar con el animal. Galieno, sin embargo, le envió una corona semejante a las utilizadas para premiar a los buenos cazadores. Este comportamiento levantó la protesta de todos al ver que premiaba a un hombre inepto. Pero Galieno mandó decir por medio del curión: «Es difícil no matar a un toro intentándolo tantas veces».

           Y sabemos que estos espectáculos de muerte no se limitaban a los animales no humanos.  Los distintos juegos gladiatorios, de luchas entre hombres de baja condición (a menudo esclavos) eran un espectáculo muy deseado por gente que ansiaba sobre todo que la matanza se produjera. Pero ¿eran los gladiadores más benévolos consigo mismos de lo que lo era el público (ya que eran compañeros de oficio), o más crueles (llenos de rencor por las heridas que se habían causado)? La naturaleza es  como es, y las fuentes  dan testimonio fiel de ello. El secutor Urbicus nos dice en su epitafio (CIL, V. 5933) "te recomiendo que mates a quien has vencido" ("te moneo ut quis quem vicerit occidat"), lo que parece indicar- que salvó la vida a su adversario pero que se  arrepiente de ello pues cuando volvieron a enfrentarse, y esta vez fue él el vencido, su adversario no le devolvió el favor, y le mató (A. Mañas Bastidas, Granada, 2011).

               Luego, en el siglo V se suprimieron por  los juegos y el alanceamiento del toro salvaje quedó para los nobles, como una forma de caza,  hasta que se popularizó de nuevo la fiesta y aparecieron junto a los caballistas señores los nuevos gladiadores del populacho que toreaban a pie. Este podría derivar del antiguo paje que ayudaba en sus lances a su señor, pero la tendencia a vivir de ello hizo que Alfonso X de Castilla los prohibiera en el siglo XIII. Será el s. XVIII el que marque, como en tantas otras facetas de la vida, la recuperación de la figura del torero a pie, de las clases populares. También fue entonces cuando se fue desarrollando en todo el mundo nuestro  una tendencia a emplear formas de ejecución que impliquen menos sufrimiento, o más «humanitarias», equiparando a pobres y ricos como hizo la guillotina por ejemplo.

           Sería así que en el mundo contemporáneo, ese que volvía a regular los espectáculos sangrientos, parecería imposible que se repitiera una ejecución pública como la que sufrió aquel campesino que atentó contra Fernando II (el Católico) de Aragón en su estancia en Barcelona. Nos lo cuenta Carlos Blanco Fernández, en Historia National Geographic, nº 135:

           "El 12 de diciembre, cinco días después del ataque, Joan de Canyamars fue sacado de la prisión real, muy cerca del palacio donde estaba Fernando recuperándose de sus heridas, y lo subieron a un carromato sobre el que se había construido una especie de tarima de la que sobresalía una co­lumna de madera. Desnudo y atado a aquella estructura —«como crucifi­cado», dice una fuente—, el carromato emprendió un lóbrego recorrido por las calles de Barcelona, entre la algarabía de gente, sobre todo jóvenes, que corrían y saltaban a su alrededor e insultaban al condenado.

           Según el relato de Pere Miquel Carbonell, cronista de la ciudad y testi­go de aquel espectáculo, la primera parada se hizo coincidir con el lugar donde se había producido el atentado. A los pies de las escalinatas de la plaza del Rey, el verdugo procedió a cor­tarle la mano y parte del brazo dere­cho, aquél con el que había empuñado el arma homicida. A continuación, el cortejo penitencial siguió la ruta uti­lizada para la procesión del Corpus, haciendo sucesivas paradas para ir mutilando al condenado ante la mu­chedumbre.  En un lugar le sacaron un ojo, en el siguiente le cortaron la otra mano, más tarde el otro brazo, y así hasta llegar al Portal Nou, la puerta de la muralla más oriental de la ciudad.

           La columna de madera del carroma­to y las sogas que lo envolvían eran lo único que mantenía erguido el cuerpo ya inerte de Canyamars. El acto final de aquel particular vía crucis era la lapidación;  la gente empezó a coger piedras de los márgenes del camino para lanzarlas contra el carro del reo. Un verdugo le abrió la cabeza para ex­traerle los sesos y, para espanto del cronista Andrés Bernáldez, le sacó el corazón a través de un orificio hecho ex profeso en la espalda. Por último, se prendió fuego a aquella estructura de madera y las cenizas de aquel pobre campesino que había osado aten­tar contra el poder de Fernando II de Aragón fueron esparcidas al viento".

El Estado moderno tiende a reprimir y encauzar el instinto de violencia y crueldad de los súbditos por razones obvias de la propia supervivencia de la clase dirigente, que teme la explosión de las masas. La violencia física, apartada de las mentes como un mal, se sublima y se deriva hacia el deporte por un lado y hacia la competencia (violencia) económica por otro. Incluso la pena de muerte física se sustituye por la muerte social en prisión (una pena que no existía en la Antigüedad). De esta manera el desarrollo industrial puede servir para hacer frente a las agresiones exteriores (armas teledirigidas), provocando simplemente miedo a lo intangible, ahora en un nivel distinto al de antes. Dentro debe reinar el pacifismo y el rechazo a la violencia.

No es casual, desde luego, que  conforme el grado de cultura avanza la tortura física y las ejecuciones se supriman o por lo menos dejen de ser visibles para la masa. De la misma manera que no creo que sea casual que -conforme avance el individualismo- se relaje el concepto de familia tradicional, en la que la educación de los hijos en su marco se entiende como algo fundamental. Ni que haya disminuido el número de hijos por mujer y que éstos sean educados en una cultura igualitaria que busca alejarlos de la violencia, reservada en exclusiva para el Estado más que nunca. La supresión de las corridas, aunque sea con pretextos políticos, no creo que se aparte de esta tendencia general. Que una plaza de toros se convierta en un centro comercial, como ha pasado en Barcelona por ejemplo, no creo que tenga nada de extraño.

Pero, aunque limitado, el gusto por hacer daño de forma gratuita no ha desaparecido. ¿Hace algo distinto quien enamora a una persona sólo por el gusto a conquistarla para negarse luego a satisfacerla? ¿No es una manifestación de crueldad innecesaria? Y no es un delito penado, como no lo son muchos actos crueles de personas que disfrutan provocando el mal íntimo ajeno. El trastorno mental puede ser un eximente.

​​         Termino en este sentido con unas frases de Honoré de Balzac, escritas hacia 1840, sobre su madre, que era 32 años más joven que su marido: «Si supiese usted qué mujer es mi madre, un monstruo y, al mismo tiempo, una monstruosidad. Me odia por mil razones. Me odiaba ya antes de que naciese. Es para mí una herida de la que no puedo curarme. Creímos que estaba loca. Consultamos a un médico, amigo suyo desde hacía treinta y cinco años. Nos de­claró: «No está loca. No. Lo que ocurre, únicamente, es que es mala...» «Mi madre es la causa de todas las desgracias de mi vida.» (Eugenie Grandet, Ed. Sarpe, Madrid, 1985, p. 1 del Prólogo).

           Hay personas que son de naturaleza especialmente cruel, lo mismo que las hay que no pueden superar su instinto de violar sexualmente, por mucho tratamiento que reciban. Aunque sea cruel con ellas, la sociedad tiene lógicamente que apartarlas para no verse perjudicada en su conjunto. Matar es necesario para sobrevivir, y en ese marco tiene su sitio la crueldad. Pero la crueldad, natural como todo, tiene sus límites de soportabilidad social.


Genaro Chic

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