La maternidad de Carla

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La maternidad de Carla

Mensaje  Genaro Chic el Vie Mayo 01, 2015 8:11 pm

Cuando era jovencita Carla tuvo un hijo con su amigo Rafael. No le importó la diferencia de clases (ella es una labrador y él un chucho inclasificable). Se llevaban bien y se desearon. Él es pura fogosidad sexual con una buena dotación para darle salida, y ella una preciosa perra negra con una mirada dulce e inteligente que enamora.

           Crió el fruto de aquel amor de juventud pero sin mucho entusiasmo. Era loca y atolondrada y quería sobre todo jugar bajo el amparo de Enrique, su amo y amigo. Es el hombre al que ella ama (su perro sigue siéndolo Rafael, propiedad de Lola).

           Ahora Carlita ya es mayor y Enrique, que nunca ha querido privarla de sus atributos reproductivos atendiendo a su salud, decidió aprovechar una de las épocas de celo para emparejarla con un perro de su clase, para que ella pudiera parir y lo hiciera de cachorritos que fuera fácil regalar por su belleza. Un vecino estuvo de acuerdo en que otro perro labrador y ella se satisficieran sexualmente con la condición de que no quería saber nada de la descendencia. En esto seguramente debió agradar especialmente al que se iba a convertir en padre: si te vi no me acuerdo.

           La coyunda, repetida varias veces, fue bien para ambos y Carla quedó preñada de siete perritos, de los cuales nacieron vivos cinco, que posteriormente quedaron reducidos a cuatro tras un desafortunado accidente.

           Y aquí Carla se mostró ya como una madre madura, orgullosísima de que su cuerpo se hubiese desplegado en nuevas y preciosas vidas autónomas. Se dedicó intensamente al cuidado de sus chiquitines, dándoles preferencia absoluta sobre sus propias necesidades y no dejando que el amigo Rafael se les acercara por temor a que los dañara. Ya se sabe que es normal entre algunos mamíferos que las crías, sobre todo si no son las propias, se consideren un estorbo para la relación con la madre. A todo esto, yo me preguntaba ¿estará muy preocupado el padre biológico de estas preciosidades negras que son sus hijos? ¿Qué pensará Rafael al verse postergado en el cariño de mamá Carla?

           Cuando ya con edad avanzada te replanteas estas cuestiones, en principio banales para ti, la reflexión sobre lo que ya conoces de otros ámbitos suele ser más reposada. Miré a mi alrededor, al mundo de los humanos y las humanas y sentí con más fuerza el sentimiento que une a las madres con el fruto de su vientre, precisamente por serlo: es, por encima de todo, lo más preciado para ellas porque en realidad son ellas mismas prolongando la vida fuera de sí. Nacen ya con miles de ovocitos que más tarde se convertirán en óvulos, mientras que los hombres tardarán mucho todavía en sentir en su cuerpo la potencia de los espermatozoides, y además en este caso con una trascendencia que se siente como menor ya que siempre será algo externo en sus consecuencias. El hombre no pare, como no parió el padre de los perritos de Carla, de modo que el afecto que pueda llegar a sentir, si es que sucede, por las crías será distinto (ni mejor ni peor, distinto) de quien siente la eclosión de los huevos dentro de sí.

           Me ha traído el recuerdo, el parto de Carla, de una conversación que escuché hace bastante de una mujer con sus amigas. Enamorada, decía que le gustaría darle una niña a ese hombre. No lo entendí: los hombres no solemos pensar en ese tipo de regalos cuando buscamos enamorar a una mujer. Somos más superficiales, como lo somos en general con todo lo relativo a la sexualidad, aunque nos guste tanto como a Rafael, el perro que comparte vivienda con Carla. Para ella, sin embargo, significa el regalo más grande, el darse a sí misma con la vida de un hijo para aquél que haya elegido como padre. Tal vez por eso, aunque sea de forma subconsciente, perdonen con dificultad, si es que lo hacen, que se les rechace cuando son ellas quienes hacen la oferta. Nosotros normalmente lo que ofrecemos, en el mejor de los casos, es sólo compartir ratos de placer en compañía. En otros ni eso. Y vemos con desagrado, pero sin mayor trascendencia, que nos rechacen cuando ofrecemos una relación sexual.

          Por supuesto todos estos cálculos no se hacen normalmente de entrada, pero lo que parece indiscutible es que están insertos de alguna manera en nuestro mapa genético, de hembras o de machos. Y por supuesto también entiendo que todo esto se ve alterado por la necesidad de una vida de pareja convenida de acuerdo con unos parámetros tradicionales o incluso legales, como es el caso del matrimonio, del tipo que sea, que regulan el reparto más o menos estable de los machos y las hembras en un marco social, normalmente más individualizado cuanto más desarrollado es.

           En cuanto al control de la transmisión de la vida, es sabido que es el hombre quien tiene mayor interés por establecer reglas acerca del reparto de las hembras, porque estableciendo cuáles son los límites de posesión de cada uno se evita a nivel interno una agresividad que puede destruir al grupo (y con ello dañar los objetivos del jefe), y se puede desviar igualmente hacia el exterior del grupo el desorden natural que implica el deseo continuo de aliviar las pulsiones sexuales marcadas por la biología (fuera de la comunidad no hay restricciones para matar o copular como las hay dentro). Será pues el hombre el que imponga las virtudes del matrimonio y organice, a través de un elaborado sistema de tabúes (el principal, el del incesto), quién puede acceder al sexo y en qué condiciones. Se crearán así los sistemas de parentesco, en los cuales la mujer juega un papel, muy importante en principio pero siempre subordinado.

           ¿Qué ventaja saca ella del matrimonio? ¿Por qué lo desea pese a todos sus inconvenientes?

           En principio su papel como transmisora de la vida antes de la propia muerte (puede seguir sintiendo que sigue viva aunque muera, porque una parte física de ella –la cría- así lo hace) no le fuerza a generar cultura de la misma manera que al varón, que sólo puede pervivir en el recuerdo de una sociedad que adquiere el carácter de estable (la épica -e incluso la historia- es, fundamentalmente, una necesidad masculina).

           Sin embargo el sometimiento a unas reglas que le son extrañas también puede beneficiarla, en cuanto que el reparto de los machos y las hembras libera tensión dentro del grupo y le da seguridad al mismo, lo que es favorable para el desarrollo de las propias crías. El instinto de posesión de los machos respecto a sus hembras –derivado más del orgullo que del concepto de propiedad- hará que ellos estén dispuestos a luchar por ellas, al tiempo que imprimirá un carácter “virtuoso” a la educación de la descendencia.

           La transmisión de los valores civilizadores masculinos se hará más fácil a través del control de la reproducción, no sólo física sino también de esquemas intelectuales, que efectúa la hembra. Con lo cual se crea una especie de equilibrio desigual que favorece a ambos elementos de la santísima dualidad (el ser humano, que no es ni macho ni hembra, sino las dos cosas juntas) en el marco de unas relaciones sociales culturizadas.

           El roce dentro del matrimonio, cuando se lleva bien y no es traumático, puede generar un estadio tranquilizante de piedad, que siempre ha sido la base sobre la que se ha buscado sustentar para que la unidad reproductiva funcione. Es lo que los romanos llamaban pietas, la obligación de mantener respeto formal y apoyo a la persona con quien se establece la relación. Y la piedad incluso puede dar paso al cariño, que, aunque se haya pretendido como un desideratum, nunca ha sido la verdadera base del matrimonio.

           Si bien se mira parece difícil que un hombre pueda permanecer enamorado, de verdad, de forma sostenida, de una mujer. Y viceversa. Son dos modos de entender la vida muy diferentes, con intereses casi contrarios a medio y largo plazo: ellos son el blanco y el negro y ellas los grises. De todas formas formamos sistema los dos sexos y necesariamente tenemos que convivir, aunque sea en tensión. No es fácil sin embargo llevarse bien con la pareja.
           
          En cambio la relación de una madre con sus hijos pienso que tiene más probabilidades de perdurar que la que estableció en su día con ese compañero que ella designó (o le fue impuesto) para que fuera o actuara como padre en un plano social. Muchas veces, quizás por ello, los animales de compañía en que nos convertimos los esposos -tras la etapa de amantes y la de padres protectores-  encontramos la mayor satisfacción en ver cómo los hijos reproducen nuestros antiguos roles y nos devuelven la ilusión a través de los nietos. La piedad matrimonial se puede ver recompensada con ellos.

Genaro Chic

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