Comercio exterior del Imperio Romano. La plata como principal objeto de exportación a Oriente

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Comercio exterior del Imperio Romano. La plata como principal objeto de exportación a Oriente

Mensaje  Genaro Chic el Jue Nov 07, 2013 4:04 pm

Llenas las arcas del futuro “Augusto”, vencedor de la guerra civil tras el saqueo del tesoro egipcio (30 a.C.), el emperador se dispuso a gastarlo en beneficio de todos, al tiempo que realizaba profundas reformas innovadoras en nombre de una restitución de las costumbres del pasado. Se procuró así arrancar los males que asolaban a la república, derivados en buena medida de la mala administración de la riqueza pública, para lo cual se vio la necesidad de transformar lo que era exterior (el imperio) en interior, de forma que en adelante Roma dejase de ser sólo la dueña de un imperio conquistado para transformarse en la cabeza de un nuevo Estado, en el que la administración sustituyese al saqueo inmisericorde del vencido. Se ampliaron los horizontes mentales sin que por ello se abandonasen los antiguos, de forma que la integración se iría produciendo lenta pero intensamente; hasta el punto de que parece milagroso que en el siglo III, que fue cuando se proclamó finalmente el carácter de ciudadano romano de casi todos los miembros del Imperio, éste no se deshiciera en medio de las numerosas guerras exteriores e interiores que hubo de padecer.

           Uno de los medios utilizados fue la colonización de los puntos que se consideraron estratégicos, sobre todo desde el punto de vista económico y con vistas a favorecer, a través de la renovada fiscalidad, el desarrollo político del nuevo sistema. Ello supuso un vigoroso impulso a la monetización de la sociedad y, por consiguiente, la necesidad de regular unos suministros de metales básicos para ello (oro, plata y cobre) para ser puestos en circulación a través del gasto estatal. Un área especialmente favorecida fue la Bética, rica en su suelo agrícola capaz de producir excedentes para Roma, como también en su subsuelo rico en minas de plata. De hecho las minas de Cartagena, ya en proceso de agotamiento, fueron sustituidas en su producción por las del S.O., de donde pronto habría de proceder el principal aporte de plata para la fabricación de los denarios hasta la época de Nerón, cuando comienzan a entrar en decadencia.

Buena parte del capital necesario para realizar la costosa tarea de la colonización (parte de las tierras eran compradas) vino aportado por ese gran triunfo de Roma que fue la conquista de Egipto. Este país, con sus minas de oro y sus grandes excedentes frumentarios, supuso por sí mismo una gran inyección de dinero en las arcas del emperador, pero la posición estratégica del país, cabeza de las rutas helenísticas con el lejano Oriente, no produjo menos riquezas que las producidas in situ. Una Roma rica y amante de los lujos y placeres (luxuria y mollitia) se hizo abiertamente consumista, necesitando desarrollar al máximo la vieja economía de prestigio, lo que la convirtió en apetente de todos esos productos –en especial los exóticos- que llegaban, tanto desde otras partes del Imperio como desde la India y más allá, como en su día señalaría Elio Arístides (Orationes 26.11–13). De hecho sabemos que la  flota mercante dirigida a esas regiones se multiplicó por seis en la época de Augusto (Str. Geographia 2.5.12.), quien de entrada se beneficiaba de un impuesto fronterizo exterior del 25 %, luego aumentado en las fronteras interiores con cantidades menores cuando los productos eran comercializados desde Alejandría por el Mediterráneo. Se ha calculado que 2/3 de los ingresos del fisco tuvieron ese origen durante el siglo I y parte del II (McLaughlin 2010). Pero los orientales apenas apetecían más que el oro y la plata de Occidente, como seguía pasando durante la etapa del Imperio Español moderno (Cipolla 1999). La plata y el oro romano, como luego los hispanos, fluyeron constantemente hacia Oriente, desangrando el Imperio, como veían con preocupación los observadores romanos. El auge del comercio oriental y de los ingresos derivados del mismo se alcanzó hacia la época de Nerón, manteniéndose después a buen ritmo hasta fines del siglo II. Interesante es la época de Domiciano (81-96), que subió el contenido de plata de los denarios de forma notable (12 %)  por última vez, alcanzando un fino del 98 % durante los años 82-85, aunque se mantuvo el peso de la reforma de Nerón y las emisiones fueron menores. Si duda esto debió tener repercusión en el comercio con Oriente en un momento en que el emperador chino se expandía hacia Occidente gracias al genio militar del general Ban Chao –que visita el golfo Pérsico-, y la provincia romana de Siria adquiría más cohesión aprovechando que los Kushan (de Tayikistán y Afganistán, hasta orillas del Ganges) mantenía buenas relaciones comerciales y culturales con Roma y operaban coordinadamente con los chinos en Sogdiana (Uzbekistán), en la Ruta de la Seda, contra el Imperio Parto (Irán e Irak) que había llegado a su máxima extensión por entonces y actuaba como tapón entre unos y otros.

Parece evidente que el emperador Trajano (98-117) nunca perdió de vista el Oriente, de habla oficial griega. Éste era en realidad preponderante por su fuerza económica y por su urbanismo, superiores a la economía agraria italiana; poseía las vías naturales de comercio y, como consecuencia implícita de todos estos factores, el lujo y la cultura. En 100 cuando Agrippa I murió, Trajano se había hecho con el control directo de Iturea y Haurán, en la zona de Celesiria, desde el sur de Damasco y el monte Hermón al norte, hasta las montañas Adjlun en Jordania. Ahora, en 105, con un ejército bien preparado al mando de Cornelio Palma, venció a los nabateos, al sur y al este de Palestina, cuya capital Petra era el punto donde concurrían las caravanas procedentes de Arabia, India y el mar Rojo. Para favorecer esos intereses comerciales en beneficio propio, enseguida se emprendió la construcción de una vía a la manera romana, desde Damasco al Mar Rojo (El Akaba), que favoreciera los tránsitos bajo la garantía de la pax romana. No se trataba de ocupar las fuentes productoras de riqueza, como se había intentado con anterioridad,  sino sólo de controlar, en beneficio propio, un tráfico que se mostraba muy productivo. Fue por ello por lo que para unir el mar Rojo con el Mediterráneo el emperador mandó cavar, posiblemente sobre trazados antiguos, un canal al nivel de donde hoy se encuentra El Cairo. Además volvió a poner en práctica en el Nilo el sistema de licitación del transporte por parte de las corporaciones de barqueros, existente en época ptolemaica.

Puesto que la política de Trajano no era defensiva, hemos de dar pues por sentado que al emperador le preocupaba en gran manera la posibilidad de sacar el máximo provecho de las relaciones exteriores, fundamentalmente en la parte oriental. Roma, como hemos señalado, había atraído la atención del otro gran imperio del continente euroasiático, el chino, viendo las posibilidades de cooperación y mutuo beneficio que en principio se les podían ofrecer. El obstáculo era el Imperio Parto, que le separaba de los indios, con los que se ha supuesto incluso una alianza (los Kushan yuezhi, hacia Pakistán, dirigidos por su gran rey Kanishka, también identificaban a los partos como rivales políticos a superar), para la campaña que preparó concienzudamente desde el principio. El hecho de que ahora se multipliquen tanto los conocimientos geográficos (Marino de Tiro y los viajes a Oriente de Maes Titianos, donde se practicó la economía de prestigio con la corte china Han) como las biografías sobre Alejandro Magno (Curcio Rufo, Plutarco y Arriano), cuyas huellas él parecía seguir bajo la advocación de ese semidiós de los estoicos -benéfico y conquistador al mismo tiempo- que era el Hércules Gaditano, no es una casualidad. No es casual igualmente que el número de senadores béticos, que había llegado al máximo, observe un declive frente a los de esta zona durante el final de su reinado. Tampoco lo fue el renacimiento de la cultura griega y su amplia difusión: El siglo II va a ser la buena época del movimiento retórico de la llamada Segunda Sofística.

El deseo de gloria y de riqueza, símbolo de aquella, llevó a Trajano en 113 a aprovechar una excusa en la consabida disputa sobre Armenia para invadir el Imperio Parto. Una expedición que habría que enmarcar en el progreso de una mística teocrática y el culto imperial y un refuerzo del absolutismo a partir de 112 (Cizek, 1983). En 116 logró tomar la capital, Ctesifonte, y llegar a la orilla del golfo Pérsico, a la que 20 años antes se había asomado por otra parte el enviado de China. El sueño cesariano de realizar la obra de Alejandro Magno estuvo entonces más cerca que nunca. El Imperio llegó a alcanzar entonces los 5’18 millones de km2. Pero el sexagenario emperador cayó enfermo y las sublevaciones se multiplicaron en el interior del terreno conquistado. También en el propio imperio los judíos, cuyas reclamaciones de volver a su tierra no fueron atendidas, como esperaban desde Nerva (96-98), y que vieron la oportunidad cuando la mayor parte de las tropas de ocupación marcharon a la guerra, lo hicieron ya desde el año anterior en todo el Oriente Próximo, Egipto incluido, dificultando la conquista.

El gran comercio con Oriente se había de mantener hasta la época de Marco Aurelio (161-180), cuando aún tenemos constatada una embajada romana ante el emperador chino, que por cierto quedó decepcionado con los regalos que se le aportaban.Roma había entrado en una grave crisis económica estructural  en la que el trabajo de las grandes minas productoras de plata se vio prácticamente paralizado, lo que tuvo su reflejo por un lado en la fuerte pérdida de este metal en las monedas posteriores y, muy en particular, en el cese del gran comercio que hasta entonces había logrado ser el principal generador de riqueza para el Estado. Comenzaba una nueva era muy distinta, a la que solemos denominar Bajo Imperio.

Genaro Chic

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