Religión, política y drogas

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Religión, política y drogas

Mensaje  Genaro Chic el Mar Mayo 28, 2013 1:35 pm

Religión, política y drogas

Decía S. Freud que la cultura produce neurosis. No es de extrañar. Aunque hoy se tiende a dulcificar el sentido de la palabra cultura, entendiéndola como un refinamiento de vida, la verdad tremenda es que implica una represión de los instintos naturales con vistas a encauzarlos en el sentido de hacer más agradable el tránsito de los individuos por ella, desde su entrada (nacimiento) a su salida (muerte). Esa alteración, buscada de forma racional, de las condiciones naturales de vida siempre dio miedo. Hoy día ese miedo se manifiesta en la racionalista llamada de los ecologistas. Pero antaño, cuando el pensamiento emocional no había experimentado los embates de la cultura como ahora, la explicación era de tipo mítico: los dioses sintieron recelo ante el conocimiento adquirido por el hombre y lo condenaron a su expulsión de la vida natural donde era antes feliz.

La religión, al establecer el puente entre las vidas natural y cultural, entre lo divino y lo humano (grosso modo), será la principal encargada de darle a los tabúes o mandamientos culturales un carácter de creencia basada en la fácil asunción de que existen fuerzas que el hombre no puede controlar y a las que hay que aplacar mediante auto-restricciones (tabúes o leyes) para evitar su envidia al compartir el hombre la sabiduría transformadora. Poco a poco va el hombre así creando a Dios a su imagen y semejanza, con una progresiva individualización y antropomorfización (y consiguiente jerarquización) de las fuerzas sobre-naturales. Se le hará, de este modo, responsable de conceptos humanos como son el bien y el mal (que no existen en la naturaleza), en su afán por controlar y encauzar las fuerzas vitales naturales.

La fiesta, en cuanto celebración de la sacralidad de la Naturaleza, es lo contrario del trabajo, la principal de las virtudes en el mundo capitalista actual, como bien supo ver G. Bataille. Nosotros, con nuestro racionalismo que sustituye a la religión, entendemos hoy la fiesta como el día en que tenemos derecho a descansar. En el mundo religioso, sin embargo, la ausencia de trabajo no es un derecho, sino una obligación, pues el trabajo (o esfuerzo regular condicionado) es un insulto a la Naturaleza [NOTA 1]

Tendemos a ver hoy al Estado como liberador de la represión impuesta por la religión [NOTA 2]. Vendría a significar el triunfo de la racionalidad y la fuerza que deben regir a las sociedades, basadas en el contrato social (contractus) de individuos en principio iguales, sobre el estatus desigual (status) que impera en las simples comunidades, basadas en la emoción colectiva. Pero, bien mirado, se puede decir que la religión se es un paso previo al Estado. De hecho en los textos más antiguos que conocemos, de la Mesopotamia de hace 4500 años, encontramos que el Palacio se va segregando del Templo: lo racional se va a separar progresivamente (sin romper nunca) de lo emocional, que es el campo del que siempre se parte para establecer el marco represivo de la cultura. La religión (de religare o relegere, religar o volver a elegir) intenta establecer un puente (pontem facere → pontífice) entre la vida natural y la cultural, entre Estado y Salvajismo.

No es, como se ha dicho, lo contrario del Estado, sino su válvula de escape, que reprime al mismo tiempo que alivia. Reprime (la religión también es cultura, como evidencia la palabra “culto”) afirmando el control –como siempre a través de las creencias en principio– sobre los aspectos biológicos fundamentales de la vida humana, como son el instinto reproductor y el matador; y alivia estableciendo fiestas, en el marco cultural, que permitan acceder en el marco comunitario a la satisfacción de esas necesidades básicas. De ahí que, como estableció G. Bataille, las dos fiestas fundamentales son las orgías (sueltas vigiladas del instinto sexual) y los sacrificios o reconocimiento controlado de la sacralidad (sacrum facere) de la acción de la matanza; fiestas que pueden estar ligadas entre sí desde luego [NOTA 3]. Recuérdese que la sacralidad es el sentimiento (no el razonamiento) de la realidad.

Pero, por mucho que se las reprima, desde el palacio y/o el templo, las tendencias salvajes –o naturales– siguen existiendo y se manifiestan, por ejemplo, en el desarrollo del consumo de drogas que permitan la evasión del sentimiento de represión [NOTA 4]. De hecho lo que se busca con el consumo de drogas es romper las barreras asfixiantes del individualismo al que induce la racionalidad del Estado (tan beneficiosa por otro lado para la preservación de los individuos, aunque quizás no tanto para la de la especie). Una de esas drogas, la más antigua que conocemos pues se puede ligar casi al comienzo de la agricultura, es el vino, que desde siempre estuvo ligada a las fiestas religiosas (el que figure en el acto religioso fundamental del cristianismo no es una casualidad). Y en concreto sabemos que estuvo ligado a las fiestas orgiásticas (u orgásmicas), en las que se daba la exaltación de la sexualidad salvaje [NOTA 5] (refrenada por la institución del matrimonio o privatización de la cópula) representada por el mundo femenino de las ménades o “locas”. Es lo que vemos en el antiguo mundo griego, con el culto a Diónysos, donde las procesiones fálicas constituyen un elemento esencial de las fiestas; o en el romano con el correspondiente de Baco, Iacco o Liber, puer aeternus, encargados de dicha droga, que pronto pasó a ser concebida como sangre de los dioses (la carne en cambio la pondría el cereal: Ceres, Démeter…[NOTA 7]). La ingestión de la carne y sangre de la divinidad es anterior al cristianismo, como es sabido [NOTA 8]. Se encuentra en los ritos orgiásticos de Diónysos, donde primitivamente se daba la antropofagia o canibalismo ritual para incorporar la vida aún palpitante en la carne y la sangre de la víctima recién sacrificada.


NOTAS:

1. Fuera del marco cultural los animales no trabajan, sino que se esfuerzan. Es lo que hacen aquellos mamíferos más próximos al hombre, por lo que se podría considerar una actitud natural. Por ello, en el pensamiento antiguo, la consideración del trabajo, como algo condicionado, era baja, impropia de un verdadero hombre libre, que debería vivir en un otium laboriosum, y procurar con su virtus someter a los inferiores –en la forma jurídica que mejor conviniese a cada caso– a trabajar para satisfacerlo a él. El hombre no se había posicionado todavía claramente frente a la naturaleza, a la que consideraba su madre y no su sirvienta, como sucedería tras la Revolución Copernicana.

2. La evolución en este sentido ha sido lenta. Está mucho más avanzada en los países de religión cristiana que en los de musulmana, como es bien sabido, posiblemente por el mayor individualismo político (de polis, en sentido originario) que subyace en la primera de estas civilizaciones.

3. En un marco culturizado, la religión, que tiende a apropiarse de la fiesta, intenta a través de hombres dotados de sacralidad (sacer-dote), o sea considerados por sus contemporáneos como más llenos de ser que los simples humanos corrientes, encajar estos sentimientos salvajes complementarios en el marco de la cultura.

4. Según datos de la ONU de 2003, el tráfico de drogas ilícitas es la “tercera mercancía mundial en generación de efectivo tras el petróleo y el tráfico de armas” (The Independent, 29 de febrero de 2004). A ello hay que sumarle las drogas legales.

5. Plinio (nat., XIV, 28) se lamenta amargamente de los efectos de esta droga que “priva al hombre de la razón y lo conduce al frenesí y a la comisión de un millar de crímenes”, especialmente a los ligados a la sexualidad, haciendo cualquier cosa por lograr su consumo. De hecho, se ha convertido en todo un proverbio común, que “en el vino está la verdad” (volgoque veritas iam attributa vino est).

6. El vino era el medio por el cual Diónysos permitía a los humanos alcanzar el conocimiento, específicamente por medio del éxtasis orgiástico. Sobre este tema puede verse lo expuesto por E. Setari, "Dionysus, Wine and Symposium in Greece and Magna Graecia", en G. di Pasquale (ed.), Vinum Nostrum: Art, Science and Myths of Wine in Ancient Mediterranean Cultures, Florencia, 2010, pp. 106-109.

7. Kerenyi reseña: “El pan y el vino son las fuentes naturales de las cuales el griego empieza a extraer la santificación del festín mucho antes del cristianismo. La santifica­ción mediante el pan forma parte de la bendición que recibe la humanidad por medio del trigo y que el mundo griego conocía y reconocía desde el himno homérico a Démeter como regalo y misión de los misterios eleusinos; hizo inclu­so que las víctimas sacrificiales fueran sustituidas por formas de masa. Y la san­tificación mediante el vino, un regalo de la religión dionisíaca, hizo aparecer otro aspecto del festín antiguo: el del simposio que, banquete de los corona­dos y oficio divino al mismo tiempo, constituye un capítulo aparte de la his­toria de la cultura de la antigüedad” (K. Kerenyi, La religión antigua, Barcelona, 1999, p. 168).

8. Hacia 44 a.C. (el mismo año del asesinato de César) el racionalista Cicerón (nat., II, 23. 60 y III, 16. 41) se sentía incómodo por el comportamiento absurdo de las personas que llamaban “Ceres al trigo, o Líber al vino”, preguntando: “¿Crees tú que puede haber alguien de mente tan perturbada como para creer que el alimento que come es un dios?” al tiempo que negaba que un hombre pudiese ser dios. O sea lo contrario de lo que era evidente para el autor del Evangelio de Juan (VI, 51-58), escrito hacia 65-95 d.C.: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo” (51). Recordemos que la palabra hostia (víctima expiatoria) tiene el mismo origen que hostire, que significa tanto ‘golpear’ como ‘pagar como devolución’, lo que implica una economía de prestigio mantenida con el mundo divino. Cfr. M. Godelier, El enigma del don, Barcelona, 1998, pp. 25 y 50-51. Como diría K. Kerenyi, no representa, sino que se identifica con la divinidad. La transferencia de gracia (kharis), sobre la que se apoya la economía de prestigio, queda patente en el términoeucaristía” (la buena gracia).


G. CHIC GARCÍA, “El aceite y el vino de la Bética entre el prestigio y mercado”, en Anales de Prehistoria y Arqueología. Universidad de Murcia, Vols. 27-28, 2010-2013, De vino et oleo Hispaniae. Áreas de producción y procesos tecnológicos del vino y el aceite en la Hispania romana. Coloquio Internacional, fragmento tomado de las pp. 333-335.

Saludos

Genaro Chic

Mensajes : 520
Fecha de inscripción : 02/02/2010

Ver perfil de usuario

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.