ELOGIO DE LA ARISTOCRACIA Y LA ANARQUÍA

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ELOGIO DE LA ARISTOCRACIA Y LA ANARQUÍA

Mensaje  Genaro Chic el Sáb Oct 13, 2012 7:08 pm


Las aristocracias ni se crean ni se destruyen, solamente se transforman. En un pensamiento que presta más atención a lo cualitativo que a lo cuantitativo se entiende que el ser, que es lo único que existe, se distribuye de forma irregular y se condensa o diluye siguiendo un orden que, desde la perspectiva de la ciencia experimental actual, podríamos definir como caótico. Vistas así las cosas, si entendemos la palabra aristocracia en su sentido original derivado del griego areté, la excelencia del hombre, lo que lo hace mejor (áristos), es difícil pensar que la aristocracia pueda en algún momento no existir. Ahora bien, el carácter aristocrático de una persona es, como el kairós en la consideración griega del tiempo, únicamente una situación puntual, una occasio u ocasión, que sólo se da de forma extraordinaria en la intersección de un tiempo emocional pleno, lleno de ser (lleno de Dios, podríamos decir), con el tiempo racional deleznable que transcurre y que nos lleva hacia la muerte y la desaparición. Por ello el que experimenta esa situación extraordinaria que le permite el poder en la excelencia (o sea, la vida aristocrática), tiende a aferrarse a ella y a intentar convencer a los demás de que su situación es estable, incluso hereditaria. De ahí que, en un proceso de acumulación de poder, las aristocracias de hecho tiendan a convertirse en noblezas de derecho, con vistas a reforzar su situación por medio de una ideología que, en todo caso, se procura imbuir en las mentes de los llamados a obedecer, sea cual sea el sistema sociopolítico que se considere.

Nos guste o no, esto ha sido siempre así, al menos en la medida en que tenemos conocimiento del pasado social humano. En todo momento, los hombres persuasivos, valientes y generosos (los que tienen las tres cualidades propias de un jefe nato) han luchado con las armas y/o con las ideas para mover a las masas en el sentido que a ellos les ha parecido más conveniente y han logrado que los demás lo entiendan también así. El que uno de los más eximios guerreros de la modernidad intelectual, como es Noam Chomsky, se irrite porque Walter Lippmann le dé a las masas democráticas el nombre de «rebaño desconcertado» que ha de ser sabiamente guiado, no quita un ápice de veracidad al hecho de que siempre han existido aristocracias (y él mismo es una prueba de ello) que procuran "averiguar la verdad sobre las cuestiones más importantes, y difundirla lo mejor que uno pueda, y siempre al auditorio más adecuado. Porque ponerse a decirle la verdad al poder –nos dice- es malgastar el tiempo" dado que, "en la mayoría de las ocasiones ya la conocen" y procuran evitar que ese conocimiento privilegiado se extienda. Sólo quien quiere destruir a una nobleza (sea de sangre, de dinero o de conocimiento) procura correr el riesgo de convertirse en un disidente con aspiraciones a cambiar el rumbo del «rebaño desconcertado» para que vea la luz y siga a nuevos jefes, como bien lo entendió Bakunin.

Decimos todo esto en un intento de clarificación tendiente a conseguir que nuestro mundo tradicional –ese que nos muestra la Historia- pueda ser comprendido como un sistema coherente y no como una situación más o menos pintoresca de la que afortunadamente nos hemos liberado, si es que eso es posible y/o deseable. Pensemos sólo ahora que de las dos formas de conocimiento que permite nuestro cerebro de primates, la emocional o globalizadora, que se expresa por medio de símbolos abiertos, o sea de metáforas o mitos, predominaba (y vuelve a predominar cada vez con más fuerza: no hay más que mirar la televisión, como nos recuerda G. Sartori) sobre la racional o individualizadora, que se manifiesta con el lenguaje conceptual, cuya forma más elevada es la matemática, sin duda el lenguaje más aristocrático de todos.

De hecho, en todas partes del planeta Tierra los seres humanos organizados en sociedades han comenzado prestando más atención al pensamiento emocional que al racional, lo cual no quiere decir en modo alguno que hayan prescindido de éste. Y ello ha llevado tradicionalmente a dar más importancia al ser que al tener, de forma que el prestigio ha sido el bien más apetecido, y el don, la creación de una deuda moral, una de las formas más destacadas de conseguirlo. Quien a buen árbol se arrima buena sombra le cobija, dice nuestro refranero, lleno de esa sabiduría popular que conserva la más vieja tradición.

Porque la palabra “prestigio”, como señala nuestro Diccionario de la Lengua Española, de la Real Academia Española, deriva su sentido primario del mundo de lo mágico, de lo irracional, ese mundo del que el antiguo romano conquistador, de pensamiento fuertemente masculino, recelaba profundamente hasta el punto de que sólo se admitía como medio de conocimiento de la voluntad divina la interpretación de fenómenos constatables con la vista, como el vuelo de los pájaros, la disposición de las vísceras de una víctima o el nacimiento de un ser monstruoso. Lo no comprobable era inquietante, como la misma mujer que solía servir de elemento de transmisión a las experiencias no racionales y a vaticinios orales inspirados por las fuerzas superiores, como vio con agudeza S. Montero. En el fondo se barruntaba que mientras la mujer es sabia, el hombre necesita saber; que mientras ella circula por las profundidades de un presente absoluto, sus congéneres masculinos desarrollan su lucha individual en una dimensión de cambio que se pretende progresista. Miraban por ello con recelo todo lo fortuito, y sin embargo consideraban a la Fortuna como algo muy importante en sus vidas, de tal forma que al hombre se le censaba en relación con la cantidad de la misma que poseyera.

La Fortuna, esa divinidad romana cuya función esencial es la de promover las cualidades personales del individuo, la dignitas o “dignidad” de las personas, su mérito personal, será -como hemos dicho- lo que se considere al establecer el censo, el primer fundamento de toda la vida cívica de Roma porque delimita la participación en una sociedad jerarquizada políticamente. La fortuna de un hombre se materializa a menudo en la riqueza tangible, pero desde luego no sólo ni principalmente es ese el único elemento a considerar al establecer el censo de los ciudadanos, y un hombre rico no es necesariamente afortunado (ni al contrario).


Era necesario que los méritos personales fuesen demostrados en presencia de todos, de tal forma que la Fortuna era la proyección divina del éxito. Un éxito que el hombre debe haberse esforzado por conseguir, pues el hombre que lucha participa en la dirección de su destino a través de la acción voluntariamente emprendida. No puede evitar del todo al Destino (hoy singularizado en el mapa genético), pero sí conformarlo mostrando su virtus, ese conjunto de cualidades que dan al hombre (vir) su vigor físico y moral, su hombría, logrando así esa ilusión necesaria de la libertad de la que habla ese historiador de la biomedicina que es Ph. Meyer. Esa hombría que le llevará a arrostrar los mayores peligros, buscando el prestigio propio en el honor con que la sociedad le paga sus servicios. Algo que va ligado a que hablen bien de uno con admiración, o sea, a la buena fama.

El del jefe, o sea del héroe es, pues un mundo desigualitario, en el que se busca la excelencia, destacar por encima de los demás, sea cual sea el campo de su actividad. Pero al mismo tiempo ha de ser un mundo solidario, pues un jefe que no comunica lo que es o lo que tiene, por mucho valor que haya derrochado para conseguirlo y mucha habilidad oratoria para convencer a los demás, no será nunca un buen jefe. La generosidad, el comunicar no sólo los bienes materiales sino también la posibilidad de ser, de manifestarse ante los demás de forma destacada, es tan esencial como las otras virtudes que caracterizan al aristócrata. Así, por ejemplo, en la sociedad mediática en la que vivimos salir en los medios es fundamental, y no van desencaminados los que organizan programas televisivos en los que siempre existe un público, que se va haciendo rotar trayéndolo de los pueblos o los barrios menos distinguidos de las capitales: la deuda de gratitud generada por tu aparición en los medios, nunca exigida abiertamente al no ser cuantificable, puede resultar impagable y se ha de traducir por lo menos en apoyar con tu voto a quien entiendes que tan gran favor te ha hecho permitiéndote ser ante la vista de los demás.

La aristocracia o, como a muchos les gusta decir, la meritocracia, ha sido siempre el motor del cambio armónico, el que permite a los pueblos machar ordenadamente y desarrollar a su vez un sentido colectivo de excelencia. El que nos lleva a pensar que no todas las civilizaciones son iguales y que hay formas de vida que merecen ser vividas mejor que otras. El que hace, por ejemplo, que los europeos nos sintamos orgullosos de nuestras conquistas sociales, de nuestro estado de bienestar (como se sintieron los antiguos romanos de los dos primeros siglos del Imperio) y miremos con desconfianza a quienes quieren abandonar el modelo de jefe generoso, que sólo es grande en la consideración de los demás que le están agradecidos, para exaltar al individuo poderoso por encima de la sociedad sometiéndolo todo a los mecanismos de un mercado impersonal regido, como en un nuevo medioevo, por la creencia en un ser omnipotente como es el dinero que los grandes sacerdotes del turbocapitalismo quieren manejar a su antojo a pesar de que la creencia es común y nos pertenece a todos. Vaya pues, mi elogio, al verdadero aristócrata individual (aún no convertido en noble en un sistema cerrado como aquél al que parecen querer llevarnos) y a la cultura aristocrática que genera. Por algo la nuestra se convirtió hace ya mucho tiempo en un referente valioso y debemos esforzarnos por difundirla con generosidad, como hacen todos los grandes, sin obligar a nadie a seguirla más que por el atractivo que genere y no por la imposición de las armas o de los mercados.

En el esquema ideal que ofrezco en la pág. 233 de mi libro El comercio y el Mediterráneo en la Antigüedad (Akal, 2009), combinando de forma inusual las dos formas de pensamiento que nos son consustanciales (emocional-cualitativa y racional-cuantitativa) he situado por ello en la cúspide de las formas gobierno la aristocracia, que es la máxima posibilidad de autoridad reconocida (o sea de capacidad de hacer que los demás sigan voluntariamente tus acciones u opiniones), y en el extremo derecho de la línea horizontal que marca la cantidad de personas que tienen poder (o capacidad de obligar a los demás a actuar a los demás de acuerdo con las leyes que el pueblo (demo) se ha dado a sí mismo) la democracia o “fuerza del pueblo”. Como una combinación equilibrada de una situación de máxima autoridad junto con el máximo poder, he situado la anarquía. En su sentido griego originario, que es el que aquí empleo, quiere decir que el poder, la fuerza, no lo tiene nadie en concreto: en todo caso se encuentra representado en la ley que emana y es aprobada directamente por el pueblo (la anarquía en absoluto puede ser desordenada, sino que obedece a su propio orden legal) y no por una nobleza cerrada en casta que lucha entre sí por disfrutar del poder ya que no es capaz de hacerlo con su sola autoridad.

Esto es por supuesto sólo un esquema ideal, pero también lo es el de la democracia liberal o del estado socialista. La diferencia está en que en los esquemas de estos últimos modelos no se ha tomado la doble perspectiva del pensamiento emocional (cualitativo) y racional (cuantitativo) como vectores separados.

Saludos

Genaro Chic

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