VIENTO DEL ESTE, VIENTO DEL OESTE

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VIENTO DEL ESTE, VIENTO DEL OESTE

Mensaje  Enrique García Vargas el Miér Jun 13, 2012 11:13 pm


Muchas cosas estaban cambiando en la vida comercial de la Hispalis (Sevilla) de la segunda mitad del siglo II. Los comerciantes encargados del suministro estatal del aceite hacía tiempo que estaban comenzando a ser encuadrados en corporaciones de navicularii y mercatores que trabajaban de forma "oficial" para el estado a cambio de una remuneración (vectura). Ello había supuesto cierto cambio en los usos tradicionales de estos comerciantes, quienes venían haciendo este tráfico desde hacía ya más de cien años. Antes, el comerciante contrataba con el Estado individualmente, lo que significa que no dejaba de ser un distribuidor privado que tenía a la annona como uno de sus clientes. Esto le permitía aprovechar los viajes annonarios también para hacer negocios privados, a menudo muy rentables, dada la inmunidad fiscal en los puertos para los distribuidores de mercancías estatales.

Los responsables del suministro estatal, pretendiendo garantizar el suministro y no dejarlo al albur de un sinfín de contratos con privados, habían ido favoreciendo, sin embargo, desde época flavia al menos, la constitución de cuerpos o colegios de armadores y comerciantes con los que se trataba cada vez más directamente y "en bloque" las condiciones del suministro para cada año. Éste era realizado por los mismos privados de siempre, quienes, sin embargo, tenían que estar inscritos en las listas oficiales del colegio, es decir, como diríamos ahora, tenían que estar "colegiados". Las inscripciones del colegio de los olearios de Sevilla nos muestran para el siglo II a esta corporación titulada como "splendidissimum corpus", lo que realza su carácter "semioficial" o "semifuncionarial" y confirma las informaciones de juristas como Gayo quien señala que los colegios de olearios habían recibido el derecho a constituirse en corporación reconocida, lo que no era fácil en un mundo en que el Estado autocrático veía con desconfianza cualquier asociación "civil", considerada germen posible de disidencia política.

La oficialización o burocratización del servicio annonario había hecho poco a poco que los negocios paralelos a las cargas annonarias hubiesen dejado de ser atractivos para comerciantes y armadores. Éstos recibían ahora la carga en el puerto de origen, cobraban a su llegada a Roma, casi como si fuesen empleados públicos, e incluso eran "obsequiados" en Ostia con una generosa carga de piedras para lastrar los barcos, pues es sabido que una nave marina no puede navegar vacía. Todo esto hacía innecesario reunir una carga de mercancías para el regreso, cosa que antes los comerciantes "libres" hacían en la costa de la Narbonense, en Puteoli o en Ostia, gracias a lo cual llegaban al puerto de Hispalis los vinos y las sigillatas galos o los caldos itálicos y egeos.

A partir de la “burocratización” del suministro de aceite, que se refleja también en la creciente complejidad de los formularios fiscales escritos sobre las ánforas con letra cursiva, las rutas y seguramente también los protagonistas del comercio de vino y otros objetos, alimenticios o no, fueron comerciantes diferentes de los “colegiados” del esplendidísimo corpus de los olearios y sus rutas también fueron ya otras. Por esta época, la política annonaria del estado estaba igualmente afectando al comercio con el África Consular (Túnez) de cuyo trigo dependía la alimentación de la plebe romana. Los excedentes de este trigo, o simplemente la expansión económica que el comercio triguero había supuesto, habrían comenzado a favorecer desde principios del siglo II d. C. un comercio exterior africano que no se limitaba al destino principal, Roma, sino que también surtía a grandes urbes de Oriente y Occidente. Los comerciantes privados del trigo y otras mercancías africanas y quienes negociaban con ellos en otras provincias seguían encontrado ventajoso, desde luego, lastrar sus barcos con mercancías que vender en sus puertos de origen tras el viaje de vuelta. Pero ahora, las áreas de importación eran las habituales del gran comercio africano: Cartago y su hinterland (Sigillata Clara A, ánforas de vino y salazón, cerámicas de cocina), Túnez Central (Sigillata Clara C, ánforas de vino y aceite), Sicilia (vinos), el Mar Negro y las ciudades del Norte del Egeo en contacto con Cartago gracias a las grandes rutas de navegación a vela dominada por los vientos por las que transitaba el grano africano para unirse allí al egipcio (vinos)… Creo que esto explica el cambio material que se observa en los repertorios cerámicos hispalenses desde 150 d. C. aprox. en adelante como hoy están demostrando las excavaciones en el Patio de Banderas del Alcázar de Sevilla. Y creo que son también estos circuitos de tráfico privado medioimperiales los que aprovecharon los productores lusitanos de salazón y de vino cuyas ánforas se documentarán a menudo desde ahora en adelante embarcadas en las mismas naves que distribuían y redistribuían las mercancías africanas y béticas a lo largo y ancho del Mediterráneo.

Enrique García Vargas

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Re: VIENTO DEL ESTE, VIENTO DEL OESTE

Mensaje  Genaro Chic el Dom Jun 17, 2012 1:23 pm

Me da pie el texto sugerente de Enrique para hacer algunas reflexiones sobre el papel de los comerciantes y hombres de negocios relacionados con el aceite bético que aparecen registrados con nombres pintados en las ánforas y que las leyes protegían como útiles para el abastecimiento de las personas a las que el Estado quería hacer llegar este producto básico, especialmente a partir de finales del siglo I.

¿Cuál era la misión de estos mercatores o negotiatores qui annonam urbis iuvant (“comerciantes u hombres de negocios que ayudan as servicio de abastecimientos de Roma”) en calidad de diffusores (“envasadores”)?. Si admitimos que a partir del siglo II no compraban por su cuenta el aceite para venderlo luego en un mercado subvencionado por el Estado podemos caer en la tentación de considerarlos como simples transportistas. Pero hemos visto que las constituciones imperiales distinguen claramente entre mercatores (comerciantes) y navicularii (armadores). Ciertamente un mercator o negotiator puede transportar en su barco las mercancías propias o consignadas a su nombre, pero no necesariamente ha de ser así sino que puede fletar una nave temporalmente o a perpetuidad, solo o en compañía de otros colegas, lo que explica la presencia de varios de ellos en un solo pecio, como vemos en Port Vendres II o Saint Gervais 3 de Fos sur mer. Su función va pues más allá de la simple vectura (transporte).

Sabemos que el sentido principal del término diffundere es el de verter un líquido de un recipiente en otro, y con tal significado aparece a veces sobre algunas ánforas y en el Digesto. También sabemos por Columella que de esta misión de envasar el aceite en las ánforas, tras haberse hecho cargo del producto previamente contenido en dolia (tinajas), se ocupaba el mercator. De ahí que el término se haya podido contaminar en su significado por la acción del mercator y haya tomado el sentido de «difundir» que le da A. Tchernia, sin abandonar el primigenio. Con ello se salva la dificultad de considerar que personas que viven fuera de la Bética en ocasiones y que incluso pueden ostentar la categoría de eques romanus (caballero romano), como C. Sentius Regulianus, sean simples envasadores o trasegadores de aceite andaluz: lo son, aunque en un sentido ampliado a la acción difusora del producto.

La Arqueología nos ayuda a comprender la labor de los diffusores. Yolanda Peña Cervantes ha comprobado que en el caso de las cellae oleariae (bodegas de aceite), es especialmente significativa la completa ausencia de almacenes asociados a la producción oleícola en la provincia Bética, lo que parece indicar que este producto, tras completar la decantación, era directamente envasado en odres para su traslado a las orillas del Guadalquivir, donde se debía de depositar en ánforas para su comercialización vía fluvial y marítima. Eso explicaría la necesidad de marcar como recognitum (R/: registrado) el producto contenido en las ánforas como reconocimiento de un producto imperial.

Los mercatores diffusores parecen haberse encargado, por tanto, de todo el proceso de manipulación inherente al aceite desde que lo recogen en los puntos de embarque más próximos al domicilio del productor ─a donde éste habría de llevarlo─ hasta que lo entregan en el punto de destino contratado con el Estado. Pero ¿sobre qué base se contrataba? ¿Adelantaban los diffusores el precio de la compra de acuerdo con una tarifa fijada por el Estado y sacaban su beneficio de la subvención establecida?; ¿o más bien cobraban una cantidad fija por cada unidad de peso del aceite encaminado a su destino? No lo sabemos con seguridad, pero el hecho de que su trabajo se considere junto con el de los navicularii (armadores de buque) y se incentive con los mismos privilegios parece indicar, como señala H. Pavis d'Escurac, que se encuentran frente a la Annona (Servicio Oficial de Abastecimientos) en una situación casi equivalente, lo que nos lleva a inclinarnos por la segunda posibilidad, lo que no es contradictorio con el hecho de que sean ellos quienes paguen a los productores del aceite. Serían pues, como ya señalaba M.I. Rostovtzeff, agentes del Estado en cierto modo, en cuanto que concesionarios del gobierno romano.

Así pues, si tenemos en cuenta que las disposiciones en torno a los publicanos (recaudadores de impuestos) no habían sido abolidas, sino que simplemente se había llevado a las grandes compañías hacia la obsolescencia, al descentralizar los contratos y evitar las grandes concentraciones de capital, hemos de suponer que los diffusores fueron contratados para su tarea como siempre lo habían sido los encargados, por ejemplo, de recoger el trigo que el Estado compraba año tras año y de cuya actividad en Sicilia nos ha dejado buena información Cicerón cuando defendió los intereses de los publicanos frente al noble que dificultaba su labor con sus extorsiones. Como bien nos ha dejado descrito J.J. Ferrer Maestro, “para facilitar a cada gobernador los medios necesarios para su función, y con la finalidad de asegurar el abastecimiento alimentario, el Senado decretaba la ornatio provinciae al tiempo que se depositaban en las cajas de las societates los fondos precisos para realizar las compras de trigo. Esta permutatio simplificaba el tráfico dinerario y se articulaba como una operación financiera de deuda mutua entre cualquier compañía arrendataria de obras y servicios estatales y el Tesoro romano. De ese modo, las transferencias de fondos públicos que el Estado tuviera que enviar a las provincias se hacían innecesarias, ya que las tesorerías de las «oficinas de representación» de las societates en cada territorio avanzaban los pagos como entregas a cuenta del importe total a ingresar por estas compañías en el aerarium [Hacienda] en concepto de canon de arrendamiento.”

Así pues, desaparecidas las antiguas subastas, el abastecimiento quedaba en manos de las personas ricas, dueñas de la flota abastecedora, que seguían trabajando para el Estado a cambio de unos pagos en metálico y unos privilegios fiscales. Pero la recaudación era efectuada por esos comerciantes que actuaban, no sabemos a cambio de qué (presumiblemente de un porcentaje), como recaudadores y envasadores (diffussores) del aceite previamente comprometido. Los comerciantes en cuestión no eran funcionarios, sino concesionarios de un servicio, como cualesquiera otros publicanos. Cfr. G. Chic García, El comercio y el Mediterráneo en la Antigüedad, Tres Cantos, 2009, p. 448.

Genaro Chic

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