El día que decidieron hacernos demócratas‏

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El día que decidieron hacernos demócratas‏

Mensaje  Genaro Chic el Dom Abr 08, 2012 1:38 pm

El 20 de diciembre de 1973 yo estaba realizando el servicio militar en el Regimiento de Infantería Motorizada “Lepanto” nº 2, en Córdoba. A media mañana llegó al botiquín, al que estaba adscrito como soldado de 2ª con función de sanitario, mi compañero Antonio que actuaba como “enfermero exterior” (una misión que heredé cuando él se licenció) diciendo que había oído que “habían pegado un bombazo en Madrid y habían matado a un carrero”. Carrero era el nombre con el que se designaba entonces en Córdoba a los recogedores de la basura. Luego el teniente médico nos aclaró que el tal Carrero era el Presidente del Gobierno, que había sido asesinado en un atentado. Lo primero que se me ocurrió pensar es que me habían fastidiado las fiestas de Navidad, pues lo que menos se me podía venir a la cabeza, en un régimen militar como aquel en el que estábamos, es que habiendo asesinado al nº 2 del mismo nos fueran a dejar irnos a casa a todos los que no teníamos servicio y disfrutábamos de pase de pernocta para dormir con la familia en Córdoba y volver al amanecer del día siguiente. Pero eso fue, inexplicablemente para mí, lo que sucedió: a medio día, como de costumbre, todos salimos sin el menor problema.

Comprendí entonces que no comprendía nada. Mis planteamientos racionales habían fallado una vez más, por lo que fallan siempre: por no tener en cuenta múltiples datos que no conocía. Pero también se instaló en mí una curiosidad por saber quién había matado en realidad a Luis Carrero Blanco, que para mí había quedado muy claro que había sido dentro del mismo Sistema. Luego fui teniendo más conocimiento de la situación y me fui haciendo una idea. Y ayer, por casualidad, descubrí un texto que resumía en parte lo que había averiguado y en parte lo ampliaba. Adjunto el enlace porque está claro que la democracia no la trajo el pueblo, sino que se la impusieron cuando se consideró más conveniente. Nos obligaron a ser libres.

Nunca oí hablar a los funcionarios docentes de este tema; en todo caso si lo hacían era para negar lo evidente. Te invito pues a leerlo si tienes alguna curiosidad histórica. Recuerda que la Historia Contemporánea es la que analiza el tiempo que comparten los que hacen el análisis. Cierto que los árboles no dejan ver el bosque, por lo que la abundancia de objetos a analizar con frecuencia dificulta precisamente la objetividad, para la que es necesaria un distanciamiento previo. Pero que una cosa sea difícil no debe al menos evitar el intento de conseguirla. Es lo que caracteriza a un historiador y lo distingue de un “animador cultural”, que es lo que el Sistema pide que nos contentemos con ser y para lo que nos paga cuando somos docentes.

Enlace: http://revista-arbil.es/114carr.htm

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¿Somos realmente demócratas y liberales?

Mensaje  Genaro Chic el Vie Nov 02, 2012 2:22 pm

El liberalismo se apoya ideológicamente en la libertad individual, de la misma manera que el cristianismo lo hace sobre el amor fraterno (“no hay tuyo ni mío”). Pero pocas veces los ideales toman forma institucional plena, aunque sí algunas. Por ejemplo, el ideal cristiano primitivo fue desarrollado por los jesuitas en el Paraguay entre 1610 y 1767, cuando fueron expulsados de España y sus colonias: establecieron entre grupos de indios guaraníes un sistema colectivista en la explotación y distribución de los recursos.

Mucho antes, en el siglo V a.C., el Imperio Ateniense (en el que destacó Pericles) impuso a sus “aliados” el sistema democrático de gobierno, lo mismo que le impuso su sistema monetario para facilitar las transacciones comerciales que daban lustre a Atenas, que construyó por entonces, por ejemplo, el Partenón y mantuvo las subvenciones y pagos al pueblo ateniense. Obligó a sus alidados y sometidos a ser libres, pues.

Cuando se desarrolló en el oeste de Europa el Imperio Americano (EE.UU), tras su victoria en la Segunda Guerra Mundial, hizo algo parecido con sus “aliados” (que soportaban bases militares). La España de Franco se sumó al mismo, voluntariamente, en 1953, aunque la democracia hubo de esperar a la muerte del dictador. Es evidente que los intereses de la potencia dominante estaban detrás de esa Segunda Restauración Borbónica que se llevó a cabo, pero ello no conllevó un cambio profundo en la mentalidad tampoco ahora, pues el pensamiento liberal que se encuentra teóricamente tras la democracia parlamentaria occidental nunca estuvo demasiado arraigado en estas tierras, como se pudo comprobar tanto en la Primera Restauración como durante los escasos años de la 2ª República (1931-1939. El franquismo en el fondo era la manifestación de una manera de pensar antigua, en la que lo importante es el poder y secundaria la forma de alcanzarlo.

Como mostró José Antonio Gómez Yáñez ( http://elpais.com/elpais/2012/07/05/opinion/1341491214_601004.html ) el pensamiento democrático liberal en realidad se limitó a los aspectos formales cuando formalmente se restauró la democracia con la Constitución de 1977. Si el pensamiento autoritario no era una novedad en 1936 cuando surgió el franquismo, tampoco desapareció cuando se decidió que fuéramos formalmente demócratas. Porque votar no es desde luego lo único que distingue a una democracia de corte liberal, porque también existen las votaciones en regímenes muy distintos. La oligarquía se vio favorecida por el nuevo sistema que prefería el Imperio y no dudó en abrazar formalmente su causa. Que se haya visto favorecida además por el movimiento antidemocrático neocon que se extiende por el mundo capitalista desde entonces no ha hecho más que afirmar el éxito de su apuesta por la democracia que trajo la muerte de Franco, con la Segunda Restauración Borbónica y la partitocracia dirigida que tenemos en España.


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Re: El día que decidieron hacernos demócratas‏

Mensaje  Genaro Chic el Lun Feb 25, 2013 11:52 am

Copio, por lo que pudiera tener de ilustrativo el siguiente texto, atribuido al que era Secretario General de la Casa del Rey de España en 1981:

Recuerdos del 23-F de Sabino Fernández Campo

Aquella mañana llegué algo tarde a Río Frío y don Sabino ya estaba allí, en la mesa habitual donde nos sentábamos los sábados y con vistas a la plaza de Colón. Tenía un café delante, un vaso de agua, y ojeaba los periódicos del día. Nada más saludarnos me senté y casi sin mediar más palabras sacó unos folios doblados del bolsillo interior de su chaqueta y me dijo:
Ten, este es uno de los ‘Recuerdos’ que estoy escribiendo. Lo escribí anoche casi de un tirón. Quiero que lo leas aquí y ahora y me des tu opinión.
Yo cogí aquellos folios y me puse a leer con verdadero interés. Reproduzco aquí las notas que allí mismo tomé a vuelapluma y cuando él me lo autorizó, pues no quiso dejármelos ni para sacar fotocopias. Los folios estaban escritos de su puño y letra. Y recordaré siempre su bella letra.
“Aquella tarde, la tarde del 23 de febrero de 1981, yo estaba en mi despacho revisando papeles, como casi todas las tardes, cuando de pronto irrumpió sin ni siquiera llamar a la puerta Fernando Gutiérrez y casi gritando me dijo:
– ¡Sabino, rápido, conecta la radio!
Inmediatamente conecté la radio y ambos escuchamos con asombro lo que todos los españoles: los gritos de Tejero y los tiros… y sentí como un latigazo en todo mi cuerpo. Debí ponerme blanco en segundos y sin pensarlo di un salto y me fui directo al despacho del Rey.
Cuando entré tampoco yo llamé a la puerta, vi que el Rey y la Reina ya estaban pegados a la radio y escuchando atentamente. Eso sí, tranquilos.
– ¡Señor!, ¿qué está pasando en el Congreso?
– Sabino, por favor, no te alteres. ¡Estás pálido!
– ¡Señor, si ha habido tiros!
– Lo sé, yo también lo he oído.
– Majestad, esto es muy grave. ¡Puede haber muertos!
– Tranquilo, hombre, tranquilo. No hay que perder la calma en situaciones difíciles. Ponte en contacto rápido con Seguridad y entérate de lo que está pasando.
– Señor, por si acaso voy a dar instrucciones para reforzar la seguridad del Palacio.
– Sí, me parece bien. ¡Hazlo!
La Reina no había dicho nada, aunque su cara era un poema. Pero, cuando fui a salir sonó el teléfono y el Rey, mientras lo cogía, me pidió que esperase. Entonces Su Majestad, ya al teléfono, dijo muy alterado:
– ¡Alfonso!, ¿qué pasa? ¿Qué han sido esos tiros?
– …
Naturalmente yo no escuché bien las palabras del otro lado del teléfono ni me enteraría salvo por las respuestas del Rey.
– ¡Qué coño es eso de intimidación! ¡Eso no estaba previsto! ¡Quiero saber urgentemente lo que está pasando ahora mismo allí.
– …
– Sí, entérate de todo y te vienes urgente a la Zarzuela.
– …
En ese momento y con señas le hice saber al Rey que pospusiese su respuesta. Entonces Su Majestad dijo:
– Alfonso, déjame unos minutos y me llamas después.
Y colgó el teléfono.
– ¿Qué pasa, Sabino?
– Señor, no sé lo que pasa, pero pienso que el general Armada debe quedarse en su puesto.
– ¿Por qué?
– Señor, en plena batalla un jefe no puede abandonar su puesto. Sería un disparate.
– Pero es que necesito saber lo que ha pasado. Los tiros no estaban previstos.
– Señor, no lo entiendo.
– Sí, Sabino, perdona (y el Rey volvió a su control habitual). Después te lo explicaré. Bueno, tal vez tengas razón. Le diré ahora que se quede en su puesto.
– Tiene razón Sabino –dijo la Reina.
Y entonces, no habían transcurrido ni tres minutos, volvió a sonar el teléfono y otra vez era el general Armada.
– Mira, Alfonso, hemos decidido que sigas ahí y no te muevas hasta nueva orden.
– …
– Sí, ya lo sé, Alfonso, ya sé que la situación es difícil y complicada. Pero, insisto, quédate ahí, más tarde volveremos a hablar.
– Señor, me voy a mi despacho –dije entonces, asombrado como estaba. Voy a recabar información y a dar instrucciones a Seguridad.
– Vale, está bien.
Y me volví a mi despacho, donde esperaba angustiado Fernando Gutiérrez.
– Fernando, tienes que llamar urgentemente a la televisión, a las radios y a los periódicos, para enterarte qué está pasando y qué noticias tienen ellos. Venga, rápido.
Al quedarme sólo me di cuenta que mi cabeza era un volcán y cien preguntas me surgieron como centellas. ¿Qué significaba lo de “no estaba previsto”? ¿Por qué el Rey aparentaba estar tranquilo conmigo y no con Armada? ¿Qué era aquello? ¿Era la acción individual del loco Tejero? ¿Era un golpe de Estado? ¿Era la cabeza de puente de otra cosa mucho más seria?… ¡Y las dudas inundaron mi cabeza! ¡Dios, la situación apenas si me dejaba pensar! Así que cogí el teléfono y llamé al teléfono especial que tenía del Congreso para hablar con la persona de la Casa que habíamos destacado aquella tarde para tener información directa. Pregunté, al descolgarlo alguien al otro lado, por el hombre de confianza que tenía allí destacado porque no estaba. Pero la persona que lo cogió me adelantó, muy nerviosa, lo que había pasado y lo que estaba pasando, y una cosa me produjo tal impacto que casi me tumba. Que Tejero había dicho que aquello lo hacía ¡¡en nombre del Rey!! Eso me nubló hasta la vista y hasta mi corazón empezó a latir peligrosamente. ¿En nombre del Rey? ¿Qué está pasando aquí? Entonces llamé también a mi amigo Lacacci, el capitán general de Madrid, y comprobé que estaba tan desorientado y desconcertado como yo. El hombre estaba intentando saber con exactitud lo que estaba pasando en la Brunete. Quedamos en hablarnos después y estar en permanente contacto, porque era fundamental saber lo que iba a hacer la Acorazada.
Y otra vez me fui a ver al Rey. Entré en el despacho y Su Majestad estaba hablando por teléfono y a su interlocutor, que no era otro que el general Armada, le decía:
– Alfonso, si es verdad que ese loco ha entrado en el Congreso en nombre del Rey hay que desmentirlo urgentemente y quiero saber con urgencia –y el Rey casi gritó– por qué ha dicho Tejero semejante cosa.
– Y sin más colgó el teléfono. Yo me acerqué y sin sentarme, de pie (allí sentada seguía la Reina).
– Señor, veo que ya lo sabe. Eso es muy grave.
– Sí, Sabino, la cosa es grave. Creo que debemos autorizar a Armada a que venga a la Zarzuela y nos explique detalladamente lo que está pasando, porque creo que aquí están pasando cosas que no estaban previstas.
– ¿Cosas que no estaban previstas? ¿A qué se refiere Su Majestad?
– Bueno, es un decir (pero, por primera vez noté cierto nerviosismo en el Rey, como si quisiera ocultarme algo)
– Pues, Señor, sigo pensando que el general Armada debe quedarse en su puesto. Señor, creo que es urgente que Su Majestad hable directamente con los capitanes generales para saber qué opinan ellos y que está pasando en sus respectivas regiones. También pienso que es urgente que Su Majestad desmienta públicamente lo que está diciendo Tejero en el Congreso. Creo que debería dirigirse a los españoles por Televisión Española.
– Muy bien, haz tú las gestiones con televisión y en cuanto termines te vienes aquí y hablamos con los capitanes generales.
Así que volví a mi despacho, donde estaba supernervioso Fernando Gutiérrez, quien sin perder tiempo me dijo:
– Sabino, los militares han tomado Televisión Española y Radio Nacional.
– ¿Cómo? ¿Qué me dices?
– Me lo acaba de confirmar el propio director general.
En ese momento sonó el teléfono. Era el general Juste que pedía hablar conmigo. Rápidamente me puse al habla.
– Juste, ¿qué pasa?
– Sabino (el general Juste y yo éramos muy amigos desde mi estancia en el Ministerio del Ejército), ¿está el general Armada en la Zarzuela?
– No, ¿por qué me lo preguntas?
– Porque me han dicho que a estas horas el general Armada tenía que estar en la Zarzuela.
– Y eso ¿por qué? ¿Quién te ha informado de ello?
– El comandante Pardo Zancada, que al parecer lo sabe de boca del general Milans.
– Pues, Juste, Armada no está en la Zarzuela, ni está ni se le espera.
– Gracias, Sabino, eso cambia las cosas. Gracias otra vez. Te llamaré después.
– Oye, oye, ¿por qué cambian las cosas? ¿qué cosas?
– Sabino, por favor, después te llamo.
Colgué el teléfono y mi cabeza era un hervidero. Por primera vez intuí algo sobre el general Armada, acaso por su insistencia en acudir a la Zarzuela. Mi instinto ya me puso en guardia. También que la noticia de Armada hubiese llegado a través de Milans del Bosch.
Y así, ya con “todas las moscas detrás de la oreja”, me dirigí de nuevo al despacho de Su Majestad y cuando entré me llevé la sorpresa de la noche, qué digo, la sorpresa de mi vida. Porque allí se estaba brindando. Y eso me nubló la mente y me enfureció. Así que, y ya sin protocolos, me dirigí a Su Majestad y sin pensarlo le dije mirándole de frente:
– ¡Señor!… ¿Está usted loco? Estamos al borde del precipicio y usted brindando con champán –y casi grité– ¡Señor!, ¿no se da cuenta de que la Monarquía está en peligro? ¿No se da cuenta que puede ser el final de su reinado? ¡¡¡Recuerde lo que le pasó a su abuelo!!!
Entonces la cara del Rey cambió de color y vi como sus manos le empezaron a temblar y en voz casi inaudible mandó salir a los allí presentes, que de inmediato abandonaron el despacho. Todos, menos la Reina, que tenía cara de póquer.
Una vez solos Su Majestad se vino hacia mí, y tembloroso y casi llorando, me tomó de las manos y en tono suplicante me dijo:
– ¡Sabino, por favor sálvame! ¡Sálvame, salva a la Monarquía, ahora mismo no sé lo que hago ni qué decir!
– Majestad, vamos a tranquilizarnos todos. No es el momento de pesares. Usted mismo me decía antes que no había que perder la calma en los momentos difíciles. Lo que hay que hacer es tratar de controlar la situación y para ello es fundamental hablar con los capitanes generales. Le advierto que la Brunete ha tomado ya Televisión Española y Radio Nacional.
– ¡Lo sabía, lo sabía! ¡Yo lo sabía!
– ¿Qué sabía, Señor?
– Lo que iba a pasar.
En ese momento la Reina se levantó y sin decir nada salió del despacho. Y yo me derrumbé. Me temblaban las piernas.
Entonces el Rey se sentó en su mesa y apoyó su cabeza entre las manos. Yo me senté enfrente y esperé unos segundos antes de hablar.
– Señor, no sé lo que Su Majestad sabía, pero fuere lo que fuere, ahora lo que hay que hacer es parar esta locura. Si triunfa “eso” la Monarquía caerá como cayó la de su abuelo.
– Sí, sí, tienes razón. Por favor, habla tú con los capitanes generales y haz lo que puedas.
– No, Señor, con los capitanes generales tiene que hablar el jefe supremo de las Fuerzas Armadas, y ese honor le corresponde a Su Majestad.
– Sí, tienes razón… pero, no te vayas de aquí. Y allí permanecí mientras el Rey hablaba por este orden, con Jaime Milans del Bosch (III Región Militar), Guillermo Quintana Lacacci (I Región), Pedro Merry Gordon (II Región), Antonio Pascual Galmes (IV Región), Antonio Elícegui Prieto (V Región), Luis Polanco Mejorada (VI Región), Angel Capano López (VII Región), Manuel Fernández Posse (VIII Región), Antonio Delgado Álvarez (IX Región), Manuel de la Torre Pascual (Baleares), Jesús González de Yerro (Canarias) e Ignacio Alfaro Arregui, en ese momento presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor (Jujem) y Luis Arévalo Pelluz, almirante jefe del Estado Mayor de la Armada.
De lo que habló el Rey con los altos mandos del Ejército hablaré en la siguiente entrega”.
– ¡¡Esto es una bomba, Sabino!!
– Ya lo sé.
– Esto lo cambia todo.
– Ya lo sé.
– Esto cambia la Historia.
– Ya lo sé… pero es la Verdad.
– ¿Sabes lo que puede suceder si esto se publica?
– No se publicará, al menos mientras yo viva.
– ¿Serán tus ‘Memorias’?
– No, ya sabes que yo no soy partidario de ‘Memorias’. Unas ‘Memorias’ son una cosa muy seria y muy detallada. Yo prefiero llamar a esto que escribo ‘Recuerdos’. Un ‘Recuerdo’ sólo te obliga a escribir lo que recuerdas.
– Pero, entiendo que esto es solo el comienzo de lo que pasó aquella tarde-noche.
– Así es, el sábado que viene te mostraré lo que escriba estos días, si tengo ganas, porque tengo mis dudas… A veces pienso que la Historia que se ha escrito de “aquello” ya es inamovible. Además, me estoy viendo como el Prometeo encadenado.
– ¿Y eso?
– Sí, me veo encadenado a mis propias palabras y a todo lo que he venido diciendo desde 1981. Yo ayudé a crear la versión que ha pasado a la Historia y desdecirme ahora seguro que me lo echarían en cara todos. Porque bien pueden pensar que si entonces mentía, ahora también lo puedo estar haciendo. Muchos me achacarían que hablo ahora con resentimiento, por la ‘patada en el culo’ que me dio Su Majestad el año pasado [1990].
– No, Sabino, tu prestigio de hombre serio está fuera de toda duda y seguro que te creerán a pies juntillas. Muchos acontecimientos de la Historia han sufrido vaivenes y cambios importantes con el paso del tiempo. Lo que sí me preocupa es la postura que pueda adoptar el Monarca si tu versión de ahora se hiciera pública.
– Pues, te lo puedes imaginar.
– Es que podría ser hasta la caída de la Monarquía.
– No lo creo. Aunque muchos no lo crean España no tiene ahora mismo otra salida que la Monarquía. En eso tal vez Franco tenía razón y ¡todo estaba atado y bien atado!
– Sí, pero la imagen del Rey “salvador de la Democracia” se habrá terminado.
– Bueno, eso es verdad, pero entre la Historia, la Monarquía, el Rey o la Verdad, yo prefiero quedarme con la Verdad. Es mi conciencia. Voy a cumplir 77 años y ya estoy, como decía Baroja, en la última curva del camino [Murió en octubre de 2009]. Además se lo debo a mi teniente Rubio, ya conoces la historia.
– Y ahí dejamos ese día la conversación. Fue entonces cuando me dijo que tomase las notas que quisiera, a sabiendas, como ya le había demostrado en muchas ocasiones que yo era una tumba.

http://ianasagasti.blogs.com/mi_blog/
Fuente: http://www.elperiodico.com/es/noticias/opinion/recuerdos-del-23-f-sabino-fernandez-campo-2324669

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Franco, la bomba atómica y la llegada de la democracia

Mensaje  Genaro Chic el Vie Mar 08, 2013 1:24 pm

El misterio de la bomba atómica que quiso fabricar Franco

El proyecto armamentístico español quedó finalmente estancado a pesar de que nuestro país disponía de todo lo necesario para crear cabezas nucleares similares a las de EE.UU.

De ciencia ficción, quizás esta sea la mejor forma de definir la obsesión de Francisco Franco por lograr que España fuera uno de los países en disponer de la bomba atómica. De hecho, tal fue el riesgo de que nuestro país llegara a tener potencia nuclear tras la Segunda Guerra Mundial, que incluso varios documentos de la C.I.A alertaron de esa posibilidad

Concretamente, el interés del de Ferrol por la energía atómica comenzó después de que Estados Unidos lanzara en 1945 dos grandes explosivos nucleares sobre Hirosima y Nagasaki. Al parecer, los casi 100.000 muertos que provocaron las bombas no pasaron desapercibidos para Franco, ávido de situar a España entre las primeras potencias mundiales.

Motivos y objetivos

«Se barajan varios motivos por los que Franco pretendía conseguir fabricar la bomba atómica», afirma en declaraciones a ABC José Lesta, autor de «Claves ocultas del poder mundial», editado por «Edaf». «El primero, por supuesto, era entrar en el selecto club nuclear -lo que haría que España probablemente tuviera derecho a veto en la ONU-», completa el escritor.

Sin embargo, este no era ni mucho menos el único objetivo. «A su vez, esta tecnología daría un espaldarazo muy importante a la situación geoestratégica de la dictadura franquista en Europa, pues sería el único país con armas nucleares -tras Francia- en el continente», añade Lesta.

«Finalmente, sin duda, para Franco sería importante disponer de una bomba atómica de cara a ejercer una gran presión real sobre su eterno enemigo: Marruecos -y, por extensión, sobre todo el Magreb-, teniendo muy en cuenta al Sahara que, no por casualidad, era donde debía probarse la primera detonación experimental», finaliza el experto.

Independientemente del objetivo, lo cierto es que las altas cúpulas del gobierno español pronto comenzaron las investigaciones para dar forma a su sueño atómico, un deseo que, de haberse alcanzado, podría haberse convertido en una pesadilla para cientos de miles de personas.

Hacia la muerte atómica

Así, y por orden de Franco, en 1951 se creó la Junta de Energía Nuclear y se dio comienzo a un proyecto secreto para, en pocos años, conseguir disponer en el arsenal español de la bomba atómica. «Fue el general Juan Vigón quien se encargó de promover los primeros centros científicos y de centralizar a los teóricos y la ingeniería española que, en la década de los cincuenta, se diseminaban por toda la península», determina Lesta.

Sin embargo, quien realmente se convertiría en la cabeza del proyecto sería alguien más conocido. «La persona que fundamentalmente se obsesionó con el asunto fue sin duda el almirante Carrero Blanco, y una vez muerto Vigón en el 55, Carrero tuvo carta blanca hasta el día de su muerte para conseguir el ingenio nuclear», añade el experto.

A pesar de todo, lo que permitió a España dar un salto en sus investigaciones fue Estados Unidos, país que cedió nada menos que 350.000 dólares para favorecer la evolución de energía nuclear a nivel civil en la península. Lo que los americanos no suponían era que Franco, por el contrario, usaría ese capital para iniciar el proyecto de la bomba nuclear.

«En julio de 1955 España firma con los Estados Unidos un acuerdo de cooperación nuclear al amparo del programa de Átomos para la paz. Estas ayudas permiten que el 27 de diciembre de 1958 el general Franco, acompañado de Carrero Blanco, inaugure el Centro Nacional de Energía Nuclear Juan Vigón en las instalaciones construidas en la Ciudad Universitaria de Madrid», determina el escritor José Luis Hernández Garvi en su libro «Episodios ocultos del franquismo».

Tras la inyección de capital, Carrero Blanco ya sólo necesitaba de material científico para que comenzara el proyecto, pues los primeros informes indicaban que España poseía el resto de medios para la fabricación de la bomba. «Nuestro país tenía un informe elaborado, ya en la década de los cincuenta, sobre la viabilidad. En dicho informe el único aspecto negativo era el combustible necesario para la bomba», añade Lesta.

Francia añade el combustible

El rompecabezas iba tomando forma. Con el capital, la tecnología y los conocimientos, Franco ya sólo necesitaba poder crear el combustible, el cual se elaboraba a base de plutonio. No obstante, la suerte quiso que la vecina Francia, que ya se había convertido también en una potencia nuclear, se ofreciera a ceder a España una central nuclear en la que poder fabricar el elemento que faltaba.
«Se trataba de una planta de grafito-gas que no necesitaba enriquecer el uranio para su funcionamiento y de cuyos residuos se podía obtener un producto de alto valor militar: el plutonio (…). La central de Vandellós I se inauguró después de un acuerdo de colaboración firmado entre Carrero Blanco y De Gaulle», destaca por su parte Garvi en el texto.

Todas estos acuerdos se llevarían a cabo a espaldas de Estados Unidos y la U.R.S.S, países que no querían que ningún vecino rompiera su hegemonía nuclear. De hecho, tal fue la obsesión de no verse superados armamentísticamente por nadie, que los americanos propusieron a España y Francia firmar un «Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP)», algo a lo que los países mediterráneos se negaron.

España, preparada para crear bombas nucleares

«Quizá sorprenderá a mucha gente el saber que España en la década de los sesenta disponía de los científicos -tanto teóricos, como ingenieros experimentales- para fabricar el artefacto. Por otra parte, también disponíamos, gracias a los franceses, de las centrales nucleares para la fabricación de Plutonio militar –el cual podía ser creado en una cantidad de casi doscientos kilos al año-. Esta cantidad era más que suficiente para la elaboración en serie de un stock nuclear moderado y, con ello, comenzar una carrera armamentística», añade por su parte Lesta.

Así, a finales de los 60, Franco sabía secretamente que la opción del armamento nuclear era una realidad salvo por un pequeño cabo suelto. «España carecía de un elemento clave, y no se trataba del material fisible, ya que incluso en ese sentido podíamos autoabastecernos de uranio procedente de nuestras minas -somos el segundo europeo país con reservas naturales de Uranio-. Ese elemento clave, que era un componente tecnológico indispensable para la detonación, fue conseguido de manera "casual" en el incidente nuclear de Palomares», finaliza el experto.

EE.UU. y un misterioso asesinato

En cambio, parece que la opción de que España pudiera alcanzar la bomba atómica no gustó demasiado al resto de las potencias mundiales. «A pesar del secretismo que rodeaba al proyecto, los progresos que España estaba realizando en instalaciones y tecnología nuclear de doble uso, civil y militar, no pasaron desapercibidos para los Estados Unidos», determina Garvi en el texto.

El recelo hizo que los Estados Unidos enviaran a uno de sus emisarios,Henry Kissinger, a visitar a varios mandatarios nacionales. «Kissinger se entrevistó en diciembre de 1973 con las más altas personalidades del estado, incluido Franco y el príncipe Juan Carlos. Y el 19 de diciembre, le tocó el turno al almirante Carrero Blanco, con el que mantuvo la charla más prolongada que tuvo en nuestro país -varias horas de dialogo-», afirma Lesta.

«El contenido del mismo es aún secreto de estado en una gran parte. Sabemos que la conversación subió de tono cuando tocaron el potencial nuclear que tenía España, y su negativa a firmar el TNP. Al parecer, Carrero aseguró sentirse amenazado», determina el experto.

Según parece, esta conversación fue, cuanto menos, poco amable, según afirma Lesta: «Carrero le comentó a Kissinger su pretensión de convertir a España en un país "importante" gracias a la baza nuclear, a lo que Kissinger contestó: "Sí pero es que cuando España es importante, es peligrosa"». Extrañamente, y como añade el escritor, «Carrero saltaba por los aires menos de 24 horas después, y a tan sólo escasos 400 metros de la embajada estadounidense».

«El asesinato de Carrero, junto con un sabotaje de las instalaciones, frenó muy gravemente el proyecto nuclear español. En cualquier caso, siempre me pareció significativa la desaparición en el stock de la base aérea de Torrejón de varias minas antitanque de alta tecnología -controladas inalámbricamente y con sensores acústicos-. Un material que había venido fletado desde la base de Fort Bliss -Texas- antes de la voladura de Carrero por los aires», finaliza Lesta.

Finalización del proyecto

Tras la muerte de Carrero y, posteriormente, la de Franco, el proyecto se estancó en cierta medida. Así, finalmente y después de varios avances en este ámbito, Estados Unidos consiguió su objetivo y, con la llegada de la democracia, hizo que España firmara el tratado para limitar la energía nuclear. Definitivamente, el proyecto había muerto a pesar de sus posibilidades.

Dos preguntas a José Lesta
M. P. V.MADRID

-¿Se abandonó finalmente el proyecto en la época de Franco?

El proyecto no fue abandonado hasta finales de los ochenta. Al parecer, en 1987 la cúpula de exteriores de Felipe González mantuvo una serie de reuniones con el establishment americano para firmar definitivamente el TNP -Tratado de No Proliferación nuclear-, lo que zanjó el asunto para siempre.

Hay que pensar que las presiones desde 1977 en la época de Suarez eran ya brutales, pues la posibilidad de fabricación propia en un plazo relativamente corto -no más de cinco años- era elevadísima. Curiosamente España accedió a que se revisaran continuamente sus instalaciones «sospechosas» el 23 de febrero de 1981, el mismo día del intento de golpe de estado.

-¿Llegó a tener España la posibilidad real de fabricar armamento nuclear?

Sí. Se puede decir que en 1967 España se encontraba en una cuenta atrás para la elaboración, no sólo de una bomba atómica, sino la fabricación en serie de armamento nuclear.

http://www.abcdesevilla.es/archivo/20130308/abci-bomba-atomica-franco-201303071834.htm

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Franco comandó la llamada “Transición democrática”

Mensaje  Genaro Chic el Mar Jun 25, 2013 10:40 am


“El franquismo no es una dictadura que finaliza con el dictador”, comienza diciendo con absoluta precisión Alfredo Grimaldos en su libro “Claves de la Transición (1973 -1986), (Edit Península) “sino una estructura de poder específica que integra a la nueva monarquía”. Y, en efecto, a lo largo de las páginas de este pequeño libro de bolsillo, y también una excelente y didáctica lección de historia, se describe cómo durante la Transición nunca se llegó a producir un corte histórico en relación con el régimen dictatorial de Francisco Franco. Durante ese periodo no se produjo ningún tipo de depuración del aparato político y administrativo de la dictadura. Muy al contrario, fueron los políticos comprometidos históricamente con el Estado franquista los que se encargaron de dirigir ”el cambio”, de amañarlo en consonancia con los intereses de las clases dominantes y de diseñar el nuevo Estado para su perpetuación en el tiempo. Los policías, jueces y militares de la época de la dictadura continuaron en sus puestos y ascendiendo en el escalafón en la recién estrenada “democracia”. 


Los mandos del Ejército que ejercieron de oficiales con Franco -escribe Grimaldos- incorporaron nuevas estrellas a sus bocamangas al amparo de la Monarquía. Los jueces implacables del Tribunal de Orden Público prosiguieron su ascenso en los nuevos tribunales de excepción, y los torturadores de la antigua Brigada Político-Social continuaron manteniendo sus siniestras trincheras en los sótanos de la Dirección General de Seguridad.El habitual “aprobado por aclamación” de las Cortes franquistas es sustituido ahora por el sacrosanto “consenso” y el silencio oficial sigue apoderándose de muchos asuntos esenciales de la vida política”.


A partir de entonces, el conjunto del aparato mediático español -la televisión, la prensa, una voluminosa cantidad de libros e infinidad de suplementos impresos- se encargan de reescribir la historia de lo que había sucedido en los años postreros de la dictadura, de mitificar la mentira, de otorgar un protagonismo inmerecido a los que llamaron los “padres de la democracia”, procediendo al maquillaje quirúrgico de sus sinuosas trayectorias biográficas. Sin embargo -escribe Grimaldos-, la realidad es que los auténticos protagonistas de la Transición no fueron los políticos profesionales, sino los detenidos y torturados, los miles de encarcelados y, sobre todo, aquellos que cayeron muertos en su lucha por la libertad.


Con mucha razón, Grimaldos sostiene que la imagen oficial de la Transición “se construyó sobre el silencio, la ocultación, el olvido y la falsificación del pasado”. Algo perfectamente comprensible, al ser los propios franquistas quienes diseñaron aquellos “cambios”, repartiéndose los papeles en la obra cuya dirección habían asumido.


“Policías buenos – policías malos”, o cómo la izquierda fue convertida en custodia del poder


La Transición se convirtió en una metáfora de lo que era un interrogatorio policial en cualquier comisaría franquista. Una técnica que los funcionarios de la Brigada Político-Social sabían ejecutar a la perfección. Para reforzar su proyecto político, los reformistas provenientes de las filas del franquismo ejercen ante la sociedad de ”policías buenos”. Piden constantemente sumisa colaboración a los opositores “sensatos” y “prudentes”, y ese llamamiento lo acompañan con una clara amenaza: si no se cumplen los requisitos que exige la “sensatez”, pueden intervenir los incontrolados “policías malos” imponiendo el orden manu militari. Y eso, decían, será peor para todos. Ese sistema policial de presión, muy conocido por aquellos que pasaron por las comisarías de la dictadura, se reprodujo durante los años de la llamada “transición democrática” como espantajo exhibido para amedrentar a los más rebeldes. Paradójicamente, lograron meter miedo con la amenaza de la dictadura, cuando ésta funcionaba todavía con tanto o más rendimiento represivo que durante los últimos años de la vida del dictador.


El reformismo franquista, que tiene como vocación su perpetuación en el poder, es consciente de que resulta necesario cambiar los elementos más ostensiblemente autoritarios de la estructura política del régimen. No obstante, los protagonistas del proyecto de “cambio controlado” fueron muy hábiles. Solo se mostrarán dispuestos a ejecutar esos “cambios” después de haber procedido a la desactivación del enemigo. La dictadura podía aún continuar manteniendo a raya, hasta un cierto límite, el impetuoso empuje del movimiento de masas. Pero las dificultades para lograr este objetivo iban a ser cada vez mayores. Los reformistas eran, además, conscientes no solo del estado de deterioro del aparato político de la dictadura, sino también de que intentar mantenerlo a toda costa supondría pagar el alto precio del aislamiento exterior. Y la burguesía española, que había realizado su proceso de acumulación capitalista a lo largo de cuarenta años de salarios de miseria y explotación sin límites de la clase trabajadora, no se encontraba en condiciones de perjudicar gravemente sus propios intereses por mantener un estado autoritario que les había sido muy útil durante una época, pero en la década de los setenta del pasado siglo ya no les servía para nada.


Integrar a los comunistas en el proyecto reformista


En 1973, -cuenta Grimaldos en su libro- el “opositor” monárquico Joaquín Satrústegui, que cuatro años más tarde se convertiría en senador por designación real en las primeras Cortes elegidas en las urnas, en unas declaraciones en Roma, traza con precisión cuál debe ser el camino a recorrer para que pueda cumplirse la ”operación Lampedusa, es decir, aquella que consiste en cambiar algunas cosas para que lo esencial siga permaneciendo. “Esta táctica [sic] no tendría razón de ser -declara Satrústegui- si no existiera una oposición reformista, con la ayuda de la cual debemos tratar de controlar y evitar la movilización mayoritaria y la situación que se podría dar después como consecuencia de ella”. Y añade proféticamente: “Hay que domeñar, a costa de lo que sea, a los comunistas, sobre todo, y, más importante aún, hay que integrar a sus dirigentes en nuestro proyecto, para que sean ellos mismos los que controlen y eviten la violencia de las huelgas y las revueltas estudiantiles, sobre las que tienen una gran autoridad e influencia. Hay que evitar a toda costa que se proclame la República de nuevo”. 


Santiago Carrillo, por entonces indiscutido Secretario General del PCE, entendió perfectamente el mensaje y pronto acabó aceptando la Monarquía y haciendo de policía desmovilizador en su importante área de influencia. Por orden de su Secretario general, y por primera vez en la historia, las bases del PCE se ven obligadas a enarbolar la bandera de la monarquía borbónica, la misma que presidía los Consejos de Guerra franquistas, y también a enfrentarse con quienes se empeñan en seguir esgrimiendo la bandera tricolor republicana. En más de una ocasión se pudo ver a militantes comunistas cumplir esa amarga misión con los ojos llenos de lágrimas: “Por favor, compañero, vamos a intentar que no haya problemas… Tengo que hacer esto por disciplina de partido, entiéndelo”. 


La liquidación del movimiento popular y el nacimiento de la partitocracia


Durante ese periodo el movimiento popular afronta peligrosos pulsos en la calle, enfrentándose contra las fuerzas policiales con el objetivo de provocar la ruptura democrática. Pero el reformismo franquista tiene claro que para que triunfe la “reforma controlada” hay que terminar con la resistencia organizada y establecer un ”consenso” con las direcciones de los grupos que tienen mayor influencia en la izquierda. No resulta fácil desmontar las estructuras populares que se han ido creando durante los dos últimos decenios de la dictadura. Sin embargo, en la liquidación de los movimientos populares estará el origen de la partitocracia corrupta que se acabará imponiendo. El sistema electoral que se diseñó y el propio funcionamiento del Congreso de los Diputados contribuirán decisivamente a provocar una ruptura definitiva entre los políticos profesionales y sus votantes.


La Junta Democrática, el organismo unitario que fue presentado en París en 1974 bajo la inspiración del PCE, irá perdiendo garra a medida que la Transición avanza. Renunciará a la “formación de un gobierno provisional”,una de sus principales reivindicaciones políticas. La otra, la “amnistía total”, se conseguirá solo gracias a que las manifestaciones populares, convocadas sin el apoyo de los partidos mayoritarios de la oposición, lograron arrancarle al poder la libertad de quienes pagaban con la cárcel su lucha contra la dictadura. Para que ello fuera posible fue necesario que las calles se tiñeran con la sangre de muchos jóvenes estudiantes y obreros. La reivindicación de la “independencia judicial” fue definitivamente olvidada. Asimismo, la exigencia de la Junta Democrática de “una consulta para elegir entre monarquía o república” desapareció por arte de magia de las reivindicaciones clave de ese organismo unitario.


Las amenazas de golpe de Estado fueron una constante durante la Transición. El fantasma de la involución convierte en “salvadores” del proceso de cambio a los reformistas del franquismo y al propio Rey. García-Trevijano, uno de los fundadores de la Junta Democrática, escribe en su libro “El discurso de la república”: “Cuando se propaga el temor social a un peligro inexistente es porque la clase o el partido gobernante están en peligro real de perder el poder. Y echando sobre el pueblo el miedo propio consiguen una nueva legitimación para seguir dominándolo. Esto sucedió al final de la dictadura, con la cínica propaganda de un peligro irreal de guerra civil, para justificar el consenso moral de la transición contra la ruptura democrática”.


Las propias direcciones de los grandes partidos, que ya buscan su propio espacio en el sistema, propagan el mensaje de que es necesario un pacto de las fuerzas democráticas con el régimen franquista con el objetivo de impedir una nueva guerra civil o un golpe militar. Todo ello se argumenta cuando el poder lo continúan detentando quienes han desempeñado papeles claves durante los casi 40 años de dictadura. La Transición democrática se convierte, pues, en el silencio de los corderos.


Los Pactos de La Moncloa


La primera escenificación del consenso “oficial”, después de las elecciones generales de 1977, lo constituye la firma de los Pactos de La Moncloa, que incluyen acuerdos de contenido político y económico suscritos en octubre de 1977. Dentro de la lógica habitual del suarismo, la ceremonia de rúbrica, encabezada por el presidente del Gobierno, es solemnemente retransmitido en directo por RTVE. El peso de los acuerdos -en la práctica un plan de estabilización- recae sobre los trabajadores y ello provoca numerosos acciones de protesta.


Los Pactos suponen la cesión de numerosas conquistas obreras conseguidas a lo largo de decenios de lucha. Se imponen topes salariales muy por debajo del aumento del índice del coste de la vida, y además se aplican con carácter retroactivo. También se facilita el despido.


A partir de entonces, la debilidad del movimiento obrero es cada vez mayor. Aquí se marca el punto de inflexión entre el sindicalismo reivindicativo y la burocratización subsidiada por el propio Estado.
Santiago Carrillo defiende la necesidad de apoyar los Pactos esgrimiendo nuevamente “el peligro que se cierne sobre la democracia”. Caries Navales, destacado sindicalista de CCOO en el Bajo Llobregat, diría años más tarde: “A la clase obrera española hay que reconocerle que priorizara la necesidad de consolidar la democracia, aunque ello fuera a costa de perder muchos puestos de trabajo”. Las cifras resultantes de aquella operación de “consenso” son altamente reveladoras: el número de ocupados españoles, 12,5 millones en 1977, desciende continuamente durante los doce años siguientes.


El que fuera ministro de economía de SuárezJosé Luis Leal, agradecía de esta forma a los dirigentes de la izquierda su labor en la neutralización del movimiento obrero, en un artículo publicado en El País el 25 de octubre de 2002, con motivo del 25 aniversario de aquellos Pactos: “El compromiso de los líderes políticos del momento hizo posible la neutralización política de los previsibles efectos sociales del ajuste económico”.


Se producen paros y manifestaciones en rechazo de aquellos infames acuerdos. Y, como sucedió a lo largo de toda la “transición pacífica”, la dura represión policial continuó dejando un reguero de heridos en su recorrido. Cada nueva muerte provocada por la ultraderecha o por la represión de las fuerzas de orden público tiene un efecto contradictorio: por una parte, lanza a la gente a la calle y, por otra, arroja cada vez más en brazos del franquismo reciclado a Carrillo y a otros representantes de la oposición.


La táctica de los reformistas pertenecientes al aparato del Estado franquista, empeñados en desactivar al enemigo, termina alcanzando sus objetivos: no hay ni ruptura, ni corte histórico, ni depuración de los aparatos represivos. Franco, a través de sus más directos herederos -el Rey, Suárez, Martín Villa…- fue el que realmente comandó la operación de la denominada “Transición democrática”. Con el beneplácito de los políticos opositores, -PSOE, PCE, PSP…- se corrió el telón sobre las innumerables víctimas del ilegítimo régimen militar sangrientamente nacido del 18 de julio de 1936.


Por ello, hoy no debe resultar extraño que con la crisis económica aquel modelo político inaugurado con la Transición haya entrado en una aceleradísima fase de descomposición. Y con él, todas las instituciones construidas en un todo compacto durante aquel periodo: monarquía, poder económico, partidos mayoritarios, judicatura, grandes centrales sindicales, medios de comunicación… Todo el el bloque creado en los laboratorios de la Transición parece tambalearse peligrosamente. Otra cosa es que la debilidad de una sociedad sometida a su desarticulación sistemática, durante los últimos treinta y cinco años, permita o no que esos sectores e instituciones en crisis profunda sean capaces de recomponerse, renovando sus fachadas sin cambiar -una vez más- nada de lo esencial. Pero esa historia está todavía por escribir.


Máximo Relti | Canarias Semanal | 24/06/2013

http://canarias-semanal.org/not/9059/descubra_como_franco_comando_la_llamada__transicion_democratica__/

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Re: El día que decidieron hacernos demócratas‏

Mensaje  Genaro Chic el Dom Nov 30, 2014 2:41 pm

La cena de 1966 donde se fraguó el actual sistema bipartidista

        Un informe de los servicios de inteligencia de la dictadura, datado en 1966, narra el transcurso de una cena en la que participó el entonces príncipe Juan Carlos de Borbón. El documento pone de manifiesto los movimientos de la oligarquía franquista y del futuro monarca para preparar un régimen post-dictatorial que pudiera homologarse a los países europeos del entorno. Eso sí, en la cena quedaba muy claro que el sistema  resultante tendría que ser fuertemente bipartidista. “El príncipe aludió a que habría que evitar los excesos del pluripartidismo, a lo que Villar [Masso] y otros abundaron en que bastaría con una inteligente Ley Electoral para que se pudiera garantizar en la práctica el sistema de dos grandes partidos, socialista democrático y demócrata cristiano, con algún otro sector marginal o complementario”, se explica en un documento firmado por la Dirección General de Seguridad al que ha tenido acceso La Marea y que se encuentra en el archivo de la Fundación Francisco Franco.

       El dictador estaba obsesionado por saber si el futuro rey Juan Carlos le era adepto o se había equivocado con su designación como sucesor. Por ese motivo había dado órdenes a sus servicios de información para que le detallaran cada paso que el príncipe daba y cada reunión en la que participaba.

       En la cena, que tuvo lugar el 27 de mayo de 1966, nueve años antes de la muerte del dictador, estaba presente también el “prestigioso” –en palabras del propio Servicio de Información– abogado Joaquín Garrigues Walker. El letrado, considerado uno de los artífices de la Transición, fue fundador de la Federación de Partidos Demócratas y Liberales (FPDL), que acabaría integrándose en la Unión de Centro Democrático (UCD), formación con la que llegó a ser diputado por Madrid y por Murcia y ministro de Obras Públicas con Adolfo Suárez.

      El informe, con número 26686, también da cuenta de los otros 10 comensales que participaron en aquella cena. Entre los asistentes se encontraban prominentes hombres de negocios y de la vida social y académica del momento, como el falangista y miembro del Opus Dei Hermenegildo Altozano; el presidente de Telefónica, Antonio Barrera; el consejero del Banco Urquijo Pedro Durán; el presidente de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, Alberto Algora; el catedrático de la Universidad de Navarra Antonio Fontán; el notario Alberto Ballarín; el catedrático de la Universidad de Santiago Carlos Fernández Novoa y otros nombres ilustres del momento. Muchos de ellos desempeñaron un papel clave en el proceso de construcción de la Transición. En este sentido se puede destacar a Antonio Fontán, primer presidente del Senado, de 1977 a 1979; a Antonio Barrera, ministro de Hacienda en 1973; y a Manuel Ortínez, quien participó en las negociaciones para la vuelta a Cataluña de Josep Tarradellas con el visto bueno del rey Juan Carlos.

     La conversación que se mantuvo en aquella cena fue filtrada por uno de los asistentes. En el informe se detalla que el entonces príncipe “habló con respeto de la figura del jefe de Estado” y que sostuvo que “el balance del Régimen sería positivo”. Sin embargo, los asistentes se mostraban cautos ante el hecho de que se le asociara públicamente y de manera estrecha con el dictador. El príncipe estuvo “a la vez espontáneo y prudente”, “muy en su papel” y, eso sí, “no comprometiéndose en ningún momento”. El documento asegura que la conversación fue “viva y muy libre” y las “bases comunes” sobre la configuración del régimen postfranquista, como la instauración de un bipartidismo fuerte, “se revelaron muy grandes”. El resto de la historia es ya conocida. La Transición instauró un sistema dominado por dos grandes partidos que en las últimas décadas han evitado esos “excesos del pluripartidismo” que tanto preocupaban a Juan Carlos de Borbón, pero que hoy está más en cuestión que nunca.

http://www.lamarea.com/2014/11/29/la-cena-de-1966-donde-se-fraguo-el-actual-sistema-bipartidista/

Y todavía hay quién se pregunta por qué se "suicidaron" las Cortes franquistas.    

Genaro Chic

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Un hombre un voto ¿y qué?

Mensaje  Genaro Chic el Miér Oct 28, 2015 11:46 am

Creo que no está de más mostrar con qué intención se montó el sistema democrático en España a la muerte del dictador. Un artículo de Carlos Sánchez lo pone en evidencia:

Óscar Alzaga sostenía que la ley electoral era "maquiavélica". Y lo decía con conocimiento de causa. En sus 'Memorias', recuerda que cuando se abordó el sistema que debía aplicarse en las constituyentes de 1977 se optó porque el partido más votado pudiera obtener mayoría absoluta con apenas el 36-37% de los votos. Alzaga, que por entonces era un estudioso de los sistemas electorales, reconocía que para ello se prefirió sobrerrepresentar a las provincias del interior, menos pobladas, frente a las más habitadas. Y fue por eso por lo que se decidió que la circunscripción electoral fuera la provincia y no un territorio más amplio. [Para las elecciones al Parlamento Europeo España es un distrito único, con la representación es más real. Pero ya se sabe que ahí da igual, porque en realidad ese Parlamento sirve para poco]. De esta manera, podría asegurarse a Suárez una mayoría suficiente para gobernar.

           Así fue. La Unión del Centro Democrático obtuvo en las primeras elecciones democráticas tras la dictadura 165 diputados (a 11 de la mayoría absoluta) con solo el 34,4% de los votos. Es decir, una especie de milagro de los panes y de los peces gracias a la conversión de votos en escaños. El segundo partido, el PSOE, con apenas cinco puntos porcentuales menos de representación en las urnas (muy cerca del 30%), obtuvo 118 diputados, lo que significa 47 congresistas menos. Así es como nació el bipartidismo, un sistema político diseñado para garantizar la estabilidad política en unos tiempos duros. Muy duros. Y que ahora algunas formaciones desprecian como si la democracia hubiera sido una especie de carta otorgada caída del cielo.

           Es obvio que ese escenario es el que ahora amenaza con quebrarse, tal como avanzan las encuestas. Pero también es evidente que es muy probable que tras el 20-D el sistema electoral se convierta realmente en un asunto esencial en las negociaciones entre la lista más votada y el tercer partido, que inevitablemente está llamado a ser la bisagra del sistema político (salvo que se pacte una gran coalición). Al menos durante la siguiente legislatura.

           No se trata de un asunto menor. Los cambios en los sistemas electorales suelen embarrar la vida política de forma radical. Hasta el extremo de que muchos ciudadanos pueden pensar que determinadas decisiones no se han tomado con la legitimidad suficiente. El célebre divorcio entre escaños y urnas. Al fin y al cabo, la representación popular es sagrada y cualquier alteración planificada (o maquiavélica) del resultado electoral es una vulneración de la democracia.

           No quiere decir esto, sin embargo, que el sistema actual no sea democrático. En absoluto. Los sistemas electorales no son en sí mismos -salvo excepciones- ni buenos ni malos. Lo relevante es que las reglas del juego -el reparto de escaños- sean asumidas por los ciudadanos [que pueden admitir el pulpo como animal doméstico] y el mecanismo de recuento sea transparente. No es mejor democracia la de Israel, con sistema electoral radicalmente proporcional, que la de EEUU o Reino Unido, con un sistema mayoritario en el que el partido ganador se lo lleva todo circunscripción a circunscripción. Ni Francia es mejor democracia que Alemania (o viceversa) porque ambos países tengan sistemas electorales diferentes.

D’Hondt, el matemático belga

           Lo importante es que tanto los partidos como los ciudadanos entiendan que cualquier sistema electoral es tan arbitrario -o tan justo- como cualquier otro. Y no está claro que eso se vaya a producir tras el 20-D, cuando fuerzas emergentes se den de bruces con la implacable aritmética de la regla que puso en circulación el matemático Víctor D’Hondt en el siglo XIX, cimentada sobre una realidad incuestionable: se eligen 350 diputados y no 400 (techo constitucional), lo que merma la proporcionalidad. De hecho, y dado que la representación mínima inicial de las provincias suma 100 escaños (dos por cada una de las 50 circunscripciones), más los dos diputados que corresponden a Ceuta y Melilla, eso significa que los escaños distribuidos en proporción a la población sean realmente 248. Aquí es donde se juega el partido.

           Otro dato a tener en cuenta. En 27 circunscripciones (incluyendo las ciudades autónomas) se eligen cinco o menos diputados, lo que significa que allí se ventilan 98 diputados. Por lo tanto, el 28% de los escaños, pese a que este territorio representa poco más del 10% de la población española. [¿Representan en realidad los diputados a las circunscripciones por las que son elegidos? ¿conoces a los tuyos en la defensa de tus intereses provinciales?].

           Eso quiere decir que en esa España ‘interior’ se eligen tres diputados más que la suma de Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Alicante (las provincias con mayor población), precisamente los territorios en los que las fuerzas emergentes (fundamentalmente C’s, Podemos y las distintas mareas ciudadanas) obtuvieron mayor representación en las últimas municipales y autonómicas.

           Este choque de realidad con la matemática electoral puede tener imprevisibles consecuencias. Al fin y al cabo, el sistema de representación está montado para apuntalar un sistema bipartidista en el que el tercer partido (el PCE en 1979) nunca ha obtenido más de 23 diputados. Doblando de forma generosa la apuesta, es probable, como señalan algunas encuestas, que el tercero en discordia el 20-D obtenga 50 o 60 escaños, pero con tres o cuatro millones de votos, lo cual generaría una terrible paradoja: el tercer partido, que será el árbitro del sistema político en la próxima legislatura, será el más perjudicado por la ley electoral que ampara el bipartidismo.

Una cuestión de incentivos

           Parece evidente que para cambiar esta realidad, su obligación será presionar al partido mayoritario para que cambie las reglas de juego. Pero no es menos obvio que el ganador del sistema no tendrá ningún incentivo para modificarlo. De ahí la importancia de este asunto, que amenaza con bloquear toda la legislatura.

           Entre otras cosas, porque partidos como C’s y Podemos, que han emergido con fuerza en una situación de crisis económica y corrupción política sin precedentes, saben que no volverán a ser tan determinantes como ahora salvo que sean capaces de provocar cambios en la ley electoral. Salvo, lógicamente, que ganaran las elecciones, y entonces, paradójicamente, no tendrían ningún incentivo para cambiar las reglas del juego.

           El problema es todavía mayor si se tiene en cuenta -de ahí el adjetivo de maquiavélico- que el legislador constitucionalizó que la circunscripción electoral fuera la provincia, por lo que sólo una reforma de la Carta Magna podría cambiar el statu quo. Algo más que necesario teniendo en cuenta que la actual ley electoral (heredera de un decreto previo a las elecciones de 1977) incumple manifiestamente el propio mandato constitucional, que ordena la existencia de “criterios de representación proporcional”. Y que lleva en sus entrañas una cuestión de fondo, como es el hecho de que entrega a los partidos nacionalistas una enorme capacidad de decisión a la hora de formar Gobierno debido a que el umbral de representación se sitúa en el 3%.

           Sin duda, un problema mayúsculo que solo la cordura puede resolver. Pero para eso se requiere un clima de entendimiento y una cultura del pacto de los que hoy carece el sistema político, como se vio en la última sesión de la legislatura, en la que los partidos mayoritarios se tiraron a degüello en un país con el 22% de paro y con graves problemas de cohesión y desigualdad social.

           Los sistemas electorales, al fin y al cabo, son el mejor antídoto para evitar que la política se convierta en un sindicato de intereses. O lo que es lo mismo, que dos partidos se repartan el bacalao alterando el resultado de las urnas a través de la aplicación de la aritmética electoral en beneficio propio. O, por el contrario, que alianzas contra natura en cuestiones esenciales (como ha sucedido recientemente en Portugal) provoquen resultados no deseados por el elector, a quien se engaña con programas que van a la basura. Los límites a la proporcionalidad son la propia decencia de los partidos. Pero un sistema que ningunea el voto por vivir en Soria o Madrid es una auténtica calamidad.

Carlos Sánchez

http://blogs.elconfidencial.com/espana/mientras-tanto/2015-10-25/el-sindicato-de-intereses-que-amenaza-a-c-s-y-podemos_1070717/?utm_source=www.elconfidencial.com&utm_medium=email&utm_campaign=Boletines+ElConfi


          Esto me trae el recuerdo de un famoso vídeo de animación, de corta duración, montado sobre una alocución del político canadiense Thomas C. Douglas ("el canadiense más grande") en el que viene a declarar, como decía una viñeta de El Roto, que "democracia es que los ratones podamos elegir al gato que nos ha de cazar":

https://www.youtube.com/watch?v=Khw_PyTH7qE

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Re: El día que decidieron hacernos demócratas‏

Mensaje  Genaro Chic el Lun Nov 16, 2015 3:42 pm

Sentarse a hablar con Gregorio Morán (Oviedo, 1947) no es tarea fácil. No porque no sea accesible, que lo es. El periodista y escritor, aunque parezca extraño, no tiene móvil y hay que contactar con él a través del correo electrónico o de su editorial, Akal, con la que acaba de reeditar su libro 'El precio de la Transición', escrito en 1991.

El texto, como el propio Morán explica en esta entrevista en eldiario.es, ha sufrido pequeñas modificaciones en algunos pasajes que fueron objeto entonces de censura. Fundamentalmente, algunos referidos al rey Juan Carlos sobre el que Morán se muestra más que crítico.  

De hecho, avisa en el prólogo de que "el rey era el mayor operador fraudulento del país" gracias "a la impunidad que le concedía el Estado y la de su real gana. Y así siguió hasta que los suyos hubieron de cesarle porque ponía en peligro la supervivencia de la institución".

En ese prólogo Morán también sentencia que "lo que unió de verdad a los vencedores de la Transición no fue la Constitución de 1978 sino los negocios", para añadir después, sin tapujos, que "la Transición como periodo histórico, con su Constitución de 1978, lleva funcionando 40 años para gozo y satisfacción de quienes la parieron, la amamantaron y la pusieron a trabajar, lo más pronto que consintió su edad, en una casa de lenocinio".

La primera edición de su libro fue publicada en 1991 y ahora, casi 25 años después, se reedita con algunas correcciones. ¿Hubo censura?

Sí, evidentemente hubo censura. En la primera edición de Planeta se habían omitido cosas con referencias al rey y en esta edición se han reconstruido del todo. Yo de los párrafos desaparecidos en aquel momento no tuve noticia hasta que compulsé mi original con el texto editado. Bueno, son esas cosas que pasan.

¿Por qué vuelve a salir el libro justo ahora?

Era un libro que demandaba otra generación, gente como Podemos. El libro, después de dos ediciones, se había agotado y Akal pensó con buen criterio que éste era un buen momento, justo cuando una generación que no la vivió debate sobre aquella Transición y si debería haber una segunda Transición. Era importante sacarlo ahora de nuevo.

Usted ha sido uno de los primeros en analizar críticamente esa etapa histórica. ¿Por qué se ha tardado tanto en desmontar los mitos de la Transición?

Cuando se publicó este libro en 1991 las reacciones fueron brutales. Una de las cosas que también se ha decidido en esta reedición ha sido precisamente incluir esas reacciones de los prebostes del periodismo de entonces. Porque fueron muy duras. Hoy pienso que tenía que haber titulado el libro de una manera mucho más pedante: 'El precio y leyenda de la Transición', porque la Transición tenía una leyenda que se habían montado los mismos y escasos protagonistas y sus escribientes, según la cual en aquel año que yo escribo esto, todo el mundo era bueno. El rey era magistral en su comportamiento y el motor del cambio; Adolfo Suárez, un estratega; Santiago Carrillo era un demócrata de toda la vida; Felipe González y la socialdemocracia eran lo más parecido a Olof Palmer; y Fraga no había tenido apenas nada que ver con el franquismo. Una historia en la que todos eran buenos y nos obligaron a todos a considerar que eran buenos cuando nosotros sabíamos que eso era la renuncia a un pasado y, por lo tanto, una cosa peligrosísima.

La reacciones de los medios fueron, además, muy malas. Todavía se vivía un espíritu de la Transición que se caracterizaba en que lo más importante era la libertad. Pues vamos a la libertad y olvidemos otro montón de cosas como la corrupción, aunque en la primera etapa de la Transición no tuvo demasiada importancia. Fue uno de los grandes problemas posteriores.

Secreto, consenso para no airear el pasado, y olvido son las claves de ese silencio, de esa 'omertá' pactada entre los actores de entonces que denuncia en su libro.

Sí. Es como si se reuniera un grupo de viejos tahúres y antes de comenzar la partida se prometieran unos a otros que hay temas intocables. Y así fue durante todos esos años. Y funcionó perfectamente. Cada uno de ellos fue haciendo su autobiografía particular o encargó a alguien que se la escribiera y lo llevaron con absoluta indignidad, pero lo llevaron muy bien.

¿Una gran farsa?

Sí. Una gran farsa en la cual unos fuimos meros comparsas y otros, cómplices.

Entre esos cómplices incluye a la prensa de entonces.

Por supuesto. La Transición no se hubiera podido hacer sin los elogios permanentes de la prensa. Sobre todo de los columnistas y tertulianos. Cuando publiqué el libro uno de ellos aseguró en un artículo que gente como yo no debería vivir en España porque estaba atentando a la convivencia.

¿Cree que estamos ante el inicio de una segunda Transición, como afirman Albert Rivera o Pablo Iglesias?

La Transición es un fenómeno irrepetible porque es pasar de una dictadura a una democracia. Lo que plantean Rivera y casi todos los partidos es una reforma de los esquemas creados en la Transición, aunque no tiene nada que ver con aquella etapa. Lo que pasa es que como lema es eficacísimo y la gente dice: "¡Ay, qué bonito!".

¿Hay alguna similitud entre los actores de entonces con los de ahora: Rivera, Pablo Iglesias, Pedro Sánchez, Alberto Garzón?

Ahí es donde se ve más claramente la imposibilidad de que esto sea una segunda Transición. Entre Pablo Iglesias, Rivera, Sánchez etc., el único que se mantiene incólume desde hace no se cuantos años es Rajoy. Claro que él es registrador de la propiedad y puede estar toda la vida. No se puede decir que sea una clase nueva, solo más joven. Creo recordar que a ese chico al que los dioses no le han concedido un exceso de talento, que es Sánchez, el del PSOE, le preguntaron que qué recuerdos tenía de las primeras elecciones democráticas y dijo: "Sí, sí. Recuerdo perfectamente aquellas elecciones del 79", cuando las primeras fueron en el 77. No tiene ni zorra idea. No es que no se conozca el pasado, es que no tiene ni idea.

Tomado de http://www.eldiario.es/politica/Gregorio_Moran-la_Transicion-editorial_Akal_0_451105212.html

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Síntesis: Al final la historia nos ayuda a comprender

Mensaje  Genaro Chic el Sáb Ene 16, 2016 12:20 pm

El articulo escrito por Javier Benegas y Juan M. Blanco creo que resume bastante bien la idea que durante años he venido desarrollando aquí. Le doy a ellos la palabra:

En la célebre película Sopa de Ganso, Rufus Firefly (Groucho Marx) es nombrado presidente de la república de Libertonia. En su toma de posesión declara solemnemente: "No permitiré de ningún modo la corrupción... sin que yo reciba mi parte". Acto seguido nombra como ministro de la Guerra a un vendedor callejero de cacahuetes, que casualmente trabaja como espía para una potencia enemiga, Sylvania. Al estallar la guerra, y ante la falta de tiempo para cavar, pide que le sirvan trincheras prefabricadas. Y al general que informa de un ataque de gases en su sector... recomiendan una cucharada de bicarbonato.

       España ha vivido etapas convulsas, guerras civiles sangrientas, gobiernos corruptos, autoritarios. Pero si por algo se distingue la etapa actual es por tener el régimen más estúpido de nuestra historia. Visto con perspectiva, no puede decirse que el Régimen del 78 sea menos absurdo que el gobierno de Libertonia. La declaración solemne de Firefly bien podía haber sido pronunciada por Juan Carlos en su proclamación como Rey; las ridículas decisiones de las trincheras y el bicarbonato no desentonan con ese principio, grabado en piedra, que ha presidido nuestra política: crear un problema para justificar un incremento de la administración y del presupuesto con el que... aplicar la solución equivocada. Y vuelta al principio.

Un mal principio

        Todo comenzó mal. Aunque la propaganda oficial difundiese un relato idealizado de la Transición, el jactancioso consenso constitucional fue más bien un cambalache, el reparto de la tarta entre los que ya estaban y los que llegaban. Oligarcas, caciques locales, burócratas de partido... todos tendrían un trozo, aunque ello conllevara multiplicar las estructuras administrativas hasta lo insoportable. Se cedió a los nacionalistas la capacidad de actuar a discreción en su área de influencia sin intromisión del gobierno central ni cortapisa alguna. Una descentralización de competencias, descontrolada y sin límite que dio alas al secesionismo, estimulando a las oligarquías locales que vieron la oportunidad de incrementar su poder, sus ingresos ilegales y, por supuesto, de alcanzar la impunidad definitiva. Hasta el concepto de España se convirtió en tabú, algo inédito en la historia de cualquier país mínimamente solvente. Un disparate de tal calibre que ni a Groucho Marx se le ocurrió incorporarlo en su parodia de Libertonia. Tras años negando el problema, ahora, fieles al esperpento, se intenta combatir el proceso secesionista con una cucharada de bicarbonato.

       La Transición tuvo poco de heroico y demasiado de apaño y pasteleo. Alumbró una Constitución que era incoherente, ambigua, indefinida, en la medida en que cada cual presionó para introducir reivindicaciones en los artículos que le interesaban. Lo que preocupaba a los padres de la patria no eran las consecuencias a largo plazo sino la foto, con sonrisa de dentífrico, de todos los representantes de los partidos “escribiendo la Historia”. Se daba así el pistoletazo de salida a una política que primaba el corto plazo sobre la visión de futuro, la imagen sobre la sustancia y la verborrea sobre los fundamentos. Un país donde importaba muy poco el fondo de lo que se decía... y mucho quien lo decía. Donde la superficie, la apariencia, la palabrería aniquiló el razonamiento y envió la inteligencia y el instinto de supervivencia a las catacumbas.

El desmoronamiento

       A partir de ahí, todo fue susceptible de empeorar. Los partidos se financiaron ilegalmente, vendiendo favores a cambio de comisiones. El parlamento se convirtió en una cuadrilla de aprieta-botones; el Tribunal Constitucional en una corrala, la Justicia en un ente incapaz de aplicar la ley a los poderosos. Incluso el monarca se permitió poner a su amante, no ya un pisito, sino un palacio que lindaba con el suyo… a cargo del contribuyente.

          Fue también absurda la obsesión antifranquista de los “nuevos progresistas”, su pretensión extemporánea de combatir una dictadura ya finiquitada. ¿Qué sentido tenía alardear de un antifranquismo retrospectivo? Muy sencillo, se trataba de ocultar la evidencia de que el nuevo régimen hundía sus raíces en franquismo y proclamar a los cuatro vientos la mentira de que su origen era otro muy distinto. En realidad, sólo el Partido Comunista había combatido al régimen surgido en 1939, aunque al final también se sumó al cambalache. El nuevo PSOE de Felipe González no sólo había sido una creación de la Alemania de Willy Brandt y Helmut Schmidt o de los EEUU de Henry Kissinger, sino que contó con el apoyo y protección de los servicios secretos franquistas, interesados en una nueva formación de izquierda que restara influencia al Partido Comunista. La retórica antifranquista no era más que una cortina de humo para ocultar las relaciones pasadas con la dictadura. Otro pasaje de nuestra historia, otro tabú que también demanda luz y taquígrafos.

       Se ha comparado el regimen juancarlista con el de la restauración canovista del siglo XIX. Y ciertamente hay muchas similitudes: el caciquismo, la corrupción generalizada, el clientelismo, las estrategias para comprar votos, la costumbre de enchufar en la administración a los partidarios, el control de la prensa, el turnismo, etc. Pero existe una discrepancia fundamental. En el régimen actual no han surgido políticos de gran talla sino mediocres sucedáneos sin carisma ni visión de futuro, auténticos zoquetes, vendedores de crecepelo, repetidores de consignas sin una idea propia. El perverso proceso de selección de los partidos ha alumbrado una clase política refractaria al debate de ideas, preocupada sólo por su permanencia en el poder y la consecución de estrechísimos intereses particulares. Unos personajes de una estulticia muy superior a la de los dirigentes de Libertonia.

         Y qué decir del papel de una prensa que, controlada por el poder, ha rehusado denunciar los desmanes de la España política. Donde algunos periodistas recibían favores y otros cobraban más por callar que por escribir, y muchos pelotas y tiralevitas describían siempre al Rey como quintaesencia de la virtud, asociando la grosería, la ordinariez o la mala educación con la campechanía. Sonrojante ha sido también el papel de los intelectuales y su proverbial autocensura, incapaces de criticar al sistema por miedo a no ser reconocidos y tachados de antidemócratas una vez que la propaganda oficial unió con pegamento el régimen juancarlista y el chiripitifláutico Estado de las Autonomías a la democracia.

La apoteosis

        A colación del espectáculo visto durante la constitución de las Cortes de la XI legislatura, hay quienes aseguran que, por fin, el Parlamento se parece mucho más al pueblo al que, se supone, representa. Otros, sin embargo, se echan las manos a la cabeza, convencidos de que semejante espectáculo anticipa un cambio desagradable. Ambas partes se equivocan. En realidad el show de Pablo Iglesias, Carolina Bescansa e Íñigo Errejón, con sus lágrimas de cocodrilo, su bebé en ristre y sus petite phrase inescrutables, y demás tropa, con sus juramentos “creativos” de la Constitución, no son otra cosa que la apoteosis del Régimen del 78, la liberación de su esencia más íntima e inconfesable. No son la “nueva política” sino la exacerbación de la existente, la procrastinación de Rajoy elevada al cubo, la huida hacia delante de Sánchez a la que se le ha añadido un turbo. En definitiva, la traca final del viejo ciclo. No el inicio del nuevo. Ese vendrá más adelante, cuando los españoles, después de 40 años de cuentos e irracionalidad supina, nos topemos con la irreductible realidad y decidamos que ya hemos tenido suficiente.

        “… La recuperación sólo puede venir a través del trabajo de las personas. No debemos refugiarnos por siempre detrás de las decisiones políticas. Cada uno de nosotros debe asumir sus propias responsabilidades. Lo que obtenemos y lo que llegamos a ser depende esencialmente de nuestros propios esfuerzos. Ellos [los políticos] aplastan y destruyen algo precioso y vital en la nación, en el espíritu individual.”

        Moraleja: confiemos mucho más en nosotros mismos... y menos en esos tipos que sólo pretenden figurar o llenarse los bolsillos.

Javier Benegas y Juan M. Blanco

http://vozpopuli.com/analisis/74468-el-regimen-mas-estupido-de-la-historia-de-espana

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El asesinato de Carrero Blanco y la llegada de la democracia a España

Mensaje  Genaro Chic el Lun Jun 06, 2016 3:05 pm

Todos los periodistas que investigaron el atentado a Carrero Blanco creen que ETA recibió ayuda exterior que despejó el camino a Juan Carlos
 
           El actual régimen de Monarquía de partidos que reina en España ha ocultado el 40 aniversario de un magnicidio que conmovió al mundo y del que todavía hoy quedan muchos cabos sueltos en su investigación. Y es que forma parte del “relato oficial” de la Transición: el 20 de diciembre de 1973 moría víctima de un atentado el quinto presidente español, almirante Carrero Blanco. Antes que él murieron otros 4 presidentes: el general progresista Juan Prim (1870) y 3 políticos de diferente signo que también alcanzaron la presidencia: el conservador Cánovas del Castillo (1897), el progresista Canalejas (1912) y el conservador Eduardo Dato (1921).

           Espía en el Congreso / Es indudable que los autores materiales del atentado que acabó con la vida de Carrero Blanco pertenecían a ETA, sin embargo, es más difícil mantener que sólo la organización vasca estuvo implicada en su asesinato. Las ramificaciones del sumario 142/73 fueron ocultadas y se intentó simplificar las conclusiones del mismo atribuyéndolo simplemente a la organización terrorista. Según ese sumario 142/73, las investigaciones realizadas por seis periodistas y los propios protagonistas del suceso, “La Operación Ogro”, como fue denominada por los integrantes del comando, implicó al menos a 30 integrantes de ETA que se estuvieron paseando por Madrid, de “fin de semana”, durante un año, como relata el periodista Manuel Cerdán, en su libro Matar a Carrero. La Conspiración. Y Eva Forest, miembro del comando, describe en su libro Operación Ogro que la idea de matar a Carrero Blanco fue “sugerida a ETA por personas ajenas a la organización y que algunas de ellas eran extranjeras”.

           Nadie pudo aclarar quién era el misterioso personaje que entregó en el Hotel Mindanao, en la calle San Francisco de Sales, un sobre con información sobre las actividades rutinarias del presidente del Gobierno, a Argala, jefe del comando. Entre ellas, su asistencia diaria y metódica a la Iglesia en cuyas cercanías fue asesinado. ¿Hubo alguna fuga de información dentro del régimen? “Las cosas van de mal en peor, Arias le quita el sueño, López Bravo no es leal y el Gobierno está lleno de traidores” –se quejaba Carmen Polo, la esposa de Franco, mientras que la de Juan Carlos entonaba otro tipo de quejas: “El almirante es la persona que va continuar el régimen, es la única persona que puede hacerlo. ¿Qué hubiera ocurrido si no hubiera sido asesinado? No lo sabemos ni lo sabremos nunca, pero es posible que no hubiera dado paso al Rey”, elucubraba Sofía. Y lo confirma Juan Carlos, según Josep Ramoneda: “el rey Juan Carlos se me acercó a un palmo, como si fuera a hacerme una confidencia. Y me dijo: “Si esto no hubiera ocurrido tu y yo no estaríamos ahora aquí”. “Yo no, usted no lo sé”, contesté. “Yo tampoco”, me dijo. E insistí: “¿Por qué?”. “Porque las condiciones que Carrero me habría puesto yo no las habría podido aceptar”.

           Pero la ruta diaria y la mínima escolta de Carrero Blanco lo desvela y proporciona un misterioso personaje a la escritora Eva Forest, pareja del dramaturgo Alfonso Sastre. Luego, por indicación de ésta, el etarra Argala, un bilbaíno de familia franquista, lo recibe por escrito en un sobre en la cafetería del madrileño Hotel Mindanao. El etarra se está quedando a dormir en casa del matrimonio formado por la actriz que trabaja en TVE, Mari Paz Ballesteros, que se siente ingenuamente “la novia de la izquierda”, y el director de teatro Vicente Sainz de la Peña, un falangista que odia a Franco desde que siendo joven lo expulsaron de la Academia Militar por introducir un retrato del general en el water. También viven allí Juan Manuel Galarraga Pocholo, junto con “el Tanque” y “el Tupa”, que se dicen comunistas allegados a Eva Forest, la cual le ha confesado a la hospitalaria y candorosa actriz: “No te digo quiénes son y mejor que no preguntes”.

           Argala acude al Hotel Mindanao acompañado del etarra Wilson. Un hombre de unos 30 a 35 años, alto, moreno, elegante, con gabardina, traje gris oscuro, gafas y una cartera, sin decir una palabra, extrae un sobre cerrado, se lo ofrece a Argala, y, tras darle la mano, se va. Dentro hay una cuartilla escrita a mano y con mayúsculas: “El almirante Carrero Blanco va todos los días a la misa que a las 9 de la mañana se celebra en la iglesia de San Francisco de Borja, sita en la calle de Serrano, frente a la embajada de los EE.UU, con poca escolta”. Posteriormente los dos etarras certifican que Carrero entra en la iglesia con un solo escolta (por entonces solo le acompañaba su conductor y un policía) y Argala llega incluso a comulgar detrás de él para comprobarlo.

           Lo cierto es que, en efecto, el secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, se ha entrevistado con Carrero la víspera del atentado y la cita ha terminado como el rosario de la aurora: después de seis horas de conversación no hay acuerdo ni sobre las bases militares, ni sobre la transición con “asociaciones políticas” (la posterior “ventanilla Arias” con la que ya tragaba el PSOE), ni sobre el incipiente programa nuclear que se había iniciado tras incautar y examinar la bomba de Palomares. La periodista Pilar Urbano escribiría años después más de cuatrocientas páginas para acreditar como la CIA permitió a ETA hacer su trabajo, convirtiendo una arriesgada “chapuza” en un “crimen perfecto”.

           Los avisos respecto al posible atentado fueron además múltiples: los periodistas Carlos Estévez y Francisco Mármol relatan que un antiguo jefe del servicio secreto militar francés dio la noticia cinco meses antes del atentado. Igualmente, el periodista Manuel Campo Vidal da el nombre de José Espinosa Pardo, agente de los servicios de información españoles condenado por el atentado al independentista canario Antonio Cubillo, que en otoño de 1972 avisó que ETA preparaba un atentado contra Carrero Blanco. Las fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado habían detectado una presencia inusual de miembros de ETA en Madrid. En varias ocasiones tanto la Policía como la Guardia Civil estuvieron a punto de detener al “comando”, pero órdenes superiores lo impidieron siempre. La periodista Pilar Urbano también insiste en esta versión en su libro El precio del trono, como antes lo había insinuado el periodista Ismael Medina.

           Nada más suceder el magnicidio, la caja de seguridad que el presidente del Gobierno tenía en su casa fue inexplicablemente vaciada. Días después del atentando comenzó a instruirse un sumario que fue de una instancia a otra y desapareció. Quienes juraron que habían sido los ejecutores nunca fueron juzgados. Los periodistas Estévez y Mármol descubrieron que el sumario se encontraba en una caja de seguridad del Tribunal Supremo, tras una llamada telefónica anónima, y que el mismo estaba incompleto.

           El 20 de Diciembre de 1973, en París, poco después del magnicidio, Álvarez de Sotomayor, ministro plenipotenciario de la embajada española en París, recibe una llamada a altas horas de la madrugada: su interlocutor es el comisario Botariga del DGSE (el Servicio de Inteligencia Exterior Francés). En ella le comunica que los terroristas de ETA, responsables del atentado, están en Francia y que podían ser detenidos. Sotomayor se lo comunica al embajador Cortina Mauri en ese momento; éste responde que no son horas y que ya habrá tiempo para realizar las gestiones. Sotomayor consigue el nombre de los terroristas del comisario Botariga y se lo comunica por la mañana al embajador. Este considera que el asunto no tiene trascendencia y que no lo va a comunicar a sus superiores en Madrid. En ese momento decide que va a tomarse unas vacaciones. En el último momento, Sotomayor consigue en el aeropuerto que Cortina Mauri firme un telegrama dirigido a Laureano López Rodó, ministro de Exteriores. Del documento cifrado, Sotomayor nunca recibirá una confirmación de la recepción. Cortina Mauri sería nombrado días más tarde ministro de Asuntos Exteriores.

           Desaparecido Carrero de la escena, la CIA se dedica con ahínco a desarrollar su plan prediseñado para España: establecer un sistema “democrático” bipartidista que se integre en la OTAN. Este sistema implicaría, por un lado, a un partido democratacristiano y, por otro, a un partido socialdemócrata. Sin embargo, en la práctica, no existe un partido socialdemócrata español. El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) había desaparecido prácticamente durante la dictadura y su ideología era marxista. La lucha contra la dictadura la ha dirigido el Partido Comunista de España. (PCE). En 1974 se produce la “refundación” del PSOE (PSOE-renovado) en Suresnes auspiciada por la CIA y el SPD alemán de Willy Brand. En este acto Felipe González Márquez alcanza la secretaría general del PSOE en contra del sector histórico de Llopis. Felipe González llegó a Suresnes escoltado por oficiales del SECED (el Servicio de Información creado por Carrero Blanco) que le había proporcionado el pasaporte. Años más tarde el PSOE renunciará a su carácter marxista en su Congreso Extraordinario de 1979, que era el propósito de la CIA.

           El 23 de febrero de 1969, ante las Cortes Generales, el príncipe Juan Carlos había jurado los principios del Movimiento Nacional y es designado sucesor de Franco. Esta designación no está exenta de contrapartidas: una de las cuales fue que no pudo jurar la Constitución española porque habría sido perjuro. En marzo de 1971, tras su reelección, Nixon envió al agregado militar en Roma, el general Vernon Walters (después sería nombrado director adjunto de la CIA), con la misión de que comunicara a Franco que España era para ellos y la defensa de Occidente una posición estratégica y que no podían permitir la inestabilidad o un hipotético vuelco de la situación política del país. Los americanos estaban preocupados porque ni Franco, ni Carrero ni los sectores más duros del régimen estaban dispuestos a aceptar siquiera la creación artificial de una serie de asociaciones o partidos a la sombra del “deseo americano” para legitimar el régimen.

           La idea de Walters y Nixon era la creación de una Ley de Asociaciones Políticas, ley que estaba bloqueada por Carrero Blanco. El almirante ya se había enfrentado al ejecutivo norteamericano cuando no permitió que las bases conjuntas hispano-norteamericanas en suelo español se usaran en apoyo a Israel en la Guerra del Yom Kippur. Carrero también se opone a que España firme el Tratado de Proliferación Nuclear (TPN), que según numerosos datos y tras obtener plutonio de la bomba caída en Palomares (Almería), le fue exigido por el Secretario de Estado norteamericano, Henry Kissinger, en su viaje a España, el 19 de diciembre, un día antes del atentado.

FUENTES
1) La CIA en España, Alfredo Grimaldos. Editorial Debate, 2006.
2) Las razones ocultas del Asesinato de Carrero Blanco, Carlos Estévez y Francisco Mármol. Ediciones Temas de Hoy, 1998.
3) http://www.alertadigital.com/2013/12/20/toda-la-verdad-sobre-el-magnicidio-de-carrero-blanco-al-descubierto-los-prolegomenos-del-atentado-3-de-7/.
4) Pilar Urbano: El precio del trono.
5) Operación Ogro. Por Julen Aguirre (Genoveva Forrest y “Argala”). Ediciones Mugalde, Endaya, 1974. Y Ediciones Ruedo Ibérico, París.
6) ¿Donde está el sumario de Carrero Blanco?. Ricardo de la Cierva. ARC Editores. Madrid. 1996.
7) Golpe mortal: Asesinato de Carrero y agonía del franquismo. Por Ismael Fuente, Javier García y Joaquín Prieto. Editado por “El País”. Madrid, 1984.
Cool Viernes 13 en la calle Correo. Lidia Falcón, Editorial Planeta, Barcelona, 1981.
9) El informe del espionaje de Franco sobre Carrero Blanco
10) Más bibliografía sobre el atentado y sus lagunas
11) Juan Carlos y Carrero, según Ramoneda: “No hubiera podido aceptar sus condiciones”

http://elmunicipio.es/2016/03/todos-los-periodistas-que-investigaron-el-atentado-a-carrero-blanco-creen-que-eta-recibio-ayuda-exterior-que-despejo-el-camino-a-juan-carlos/


COMENTARIO:

           El mundo es complicado y la democracia no es más que un régimen de gobierno que se quita o se pone en función de intereses superiores. Siempre lo ha sido y lo sigue siendo.

Genaro Chic

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El golpe de estado del 23-F de 1981 y Turquía

Mensaje  Genaro Chic el Sáb Ago 13, 2016 2:41 pm

El 16 de julio de 2016 escribí a mis amigos:

"Esta mañana me he despertado con la noticia del golpe de estado, fracasado, de Turquía, y de pronto se me ha iluminado la cabeza (aunque puede ser por insolación) sobre el mismo hecho sucedido en España hace 35 años. Entonces había aquí, como en Turquía, una democracia tutelada por aquellos militares que habían estado de acuerdo con consignas superiores de permitir que todo cambiara para que todo siguiera igual. Sabemos hoy que en suscitar el golpe estuvieron de acuerdo (incluso con previsión de un gobierno arco iris) todos los grandes partidos que se veían asfixiados por los guardianes militares que llevaban muchos años vigilando el desarrollo de la democracia orgánica. Pero el liberalismo foráneo que había favorecido el cambio mediante una voladura controlada del régimen (en un sentido quasi literal) quería que se fuera más allá y da la sensación de que se hizo caer a los militares, desde arriba, en una trampa de la que no supieron escapar.

El golpe de 1981 fracasó y en 1982 el PSOE renovado de la transición llegó al poder legitimando el "cambio" iniciado y poniendo las bases, desde esquemas socialdemócratas (para contrarrestar el poder en la sombra del viejo PC), las bases de toda la transformación que ha venido después. Hace un mes Turquía, un país de la OTAN y que EEUU quiere que entre en la Unión Europea (como me dijo en su día Rajoy, jefe de la oposición por entonces en una cena a la que ambos acudimos en Sevilla) ha regularizado sus relaciones con Israel, que algo manda con su democracia singular en la zona (ese Israel que desde hace muchos años participa simbólicamente en Eurovisión, como país europeo). En fin, que mis delirios veraniegos han llevado mi cabeza por ahí. Que Dios me perdone."

Genaro Chic

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Re: El día que decidieron hacernos demócratas‏

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